jueves, 1 de octubre de 2009

Comentario de María Malusardi

       Su libro encierra, como usted bien sabe hacer, una trampa: Detrás de una aparente sencillez hay una profundidad que usted ha alcanzado, diría yo, con maestría filosófica. Se ha valido de la poesía para eso. Me ha gustado mucho su libro y esencialmente la idea que lo atraviesa, la angustiante sensación de aquellos que sabemos que somos pasajeros, simples y condenados pasajeros de este mundo. Detrás de un estilo etéreo y despojado, Damiani, usted da un golpe estético del que luego será difícil recuperarse. La muerte, en sus poemas, respira con una suavidad inusual, parece que no está, pero allí, nos roza despiadadamente y con una suavidad, yo diría, cínica. Quiso darle un aire de juego, y de pronto uno se encuentra con el dolor de saberse un cuerpo acompasando el movimiento de un tren cualquiera hacia el fin. Sin embargo uno siempre empieza, como don Sísifo, tan idiotas somos los condenados. Ya se lo escribió Beckett especialmente para usted, y en este sentido sí que es un pasajero afortunado. Aunque en esto también hay algo peor, aquellos que no son pasajeros porque no saben que lo son. Por lo tanto quedan fuera de la letal categoría, pero pasando por este mundo sin pasar.