sábado, 3 de abril de 2010

Prólogo a "El veneno de la vida" (continuación)

       (...) Lo primero que hizo fue sacar de su mochila una novela y decirme: “Tenés que escribirla”. Yo pensé de manera práctica: ya está escrita.
       -¿Me ves? -inquirió.
       -Sí -respondí.
       -Entonces no está escrita.
      Marcelo Damiani es un escritor que tiene el don de leer los pensamientos de la gente. Esa misteriosa gracia le permitió conquistar las mejores mujeres de Buenos Aires.
Confieso que mi perplejidad iba en aumento y entonces le pregunté por qué no era él quien la escribía. Me miró como ignorándome. Durante todo el encuentro permaneció con el hermetismo de un cabalista. Repasé las páginas de la novela. Fue una experiencia rara, considero a Marcelo como un gran narrador y me resulta difícil aceptar que un escritor viva el sueño de una obra y jamás escriba una palabra.
       -¿Qué ves?
       -Nada -me apuré a contestar.
       -Hay siete mujeres que duermen dentro de esas páginas.
       Tiempo después supe que la idea de dormir con siete bellas durmientes, secretamente, lo había embrujado.
       El cigarrillo empezaba a mojarse por la transpiración de mis dedos: el calor era insoportable e interrumpir a Marcelo, imposible. Cuando terminó de desarrollar su idea y su encargo para que yo escribiera la novela, me levanté, finalmente, a pedir fuego. Al regresar encontré en su silla un hilo de humo. Nadie lo vio partir ni desaparecer.
       Al llegar a casa, me apuré a leer la novela La casa de las bellas durmientes, y lo que allí acontecía se tradujo en sueños. Esa noche heredé de mi amigo la quimera silenciosa del amor recostada en mi alma. Y la imaginé menuda, graciosa, y con ese servilismo milenario de quien asiente todo por piedad. Una bella durmiente para amar. Un pacto secreto y silencioso entre dos amantes. A la mañana siguiente imaginé un encuentro con ella en un autobús, su mirada y la pregunta: ¿qué me hiciste durante la noche?
       La semana siguiente no paré de escribir, Marcelo Damiani volvió a llamarme, esta vez fue a una hora prudente. Nos citamos en el mismo sitio. Me recibió con un amague de sonrisa, algo a medio dibujar, y de inmediato quiso saber si había soñado con la bella durmiente. No se para qué preguntó, el maldito don le permitía leer mi silencio. El sol caía a pleno, desdibujado su rostro y para colmo sin sus acostumbrados lentes negros.
       -Es terrible -susurró en tono de ultratumba-. Acabo de separarme de mi mujer, no amo a otra más que a la durmiente.
       -¡Estás loco! ¡Ella es un sueño!
       -¿Y qué es una mujer? Necesito encontrar ese burdel.
       Se marchó de manera visible. Antes de cruzar la calle lo que divisé fueron los anteojos negros en el aire. El mozo llegó con el inútil pedido, volví a mirar y ya no estaba.

       Al verano siguiente retomamos las charlas de café. Yo había avanzado en la obra de teatro El veneno de la vida. Él había regresado a la vida normal. Lo hizo después del fracaso al Himalaya en busca de ese famoso burdel y se había alejado lo suficiente de la novela como para hablar abiertamente de la obra teatral. Cada tanto se quedaba pensativo, como imaginando de manera secreta a una de las bellas durmientes, luego volvía a la conversación, y con el paso de los días se fue alejando del bar, de la obra teatral, hasta que un día me encontré sólo ante la taza de café, con un calor pegajoso, de esos que empujan a un único anhelo: dormir con un aire acondicionado, fumar y soñar con el mar.
       La obra se llamó El veneno de la vida, inspirada en una idea de Kawabata, en una obsesión de Marcelo Damiani y en mi propia locura. Las consecuencias de escribirla y, para ustedes amables lectores -debo prevenirlos- leerla, los puede conducir al abandono de la mujer -cosa que hice- y a vivir en la completa miseria, una pensión, una cama turca, una mesa y yo, más no entramos. Este es mi infierno, el de Damiani: la invisibilidad.
       La obra se publica con la generosidad de Proteatro, vaya a ellos mis saludos y respetos, espero que su lectura no los conduzca, como a mí, al veneno de la vida."

       Aclaración: Este texto fue extraído (con el permiso del Dr. Rosenzvaig) de su libro El veneno de la vida, Biblos, Bs. As., 2011.