lunes, 1 de agosto de 2011

Se dice de mí...


Misterios no resueltos de esta obra

Por Marcos Rosenzvaig

       La historia comenzó con un llamado telefónico a las tres de la mañana. Manoteé el teléfono en la oscuridad y, de paso, me cargué un vaso con agua que se estrelló contra el piso, el reloj despertador cayó y las dos pilas volaron tan lejos que me la pasé buscándolas el resto de la noche. De todas maneras respondí el llamado. Marcelo ni se inmutó, me habló como si fuesen las cinco de la tarde. “Es urgente, tengo que verte”. Me dio las señas del bar, la hora y ni siquiera preguntó por mi disponibilidad. La cita sería por la tarde.
       Llegué no sin ciertas dudas. El sol casi lo velaba: me costó divisarlo en la mesa del bar. Me miró a través de sus lentes negros, movió la cabeza y me senté. Yo saqué un cigarrillo del saco. Se tomó su tiempo para hablar, pero antes de hacerlo ejerció su disciplina en cuanto a los recaudos, aunque el espionaje intelectual estaba de vacaciones, en la playa. Llamó al mozo y encargó un agua mineral natural con bajo contenido de sodio y sin gas. A su lado, un monje Tibetano podía pasar por vicioso.
       –Yo invito –dijo y despidió terminante al mozo sin encargar nada para mí.
       Me contó su idea con palabras sueltas. Yo esforzaba mi imaginación para hilarlas mientras el cigarrillo se resbalaba entre los dedos como un mago con una moneda. Jamás compré un encendedor. Tenerlo era un reconocimiento del mal.

       El resto del prólogo acá.