jueves, 1 de diciembre de 2011

Salvo el poder todo es ilusión (continuación)

       Así, abruptamente, atento a sus más mínimos movimientos, alcanzo a divisar que su cuerpo se enciende. Apaga el cigarrillo en un cenicero invisible para mí y se levanta y sale del bar al encuentro de la noche fría. Pero antes de cruzar la calle se para de repente. Un hombre, salido de la nada, la mira directo a los ojos.
       Y le sonríe.
       Ella se le acerca y él la abraza con descaro. Le dice cosas al oído y le muerde el lóbulo de la oreja. Ella, casi indiferente, sólo muestra su mejor sonrisa. Una sonrisa infinita de adolescente desprejuiciada que rápidamente se convierte en una risa radiante.
       Y contenta.
       El hombre le mira los labios y los dientes pálidos como si fuera a besarla en la boca: Pero en vez de eso vuelve a decir algo gracioso y ella ríe de nuevo: Inadjetivablemente.
       Ahora el hombre la agarra del brazo, abrazándola con fuerza, y hace un ademán casi imperceptible en dirección al auto. Los dos se acercan caminando con calma y sin que el hombre deje de hablar ni por un instante. Ella parece un tanto confundida ante el monólogo de su compañero a pesar de que ya ha empezado a mirarlo con cierta idolatría. El hombre abre la puerta del taxi, se corre a un costado y dice solemnemente a manera de juego:
       -Las damas primero.
       Ella sube al auto murmurando un saludo distante. El sonido de su voz contrasta tanto con el de su risa radiante que la diferencia hace pensar que en su cuerpo pequeño y compacto conviven dos personas totalmente distintas: La mujer que tiembla al hablar y la adolescente que ríe sin vergüenza.
       El hombre se sienta en el espacio que ella le ha dejado sagazmente y cierra la puerta con estrépito. Maby acomoda con experiencia su cuerpo para el del hombre.
       -Siga derecho y tome la autopista -ordena él-. Yo le aviso.
       Su voz tiene una ligera tonada que parece provenir del pasado. Una tonada falsa y dura que seguramente asusta a los que saben catalogar a las personas por el tono de sus voces.
       -¿Por qué tardaste tanto?
       -El auto se me quedó acá a unas cuadras. ¿Cómo estás?
       -Bien... ¿Y vos?
       -Muy bien. -El hombre saca una cigarrera espejada y la abre.- Excelente. El otro día me encontré con Charly en el Ministerio y me prometió que en cualquier momento nos da participación en el negocio nuevo. -Se agacha sobre la cigarrera espejada y aspira dos veces con cada una de sus fosas nasales-. Y me pidió tu teléfono. Le dije que tuviera cuidado porque vos sos mi hermanita preferida. ¿Te llamó?
       Ahora Maby ya no parece tan contenta como antes y contesta con una media sonrisa forzada: Falsa. Aleja sutilmente su cuerpo del hombre y sus manos temblorosas abren la cartera y sacan el encendedor de oro y la cigarrera plateada.
       Cuando apaga la llama, arqueando bien los labios bien delineados, su cabeza parece asentir ligeramente. Alex le ofrece su cigarrera espejada y Maby la rechaza: Dura.
       -¿Y salieron?
       Los labios de Maby besan el cigarrillo encendido.
       -Sí.
       Alex chasquea la lengua y agita la cabeza, sobrexcitado.
       -Bien. Como te estaba diciendo, el otro día que encontré a Charly me contó que este negocio es una mina de oro. -Vuelve a aspirar con su fosa nasal derecha-. Nada que ver con lo que veníamos haciendo hasta ahora. Además no hay ningún riesgo. -Ahora aspira con la izquierda-. Lo único que hay que hacer es ponerlo en marcha. Y después relajarse y disfrutar...
       Mientras Alex habla, se relaja y disfruta, Maby parece sentir que acá, en esta situación bastante común en la que se encuentra, viajando en un auto con su hermano y un imperfecto extraño, inexplicablemente, hay algo que le molesta. Algo que tal vez podría relacionarse con alguna alusión aledaña a las palabras de Alex, con el tono frenético de su voz, con su indiferencia sobreactuada y repentina o acaso con la mera presencia del frío afuera del taxi.



       Era uno de esos veranos típicamente femeninos de la isla. Calientes, inestables, siempre húmedos, los días se sucedían sin otro sentido aparente que el de provocar que las cosas alcancen su punto de ebullición y estallen por sí solas. Maby, durante esos días, le hacía creer al mundo entero que estudiaba alguna nueva carrera de moda en una de esas universidades prestigiosas y caras que pululan por todas partes, mientras en realidad dormitaba en las clases aburrida y después paseaba por la ciudad a la caza de nuevos bares y cervezas extranjeras. Durante esa época, su belleza esquiva, compacta, con algún mezquino toque irlandés, empezaba a desdibujarse debido a la bebida.
       Uno de esos días, encontrándose en un bar ambiguo de la zona oeste, un poco después que el crepúsculo proyectara en el mar un fuego rojo que parecía llegar hasta su cara sin tocarla, Maby se dio cuenta que ya no tenía ni un centavo. Ni en el bolso ni en la billetera. Ni siquiera como para pagar la media docena de cervezas que se había tomado desde las doce del mediodía. Entonces miró alrededor, sobrexcitada, con ganas de escapar corriendo del lugar. Pero el barman estaba atento y un leve movimiento de su cuerpo fue suficiente para hacerle comprender que todo intento de fuga sería en vano. Maby se relajó, dejándose caer sobre la mesa, apoyando la cabeza en las manos y escurriendo sus dedos entre el pelo rojo. Una mueca invisible se dibujaba en sus labios tensos.
       Algunos segundos después levantó la mirada tímidamente, buscando una cara amable acompañada del dinero necesario para pagar sus deudas. Pero no la encontró. Aún no había notado que el bar era una especie de antesala de motel donde sólo había mujeres esperando. Y ninguna parecía interesada en ella. Entonces se le acercó el barman con la cuenta en la mano a manera de pregunta sin respuesta.
       -Parece que voy a tener que lavar los platos -murmuró Maby.
       -Acá no tenemos platos sucios -masculló el barman.
       Cinco minutos más tarde estaba con el encargado. Un hombre increíblemente gordo salido de alguna película policial pésima. Su cuerpo despedía un sudor sucio, fétido, dándole a su oficina diminuta y oscura un aire inequívoco de sauna extranjero. Maby, al entrar acompañada por el barman, dejó escapar una sonrisa leve, pedagógica, y recién después vio al gordo que se pasaba un pañuelo por la cara y el cuello como si así pudiera detener la catarata de sudor que parecía abalanzarse desde el techo.
       Maby miró al gordo y al barman mientras ellos le devolvían la mirada. El gordo, desnudándola con los ojos, le ofreció tomar asiento, atento, y le preguntó al barman cuál era el problema. El gordo tenía una voz increíblemente suave y armoniosa que no sólo no parecía pertenecer a ese cuerpo enorme y maloliente sino que tampoco parecía merecérsela.
        Maby se sentó en una silla metálica que le provocó una especie de escalofrío placentero en toda la espalda. Y en las piernas. Sintió que en ese momento su minifalda parecía mucho más corta que un rato antes, cuando aún no sabía que ya no le quedaba ni un centavo adentro de la billetera. Pero no le importó. Como tampoco le importaba que el gordo la atravesase con la mirada, ni que el barman los hubiera dejado solos cerrando la puerta tras su partida, para contribuir a la única sensación de ahogo y encierro que se podía experimentar en esa caja cuadrada sin ventanas ni ventiletes. En realidad, hacía tanto tiempo que ya no le importaba nada que casi era demasiado tarde para que empezaran a importarle ahora las insinuaciones y amenazas del gordo. Amenazas que seguramente se cumplirían sin demora si ella no aceptaba pagar esas cervezas canadienses de la única forma en que podía pagarlas en esas circunstancias.
       Entonces, Maby (mientras el gordo agarraba con fuerza su cabeza ya vencida y la movía a su gusto y deseo frenéticamente; mientras hacía girar hacia arriba y abajo su cuerpo pequeño y compacto, sosteniéndolo por la cintura y desoyendo sus grititos reales o ficticios; mientras le aplastaba el pecho contra el piso descargando todo el peso de la gordura en su espalda espasmódica y ensangrentada), sólo era consciente de una cosa: Nunca (ni siquiera en alguna noche confortable de algún invierno lejano) iba a poder olvidar el olor fétido del gordo que ya había empezado a formar parte de su cuerpo.



       Ahora, Alex, mientras se regodea con su perfil pérfido reflejado en la ventanilla del taxi, piensa que Maby se está acordando de nuevo de la misma y vieja historia de siempre. Para él, aunque nunca lo admitiría, todo empezó esa noche que leía un libro casi incomprensible (pero indudablemente genial) de uno de los más grandes neurocirujanos de todos los tiempos. Así, de pronto, mientras daba vuelta una página tan compleja que había tenido que leerla varias veces, se dio cuenta que siempre había sido un estudiante de medicina mediocre, y que a todo lo que podía aspirar en su vida profesional era a ser un médico también mediocre. Esa misma noche decidió entrar a la política. No sólo era más fácil que la medicina sino que también tenía la ventaja de que cualquiera podía hacer carrera si sabía mentir impávidamente. Así, poco a poco, mientras conseguía trabajo a familiares y amigos, acumulando esa suerte de capital simbólico que la gente común llama favores, empezó a ascender en el partido con fuerza. Y al poco tiempo ya había vislumbrado la futura forma de su éxito. El secreto para hacerse rico, sin duda, radicaba en relacionar ilegalmente política y medicina. Aún no sabía cómo. Pero estaba seguro de que no tardaría mucho en averiguarlo.
       Una noche de otoño, fresca y apacible, apareció en su departamento una visita inesperada: Maby. Hacía tanto tiempo que no la veía que estuvo a punto de no reconocerla. Sin embargo, en los ojos de su hermana pequeña todavía brillaba esa vitalidad única que la había acompañado desde chica, y que el paso del tiempo no había hecho más que acentuar desvergonzadamente. Alex la abrazó con fuerza y le murmuró algo al oído con ese doble discurso que lo caracterizaría hasta el fin de su vida. Ella trató de mostrar su mejor sonrisa. Él le miraba los labios y los dientes pálidos como si fuera a besarla en la boca: Pero en vez de eso volvió a decir algo gracioso y Maby rió de nuevo a pesar de su evidente descontento. Durante el viaje en ascensor, matizado por el eterno estilo discursivo de su hermano, una sola mirada bastó para denunciar que el motivo de su visita era un problema.
       Grande, costoso, oscuro, el departamento de Alex parecía estar hecho para ambientar situaciones como las de su hermana. Maby, caminando con timidez por el living hasta el enorme ventanal, contemplando el bar rodeado de espejos y la vista panorámica de la isla, trataba vagamente de disfrutar su sensación de pertenencia. Mientras tanto, los gigantescos carteles publicitarios, entre la red de autopistas flotantes y los rascacielos iluminados, parecían navegar en las alturas del cielo, ocultando el espectáculo legendario de la luna y las estrellas.
       Alex, después de servirse un vaso de whisky con hielo, ya se había sentado en el enorme sillón principal y esperaba a Maby monologando caudalosamente sobre alguno de sus temas favoritos. Ella se descalzó moviendo las piernas y las caderas con cadencia. Caminó con presteza hasta donde estaba Alex y se acostó sobre su regazo, reticente, apoyando con suavidad la cabeza en su pecho.
       Una mano le acarició el pelo con desdén.
       -¿Qué pasa?
       Maby movió la cabeza apoyada en el pecho de su hermano: Así, acariciándolo, aprovechando la oportunidad para esconderse en la sensualidad de su gesto, sintió que esta era la única forma de protección frente a la catastrófica noticia:
       -Estoy embarazada de tres meses.
       Después de un silencio medido que Maby no cuestionó, Alex se puso de pie bruscamente. tirándola al piso. Sacó su cigarrera espejada y aspiró fuerte varias veces con cada una de sus fosas nasales. Maby creía conocer demasiado bien las actuaciones de su hermano como para no saber que este tipo de actitudes vehementes y a la vez típicas eran más tranquilizadoras que preocupantes.
       Alex, como era de esperarse, preguntó cuál era el nombre del padre. Maby murmuró que no lo sabía. Pero ante la insistencia de su hermano terminó contándole con lujo de detalles la historia del gordo. No imaginó (no solía hacerlo) que Alex estuviera interesado en otra cosa que no fuera alimentar su curiosidad morbosa. Sabía que él estaba en el negocio de la droga y los secuestros (como casi todos los políticos que conocía) pero no pensó que ordenaría que se encargaran del gordo. O tal vez lo pensó y no le importaba. Todo lo que quería era que su hermano resolviera el problema del embarazo. Siempre había sentido una repulsión casi vengativa hacia los bebés y chicos en general y nunca había dudado que se desharía de él o ella lo antes posible si alguna vez tenía la desgracia de quedar embarazada.
       El momento de confirmar su certeza llegaría seis meses más tarde, pocos días después del parto, cuando recibiera un cheque por la venta de su hijo y no sintiera absolutamente nada especial al respecto.



       Ahora, Alex, en medio del clima confortable del taxi, sin mirar las casas imponentes del único barrio residencial que queda en la isla, apoya su mano sobre el hombro de Maby y la atrae hacia su pecho. Ella se deja acercar con desdén, acurrucándose en el camino, con esa media sonrisa culpable y calma que no sólo sugiere el abandono sino también el placer.
       Afuera, enfundados en sus camperas impermeables a prueba de balas, los guardias de seguridad que custodian la zona miran pasar el taxi con esa mezcla de agresividad latente y desconfianza que caracteriza a todos los que tienen un arma en la mano y saben usarla. Una especie de acantilado, al final de la calle, deja ver una panorámica nocturna de la ciudad iluminada. La luna, redonda y gris, aparece enmarcada por una suerte de orificio triangular dibujado por la red de autopistas flotantes.
       -Es esa casa oscura de la derecha -apunta Alex.
       Detengo el auto totalmente. Maby se deshace de la proximidad de su hermano como si se deshiciera de su ropa. Alex mira el importe que marca el reloj digital del taxi y me extiende un billete por algo más del valor del viaje.
       -Puede quedarse con el vuelto -aclara guardando la billetera.
       Maby espera a su hermano parada en medio de la calle, mirando hacia adentro del auto y tratando de enfocar mi cara. Tengo ganas de decirle que si puede verme (a pesar de la luz amarilla que encandila sus ojos verdes) tiene que imaginarme mucho más joven, mucho más sucio y con muchos kilos más. Tengo ganas de contarle que la mayoría de esos kilos los perdí tratando de escapar de los matones de su hermano. Tengo ganas de insultarla y contarle a los gritos mi venganza.
       Pero no tengo tiempo.
       Ahora, mientras Maby y yo simulamos mirarnos a los ojos, sé que Alex se va a reunir con ella enfrente del auto; sé que la va a abrazar ambiguamente para murmurarle obscenidades al oído.
       Voy a esperar que su murmullo oculte el ruido del embrague y de la caja de cambios mientras pongo primera silenciosamente. Voy a esperar que el frío impávido de la noche no los obligue a entrar a la casa antes de tiempo. Voy a esperar, simplemente, hasta que Alex agarre con fuerza la cabeza ya vencida de Maby y la bese en los labios con la boca abierta. Poco a poco, como intentando comprimir su cuerpo pequeño y compacto, las manos de Alex van a ir bajando hasta llegar a las caderas, para obligarle a hacer ese movimiento rítmico y circular que lo enloquece por completo.
       Yo, mientras tanto, voy a contemplar la escena fríamente iluminada por la luz amarilla de mi auto, sabiendo que no tengo mucho tiempo para tomar una decisión, y que si no la tomo rápido, el tiempo se va a encargar de tomarla por mí. Entonces voy a pensar que tomar decisiones es una de las partes más difíciles de la vida, y tal vez me vaya sin hacer nada.
       Pero ahora, mientras Maby sigue tratando de enfocar mi cara, en este preciso momento, todavía tengo la oportunidad de matarlos.

M.D.