viernes, 3 de octubre de 2008

Fuera de lugar (continuación)

        Miro alrededor y también a mi reloj: No sé qué hora es.
      Una chica, cargada de bolsos y despampanante a pesar de su desdén, camina hacia mí mirándome con confianza. Cuando llega a mi lado, cansada, tira las cosas en el piso y me saluda como si ya nos conociéramos. Pienso (sin sospechar nada) que mi retraso con respecto a mí mismo hace que el sentido de su gesto se me escape por completo. La chica, después de mirar alrededor, después de escudriñarme, me pregunta -con una voz que viene del pasado- si ya no me acuerdo más de ella. Y hace un movimiento sensual con las dos manos insinuando que antes era mucho más baja y muchísimo más fea: Michelle. Sí; le digo que la recuerdo y le pregunto cómo está.
       Ahora mi cabeza es un caos de imágenes inconexas. En este momento, por ejemplo, estoy viendo a Michelle desnuda. La imagen de su cuerpo tostado se superpone con la de otros cuerpos pequeños y firmes en un lugar que es muy parecido a la selva en la que estuve viviendo después de escapar de la isla. Sin embargo, en esa suerte de selva irreal, imaginaria, Michelle y yo estamos en un cuarto oscuro y sin ventilación ni ventiletes. La naturaleza salvaje que rodea el lugar nos obliga a todos a actuar como animales, y quizá por eso mismo me veo violándola violentamente. Entonces pienso que estos meses de espera me han afectado en serio. Y como para confirmar mi retraso con respecto a los hechos me doy cuenta de que no sólo no he dado ninguna muestra de afecto por ella sino que tampoco me ha sorprendido la casualidad del encuentro. Y lo peor es que no sé si tuve ganas de abrazarla sorprendido y besarla como en los buenos viejos tiempos.
      "Bien", contesta después de otra mirada alrededor, lamentando de reojo, supongo, los nuevos rasgos de mi vieja personalidad. Seguramente la confrontación de sus recuerdos con esta nueva versión de mí que está parada frente a ella no es algo que pueda producir un buen efecto.
       Le pregunto qué está haciendo acá en el aeropuerto.
      Y miro alrededor de nuevo, sin buscar ya a los típicos sospechosos de siempre, con lentes negros y armas automáticas, sino esperando encontrar la misma multitud molesta que mi imaginación se empeña en fundir con un hormiguero. Sin embargo, la analogía, por alguna razón, sigue sin funcionar satisfactoriamente.
      "Nada", contesta subiendo y bajando los hombros, acabo de llegar de vacaciones. Y me pregunta qué estoy haciendo yo, mientras desenfunda su billetera y la abre: Alcanzo a ver que no tiene ni un centavo. Le contesto que estoy huyendo de una banda de criminales y también de la policía; todos quieren matarme. Y le pregunto cómo está su hermana. Su boca tierna ensaya una sonrisa cómplice, incrédula.
         Y me mira.
       Bien, repite después de una pausa, Marianne está bien: Se casó y ahora tiene un nene, agrega sin malicia, a modo de información.
       Le digo que voy a tomar un taxi y que si quiere la acerco a alguna parte. Mis palabras le iluminan la cara y su pelo enrulado me agradece con vehemencia.
       Poco a poco, mientras levantamos los bolsos y caminamos en silencio rumbo a la parada, siento que mi cuerpo va entrando en tensión progresivamente, como si la mera visión de un taxi pudiera alterar mi relativa calma y retrotraerme al nerviosismo de la pesadilla.
       El viaje sin palabras hasta mi casa (resumible como la versión muda de una escena repetida que siempre está a punto de convertirse en violenta) se me hace mucho más largo que todos los viajes sin rumbo a través del desierto y de la selva.
      Rompo el silencio en la puerta de casa y le pregunto si quiere pasar a tomar algo. Michelle mira el interior del taxi y me mira. Le digo que no se preocupe: Después yo la alcanzo hasta donde quiera con el auto.
       Se muerde los labios.
       Hace una mueca.
       Duda.
       Pero al final acepta.
       Pago el taxi, teniendo mucho cuidado de no ponerme ni adelante ni atrás de él en ningún momento, y espero nerviosamente que se aleje de nosotros para acercarme a casa.
       En la entrada hay un mensaje de Alan: Ha encontrado un trabajo para mí y tengo que presentarme ya mismo. Me siento descolocado, por segunda vez en el día, al leer el perfecto inglés de la carta, después de vivir con el portugués en la mano y los dialectos indígenas en el cuerpo. Michelle también ha leído el mensaje por sobre mi hombro. Le repito que no se preocupe. Vamos hasta mi nuevo trabajo y después le presto el auto para que vaya a su casa. Le repito, al despedirnos, que me devuelva el auto cuando pueda. No tengo ningún apuro.
       El trabajo, me informa una mujer, mi nueva jefa, consiste en cuidar casas (como ésta) de gente que está de vacaciones. Debo empezar ahora mismo y no tengo tiempo de ir a ver a Verónica como habíamos quedado por carta y por teléfono. Después, mientras espero que se caliente el agua para hacerme un capuchino, mientras reviso la biblioteca repleta de libros alemanes escritos en alemán, mientras recorro las habitaciones del primer piso y descubro una bohardilla pequeña y oportuna, el timbre de la puerta principal excita mi aburrimiento sorpresivamente. Me acerco al televisor que está arriba de la mesa y lo enciendo. El interior de la bohardilla adquiere un color azulado, metálico, y pienso que el lugar no podría ser mejor.
       El timbre no deja de sonar.
     Bajo las escaleras pensativo sin considerar la posibilidad de que los matones me hayan encontrado. Abro la puerta sin mirar por la mirilla y sin miedo. La frescura de Michelle y de sus ojos traviesos me sacude mucho más que si hubiera encontrado un par de pistolas apuntándome al estómago.
       Michelle se invita a entrar y a tomar café y yo acepto la invitación para prepararlo.
       Empezamos a charlar como en los buenos viejos tiempos y poco a poco me voy enterando de la historia de Marianne: Parece que se casó apenas nos separamos, dejó atrás todos sus proyectos y quedó embarazada; aunque no necesariamente en ese orden. El esposo, un gordo grandote, maneja un colectivo por los suburbios de la ciudad. Michelle saca una foto de su hermana y me la muestra: La esperanza de encontrar su vieja sonrisa de nuevo se esfuma instantáneamente: Su pelo rubio rojizo ahora es marrón, casi negro, y una mezcla de hastío y desencanto se ha instalado en sus ojos verdes. Atrás de ella, se ve la fachada de lo que seguramente es su casa, y en el medio, el rostro desdibujado de un bebé sonriente.
       No tengo tiempo de sentirme descolocado de nuevo: Michelle me mira directo a los ojos y me sostiene la mirada como cuando era chica y me hacía una pregunta escabrosa: Esa mirada que siempre entendía todo mucho antes que las palabras acudieran a mi boca. Por un instante, volvemos a ser el novio cómplice y la hermana desprejuiciada que juegan sus roles ambiguamente y se divierten a espaldas de los otros.
       La escena inevitable, contemplada por los ojos impasibles de la foto filial, ocurre acá mismo: En el piso.
       Mientras la beso y la desvisto con una vehemencia que creía perdida, pienso que esto debe ser una especie de compensación efímera, mínima, por los roles que nos robaron cuando su hermana y yo tuvimos que alejarnos.
        Ahora, en la cama, fumamos en silencio.
       Por un segundo, mientras miro las volutas de humo que flotan sobre mi cabeza, me doy cuenta de que quisiera desacelerar el ritmo creciente que están tomando los acontecimientos desde mi llegada a la isla. Pero al instante siguiente, por esa lógica de la asociación libre que nunca voy a comprender, me asalta la imagen de Verónica, como mi esposa que no es, en el interior de un motel desértico, jugando a la amante y a la fotógrafa con mi peor enemiga, la mujer de un político corrupto que ya me habría matado varias veces si la suerte no hubiera estado siempre de mi lado. Alcanzo a darme cuenta del entramado de historias que ha realizado mi mente cuando suena el teléfono: Una, dos, diez veces.
       Pienso que los autos, los timbres y los teléfonos, objetos a los que estoy totalmente desacostumbrado, están tan llenos de significados paradójicos y falsos que no es improbable que sean la causa casual de esta sensación que tengo de no estar donde mi cuerpo dice que estoy.
       Michelle atiende el teléfono articulando el hola cansino y triste que nunca trae buenas consecuencias. Escucho la voz verosímil de Verónica y miro el cuerpo desnudo de Michelle. El movimiento de su brazo, mientras me pasa el auricular buscando mi mirada, parece aletargado, lento. Vuelvo a sentir esa inadecuación intolerable entre la velocidad de los hechos y mi velocidad interna. La diferencia insalvable que hay entre el mundo y yo y que lamentablemente no se puede resumir como un simple problema de pensamiento y percepción.
       Ahora, mientras me pregunto dónde estaré si no estoy acá, hay algo que me hace endurecer los músculos del estómago y del pecho y sospecho que no se trata de un simple puñado de nervios. Así, lentamente, agarro el auricular con cuidado. En el camino, siento el roce de su mano y sus dedos que me acarician como al pasar, suaves, antes de escuchar que la línea se corta con un ruido seco.
       Durante algunos segundos, Michelle y yo conservamos nuestras posiciones semierguidas, semiestáticas, como si no quisiéramos admitir lo que está pasando, a pesar de no estar muy seguros de saberlo en realidad. Así transcurre uno de esos tiempos muertos en los que el movimiento parece suspendido para que las personas se miren unas a otras y dejen de descreer en lo que sus ojos les muestran.
       Después, inclinándome sobre su cuerpo tibio, rozándolo, sintiéndolo debajo del mío, casi sin poder resistir su perfume persistente, antes de que su voz empiece a repetir mi nombre, cuelgo el auricular del teléfono y me levanto de la cama.
       Camino por el pasillo sintiendo que el frío del piso sube por mis piernas. Entro al baño a oscuras como quien entra a una tumba. Abro la canilla y meto la cabeza abajo del agua fría sin pensarlo dos veces. Me masajeo el cuero cabelludo haciendo que el agua me moje por completo.
       Una voz, irreal y lejana, sigue repitiendo mi nombre con consistencia. Agarro una toalla y me seco el pelo y la cara lentamente; y después de una pausa, resignado, levanto poco a poco la cabeza para mirarme en el espejo. Pero la luz es tan escasa que apenas puedo distinguir los contornos de mi cara. Mientras estiro la mano para accionar el interruptor, un instante antes de que el tubo fosforescente bombardee con vehemencia la ceguera de mis ojos, pienso con toda lucidez que no me voy a reconocer cuando me vea en el espejo.
       Y quizá por eso mismo no me reconozco.

M. D.