martes, 2 de marzo de 2010

La lección del maestro (continuación)

       Sin duda hay un efecto que todo prólogo produce, y es la actualización de un problema que sólo el lector puede resolver. ¿Esto se debe leer antes o después del texto principal? Claro que si la intención fuera que lo que está escrito acá se leyera el final se llamaría epílogo. Pero todos sabemos, como lectores que somos, que nos gusta transgredir estas pequeñas reglas de la literalidad, y que además una mala apertura del prefacio puede hacernos cerrar las puertas del libro para siempre. 
       Por último, antes de empezar en serio, podríamos decir que todo prologuista (yo, en este caso) se hace cargo con su firma (simbólica, allá arriba) de una creencia en el valor del texto que presenta. El autor del mismo, por otro lado, en muchos casos considera que a su obra no le vendrían mal unas palabras previas que lo apuntalen amistosamente, y que quizá incluso puedan ayudar a su mejor comprensión. Puedo dar fe de lo primero, sin duda, pero nunca estaré seguro de lo segundo. 
       Ahora bien, conozco a Esteban Prado desde hace un lustro, y durante todos estos años sé que se ha dedicado con ahínco y verdadera pasión a estudiar la obra de Héctor. Ha recorrido librerías y bibliotecas de todas partes en busca de ese dato perdido que a la larga puede resultar fundamental. Se ha topado con muros impensables y abismos abstractos que no lo han amedrentado, y fruto de su persistencia ha encontrado más de una perla para su botín crítico. Este libro es una prueba fehaciente de su tenacidad y sus hallazgos. 
       Acá, el lector ávido de estímulos encontrará muchos para abordar la obra de un autor siempre catalogado como difícil por los degustadotes de llanezas y vacuidades. Por otra parte, el crítico podrá disfrutar de un recorrido detallado y analítico de los distintos libros publicados por Héctor, la mayoría de ellos contextualizados y puestos en relación con ideas y problemáticas que hoy en día son más actuales que nunca, quizá paradójicamente por su aparente inactualidad. 
       Posible ejemplo de lo antedicho es la lectura que realiza Prado de Memorias de un semidiós. Esta suerte de relato policial, de estructura deshecha e imaginario en ruinas, parece resumir a la perfección la concepción literaria libertelliana. Es como si él hubiera comprendido, antes que nadie, que ésa era la única forma posible de escribir ficción en Argentina. Vaya esta cita como prueba de calidad de cualquier texto en serio o en serie que se escriba en nuestra dulce tierra: “Establecer desde dónde se narra no es una posibilidad, pasado y futuro se trastocan permanentemente: El futuro aparece como recuerdo, el pasado como premonición y el presente como incerteza”. 
       Tal vez para mitigar esa inestabilidad fundamental es que hay una fuerte concepción filosófico-psicológico-teórica en toda la obra de Héctor. La presencia de Nietzsche en su primer libro es insoslayable, Roland Barthes está muy presente en Las sagradas escrituras, y Freud, Lacan y Derrida revolotean como fantasmas en sus textos de madurez. Esteban Prado, sin embargo, se aboca a una puesta en relación con Giorgio Agamben. El viejo concepto de utopía, renovado por el filósofo italiano, le sirve en este caso para establecer interesantes conexiones con el hermetismo libertelliano. 
       La literatura es posible porque la realidad es imposible, rezaba una vieja consigna de la revista Literal. Tal vez dentro de poco se pueda afirmar que la literatura de Héctor, en parte gracias a este libro, ha perdido su aura imposible para entrar en un nuevo universo posible. Tal vez el trazo de la letra como caverna, como refugio, como hogar, pueda ya ser visto como una forma informe de resistencia, y no tanto de huida, frente los embates de una exterioridad demasiado demandante para con el yo más íntimo del sujeto creador. El hermetismo, así, también podría ser considerado como un juego y una pequeña venganza de ese niño sabio que todos llevamos dentro, pero que muy pocos se atreven, ya adultos, a manifestar sin reparos. 
       El ensayo que leerán a continuación, como el mismo autor lo confiesa, es el testimonio o registro de cómo la historia de un joven lector puede ser modificada por el encuentro con una obra única. Es un recorrido. Nadie está obligado a hacerlo propio. Por mi parte, creo que si algo he aprendido de los textos de Héctor acá releídos es esa capacidad para el repliegue de fuerzas cuando el mercado pide una avanzada y una invasión del territorio ajeno. En otras palabras, creo que todo prologuista debe saber cuándo retirarse. Por eso me tomo el trabajo de anunciar que el próximo párrafo será el último de este prólogo. 
       Para terminar, entonces, tampoco querría privarme de una confesión de lectura. Sentí, al atravesar el umbral de este libro, que si tuviera que defender la obra Héctor en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para mí, en la noche de su velatorio, haber conocido ya a Esteban Prado. Sentí que si yo, entonces, hubiera podido elegir o soñar ese encuentro, este es el libro que hubiera elegido o soñado escribir con él. Así, empuñaríamos con firmeza el cuchillo (o la lapicera), que acaso no sabríamos manejar, y saldríamos juntos a la llanura, espalda contra espalda, para enfrentar a los compadritos y los malhechores de rigor

       Prólogo a Libertella: Maestro de lecto-escritura. Un recorrido de Esteban Prado. Puente aéreo Ediciones, Mar del Plata, 2014.

lunes, 1 de marzo de 2010

Si la religión feroz del dinero devora el futuro (2)

       Pero en esta época nuestra, demasiado vieja para creer verdaderamente en nada y demasiado listilla para estar verdaderamente desesperada, ¿qué hay de nuestro crédito? ¿Qué hay de nuestro futuro?
       Bien mirado, existe aún una esfera que gira toda ella en torno al perno del crédito, una esfera a la que ha ido a parar toda nuestra pistis, toda nuestra fe. Esa esfera es la del dinero, y la banca –la trapeza tes pisteos– es su templo. El dinero no es sino un crédito, y de ahí que muchos billetes (la esterlina, el dólar, si bien no, quién sabrá por qué, quizás esto nos debería haber hecho sospechar algo, el euro) aún lleven escrito que el banco central promete garantizar de alguna manera ese crédito. La consabida “crisis” que estamos atravesando –pero ya ha quedado claro que eso a lo que llamamos “crisis” no es sino el modo normal en que funciona el capitalismo de nuestro tiempo– comenzó con una serie de operaciones irresponsables sobre el crédito, sobre créditos que eran descontados y revendidos decenas de veces antes de que pudieran ser realizados. En otras palabras, eso significa que el capitalismo financiero –y los bancos, que son su órgano principal– funciona jugando con el crédito, que es tanto como decir la fe, de los hombres.
       La hipótesis de Walter Benjamin según la cual el capitalismo es en verdad una religión –y la más feroz e implacable que haya existido nunca, pues no conoce redención ni tregua– hay que tomarla al pie de la letra. La Banca, con sus grises funcionarios y expertos, ha ocupado el lugar que dejaron la Iglesia y sus sacerdotes. Al gobernar el crédito, lo que manipula y gestiona es la fe: la escasa e incierta confianza que nuestro tiempo tiene aún en sí mismo. Y lo hace de la forma más irresponsable y sin escrúpulos, tratando de sacar dinero de la confianza y las esperanzas de los seres humanos, estableciendo el crédito del que cada uno puede gozar y el precio que debe pagar por él (incluso el crédito de los estados, que han abdicado dócilmente de su soberanía). De esta forma, gobernando el crédito gobierna no solo el mundo, sino también el futuro de los hombres, un futuro que la crisis hace cada vez más corto y decadente. Y si hoy la política no parece ya posible es porque de hecho el poder financiero ha secuestrado por completo la fe y el futuro, el tiempo y la esperanza.
       Mientras dure esta situación, mientras nuestra sociedad que se cree laica siga sirviendo a la más oscura e irracional de las religiones, estará bien que cada uno recoja su crédito y su futuro de las manos de estos lóbregos, desacreditados pseudo-sacerdotes, banqueros, profesores y funcionarios de las varias agencias de rating. Y acaso lo primero que hay que hacer sea dejar de mirar tanto hacia el futuro, como ellos exhortan a hacer, y volver un poco la vista al pasado. Pues solo comprendiendo lo que ha sucedido, y sobre todo tratando de entender cómo ha podido ocurrir será posible, quizás, reencontrar la propia libertad. La arqueología –no la futurología– es la vía de acceso al presente.

Publicado el 16 de febrero en La Repubblica.
Traducción: Álvaro García-Ormaechea.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Spettacolo

Marcelo Damiani

       Tremendo lavoro, pensa il giocatore di pool, dopo essersi reso conto che nessuno applaudiva ai suoi tiri. Due zanzare e una mosca sorvolavano sul panno verde facendo piroette nell’aria. Il giocatore si prepara ad eseguire un tiro difficile: Calcola le distanze, studia gli angoli. Le zanzare raggiungono la mosca, la obbligano a scendere sul panno verde e iniziano a spogliarla. Il giocatore e le zanzare impugnano i loro attrezzi e con calma prendono la mira. La mosca inizia a gemere. Avanti e indietro, avanti e indietro. Il giocatore muove la stecca e non si decide. Avanti e indietro, avanti e indietro. La stecca colpisce la bilia bianca, e la bianca quella rossa. Le zanzare stanno per terminare. Si sente un grido di piacere e le zanzare, stravolte, si separano un attimo prima che la bilia rossa gli passi sopra. La bilia azzurra riceve il colpo della rossa ed entrambe entrano impeccabilmente nella buca laterale. La gente si alza in piedi e applaude soddisfatta. La mosca e le zanzare si tirano su, si inchinano, salutano con una mano e pensano: Ogni volta è sempre più difficile intrattenere questi pazzi.

Traduzione dallo spagnolo di Maria Basso.

       La versione originale è qui.

lunes, 1 de febrero de 2010

Un libro visionario pensado para el porvenir

       “El arte es un fenómeno de tipo ambiental. En días de mucho calor y alta densidad atmosférica puede parecer un espejismo.” De esta forma brillante arranca Zettel, el último libro que Héctor Libertella escribió antes de morir. El texto empezó como una suerte de antología personal que pasó por muchas versiones (de hecho tal vez la publicada no sea la última), algo muy común en este autor que hizo de la obsesión por corregir sus textos (incluso los ya publicados) una parte fundamental de su inimitable estilo. La bella edición de Letranómada (de un verde intenso que recuerda la edición mejicana del Zettel de Wittgenstein que Libertella supervisó), bajo el cuidado meticuloso de Laura Estrin (también autora del acertado prólogo), está compuesta de nueve partes o secciones, todas precedidas por un epígrafe del autor. Son en total 95 fragmentos que quieren huir del carácter soberbio del aforismo pero también del aburrimiento (profundo) de la argumentación, como reza el epígrafe que abre el libro, firmado por un tal Winfried Hassler, pariente teórico (ficticio) del futbolista alemán Thomas Hassler (según confesión del autor), figura que ya prestaba otra de sus ideas (además de su nombre) para la apertura (y el final) de esa genial instalación histérica que es El árbol de Saussure (2000). Este espíritu lúdico va a ser un rasgo recurrente en los libros de Libertella, aunque toda su obra estuvo marcada por cierta etiqueta hermética que él mismo se encargó de afirmar con títulos como Ensayos o pruebas sobre una red hermética (1990), pero también de negar con galantería, como si estuviera parodiando a Tom Castro, ese personaje "inverosímil" borgeano al que le gustaba jugar con las tendencias del público; la diferencia es que Libertella siempre tuvo muy en claro cuál era su apuesta y jamás la negoció como la mayoría. Su poética, en un sentido, era una arriesgada apertura a la clausura del lenguaje, suerte de versión conceptual del célebre relato de Kafka: "Ante la ley"; paralelamente, por otro lado, su escritura se fue haciendo cada vez más y más diáfana, y al final, como muy bien señaló Ricardo Strafacce, se aproximó asintóticamente al silencio, a esa página en blanco definitiva, arcaica y perfecta, a la que quizá también aludía Kasimir Malevich con su ya clásico “Cuadrado blanco sobre fondo blanco” (1918). Es que Libertella, suerte de teórico de la recepción literaria, estaba mucho más interesado en el carácter concreto del individuo lector que en la vacua abstracción de las etiquetas mercantiles y críticas (siempre demasiado dependientes de las modas intelectuales). Citemos, en todo caso, una vez más su sabia locución del loro: “Allí donde hay un interlocutor, un solo interlocutor, allí se constituye un mercado”. Seguramente los fragmentos de Zettel encontrarán muchos interlocutores entre nosotros, pero muchísimos más en el futuro, ya que este libro, visionario y único, está pensado para el porvenir, como toda auténtica literatura que se precie de tal.

     Sobre Zettel de Héctor Libertella, Ed. Letranómada, Bs. As., 2009.

       Una versión un poco distinta de esta nota acá.

domingo, 3 de enero de 2010

The Opposite


       Uno de los mejores momentos de Seinfeld, esa obra maestra sobre (la) nada, es el episodio 22 de la quinta temporada. Allí, el amigo de la infancia del protagonista, George Costanza, perdedor nato por excelencia, hace un descubrimiento que le cambia la vida. Se da cuenta que todo lo que ha hecho a lo largo de su existencia fue un error. Jerry, lógicamente, le sugiere que lo opuesto, entonces, debe ser lo correcto. George, perdido por perdido, empieza a hacer lo opuesto de lo que le dicta su conciencia. Así consigue novia, trabajo, sale de la casa de sus padres, es decir, se convierte casi casi en un hombre exitoso. En un momento, condensando toda la idea del capítulo en una frase genial, su nueva novia, no por casualidad llamada Victoria, le pregunta sorprendida: "¿Who are you George Costanza?" Y él, ganador, canchero, convencido como nunca de que por una vez tiene la razón, responde: "I´m the opposite of every guy you´ve ever met".

sábado, 2 de enero de 2010

El sentido de la vida

Por Marcelo Damiani 

       Marianne y yo entramos al café en el preciso instante en que se apagan las luces y Gabriel empieza a tocar mi tema favorito: Velocidad. Nos paramos en la entrada como si la atmósfera densa del lugar fuera demasiado fuerte e hiciera falta una pequeña contaminación de nuestros cuerpos para poder avanzar. Abro y cierro los ojos una y otra vez tratando de acostumbrar mi mirada a la nueva iluminación del lugar. Poco a poco, las formas difusas de Gabriel se insinúan intactas arriba del escenario. Su cuerpo desnudo, como siempre, juega a escapar de las sombras mientras coquetea con la luz titubeante. Su movimiento, convertido ya en juego displicente, comienza a irradiar la ilusión de una cadencia contagiosa. 
       Entonces tengo la impresión irreal de estar en el lugar de Gabriel, moviéndome y cantando para un público impiadoso. Puedo sentir las múltiples miradas indiferentes y leves recorriendo la superficie de mi cuerpo y no sé si el sinsentido de mis palabras y el sentido de mi música les alcanza. Interrumpiéndome, Marianne, cuyo perfume persistente no deja de excitarme, me arrincona contra la puerta y me besa en la boca mientras sus manos se pierden entre mi camisa y la campera. Cuando cierro los ojos, ahora, veo la imagen que no puedo olvidar: Las piedritas de colores cayendo de la nada a la derecha de pantalla y formando una montaña ciega y perfecta: El símbolo de un reloj geométrico: El tiempo. Y la explosión que destruye la montaña de piedras mientras una risa negra e infinita señala el final del juego. 
       La semana pasada (yo siempre he sabido que los domingos son días especiales y que sólo los domingos pueden pasar ciertas cosas) el juego apareció misteriosamente en la computadora de mi padrastro: Máximo. Además, no sólo tenía el mismo título de mi futuro texto sino que también carecía de origen. A pesar de la pobreza de los gráficos de presentación y de que la música no tenía ninguna reminiscencia clásica, respondí todos los cuestionarios iniciales para ver de qué se trataba. Entonces me asignan un sexo, gustos, contextura física, conocimientos, habilidades, defectos y alguna que otra experiencia y me ponen ante la situación de conseguir trabajo: Me entrevista una especie de gerente que me promete un sueldo soberbio si nos acostamos ya mismo (soy una veinteañera rubia con cuerpo perfecto y casi nada de coeficiente intelectual), me niego rotundamente (es obvio que hago lo correcto), y él me echa a patadas del lugar. Mi Autoestima baja violentamente (por lo visto no entiendo bien el mecanismo del juego) y en un segundo de descuido muero atropellada por un auto. Una inscripción final me aconseja tomar más lecciones de vida si quiero jugar al juego en serio. 
       En Velocidad, mientras tanto, los acordes de guitarra se suceden cada vez más rápido, pronosticando el frenesí final que ya todos esperan. Cuando mis ojos irritados se acostumbran a la penumbra, alcanzo a divisar los gestos y las risas de Alan y Martín: Parecen dos payasos protuberantes que acaban de ver a un fantasma inofensivo y que para demostrarle al mundo su valentía lo llaman a los gritos. Agarro a Marianne de la mano y la guío a través del humo y el tumulto del lugar. Ahora, mientras esquivamos las mesas y los cuerpos que ralentan nuestro avance, tengo la sensación de estar en medio de una obra de teatro que me tiene por centro, rodeado de un público implacable que juzga cada uno de mis movimientos como si se tratara del análisis de una representación. Me siento como si hubiera hipotecado mi identidad en función de algo tan intangible que ni siquiera puedo hacer el intento de nombrar. Me siento, pienso, tan indefenso como Gabriel debe sentirse arriba del escenario, a pesar de las luces tenues y la experiencia con la que mueve sensualmente su cuerpo perfecto. Ahora, cuando llegamos a la mesa, todos se ponen de pie para saludarnos con besos y abrazos y sin demasiadas palabras. Veo que Alan ha venido con su chica de turno y Gabriel y Martín con las mismas mujeres de siempre. "¡Grande, Pappy!", grita Alan en mi oído mientras nos sentamos incómodamente. "¿Cómo anda la vida del sentido?". Y todos se ríen a carcajadas mientras Alan acompaña la pregunta con una sonrisa redundante y efectiva que acentúa su ambigüedad incontestable. Obviamente no puedo decir nada rodeado por este clima a media luz, lleno de humo y sonrisas y música suave. No obstante, no estoy muy seguro de entender las risas generales, a pesar de que creo que la pregunta se refiere al texto que prometí escribir hace tiempo, y no al juego que me tuvo atrapado en mi casa hasta ayer a la mañana. 
       Ahora, después de pasar todos los cansadores cuestionarios de nuevo, tengo que conseguir trabajo en un diario para no morir de hambre. Consigo una entrevista desesperada con la secretaria del jefe de redacción: Una vieja gorda que debe pesar varias toneladas. Pienso que la gorda va a querer sexo y no sé qué voy a hacer. (Ahora soy un filósofo frígido y amoral que no soporta los postulados románticos.) Pero ella quiere saber cuál es el más romántico y el mejor amante de todos los filósofos contemporáneos. Vehementemente, le contesto que su pregunta no sólo carece de rigor epistemológico sino también de sentido, y grito que por lo tanto es total y absolutamente imposible de contestar. Esta vez, después de morir de hambre, la inscripción final es harto lacónica: Demasiado sentimiento para la filosofía. Ahora, en los cuestionarios previos, acaso la parte más importante del juego, trato de cambiar mi suerte invocando al azar: Respondo lo más disparatadamente posible. Antes de terminar me doy cuenta que mi destino era obvio: El manicomio. El lugar, tengo que admitirlo, es realmente desolador, y como si esto fuera poco, mi Autoestima y mi Energía están por el piso. De pronto aparece un médico que me pregunta cómo me siento. La respuesta no puede ser muy difícil. Seguramente, pienso, a pesar de ser un enano bizco, jorobado y algo sordo, tengo que decir que me siento bien. Pero tardo tanto en contestar que el médico me sugiere que descanse otros nueve meses hasta nuestra próxima entrevista. Esa misma noche un cuadro depresivo me conduce al suicidio. La inscripción final, ésta vez, sólo puede ser calificada como clásica y cruel: El mundo está mucho mejor sin gente como ustedes. 
       Martín, de repente, le pregunta a Marianne por qué ha venido sola, dando comienzo así a uno de nuestros chistes favoritos. Marianne, sin sospechar nada, le contesta que ha venido conmigo. Que es como venir sola, completa Alan. Y ahora sí reímos todos menos Marianne, cuya mirada nos recorre uno por uno como lamentándose de no comprender bien el idioma de la isla. Con velocidad, mientras el frenesí final del duelo de guitarras se refleja reflexivo en la expresión de deleite del rostro de Gabriel, los custodios del lugar se acercan a una mesa cercana y echan a dos periodistas con intenciones de obtener una foto ilegal.
       La velocidad de Velocidad, mientras tanto, ha ido creciendo poco a poco insosteniblemente hasta que se rompen dos cuerdas de la guitarra de Gabriel, pero él sigue como si nada hubiera pasado y vuelve a ejecutar como puede todo el largo frenesí final. Alan y Martín ahora gritan enloquecidos: Suben a la mesa de un salto y empiezan a bailar una mezcla mezquina de tango y vals. Marianne me mira europea y yo hago un gesto significante que ella interpreta como que esto pasa casi siempre y que la locura no es contagiosa para los que no viven en la isla. Gabriel dilata el frenesí de Velocidad hasta donde nunca lo había hecho antes y antes de agarrar los palillos mira en dirección a nuestra mesa como coordinando el fin final. Alan y Martín, entendiendo la mirada, toman impulso y saltan al unísono: Se elevan, dan una temeraria vuelta en el aire, quedan suspendidos por una fracción de segundo y empiezan a caer mientras Gabriel levanta levemente los brazos y hace girar con pericia los palillos entre sus dedos. Antes que pase nada, como siempre, sé que la mesa va a recibir el doble par de pies en el preciso instante en que la batería reciba el doble golpe seco de los palillos de Gabriel. Y sé, también, que antes que la canción se transforme en eco y los vidrios de los vasos rotos vuelen en todas direcciones, la mesa se va a romper en pedazos y Alan y Martín van a terminar en el piso muriéndose de risa. 
       Al día siguiente descubro un par de cosas importantes. Hay que prestarle mucha atención a todas las variables que aparecen en pantalla, especialmente a Energía y sobre todo a Autoestima. Cuando están por debajo de veinte la muerte se acerca. Me cuesta horas y horas de práctica mantener Energía por arriba de cuarenta. Y Autoestima es tan ambivalente que nunca la puedo mantener por encima de treinta. Después me doy cuenta que en los cuestionarios iniciales hay que demostrar una arrogancia a toda prueba. Así, entonces, logro tener un par de aventuras interesantes en alta mar, algún que otro romance furtivo, una mujer que siempre cambia de nombre y de color de pelo, varios trabajos efímeros y un creciente deseo de controlar mi destino. Pero nunca paso de los cuarenta años. A partir de esa edad, evitar la muerte es lo más difícil. La última vez que juego, por ejemplo, soy un abogado mediocre (como todos los abogados) con pocas habilidades y pocos defectos. Estoy casado con una psicóloga feminista y fea (algo normal) y que no muestra signos de locura por ninguna parte (esto es lo raro). Ella está en el octavo mes de embarazo y todo anda bastante bien. Llego a pensar que esta vez voy a ganar, alcanzando ese tope de Autoestima y Energía que el juego llama Felicidad. Pero cuando estoy en el juzgado recibo una llamada de larga distancia: Mis padres han tenido un accidente de tránsito muy grave y ahora están en terapia intensiva. Mi Autoestima baja violentamente, casi demasiado, pero gracias a estímulos externos como la droga consigo mantenerme a salvo de una recaída. Cuando mi estado de ánimo se estabiliza, llamo por teléfono primero a mi hermana y después a mi esposa. No puedo comunicarme con ninguna de las dos. Le ordeno a mi secretaria que reserve un pasaje de avión para salir de la isla lo antes posible. Y decido pasar por casa antes de ir al aeropuerto. En la puerta está estacionado el auto de mi hermana. Seguramente, pienso, ella se debe haber enterado antes que yo de la tragedia. Entro y la busco en el living y la cocina sin resultado. Subo las escaleras pensativo. Estoy por abrir la puerta de nuestro dormitorio cuando escucho unos ruidos raros. Parecen algo intermedio entre las protestas y los lamentos. Abro la puerta con cuidado, lentamente, sin poder creer lo que estoy viendo: Mi hermana y mi esposa. Desnudas. En la cama. Con un negro gigante entre ellas. Jugando como adolescentes y disfrutando del accesorio extra del embarazo de ocho meses. Me doy cuenta que alguien ha estado tocando el timbre con consistencia. Salgo corriendo a toda velocidad escaleras abajo. Abro la puerta principal y aparece Marianne vistiendo su mejor sonrisa. La miro incrédulo y sonriente y ella obvia las cortesías de costumbre y me abraza y me besa como si realmente fuera mi hermana. 
       Ahora, mientras las formas de Gabriel y de su música se insinúan ilesas; mientras siento el fuerte perfume de Marianne que me envuelve como el humo y el humus del lugar; mientras soy consciente de los movimientos rítmicos y las risas de Martín al estrellarse contra el piso; mientras el recuerdo de las personas que fui se superpone con las imágenes de mis amigos y me hace dudar de eso que todos llamamos realidad, resignado, idiota, quizá inexplicablemente, me doy cuenta que Alan tenía razón. El sentido de la vida no es más que la vida del sentido. Un síntoma significante de esa suma sucia de preguntas sin respuestas cuyo resultado es el mundo: Deseo y decepción. La locura múltiple de personalidades permisivas, creencias inestables y ambivalentes y fallidos intentos de olvido. Una película empezada con un guión pésimo, un director incompetente y un montón de actores mediocres que se creen genios. 
       Sí. El sentido de la vida, pienso. 
       Mal título para un cuento. 

       La versión en inglés acá.

viernes, 1 de enero de 2010

Zettel

Por Sonia Budassi

       La contratapa de Diario de la rabia, uno de los últimos títulos que publicó en vida, señala que estaba trabajando en este libro. La novela –editada por Beatriz Viterbo– a partir de la historia de arqueólogos, copistas y dudosos reyes es, en definitiva, una mueca irónica, a la vez que gesto intenso, de preocupación por la traducción; por la lectura y la interpretación; la reescritura y la tensión entre ficción y realismo. En esa línea, sin su aparato narrativo, retozan con brío los fragmentos de Zettel. En el prólogo, Laura Estrín habla de “una escritura deshilachada” que iba uniendo su obra en una sola. Por un lado está también el “homenaje” a Wittgenstein, a quien de manera explícita cita Libertella en un epílogo no señalado como tal. “¿Papelitos que sobraron de otros libros? ¿Notas y apuntes de notas por venir?”. También apunta que esas líneas no van a ningún lado, en una afirmación tan cierta como discutible. Si los cuadernos de notas son embriones de textos que tomarán otra entidad; si se asumen como borradores de ideas, como golpes fundantes, Zettel opera, al mismo tiempo, en un sentido inverso. Estas notas vuelven al resto un conjunto dinámico y tan macizo como evanescente: el libro motivará a revisar la obra anterior, a reescribirla, y redireccionarla. Puede revertirse la casuística; se puede comenzar por el final.

       La nota completa acá.

jueves, 3 de diciembre de 2009

La vida

                            Por Eugenio Montejo

La Vida toma aviones y se aleja;
sale de día, de noche, a cada instante
hacia remotos aeropuertos.

La Vida se va, se fue, llega más tarde;
es difícil seguirla: tiene horarios
imprevistos, secretos;
cambia de ruta, sueña a bordo, vuela.

La Vida puede llegar ahora, no sabemos,
puede estar en Nebraska, en Estambul,
o ser esa mujer que duerme
en la sala de espera.

La Vida es el misterio en los tableros,
los viajantes que parten o regresan,
el miedo, la aventura, los sollozos,
las nieblas que nos quedan del adiós y
los aviones puros que se elevan
hacia los aires altos del deseo.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

La nueva religión

       David Lodge es uno de esos raros escritores que pueden escribir novelas serias mientras hacen reír a todo el mundo. Tal vez no esté de más aclarar que su sentido del humor, sumado a su prosa sencilla pero efectiva, y a la caracterización del pequeño mundo universitario anglosajón, lo han convertido en uno de los mejores escritores ingleses de la actualidad.

       La entrevista completa acá.

martes, 1 de diciembre de 2009

Dejemos hablar al viento

Por Juan Carlos Onetti 

       Desde muchos años atrás yo había sabido que era necesario meter en la misma bolsa a los católicos, los freudianos, los marxistas y los patriotas. Quiero decir: A cualquiera que tuviese fe, no importa en qué cosa; a cualquiera que opine, sepa o actúe repitiendo pensamientos aprendidos o heredados. Un hombre con fe es más peligroso que una bestia con hambre. La fe los obliga a la acción, a la injusticia, al mal; es bueno escucharlos asintiendo, medir en silencio cauteloso y cortés la intensidad de sus lepras y darles siempre la razón.

martes, 3 de noviembre de 2009

Un ajedrecista llamado Humphrey Bogart

       "Bogart tenía un modesto lugar en el teatro como director de escena y actor de reparto y había recibido una oferta en Hollywood, cuya industria necesitaba actores que supieran hablar, mientras aprendían a hacerlo las estrellas del cine mudo. El actor marchó solo a Los Ángeles y luego de una estancia de algunos meses su contrato no fue renovado. Los productores adujeron la baja estatura y el labio partido, que le producía un ceceo al hablar, como un impedimento para que Bogart llegara a ser un galán de la pantalla. Así que volvió a Nueva York, y luego de algunos tropiezos logró reanudar su relación matrimonial con (Mary) Phillips.
       No fue fácil encontrar trabajo. Nadie en Broadway se impresionaba por el hecho de que Bogart hubiese filmado películas en Hollywood. Las obras para las que era contratado no permanecían más de una semana en cartelera, y se veía en serios problemas financieros. La pareja tenía como vecinos a otros dos matrimonios de actores con quienes hicieron un “fondo común para comida”. Y como el hambre es inteligente, a Bogart se le ocurrió que una forma de conseguir ingresos extras era jugando ajedrez. Una vez lo intentó y fue a las galerías de la Sexta Avenida donde ofrecía jugar una partida por una apuesta de medio dólar. Al final del día los resultados fueron suficientes para colaborar “con el fondo de la comida”. Así que el actor iba por las mañanas a las galerías, entraba a un local u otro y esperaba a los apostadores.
...
       En los círculos ajedrecísticos se cree que fue el propio Bogart quien sugirió incluir el ajedrez en la película. Pero Ann Sperber y Eric Lax, autores de una de las biografías más completas sobre el actor (Bogart, Tusquets, Barcelona, 1999), aseguran que fue Howard Koch el de la idea, pues la partida es una metáfora “de la complejidad ajedrecística que caracteriza a la intriga de Casablanca.
       La introducción del personaje de Rick Blaine es el tablero de ajedrez. Se ve también una copa de champaña vacía, un cigarrillo consumiéndose y un pagaré por un deuda de juego. Luego la cámara retrocede hasta un plano medio de Bogart frente al tablero, jugando una partida en solitario.
       Bogart, como hemos visto, era un estudioso de la defensa Francesa (y en el contexto de la película no podría más adecuada). Ésta es la posición con la que empieza la escena. Se ha llegado a ella después de 1. e4 e6 2. d4 d5 3. Cc3 Cf6 4. Ag5 Ae7 5. e5 Cfd7 6. h4 c5 7. Axe7 Dxe7. En este momento Rick es interrumpido y antes de abandonar el tablero toma el caballo de c3 y con un gesto de fastidio lo lleva a b5.
...
       Finalmente Bogart contrajo matrimonio con Lauren Bacall en mayo de 1945. Ella tenía 20 y él 45 años. Y es que además de su elegancia y sus largas piernas, “me gusta su juventud –decía el actor–, su carnalidad y su actitud de ‘me tiene todo sin cuidado’”. Betty (Bacall) también superaba a todas las demás por algo muy sencillo: Sabía jugar ajedrez.
...
       Después del nacimiento de su segundo hijo, la revista Silver Screen le preguntó cuáles eran las cosas más importantes en su vida. Bogie enumeró cuatro: la familia, el cine, la navegación y el ajedrez."

       La nota completa acá.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Justicia Poética

Por Germán Cáceres

       Esta novela se proclama chandleriana desde su título. Escrita en primera persona, su protagonista –cuyo nombre no se revela– ironiza sobre los acontecimientos que vive con una visión entre romántica y desencantada, digna del mismo Philip Marlowe.
       El libro se abre con un curioso prólogo de Alan Moon, donde hace una apología del ajedrez –tan vinculado por su lógica al proceso de la novela enigma– y afirma que “prefiere mil veces leer una novela escrita por un ajedrecista que soportar a los novelistas hablando de ajedrez”.
       La historia comienza cuando un adolescente contrata al detective para localizar a una modelo. En su búsqueda, nuestro héroe recorre una gran ciudad –también sin nombre como él– y allí se topa con personajes excesivos y excéntricos. La urbe ficcional adquiere sesgos fantasmales que invitan al lector a pensarla como una metrópolis monstruosa, mezcla de Córdoba, Buenos Aires y tal vez Nueva York.
       La trama atrapa por la calidad de los diálogos, ya que impera en ellos un sarcasmo por momentos brutal, salidas ocurrentes y réplicas brillantes. Se palpa la respiración del ingenio y la ironía de Chandler, pero muchas bellas imágenes y situaciones revelan que Damiani también es asiduo lector de Horace McCoy, Jim Thompson y Elmore Leonard, entre muchos otros.
       El narrador transita con humor por los tics y clichés de la novela negra, adoptando una clave paródica que alcanza la desmesura con una auténtica invasión de mujeres fatales dispuestas a devorar hombres. Sin embargo, esta parodia no sólo homenajea al género, sino que en el fondo está impregnada por un sentimiento de vacío, soledad y frustración. Un personaje femenino se pregunta: “¿O que llegado un momento no vas a sentir ese hastiante hastío por la vida que se ve que sienten esos millones de personas que andan por la calle como perdidos en la selva?”.
       La modelo comparte el nombre con la hermana del protagonista, y este recurso hace que la historia no sólo avance, sino que también retroceda por medio de evocaciones que a veces rayan con lo onírico. La narración, de esta forma, se desvía saludablemente haciendo que realidad y sueño se entremezclen mientras los hechos se tornan vagos e imprecisos. Esta atmósfera difuminada es la que permite que la resolución caprichosa del caso se vuelva convincente, puesto que pierde importancia ante el terreno ganado por la poesía.
       Por último, el libro nos regala una “mirada del adiós”, cuando el protagonista reflexiona que “los muertos siempre están vivos para nosotros de una u otra forma, y que en cambio nosotros, los vivos, estamos muertos para ellos”.

       Nota publicada en la revista “El Gato Negro” (1995).

domingo, 1 de noviembre de 2009

Novela porteña versus novela nacional

       "Partiendo de un juicio de Julio Cortázar como disparador, los escritores Martín Kohan, Marcelo Damiani y Fabián Soberón reflexionaron en una mesa redonda sobre la antinomia entre la novela de Buenos Aires y la del resto de la Argentina. Debate y opiniones cruzadas sobre la crítica y los medios".

       Por Román García Azcárate.

       La nota completa acá.

sábado, 3 de octubre de 2009

"Cara de luna" por Jack London

Una historia de mortal antipatía

       John Claverhouse era un hombre con cara de luna. Ya conocen el tipo: Pómulos muy separados, mandíbula y frente fundiéndose en las mejillas para completar la perfecta redondez, y la nariz ancha y gordinflona, equidistante de la circunferencia, aplastada contra el centro exacto de la cara, como una bola de masa pegada al techo. Quizá yo lo odiaba por eso, porque se había convertido en una verdadera ofensa para mis ojos, y yo creía que la tierra estaba incómoda con su presencia. Quizá mi madre pudo haber sido supersticiosa de la luna y miró por encima del hombro equivocado en el momento equivocado.
       Pero fuera como fuese yo odiaba a John Claverhouse. Y no era que me hubiera hecho lo que la sociedad consideraría un daño o una mala jugada. Lejos de eso. El mal era de una clase más profunda y sutil; tan elusivo, tan intangible como para desafiar un análisis en palabras claras y definidas. Todos hemos experimentado tales cosas en algún momento de nuestras vidas. Vemos por primera vez a un individuo, el cual un instante antes no soñábamos que existiera, y entonces, al momento de verlo nos decimos: "No me gusta ese hombre." ¿Por qué no nos gusta? Ah, no lo sabemos; todo lo que sabemos es que no nos gusta. Hemos adquirido una aversión, eso es todo. Así me pasó con John Claverhouse.
       ¿Qué derecho tenía un hombre como él a ser feliz? Y sin embargo era un optimista. Siempre estaba sonriente y contento. ¡Al maldito siempre le salía todo bien! ¡Ah, cómo atormentaba a mi alma que fuera tan feliz! Otros hombres podían reír y no me molestaba. Incluso yo mismo solía reír, antes de conocer a John Claverhouse.
       Pero su risa me irritaba, me enloquecía como ninguna otra cosa bajo el sol podía irritarme o enloquecerme. Me perseguía, se apoderaba de mí y no me soltaba. Era enorme, gargantulesca. Despierto o en sueños siempre estaba conmigo, zumbando y haciendo vibrar las cuerdas de mi corazón como un enorme chirrido. Al despuntar el día me llegaba escandalosa a través de los campos para arruinar mi agradable ensueño matutino. Bajo el brillo doloroso del mediodía, cuando la vegetación languidecía y los pájaros se retiraban a las profundidades del bosque, y toda la naturaleza dormitaba, sus enormes "¡Ja! ¡Ja!" y "¡Jo! ¡Jo!" se elevaban hasta el cielo y desafiaban al sol. Y en la medianoche negra, desde la solitaria encrucijada por la que volvía del pueblo a su propiedad, llegaban sus risotadas atormentadoras a despertarme de mi sueño y me hacía retorcer y clavarme las uñas en las palmas de mis manos.
       Por las noches me acercaba en secreto a su propiedad y soltaba el ganado en sus campos, y a la mañana oía su risa escandalosa mientras sacaba las reses de los sembrados. "No es nada, decía; no se puede culpar a las pobres y tontas bestias por buscar mejores pastos."
       Tenía un perro llamado "Marte", una enorme y magnífica bestia, medio galgo y medio sabueso, y con un cierto parecido con ambos. Marte era una gran alegría para él y siempre estaban juntos. Pero yo esperé mi hora, y un día, cuando se presentó la oportunidad, atraje al animal y lo liquidé con carne y estricnina. Esto no causó ningún efecto en John Claverhouse. Su risa siguió siendo tan alegre y frecuente como antes y su cara la misma luna llena que había sido siempre.
       Entonces prendí fuego a sus pajares de heno y a su granero. Pero a la mañana siguiente, siendo domingo, se marchó alegre y contento.
       –¿Adónde va? –le pregunté cuando pasó por la encrucijada.
       –Truchas –dijo, y su cara brillaba como una luna llena–. Me vuelven loco las truchas.
       ¿Hubo alguna vez un hombre más insoportable? Toda su cosecha había desaparecido con el heno y el granero. Yo sabía que no estaba asegurado. ¡Y aún así, enfrentado al hambre y al invierno riguroso, se iba alegremente a buscar un montón de truchas nada más que porque "lo volvían loco"! Si la tristeza hubiera permanecido aunque fuera ligeramente en su ceño, o si su semblante bovino se hubiera alargado por la seriedad para parecerse menos al de la luna; o si hubiera hecho desaparecer esa sonrisa de su cara aunque tan sólo fuera una vez, estoy seguro que podría haberlo perdonado por existir. Pero no. Se volvía cada vez más contento en la desgracia.
       Lo insulté. El se me quedó mirando sonriente y sorprendido.
       –¿Pelear con usted? ¿Por qué? –me preguntó lentamente. Y luego se echó a reír–. ¡Usted es muy gracioso! ¡Jo, jo! ¡Me va a matar de risa! ¡Je, je, je! ¡Oh, jo, jo, jo!
       ¿Qué hubieran hecho ustedes? Estaba más allá de lo soportable. ¡Por Dios, cómo lo odiaba! Y encima estaba ese nombre: ¡Claverhouse! ¡Qué nombre! ¿No era absurdo? ¡Claverhouse! ¡Tengan piedad! ¿Por qué Claverhouse?, me preguntaba yo una y otra vez. No me hubiera molestado que se llamara Smith o Brown o Jones, ¡pero Claverhouse! Lo dejo a su consideración. Repítanlo para ustedes mismos: Claverhouse. Sólo escuchen su sonido ridículo: Claverhouse. ¿Debe vivir un hombre con ese nombre?, les pregunto. "No", dicen ustedes. Y "no", digo yo.
       Entonces me acordé de su hipoteca. Con sus cosechas y su granero destruido, yo sabía que él no sería capaz de pagarla. Así que hice que un solapado, silencioso y avaro prestamista la adquiriera. Yo no aparecía, pero a través de este agente forcé el juicio hipotecario, y no le concedieron más que unos cuantos días (no más, créanme, que los que permite la ley) para que sacara sus cosas de la propiedad. Entonces fui a dar un paseo para ver cómo lo tomaba, dado que había vivido allí durante más de veinte años. Pero me recibió guiñando sus ojos con forma de plato, y con la alegría iluminando y extendiéndose por su cara hasta que era como una saliente luna llena.
       –¡Ja, ja, ja! –rió–. ¡Qué rústico más gracioso es ese hijo mío! ¿Ha oído algo semejante? Déjeme contárselo. Él estaba jugando al borde del río, cuando un pedazo de la orilla se desprendió y lo salpicó. "Ay, papá, gritó, un enorme lodazal brotó hacia arriba y me alcanzó".
       Se detuvo y esperó que yo me uniera a su alegría infernal.
       –No veo nada risible en ello –dije brevemente, y estoy seguro que mi rostro se amargó.
       Me miró con asombro y entonces apareció la maldita luz, resplandeciendo y extendiéndose como he descrito hasta que su cara brilló suave y cálida como la luna de verano, y luego la risa: "¡Ja, ja! ¡Qué gracioso! Usted no lo ve, ¿eh? ¡Je, je! ¡Jo, jo, jo! ¡No lo ve! Pues mire. Usted sabe que un lodazal..." Pero giré sobre mis talones y lo abandoné. Era lo último. No podía soportarlo más. ¡La cosa tenía que terminar ahí mismo, pensé, maldición! La tierra debería desembarazarse de él. Y mientras subía la colina podía oír su risa monstruosa reverberando contra el cielo.
       Ahora bien, yo me enorgullezco de hacer las cosas limpiamente, y cuando resolví matar a John Claverhouse tenía pensado hacerlo de tal forma que no me avergonzara al recordarlo. Odio la torpeza y odio la brutalidad. Para mí hay algo repugnante en golpear a un hombre sólo con el puño. ¡Uf! ¡Es repugnante! Así que matar a tiros, a puñaladas o a palos a John Claverhouse (¡ay, ese nombre!) no me atraía. Y no sólo me sentía impulsado a hacerlo limpia y artísticamente, pero también de tal forma que no pudiera recaer ni la más ligera sospecha sobre mí.
       Hacia este fin incliné mi intelecto, y después de una semana de profunda incubación, elaboré el plan y me puse a trabajar. Compré una perra de aguas de cinco meses de edad y dediqué toda mi atención a entrenarla. Si alguien me hubiera espiado, habría comprendido que ese entrenamiento consistía enteramente en una cosa: La recuperación. Le enseñé a la perra, a quien llamé "Bellona", a traerme palos que yo tiraba al agua, y no sólo a traerlos, sino a traerlos inmediatamente, sin mordisquearlos o jugar con ellos. El objetivo era que no debía detenerse por nada hasta devolver el palo rápido. La acostumbré a correr detrás de mí con el palo en la boca cuando me alejaba hasta que me alcanzara. Era un animal inteligente, y tomó el juego con tanto entusiasmo que al poco tiempo estuve satisfecho.
       Después de eso, en la primera oportunidad que tuve, le regalé el animal a John Claverhouse. Yo sabía lo que hacía, porque conocía una de sus pequeñas debilidades, y uno de sus pequeños pecados secretos del cual era un constante e inveterado culpable.
       –No –dijo cuando puse la punta de la cuerda en su mano–. No, usted no habla en serio –y su boca se abrió ancha y sonrió con toda su maldita cara de luna.
       –Yo, yo creía, por alguna razón, que no le caía bien –explicó–. ¿No es gracioso que yo cometiera ese error? –y al pensar en ello se apretaba los costados por la risa.
       –¿Cómo se llama? –se las arregló para preguntar entre paroxismos.
       –Bellona –le dije.
       –¡Je, je! –se rió disimuladamente– ¡Qué nombre más gracioso!
       Rechiné los dientes, porque su alegría me ponía nervioso, y estallé: "Ella era la esposa de Marte".
       Entonces la luz de su cara de luna llena comenzó a disminuir hasta que explotó: "Ese era mi perro. Bueno, me imagino que ella ahora es viuda. ¡Ah! ¡Jo, jo! ¡Ay! ¡Je, je! ¡Jo!", gritó tras de mí y yo me di vuelta y huí rápidamente por sobre la colina.
       Pasó una semana y el sábado a la noche le dije:
       –Usted se va el lunes, ¿no?
       Asintió con la cabeza y sonrió.
      –Entonces no tendrá otra oportunidad de obtener una porción de esas truchas que "lo vuelven loco".
       Pero él no se dio cuenta de la burla.
       –Ah, no sé –se rió entre dientes–. Mañana voy a tratar de hacerlo con toda mi alma.
       De este modo me aseguré doblemente y volví a mi casa abrazándome a mí mismo de placer.
      Muy temprano, a la mañana siguiente, lo vi salir con una red de pescar una bolsa y Bellona trotando atrás de él. Yo sabía adónde iba, así que corté por el pastizal trasero y ascendí por entre los matorrales hacia la cima de la montaña. Manteniéndome cuidadosamente oculto lo seguí por la cresta a lo largo de tres kilómetros hacia un anfiteatro natural entre las montañas, donde el pequeño río corría hacia abajo saliendo de una garganta y se detenía a recobrar el aliento en un enorme y plácido estanque contenido por las rocas. Ese era el lugar. Me senté en el borde de la montaña, desde donde podía ver todo lo que pasaba, y encendí mi pipa.
       Antes de que pasaran muchos minutos, John Claverhouse apareció chapoteando por el lecho de la corriente. Bellona andaba cerca de él, y los dos estaban en buena sintonía, mezclándose los cortos y abruptos ladridos de la perra con las más profundas notas del pecho de Claverhouse. Al llegar al estanque dejó en el suelo la red y la bolsa, y sacó de un bolsillo lo que parecía una vela gorda y grande. Pero yo sabía que era un cartucho de dinamita, porque ese era su método de pescar truchas: Las dinamitaba. Aseguró la mecha envolviendo la dinamita apretadamente en una tela de algodón. Entonces encendió la mecha y arrojó el explosivo al estanque.
       Como un relámpago, Bellona se lanzó al estanque tras el cartucho. Yo podría haber gritado de alegría. Claverhouse le gritó, pero sin resultados. Le tiró piedras, pero ella nadó sin cesar hasta que agarró el cartucho con la boca, dio media vuelta y nadó hacia la orilla. Entonces, por primera vez, él se dio cuenta del peligro y empezó a correr. Como yo lo había previsto y planeado, ella llegó a la orilla y corrió tras él. ¡Ah, les digo que fue grandioso! Como ya lo he explicado, el estanque se hallaba en una especie de anfiteatro. Hacia arriba y abajo la corriente se podía cruzar pasando por las rocas que sobresalían. Y ahí estaban corriendo Claverhouse y Bellona, vuelta y vuelta corriente arriba y corriente abajo a través de las piedras. Nunca hubiera creído que un hombre tan torpe podía correr tan rápido. Pero vaya si corrió, con Bellona tras él ganando terreno. Y entonces, justo cuando ella lo alcanzó, él a las zancadas y ella saltando con la nariz pegada al tobillo de él, hubo un súbito relámpago, una nube de humo, una tremenda detonación, y donde un instante antes se hallaban un hombre y una perra, ahora no quedaba nada más que un enorme agujero en la tierra.
       "Muerto por accidente mientras pescaba ilegalmente." Ese fue el veredicto del jurado; y es por eso que yo me enorgullezco del modo tan hábil y artístico en que me deshice de John Claverhouse. No hubo nada de manipulaciones ni brutalidad; nada en todo el asunto de qué avergonzarse, como estoy seguro de que lo admitirán ustedes. Ya no se oye más su risa infernal haciendo eco entre las colinas, y nunca más se ha alzado su cara de luna llena para perturbarme. Mis días son pacíficos ahora y mi sueño por las noches es muy profundo.

Traducción: Marcelo Damiani

viernes, 2 de octubre de 2009

Ficción: Cuatro Cuentos

       En esta revista online del cuento hispanoamericano, ideada por Gustavo Valle, se pueden encontrar textos de Pía Bouzas, Miguel Gomes, Alejandra Laurencich, Eduardo Muslip y Hebe Uhart, entre muchos otros más. El del autor de este blog se encuentra acá.

jueves, 1 de octubre de 2009

La vía

Por Marcelo Damiani

Todo empezó en la vía

el escarceo
                  la lluvia
                               los silencios

el sol golpeando con violencia los rieles del día
el tren en busca de un andén abandonado
aullando como animal malherido.

Sí.

Todo empezó en la vía
               nadie puede negarlo
pero lamentablemente terminó en el tren.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Entrevista a Thomas Norman Di Giovanni

Por Marcelo Damiani

       Di Giovanni, de estirpe italiana pero origen norteamericano, hoy ciudadano inglés, aunque con un fuerte anclaje argentino, actualmente vive en el sur de Inglaterra, entre Bournemont y Portsmouth & Southsea, muy cerca de la Isla de Man. Nos recibió muy amablemente en su acogedora casa, a punto de partir a Sudamérica de nuevo, con un montón de proyectos entre sus manos y muy contento por haber terminado la traducción que realizó con su esposa de esa obra maestra de la literatura argentina del siglo XIX llamada El matadero de Esteban Echeverría. Di Giovanni también es autor del libro de ensayos La lección del Maestro, editada por Sudamericana en 2002, donde reúne trabajos sobre el arte de la traducción y Borges, incluyendo la introducción a la Autobiografía que no le dejaron publicar junto con el libro. De todos estos temas hablamos en la entrevista que se puede leer completa acá.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

La conspiración y la muerte

"DeLillo se ha abocado a la imposible tarea de denunciar los sistemas que nos acosan, desde la publicidad y la televisión hasta el deporte y la guerra, pasando por el rock y el terrorismo -hoy en día tan lamentablemente de moda-. Dos de sus obras maestras, Ruido de fondo y Libra, nacieron precisamente de una radicalización de esta postura, al tratar el impacto que tienen la ciencia y los organismos gubernamentales en la vida privada."

El resto del ensayo acá.

martes, 1 de septiembre de 2009

Máquina Woody


“El suplicio es siempre no poder
desprenderse de uno mismo.”

Sören Kierkegaard


       Alguna vez dijo que lo único que lamentaba era no ser otra persona, tal vez sin darse cuenta que ahí no sólo condensaba su filosofía de vida, sino que también proporcionaba una de las claves quizá más importantes para contemplar su obra. Allan Stuart Konigsberg siempre quiso ser otro. Por eso rápidamente se apodó Woody, a mitad de camino entre el chiste fácil (woody en slang significa erección), la caricatura (Woody Woodpecker es El Pájaro Loco) y el ideal masculino inalcanzable: Bogey (apodo de Humphrey Bogart). No es casual que uno de sus primeros grandes éxitos sea la obra de teatro Play it again, Sam (1969) donde utiliza la figura de su ídolo y el final de la ya por entonces mítica Casablanca (1942) para construir por contraste su propio personaje. Así, en Sueños de un seductor (1972) de Herbert Ross, basada en su obra, Woody encarna a Allan Felix, tímido y torpe como él solo puede serlo cuando hay una mujer cerca, a excepción de la esposa de su mejor amigo: Linda. Los grandes momentos de la película suceden cuando la inseguridad de Allan proyecta la figura de Bogart. Siempre seguro de sí mismo, con el infaltable impermeable gris, Bogey encarna a una suerte de mentor fantasmal que le imparte a su pobre pupilo duros consejos sobre cómo tratar a las mujeres. Así, Woody se postula como una parodia de Bogey, aunque es el imaginario de Woody el que proyecta a Bogey. El procedimiento funciona así: Cuando la incertidumbre paraliza a Woody, llevándolo al monólogo o al soliloquio, allí aparece Bogey (para impulsarlo a actuar); y cuando Woody actúa, desaparece Bogey. Y también Allan y Allen. Porque lo que queda al descubierto es el mecanismo de funcionamiento de esa máquina llamada Woody. El verdadero motor inmóvil de toda su estética es ese deseo de devenir otro, como lo demuestra la interminable sucesión de nombres, películas, libros, historias y anécdotas que su genio no puede parar de perpetrar, motivado por su ya famoso inconformismo universal. En este sentido, quizá su película más emblemática sea Annie Hall (1977). Allí, desde el mismo comienzo, lo que aparece con más fuerza (oculto bajo un manto interminable de chistes agridulces) es su imposibilidad de conformarse, aunque disfrazado de desencanto vital. “Nunca aceptaría pertenecer a un club que me aceptara como socio”, le hace repetir a su alter ego Alvy Singer, suerte de voz cantante de su personaje ideal (Allan + Woody = Alvy). Todo el film gira en torno al descentramiento o la escisión provocada en Alvy por su separación de Annie. La historia y el montaje, por lo tanto, están estructurados sobre una base lingüístico-temporal cuasi caótica ya sugerida en el mismo título: Annie Hall era el nombre real de la abuela de Dianne Keaton, verdadera musa del Woody modelo 77. Es así que la trama está configurada a partir de conceptos-bisagra tales como ´profesión´, ´desconfianza´, ´matrimonio´ y ´muerte´, entre otros. Por medio de estas palabras claves la instancia narrativa va a articular su devenir en un juego de flujos y reflujos temporales, acercando sus idas y vueltas al vaivén de los sentimientos y al ritmo aleatorio de la memoria. El tema de la película, entonces, no parecería ser el amor, sino cómo procesamos esta emoción tan violenta que puede hacernos creer en la posibilidad de desprendernos de nosotros mismos. Es aquí donde la necesidad de conformarse, en el sentido de darle forma a lo que nos pasa, se vuelve de una vital importancia. Tal vez por esto Woody piensa que a la situación movilizante por excelencia que es el hecho de enamorarse tiene que corresponderle una acción sensorio motriz similar, y la encuentra en el simple acto de correr. Alvy y Annie se conocen jugando al tenis (para no hablar de la forma que ella tiene de manejar), Isaac corre en busca de Tracey al final de Manhattan (1979) y Danny hace lo propio en Broadway Danny Rose (1984), sin mencionar la gran cantidad de corridas que esto ha generado en películas allenianas como When Harry met Sally... (1989) de Rob Reiner o Defending your life (1991) de Albert Brooks, entre muchas otras, y cuya versión paródica quizá pueda encontrarse en Forrest Gump (1994) de Robert Zemeckis. Annie y Alvy, por último, tratan todo el tiempo de conformarse como pareja buscando un equilibrio (siempre inestable) entre el intento de disfrutar el momento (cuya violenta fugacidad parece agredirnos) y el deseo de encontrar una explicación racional a lo que por definición no parece poder tenerla.
       La misma idea, llevada a un espectro mucho más amplio de personajes y relaciones, es la que estructura Crimes and Misdeameanors (1989). Esta gran película, como Match Point (2006), remite desde el título a la célebre novela de Dostoievsky: Crimen y castigo (1866). Pero ahora los crímenes se han multiplicado y los castigos han sido reemplazados por pequeños delitos o faltas. El costado fuertemente existencialista del film está subrayado por la presencia del profesor Levy, cuyas palabras finales constituyen quizá uno de los más sabios textos que nos ha regalado el cine.
       En un universo en el que la presencia de Dios es por lo menos sospechosa, cínicamente, todo parece estar permitido. La mayoría de los personajes de la película sufren ese vacío existencial que los ha arrojado a un mundo cuyas instrucciones de uso nunca han sido establecidas. La angustia o la desesperación que sienten proviene de saber que las decisiones que toman los hacen demasiado responsables de sus actos, mucho más de lo que ellos quisieran ser. Cada decisión que toman los lanza a una realidad que al actualizarse, literalmente, asesina las posibilidades irrealizadas. Todos se han dado cita en un futuro en el que ciertamente no saben si quieren encontrarse. La única garantía para no tener que conformarse a la fuerza con lo que han llegado a ser parecería descansar en la capacidad de no mentirse a sí mismos. Pero actuar o no de mala fe no es garantía de nada. Judah y Cliff son los mejores ejemplos de ello. ¿Qué hacer entonces? Frente a esta gran pregunta filosófica, Woody parece responder que sólo hay que concentrarse en las pequeñas cosas, y, si se puede, tener fe. La fe, entendida como esa confianza ciega en lo que no podemos ver, está metaforizada por Ben, el rabino que está perdiendo la vista. De esta forma toda la película esté atravesada subrepticiamente por el tema de la visión: Judah no puede olvidar que su padre le ha dicho que nada escapa a los ojos de Dios y bromea que quizá por eso se hizo oftalmólogo; Cliff es documentalista y los escasos momentos felices que vive tienen que ver con proyecciones fílmicas, ya sea acompañado por Halley-Farrow o por su sobrina Jennifer, a quien le da lecciones de vida utilizando el soporte de la imagen. Su deseo de instruirla así y la excelente relación que establece con ella parece ser el más sano intento de incorporar la mirada de ese (otro) niño que todos llevamos dentro, como una suerte de ser que aún no ha sido tan contaminado por las inautenticidades del mundo que nos rodea. Pero estos destellos de felicidad no obnubilan la claridad mental de Woody. Es así que al final, luego de haber experimentado la imposibilidad de desprenderse de uno mismo y la triste necesidad de conformarnos, luego de los crímenes y pecados sin castigo, luego del fracaso como única ideología digna, sólo nos queda la posibilidad de una consolación filosófica: “A lo largo de nuestras vidas", dirá Levy, mientras suena ´I´ll be seeing you´ de Sammy Fain, interpretada por Liberace, "todos nos enfrentamos a decisiones angustiantes y elecciones morales. Algunas son de gran importancia. La mayoría de estas elecciones son sobre cuestiones menores. Pero nos definimos a nosotros mismos por las elecciones que hemos realizado. Somos, de hecho, la suma total de todas nuestras elecciones. Los acontecimientos se desarrollan de una forma tan imprevisible, tan injusta. La felicidad humana no parece haber sido incluida en los designios de la creación. Sólo nosotros, con nuestra capacidad de amar, le damos sentido al universo indiferente. Aún así, la mayoría de los seres humanos parecen tener la habilidad de seguir esforzándose, e incluso encontrar alegría en cosas simples como la familia, el trabajo y en la esperanza de que las futuras generaciones puedan entenderlo todo mejor.”

Marcelo Damiani

lunes, 3 de agosto de 2009

Barbara

Jacques Prévert

Rappelle-toi Barbara
Il pleuvait sans cesse sur Brest ce jour-là
Et tu marchais souriante
Epanouie ravie ruisselante
Sous la pluie
Rappelle-toi Barbara
Il pleuvait sans cesse sur Brest
Et je t'ai croisée rue de Siam
Tu souriais
Et moi je souriais de m
ême
Rappelle-toi Barbara
Toi que je ne connaissais pas
Toi qui ne me connaissais pas
Rappelle-toi
Rappelle-toi quand même ce jour-là
N'oublie pas
Un homme sous un porche s'abritait
Et il a crié ton nom
Barbara
Et tu as couru vers lui sous la pluie
Ruisselante ravie épanouie
Et tu t'es jetée dans ses bras
Rappelle-toi cela Barbara
Et ne m'en veux pas si je te tutoie
Je dis tu a tous ceux que j'aime
Même si je ne les ai vus qu'une seule fois
Je dis tu a tous ceux qui s'aiment
Même si je ne les connais pas
Rappelle-toi Barbara
N'oublie pas
Cette pluie sage et heureuse
Sur ton visage heureux
Sur cette ville heureuse
Cette pluie sur la mer
Sur l'arsenal
Sur le bateau d'Ouessant
Oh Barbara
Quelle connerie la guerre
Qu'es-tu devenue maintenant
Sous cette pluie de fer
De feu d'acier de sang
Et celui qui te serrait dans ses bras
Amoureusement
Est-il mort disparu ou bien encore vivant
Oh Barbara
Il pleut sans cesse sur Brest
Comme il pleuvait avant
Mais ce n'est plus pareil et tout est abîmé
C'est une pluie de deuil terrible et désolée
Ce n'est même plus l'orage
De fer d'acier de sang
Tout simplement des nuages
Qui crèvent comme des chiens
Des chiens qui disparaissent
Au fil de l'eau sur Brest
Et vont pourrir au loin
Au loin très loin de Brest
Dont il ne reste rien.

domingo, 2 de agosto de 2009

Los personajes de la metafísica

       El señor, el amante y el poeta. Notas sobre la perennidad de la metafísica es un ensayo fundamental para aprehender los derroteros por los que transita el pensamiento filosófico en la actualidad. No es casual que uno de los libros anteriores del autor haya sido, precisamente, La filosofía actual (1999). Allí, con la claridad envidiable que también evidencia acá, se abocaba a la difícil tarea de trazar el mapa de los debates disciplinarios que cerraron el siglo XX. Este libro es una suerte de continuación y ampliación del campo de batalla, a partir de la hipótesis de que "el dispositivo metafísico involucró siempre a tres personajes: El señor, el amante y el poeta. Y estas figuras siguen regresando en el pensamiento actual aunque traten con cierto desdén, y hasta con hostilidad, a esa misma metafísica cuyo proyecto prosigue". Soterradamente, también, la presencia de Nietzsche parece guiar gran parte de las búsquedas y relaciones que se establecen entre un gran número de autores, ideas y tendencias. Una de las más interesantes, sin duda, es esa zona en la que a veces, de la mano de la metáfora (y por lo tanto, del lenguaje), se encuentran la (gran) literatura, el psicoanálisis y la filosofía. Scavino, en estos casos, despliega toda su sensibilidad literaria para mostrarnos los cruces de la poesía de San Juan de la Cruz, Sor Juana, César Vallejo o Juan José Saer, con ideas de Platón, Hegel o Lacan, entre muchos otros más...
       La nota completa acá.

sábado, 1 de agosto de 2009

La brecha digital...

Por Laura Siri

       Lo primero que llama la atención cuando uno intenta analizar la llamada "brecha digital" es la mera existencia del concepto. Porque, por ejemplo, ya hay en el mundo 963 millones de desnutridos, y nadie habla de "brecha alimentaria". Sería difícil demostrar que algún grupo significativo de personas haya muerto por falta de tecnología informática. Sin embargo, cada año mueren 3,5 millones de niños por malnutrición y la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) cree que la cifra irá en aumento. Asimismo, muchas personas padecen enfermedades que deberían haber sido erradicadas hace mucho, y nadie habla de "brecha en salud". Por ejemplo, según la OMC, la tuberculosis es la principal causa de morbilidad y mortalidad infecciosa en los adultos de todo el mundo. Cada año mata a 1,7 millones de personas, es decir, prácticamente una cada 15 segundos, pese a ser curable. Y alrededor de dos mil millones de seres humanos están infectados con el bacilo de Koch. Quizá el origen del asunto tenga que ver más con aquellos que venden tecnología que con quienes supuestamente se beneficiarían por su uso. Cisco Systems, por ejemplo, es la empresa que fabrica y desarrolla equipos clave para que la Internet pueda existir: los routers. Anualmente esta firma de origen californiano publica en conjunto con el World Economic Forum su "Network Readiness Index" o NRI: Un listado de 127 países ordenado según un índice de grado de "preparación" o "aptitud" para la conectividad, conformado por 68 diferentes indicadores. En el primer lugar del ranking figura Dinamarca, seguida por Suecia y Suiza. En América Latina y el Caribe, sólo 4 economías se encuentran ubicadas entre los principales 50 puestos: Chile (34), Barbados (38), Puerto Rico (39) y Jamaica (46). México y Brasil están en los puestos 58 y 59, respectivamente. Este estudio, como muchos similares, sugiere que la conectividad amplia y de banda ancha impulsa la competitividad económica, el crecimiento sustentable y la reducción de la pobreza de un país. Sin embargo, ¿no podría ser exactamente al revés? Es decir que si un país es competitivo, tiene crecimiento sustentable y bajos niveles de pobreza, probablemente utilice sus abundantes recursos en incrementar la conectividad. También es posible que decida desarrollar un programa espacial, o cualquier otro proyecto costoso. Pero si incrementa la conectividad y el principal renglón de su economía es, digamos, la producción de algodón, sería difícil demostrar que eso beneficiaría automáticamente y en forma significativa el desarrollo económico y social. Como siempre se dice en estadística, correlación no implica causalidad. Incluso a escala micro seguramente se podría encontrar una correlación positiva entre la posesión de artefactos electrónicos, entre otras variables, con la capacidad económica de los hogares. De lo cual alguien podría concluir que la adquisición de dichos artefactos genera riqueza. Pero, ¿no será exactamente al revés? Porque es evidente que si uno tiene recursos, puede comprar PCs, televisores de plasma, notebooks, teléfonos de alta gama, y mucho más. Pero comprar esas cosas no aumenta la riqueza de nadie. No son necesariamente una inversión, pueden ser simples gastos, que mejoren la diversión y la comodidad, pero no siempre la productividad. Y las mismas personas que pueden permitirse adquirir todo eso, en el caso de no ser muy afectos a la tecnología quizá prefieran gastar sus recursos en construir una piscina en el jardín. Y hasta podrían vivir más años que los amantes de los "gadgets", debido al ejercicio de nadar regularmente, en vez de estar horas delante de una computadora. Es falaz suponer que quienes no se dedican a incorporar obsesivamente tecnología están condenados a estar del lado malo de la civilización frente a la barbarie. En España, un país del primer mundo, se leen a menudo informes donde se escandalizan de la baja penetración de la banda ancha con respecto a otras naciones de la Unión Europea. Lo que no se suele resaltar es que, según estudios de fundaciones como Telefónica y Orange, así como el BBVA y otros organismos, cerca del 70 por ciento de los hogares sin banda ancha declara en las encuestas que es por falta de interés. No es por el precio, no es por la complejidad, es porque simplemente no todo el mundo necesita Internet para sentir que vive mejor. El problema es que lo que podría ser una simple constatación de hechos, termina planteándose como prescripción. Por ejemplo, el NRI dice que "las nuevas definiciones retratan el alto ancho de banda como una necesidad, quizá incluso como un servicio público comparable al agua potable". En otro lugar, dice que "en un contexto social más amplio, se ha reconocido que la conectividad tiene un impacto positivo en la transparencia, el buen gobierno y la democracia". Esta última afirmación llama especialmente la atención si se piensa, por ejemplo, que la República Popular China, un país donde se puede recibir duras penas por expresar determinadas ideas en Internet, figura mucho mejor posicionado en el NRI que otros donde la opinión no es delito. Este tipo de rankings induce a pensar que la conectividad no sólo trae competitividad económica, sino también democracia y transparencia, cuando esto es sencillamente una falacia. Es natural y no tiene nada de malo que Cisco y otras empresas de informática, que son organizaciones con fines de lucro, traten de persuadir a la sociedad de que los países atrasados en ese rubro están económicamente perdidos y perderán el tren de la modernidad. Cada uno tiende a presentar las situaciones del modo más favorable a sus intereses. Pero, si el tema se considera en forma más sistémica, se puede poner en duda que haya que ir hacia la llamada "Sociedad de la Información" lo más rápido posible y a cualquier costo. El caso de la Argentina puede ilustrar este punto. En los '90, cuando la economía era extremadamente abierta y la tendencia general era hacia la desregulación y la liberalización, los bienes importados, como los electrónicos, no resultaban relativamente tan onerosos para los presupuestos hogareños como hoy en relación al ingreso. Se podría pensar que, de continuar esas condiciones, hubiese sido más fácil romper la brecha digital en el país. Sin embargo, por la específica estructura de la economía argentina, ese tipo de políticas generó desempleo, quiebra de empresas y falta de competitividad. Durante el 2002, con la caída de aquel modelo económico, uno de los mercados más castigados por la crisis fue, justamente, el de informática. En la actualidad, con otro tipo de cambio y políticas más proteccionistas, según datos publicados en abril de 2008 por Marcó Consultora se necesitan 2,52 sueldos promedio para comprar una computadora de escritorio sin marca, y casi tres para adquirir una PC de marca. En cuanto a las portátiles, requieren 3,09 sueldos si son armadas localmente o 4,06 si son de marca internacional. Así que es factible que unas mismas políticas, por un lado, tengan un efecto reductor de las brechas digitales y, por otro, repercutan negativamente en la economía global de un país. Concretamente, es posible que en la Argentina de los '90 las importaciones libres y baratas fueran buenas para comprar computadoras. Pero eran malas para el empleo y la producción, porque junto con un montón de productos como los de informática, que no se podían desarrollar localmente, también ingresaba una gran masa de mercaderías de todo tipo que competía con ventaja con la industria nacional. Por supuesto, lo ideal sería que el país tuviera una producción propia de bienes de alta tecnología, generada en el marco de un Sistema Nacional de Innovación. Pero, por muchas razones, ése no es el caso de la Argentina ni de los países subalternos en general, y esa situación no se corregirá comprando la generada en los países centrales. También hay paradojas peores, como ilustra el floreciente mercado mundial de móviles. En efecto, según un informe de la Organización de las Naciones Unidas publicado en febrero de 2008, estos teléfonos están ayudando a disminuir la brecha digital. Dicho estudio también resalta que los subscriptores a telefonía celular casi se han triplicado en los países en vías de desarrollo en los últimos cinco años, y ahora representan cerca del 58 por ciento de los usuarios en todo el mundo. Se estima que ya hay unas 3000 millones de personas con celular. Particularmente, "en África, donde el incremento en términos de número de subscriptores de teléfonos celulares y el ingreso al mercado ha sido el mayor, esta tecnología puede mejorar la calidad de vida de la población en general", asegura el informe. El problema es que, justamente en África, más concretamente en el Congo, la explotación de un material necesario para la fabricación de celulares está impulsando conflictos bélicos terribles. Se trata del coltan, denominación usual de la aleación de dos minerales: Columbita (col) + Tantalita (tan). Este material es vital para fabricar aparatos electrónicos, centrales atómicas y espaciales, misiles balísticos, videojuegos, equipos de diagnóstico médico, trenes magnéticos y fibra óptica. Pero el 60 por ciento de su extracción y comercialización se destina a fabricar condensadores para teléfonos móviles y, al parecer, no se puede reemplazar por otra cosa. El 80 por ciento de la producción mundial de coltan viene del Congo. Y las disputas por el control de su producción están generando cruentas catástrofes humanitarias desde hace más de una década. Se estima que sólo en la región operan 23 grupos armados y todos van detrás de lo mismo: la riqueza mineral. Además, según un informe del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas difundido en el 2001, algunas trasnacionales de celulares financian a través de intermediarios clandestinos a los bandos en pugna. Entonces, a pesar de su contribución para que el resto del mundo pueda tener celulares a granel, la República Democrática del Congo es uno de los países más pobres del globo, donde miles de desplazados deambulan en medio de todo tipo de peligros y sin los servicios humanitarios más elementales. Por cierto, este país ni siquiera figura en el listado NRI. Por lo tanto, parece que para que en muchos lugares del mundo se disfrute de ciertos adelantos técnicos, el precio pueden ser condiciones infrahumanas de vida en algunas regiones olvidadas. Otra falacia usual en el discurso sobre la brecha digital proviene de la escasa consideración acerca del esquema de propiedad de las tecnologías que se pretende difundir. Por ejemplo, es muy común leer que Microsoft done software a escuelas u otras instituciones con el fin explícito de contribuir a reducir la brecha digital. Según un comunicado de esta empresa, desde el 2003, la compañía ha donado más de 135 millones de dólares en efectivo y software para apoyar a organizaciones sin fines de lucro en 21 países de Latinoamérica y el Caribe.Sin embargo, el texto del contrato de las licencias de uso del software de Microsoft, tanto adquiridas en el mercado como mediante donaciones, contradice claramente la idea de que ese tipo de tecnología pueda contribuir de algún modo para reducir la brecha digital. La razón principal es que, evidentemente, cuando un software se puede compartir legalmente, muchos pueden beneficiarse de su uso sin ninguna barrera de entrada. Pero, en las licencias de Microsoft y de otras empresas, compartir el software está expresamente prohibido. El software libre, en cambio, una vez obtenido, puede ser usado, copiado, estudiado, modificado y redistribuido libremente. Es posible que para obtenerlo haya que pagar, pero se distribuye mediante licencias que permiten las llamadas "cuatro libertades":
       Usar el programa con cualquier propósito.
       Estudiar el funcionamiento del programa, y adaptarlo a las necesidades.
       Distribuir copias, con lo que puede ayudar a otros.
       Mejorar el programa y hacer públicas las mejoras, de modo que toda la comunidad se beneficie. El software que no las respeta, como el de Microsoft, Adobe, Apple, y muchas más, se denomina "privativo", porque priva al usuario de estas libertades. Según el gurú del software libre Richard Stallman, cuando Microsoft u otras empresas regalan software, lo que hacen en realidad es crear dependencia de su modo de hacer las cosas. Hacen que el usuario aprenda a usar solamente sus herramientas y, por lo tanto, luego le dé pereza mental usar otras. Lo que dice Stallman es bien fuerte: afirma que este modelo de negocios es igual al de los traficantes de droga, que dan las primeras dosis gratis y luego, una vez creada la adicción, por supuesto las venden. Y si los niños que usaron ese software donado en su escuela quieren usarlo en su casa o en su trabajo cuando ya son adultos, ya nadie se lo dará gratis. Además, por razones estrictamente comerciales, los productos de software privativo constantemente vienen en nuevas versiones, que deben pagarse, y el fabricante discontinúa el soporte de las versiones anteriores. Discontinuar el soporte implica, por ejemplo, que ya no haya parches de seguridad para los productos previos, con lo cual el usuario se expone a toda clase de vulnerabilidades informáticas si continúa usándolos. Esto es visto por los defensores del software libre como una especie de "impuesto al conocimiento". Por otra parte, cada vez que sale una versión más actual, aumentan los requerimientos del hardware compatible, lo que obliga a realizar fuertes y constantes inversiones en nuevos equipos. Evidentemente, esto no contribuye a cerrar la brecha digital. El software que se obtiene gratis no necesariamente es software libre. Así que, cuando una empresa que habitualmente vende software privativo lo regala, por ejemplo, a una escuela, de algún modo le está dando un caballo de Troya. En particular, está obligándola a sostener la dudosa teoría de que compartir está muy mal, que debería ser criminalizado. También que está mal tratar de conocer cómo funciona esa tecnología porque, como los códigos fuente del software privativo son secretos, para usarlo se necesita aceptar que intentar aprender cómo está hecho está prohibido. Y esta última reflexión se relaciona directamente con la falacia más peligrosa de muchas discusiones sobre brecha digital. La idea de que lo malo es no tener suficiente acceso al consumo de ciertos productos tecnológicos, cuando el drama es no tener acceso a su producción. Quienes realmente ganan con las tecnologías de información y comunicación son quienes las desarrollan y las venden, no necesariamente quienes las compran. El mecanismo de generación de falacias acerca de la brecha digital es simple: Se abstrae arbitrariamente una dimensión de la condición desigual del acceso a los bienes. Se plantea que es causa algo que sólo es consecuencia, y se omite que en ciertas circunstancias la reducción de dicha dimensión arbitraria no disminuye el monto global de desigualdad, sino que lo amplía. Finalmente, se acude al truco más viejo del mundo: presentar como interés general lo que, en realidad, es un interés particular de quienes venden determinados bienes y servicios y querrían que fueran tan de primera necesidad como el agua y la comida.

       Fuente: "Revista Alambre. Comunicación, información, cultura". Nº 2, marzo de 2009, http://www.revistaalambre.com/.

jueves, 2 de julio de 2009

Por poeta, por loco, por Lisboa

No sé ya si por poeta,
por ebrio o por ambas cosas,
se me confunden las calles
de la escarpada Lisboa
con el andar de una dama
que vi cruzar presurosa.

Sea por ebrio o por poeta,
por loco o por otra cosa,
voy de taberna en taberna
buscando de aquella moza,
el aire que en sus vestidos
muestra la calle sinuosa.

Si la joven se detiene,
o en la taberna se asoma
el aire de algún recuerdo
de la ciudad de Lisboa,
ya no sé si estoy bebiendo
mi nostalgia o su persona.

No tiene caso saberlo,
no alcanza el vino que roza
con su virtud mis pecados.
La dama ya es cada cosa
de esta ciudad. Sin remedio,
todo el amor es Lisboa.

(¿) Fernando Pessoa (?)

miércoles, 1 de julio de 2009

Reflejos

Por José de Ambrosio

   ¿Habrá infinitos universos paralelos? ¿Serán paralelos los universos infinitos? ¿Nos repetiremos una y otra y otra vez en absurdas regiones metafísicas? 
   ¿Caminaremos por bosques de seda y multiplicados continentes de cristal? ¿Qué vertiginosos ríos de fuego surcaremos? 
  ¿Se propagará en extravagantes mundos cada agravio que me infieras? ¿La pluralidad del cosmos reproducirá como el eco de los ecos tus infamias? 
   ¿Me quedará el consuelo, Raquel, Raquel, de pensar que esta bala, que esta bala, que esta bala te atravesará por siempre, por siempre, por siempre? 

Publicado en el Nº 15 de la Revista Puro Cuento

miércoles, 3 de junio de 2009

Salida

                                            Por Marcelo Damiani

Nunca aprenderá a jugar al ajedrez
perdida en eventos sociales
y fiestas sin sentido.

Nunca podrá hacer nada perdurable
ignorante de que su rutina
mata lo creativo.

Nunca escuchará el murmullo del mundo
mientras fuma, ríe y se emborracha
buscando emociones vacías.

Nunca dejará de ver la vida como una fiesta interminable
sin saber que lo único que puede esperar de ella
es que alguien le muestre rápido la salida.

lunes, 1 de junio de 2009

La bicicleta según Samuel Schkolnik

        "En la penumbra del zaguán duerme su liviano sueño la bicicleta. No hay condición más modesta que la suya: antecesora del avión, prima del automóvil, hermana de la motocicleta, se distingue empero de sus rumbosos parientes en que no promete sino lo que es capaz de dar… Montemos, en fin, la bicicleta, démonos a la levedad de su andadura, echemos a rodar en el fino encordado de sus ruedas el sosegado compás de los pedales por el que se obtiene el equilibrio, y nos será dado conocer con maravilla su corazón de ave pedestre, su savia manera de acceder a la gracia sin descartar la gravedad: sólo dos puntos de contacto con el suelo mientras lo demás de su estructura se yergue vertical, avanza, corta el aire y suscita el cabrilleo de la luz en sus metales".

De Salven nuestras almas por Samuel Schkolnik.

domingo, 3 de mayo de 2009

Entrevista a Caín

Por Marcelo Damiani

       El reportaje, como todo género literario, tiene sus reglas. Una de ellas sostiene que el entrevistador debe presentar al entrevistado con una cierta distancia que asegure la supuesta objetividad de la presentación. Lamento no poder cumplir con esta regla. Hace mucho tiempo que quería tener una charla con mi entrevistado y la razón es tan simple como evidente: En mi modesta opinión, él es el mejor escritor latinoamericano con el que jamás he conversado.

       La entrevista completa acá.

sábado, 2 de mayo de 2009

Idea Vilariño (1920-2009)

Por Marcelo Damiani  
Siempre quise escribir algo sobre ella. En realidad lo que siempre me fascinó es que se llamara Idea. ¿Cómo era posible que alguien se llamara así? ¿Cómo era posible que a sus padres -o a sus abuelos o parientes, ya que en estos casos nunca se sabe- se les hubiera ocurrido la idea de bautizarla con el fantástico nombre de Idea? Seguramente esto sólo podía pasar en un país como Uruguay a principios del siglo XX. La idea de Idea... De sólo pensarlo me parece genial. Platón sin duda la hubiera amado; platónicamente, por supuesto. Idea debe ser el nombre ideal para cualquier mujer con ideas e ideales con la que uno sólo quiere relacionarse en términos conceptuales. Imagino que cualquier otro tipo de relación con ella debe de haber sido problemática, como parece que alguna vez pudo comprobar el mismísimo Onetti. Tal vez no sea casual que Idea se haya ido justamente ahora, cuando es más que evidente que hace mucho tiempo que vivimos en un mundo vacío de ideales y al que no le interesa ni respeta ningún tipo de Idea.

viernes, 1 de mayo de 2009

La erótica del relato. Nueva literatura argentina.

Compilación a cargo de Jimena y Matías Néspolo
Adriana Hidalgo Editora
Colección: "La lengua"

"La erótica del relato" más que una antología es una intervención. Una intervención literaria y cultural que utiliza estrategias de las vanguardias de principios del siglo XX para devolverle a la literatura aquello que ésta, en su afán por sacudir esteticismos rancios y acercar el arte a la vida, terminó olvidando. La barbarie, ahora, en pleno siglo XXI, ágrafo y virtual, se vuelve contra sí misma. La barbarie clama por papel, tiene memoria, recuerda que nació del oprobio y dice que toda palabra es política, que el olor de los muertos insepultos la subleva… Frente al imperio de la “mala literatura”, de la inmediatez y el consumismo vacuo, del desprecio de formas y de fondos, esta compilación de relatos absolutamente heterogéneos y las palabras que la preceden son un intento desesperado por guillotinar mandatos y despertar en la literatura la pasión demiúrgica dormida. “Lo literario” aquí quiere escribirse –refundarse– haciendo uso de todas sus libertades para llegar a través de lo lúdico, el amor, la locura, el dolor o el erotismo, a resoluciones orgásmicas. La erótica del relato es puro deseo, deseo de futuro. El lector juzgará si esta aventura, que intenta resolver con iracundia la imposible ecuación tramada entre Arte, Orfandad y Crimen, ha valido la pena.


Jimena Néspolo y Matías Néspolo



Relatos de: María Casiraghi, Oliverio Coelho, Marcelo Damiani, Marisa do Brito Barrote, Claudia Feld, Jorge Hardmeier, Gisela Heffes, Federico Levín, Pablo Manzano, Martín Murphy, Jimena Néspolo, Matías Méspolo, Mauro Peverelli, Patricio Pron, Ricardo Romero, Hernán Ronsino y Diego Vecchio.