martes, 1 de junio de 2010

H: El efecto Libertella (continuación del prólogo)

       Luego vinieron otros premios y otros libros, viajes y reconocimientos varios, una verdadera existencia bohemia que, desde la forma o la mirada, y sobre todo desde la actitud, conservó hasta el final. Durante los últimos años de su vida, por ejemplo, se lo podía encontrar a las horas más inverosímiles en su bar de cabecera, el Varela Varelita, en la esquina de Paraguay y Scalabrini Ortiz, charlando socráticamente con algún parroquiano o barruntando alguna “cosita”, como le gustaba repetir modesto. Ahí escribió gran parte de esa obra maestra de la ficción teórica que es El árbol de Saussure (2000).
       Tampoco era inusual verlo caminando por Palermo rumbo al correo, siempre con algún manuscrito bajo el brazo; manuscrito que por cierto él mismo se había encargado de encuadernar artesanalmente. Sus amigos recibíamos estas verdaderas obras de arte en nuestra propia casa, y después de leerlas con avidez lo llamábamos por teléfono, entusiasmados, para comentarle nuestra lectura lo más rápido posible, aún a sabiendas de que probablemente sería demasiado tarde. El manuscrito que nos había mandado, en los pocos días transcurridos, había sufrido una transformación casi absoluta, nos confirmaba Héctor entre risas, e incluso el nuevo texto ya había sido enviado de nuevo a nuestra casa para ver qué opinábamos de los cambios, y así el juego se repetía una y otra vez, como una nueva versión de la clásica carrera de Aquiles contra la tortuga. Este juego, cabe aclarar, era un efecto de la fe que Libertella tenía en el poder de la corrección. Era capaz de corregir todos sus libros hasta el paroxismo, como de hecho lo hizo, y aún así bromear con que a sus obras completas aún les faltaba un poco de todo.
       No hay que dejar de señalar que Libertella, por otra parte, más allá de su currículum impresionante y su proverbial modestia cuasi inverosímil, era una persona entrañable. Su conversación, indefectiblemente brillante, siempre nos hacía sentir que era él y no uno quien estaba aprendiendo algo de la charla, como la de Macedonio según Borges. Jamás había tocado una computadora, y todos sus originales estaban redactados con su vieja máquina de escribir portátil, adquirida en una tienda de segunda mano en Manhattan, cuando él daba clases en la universidad de Nueva York. Ahí había desplegado, como en sus tareas de editor y a lo largo de toda su obra, una mirada muy personal y fina sobre la literatura latinoamericana, convirtiéndose en una especie de testigo secular de los rituales y las performances artísticas ajenas, experiencias que eligió documentar cuando percibía que el trabajo realizado con la propia lengua hacía que pareciera una lengua extranjera, es decir, otra lengua. Así, coherentemente, podemos leer en el fragmento 34 de Zettel (2009): «Góngora en traducción. “Demás que honra me ha causado hacerme oscuro: Hablar de manera que a los ignorantes les parezca griego”». La apuesta libertelliana, de este modo, podría ser vista como una arriesgada apertura a la potencial clausura del lenguaje, suerte de versión conceptual del célebre relato de Kafka: “Ante la ley”. Es decir, mostrar el resplandor de los confines del sentido, de sus límites, de esa línea del horizonte, siempre inalcanzable, paradójica y curiosamente oscura que lo configura, y que de alguna forma también estructura y potencia nuestro deseo y le da forma a nuestra vida. Paralelamente, por otro lado, su escritura con el tiempo se fue haciendo cada vez más y más diáfana, y al final, como muy bien señaló Ricardo Strafacce, se aproximó asintóticamente al silencio, a esa página en blanco definitiva, arcaica y perfecta, a la que quizá también aludía Kasimir Malevich con su ya clásico “Cuadrado blanco sobre fondo blanco” (1918). Es que Libertella, suerte de teórico de la recepción literaria, estaba mucho más interesado en el carácter concreto del individuo lector que en la vacua abstracción de las etiquetas mercantiles y críticas (siempre demasiado dependientes de las modas intelectuales generadas por las agendas académicas y mediáticas).
       En gran parte gracias a lo antedicho, durante bastante tiempo (alrededor de 20 o 30 años), Libertella fue una suerte de código o clave secreta del sentido y del afán literario argentino. No obstante, como suele pasar en estos casos, muy pocos sabían realmente cuáles eran los algoritmos de ese código misterioso, y menos aún los que podían explicarlos, aunque muchos insinuaran conocerlos. Este libro es un intento de reunir a algunos de ellos en torno a ese fantasma literario. No ignoramos, por supuesto, el carácter necesariamente inacabado de nuestra empresa. Tal vez por eso, a diferencia de los compendios exclusivamente académicos, acá también hemos decidido incluir algunos textos que están más cerca de la crónica y del comentario. Con este gesto, además de cuestionar la ya anacrónica muerte del autor, creemos que se puede leer alguna marca del singular estilo libertelliano, cuasi inclasificable, y diversos afectos y efectos de su escritura en ciertos rasgos de su oralidad y su imaginario discursivo y micro-social. Sobre este vector, con muchos matices y diferencias, tratando de leer la literatura y la vida como una sola variable indivisible, trabajan los textos de Ariel Idez y Ricardo Strafacce, por un lado, y los de Laura Estrin y Damián Tabarovsky por el otro.
       Ariel Idez, al final, y Ricardo Strafacce, al principio, nos acercan a la figura de ese hombre que reía y nunca se quejaba, y nos regalan algunos atisbos de su peculiar personalidad; seguramente muchos, sobre todo los no creyentes en los santos sacramentos autorales de la teoría literaria, como ya hemos dicho, podrán encontrar ahí más de una interesante relación con los rasgos lúdicos de sus textos. Laura Estrin y Damián Tabarovsky, por su parte, despliegan lecturas que parecen complementar soterradamente las crónicas mencionadas más arriba, a partir de categorías como lo múltiple-literario y el doble vínculo.
       Un párrafo aparte se merece el texto de César Aira. Fiel a su estilo, escapando a las clasificaciones, Aira rescata en Libertella la figura del amigo ideal, una figura que parece traer aparejada, necesariamente, la práctica de una vida bohemia. Alguien cuya mera existencia es una suerte de freno a la violenta aceleración transformadora del mundo que nos rodea, y en este corrimiento continuo, crítico, la única constante es una poética de la amistad, siempre en busca del instante perfecto, crucial.
       En la contratapa del Diario de la rabia se cuenta la curiosa historia de ese libro, descendiente directo de “Nínive” y de una supuesta locura de los traductores a la hora de trasladarlo a la lengua de Shakespeare. Libertella, sorprendido por la noticia, decide producir una versión fácil, mientras piensa asombrado: “¿Así que siempre escribí para no ser traducido? ¿Qué clase de patología será ésta?”. Poco tiempo después llega a sus manos la traducción aparentemente imposible, llevada a buen puerto por la maestría de Jeremy Munday. Pero el envío no viene solo, sino que lo acompaña un ensayo del traductor que detalla los malabarismos verbales que realizó para tratar de trasladar los que Héctor había hecho en su lengua madre. Reproducimos ese ensayo en versión de Adriana Astutti.
       En una veta mucho más teórica (y a veces filosófica) se encuentran los textos de Raúl Antelo, Martín Arias, Ariadna Castellarnau, Maximiliano Crespi y Martín Kohan. Castellarnau, por ejemplo, se adentra en la fuerte relación que muchos presuponen pero pocos profundizan entre el universo libertelliano y el de Macedonio Fernández. Allí descubre conexiones fundamentales que van de los espacios cerrados a la firma y el nombre del autor, pasando por las preocupaciones en torno al lector y al mercado en ambos autores.
       Martín Kohan, por su lado, desarrolla la idea de que en la base de la poética libertelliana hay una apuesta por la asincronía (para habitar el presente con una ilusión de contemporaneidad total), por el énfasis en el trazo material (físico) de la escritura, y por la búsqueda, en el cruce de teoría y ficción, de una forma de coherencia, entre la que se destaca, sin duda, la fuerte creencia (nunca negociable) en la opacidad irreductible del lenguaje (contra la “histeria de la trasparencia”). Esto abre camino a la preocupación espacial de Libertella, en la que “concibe la geografía argentina como una isla lejana”, y siempre encuentra interioridades desde donde oponer resistencia en esa lucha constante de tácticas, poses y posiciones que para él es la literatura.
       Maximiliano Crespi, partiendo del aprendizaje de la inquietud antes que de la pasión literaria, encuentra en el clásico concepto aristotélico de potencia y en el de efecto parcial (postulando el placer frente al goce, el texto frente a la obra), dos claves de lectura posible para la poética libertelliana. Así, pensar la literatura como resto, como sobreviviente, incluso como síntoma, es tomar conciencia que ella hace posible los lenguajes por venir. La apuesta es fuerte: Concebir la obra como un don, “en cierto sentido implacable e infinita”, una suerte de promesa impensable o directamente imposible. Una obra de riesgo que se constituye en esa amalgama o fusión vital que acontece entre el experimento y el ensayo, entre pensar y escribir, entre ficción y reflexión.
       Martín Arias, en “Mantua – São Paulo – Bahía Blanca (Libertella sin Baedeker)”, da cuenta de un sistema hermético transhistórico que trata de pensar la ilegibilidad como una especie de arjé, originaria y fundamental, causal y soberana, antigua y actual a la vez; una postura o apuesta cuyo principal efecto de (no) lectura es el movimiento del gesto, siempre invocando el fantasma de lo no dicho. Toda la obra de Libertella podría ser vista así como una mónada o pliegue en los intersticios (casi) invisibles del mercado literario, pero también como el primer diagnóstico de esa rara enfermedad o peste llamada ´patografía´, cuya única cura conocida parece estar relacionada con la ya famosa prescripción lacaniana: ¡Goza tu síntoma!
       Antelo, en “Teoría de la caverna...”, luego de refutar el sintomático ataque que recibiera en su momento Nueva escritura en Latinoamérica (1977) por parte de Emir Rodríguez Monegal, se aboca al problema de la forma y lo informe, como un “desplazamiento en las relaciones tradicionales entre los valores y la vida”, rastreando su genealogía desde Nietzsche y Mallarmé, pasando por Heidegger y Artaud, Spinoza y Bataille, y terminando con Agamben y Deleuze; tal vez no esté de más recordar que el título del primer libro de Libertella, El camino de los hiperbóreos (1968), proviene de una paráfrasis de un fragmento nietzscheano. Coherentemente, Antelo sostiene que lo real de la literatura sería una especie de mapa o cartografía, a partir de la cual se podría hablar de una emergencia de la ficción teórica (quizá incluso filosófica), como la ensayada por los cavernícolas en “Literal”, para desmontar y denunciar el gobierno de la palabra vacía, y mostrar una línea de resistencia posible frente a los duros tiempos que corren.
       Alan Pauls, por su parte, analiza La arquitectura del fantasma a la luz de sus procedimientos vanguardistas, proyectando retrospectivamente una estela heurística sobre todos los otros libros de Libertella. En especial al detenerse en la figura del artista precoz, “mezcla insoportable de distraído y traidor” (de la vida), alguien que diseña su poética de ausencia (o de fuga) a partir de una suerte de relación histérica con el presente, cuyos efectos más sobresalientes son el absurdo y el humor.
       Por último, el nombre propio y la firma, esa marca-promesa que nos ha dejado el autor en la lengua, son la preocupación central del texto de Tamara Kamenszain, cuyos efectos de sentido van del trazo (extra) elaborado por Stupía (un pedido expreso de Libertella) a los designios insondables de las miradas por venir; el texto patentiza ese recorrido en el que la promesa del nombre, como el horizonte de expectativas, deviene efecto de lectura a partir de un fuerte núcleo de lectores y lecturas fervorosas que han construido el mito del escritor de culto. Frente al empobrecimiento de la producción literaria, como sostiene Julio Premat, y a la transformación del libro y la figura misma del escritor en mera mercancía, es quizá el escritor de culto uno de los pocos que aún hoy mantiene viva la esperanza de que sea dicha esa palabra sagrada que le atribuiría algún sentido al mundo, y renovado valor a nuestro empobrecido lenguaje.
       Tal vez por eso, ya lo hemos sugerido, Libertella escribe en castellano no sólo como si fuera una lengua extranjera, sino como asentando que toda lengua es en principio extraña, exótica, casi extraterrestre; su estilo anfibio, impredecible, se despliega en la (propia) lengua (ajena) interpelando las certezas semánticas del lector (para que llegue a sentir que lo que lee parece griego; o mejor: Bárbaro); siempre en busca de la frase que lo condense todo, pero no como en “El Aleph” de Borges, sino más bien como en una impensable carambola o calembour sin fin; una búsqueda que no reniega del azar y que no parece tener precursores, salvo quizá el mismo Macedonio (otro griego en potencia), y que por supuesto tampoco, hasta ahora, tiene descendientes (quizás porque todos lo somos un poco).
       El fantasma, la biografía del nonato, el lugar que no está ahí, el eco de ese sonido que aún no se produjo, la hache muda que inicia el trazo de su nombre rubricado por otro, son todas huellas y figuras perplejas que aluden a lo que nos hemos atrevido en llamar (como a este libro que las disemina sin fin) “El efecto Libertella”. No sería descabellado pensar, como ya hemos sostenido alguna vez por interpósita persona, que llegará el día en que, para nuestra sorpresa y nuestro asombro, una mera H solitaria o acompañada, ladina y feliz, nos señale el espectro libertelliano en los resquicios más recónditos de la lengua. Ese día, paradójicamente, Libertella se habrá liber(t)ado; habrá alcanzado su páthos, su éthos, su hýbris, su télos, su meta, su blanco, su fin. ¿Cómo evitaremos pensar, en ese futuro inexorable, que la H muda de nuestro maestro del oficio mudo es el sonido ausente de una literatura que jamás necesitó ser percibida para existir? ¿Cómo podremos negar la estrecha relación entre su ausencia presente y la presencia ausente de la H al pie de su foto sobre la mesa presidencial del Varela Varelita? ¿Cómo haremos para no ver su fantasma todo el tiempo y en todas partes, sonriente y distraído? Seguramente será imposible, y ahí, él, entonces, cumpliendo con su deseo de frenarse frente a la meta, por fin, habrá logrado ese corte, esa pausa, ese estado de gracia, ese cambio de ritmo esencial que estuvo persiguiendo durante toda su vida.
       Pero si el futuro ya fue, según proclamaban sus textos, esto quizá esté sucediendo ahora mismo, acá mismo, en este preciso momento, como si se tratara del último presente que Héctor nos legó antes de partir, para que también nosotros pudiéramos apreciar, agradecidos e incrédulos, los aplausos mudos que le tenían reservados en su morada final.

       No encuentro forma de terminar estas líneas, quizá porque el vacío que dejó tras su partida es imposible de llenar.

Marcelo Damiani

domingo, 2 de mayo de 2010

El escritor argentino y la narración

       El Mayo de las Letras invita a la charla-conferencia de los escritores Jorge Consiglio, Marcelo Damiani y Fabián Soberón a realizarse el viernes 21 de mayo a las 20 horas en San Martín 251 en la ciudad de San Miguel de Tucumán.

sábado, 1 de mayo de 2010

Racconto su commissione

Marcelo Damiani

       La nave dei pirati attraccò davanti casa. I marinai gettarono l’ancora intorno all’albero del vicino e si fermarono lungo la strada guardando all’orizzonte con sguardo malefico. Poco dopo scese il capitano e bussò alla mia porta; aprii, e lui entrò senza troppi preamboli e si sedette al bar distrutto che mi era rimasto da un racconto incompiuto di cow-boy. “Lei è uno scrittore, giusto?” mi chiese in una lingua sconosciuta; per fortuna entrambi maneggiavamo lo stesso codice letterario. “No; sono uno sceneggiatore”, risposi. “Fa lo stesso”, disse, “ci serve qualcuno con molta immaginazione”. “I critici dicono che non ne ho affatto”, avvisai. “Bene”, mormorò pensoso, “è un buon segno”. Fece una pausa; prese un bicchiere di whisky che era lì vicino, e mi guardò. “Io e la mia ciurma abbiamo un problema. Sono anni che non troviamo una buona avventura. Nessuno vuole farci spazio nelle sue storie, dicono che ormai non serviamo più a niente perché siamo passati di moda… Perciò abbiamo deciso di procurarci noi uno scrittore”. Ci mancava solo questa, pensai: Pirati con problemi esistenziali. “Guardi”, gli dissi, “i racconti di avventura non sono la mia specialità”. “Questo a noi non interessa”, borbottò, “ci metta pure nel genere che preferisce”. Si alzò in piedi bruscamente, andò verso la porta e aggiunse: “Ha tempo una settimana. E non provi a ingannarci. I due scrittori che ci hanno provato non sono più in grado di scrivere”. E se ne andò.
       Quindi, nel dubbio, iniziai a scrivere questo racconto.

       Traduzione dallo spagnolo di Maria Basso & Cannetrusca.
       La versione originale è qui.

viernes, 2 de abril de 2010

Deliro porque soy crítico

 
Por Marcelo Damiani

       En el principio fue la naturaleza

       Cuenta una leyenda de la isla que en La Habana habanera y revolucionaria de la temporada primavera/verano de 1962, Guillermo Cabrera Infante, también conocido como Caín, subió una noche al escenaro para hablar de cine y terminó pasmando al público con una afirmación categórica: "¡Orson Welles es una ballena!" Después de esta declaración cetácea, casi cetina, Cabrera abandonó tranquilamente el lugar sin decir ni una solitaria palabra más. Infante, fiel a su condición de infante, a la noche siguiente subió al estrado de nuevo en medio de un mutismo absoluto. De pronto, a sus espaldas, a manera de diálogo de película muda, apareció un cartel que decía así: “¡Orson Welles es una mariposa!”
       En el prefacio de Arcadia todas las noches, ese homenaje en forma de libro al arte de la digresión, Cabrera Infante, lejos de responder sobre el carácter lepidóptero o cetáceo de Orson Welles, asegura que si bien él dio esas charlas sobre cine, nunca hubo ni ballenas ni mariposas. Conociéndolo, sin embargo, podemos adivinar lo que quiso decir: “Todo eso ocurrió más o menos así, pero el único culpable fue Caín”.

        Can Kane Caín
 
       Caín, ese cínico ser bíblico, es el verdadero mentor de todas las críticas cinematográficas publicadas originalmente en la revista Carteles y Revolución entre 1954 y 1960 y ahora reunidas en la cuidada edición de este libro. Su diseño de tapa, curiosamente, parece un afiche algo añejo como los que solía haber en la entrada de los cines de barrio. Sobre un fondo en blanco y negro ligeramente azulado, El País-Aguilar, a la manera de un gran estudio de Hollywood, presenta a su super-estrella G. Caín (evidentemente un tahúr) en la superproducción amarilla (de más de 400 páginas) Un oficio del siglo XX. Más abajo, está esa famosa foto fija de la escena de El ciudadano donde Orson Kane Welles termina de escribir la crítica negativa de su amigo crítico Joseph Cotten. Y en la contratapa hay un excelente retrato expresionista (casi diríamos un plano americano) del latin lover Caín con traje blanco y bronceado tropical (inmortalizado por el gran director de fotografía español Néstor Almendros. Esta presentación del libro (parecida a los estuches de video de películas clásicas norteamericanas) quiere llamar la atención sobre el hecho de que estamos ante un texto que habla del cine cuando el cine todavía estaba en su apogeo: Y así es que muchas de las críticas van a hablar de películas que hoy en día ya se han convertido en clásicas como Kiss me deadly de Robert Aldrich, Muerte de un ciclista de Juan Antonio Bardem, El diario de un cura rural de Robert Bresson, La strada de Fellini, Los 400 golpes de Truffaut o Casta de malditos y Patrulla infernal de Stanley Kubrick. Pero esta presentación falaz, disfrazada, tambien alude a otras dos falacias que parecen perseguir a este libro: Primera (redundancia mera): Acá sólo se habla de cine. Segunda (omisión sin remisión): Esto no es una novela.

       No-ve-la crítica
 
       Cabrera Infante, epígono y alter ego de Caín, piensa que no hay otra expresión crítica relevante ante una película que no sea decir "Me gusta" o "No me gusta". El resto es literatura. Así, entonces, toda crítica no es más que literatura. Y de ahí a pensar que este libro puede ser leído como una novela no hay más que un paso y medio. De hecho, acá hay un fuerte personaje principal llamado Caín cuyo Infante Adán se encarga de presentar, perseguir y epilogar narrativamente (en "Retrato del crítico cuando Caín", "Manuscrito encontrado en una botella... de leche" y "Réquiem por un alter ego"). Además, como ya se anuncia en la parte baja de la tapa, directores de la talla de Orson Welles (el mundo es antes y después de Welles para Kane Caín), Alfred Hitchcock, Howard Hawks y Michelangelo Antonioni, entre otros, actúan como verdaderos personajes secundarios que entran y salen de la vida visual de este crítico divertido y por momentos críptico.
        El mítico Caín, también está sostenido como personaje principal por un poderoso proceso de verosimilización formado por los titubeantes testimonios de Cabrera, por la fotogénica foto de la contratapa y por las mismas críticas cinematográficas. El fuerte supuesto que subyace bajo esta elección es que, tanto al artista como al crítico, sólo puede conocérselo a través de su obra. La creencia que subyace bajo este supuesto es la certeza de que ninguna autobiografía está estructurada por la lógica de la vida, sino por la del lenguaje (lo que automáticamente las convierte en ficción). Así, por ejemplo, el espectacular texto de Caín sobre Vértigo (que tan bien da cuenta de toda esta problemática), más que mostrarlo como un amante del cine romántico y de los póstumos postulados surrealistas, lo muestra como una especie de poeta metafísico que trata de traducir ese ritmo fluyente y refluyente de la película de Hitchcock; esa sensación de estar en la cima de la vida y sentirse atraído por la sensualidad perversa del abismo (de la escritura). Esa vacilación al ver el fin del recorrido y sentir aterrados que los deseos (no) pueden realizarse de manera inminente: Ese viaje a través del espacio (de la palabra) y la (falsa) sensación de que el fondo sube hasta nosotros mientras nosotros bajamos hasta el fondo, curiosamente, se llama vértigo.

        Poéticas Paralelas
 
       Ahora bien, un buen parámetro de lectura de este texto, casualmente, coincide con uno de los motivos por los que Orson Welles es elevado al rango cinefílico de Dios. En Arcadia todas las noches (ese otro epítome formado por Cabrera pero perpetrado por Caín) se puede leer que el verdadero sujero de todas las películas de Welles nunca es un personaje, sino la atmósfera, la atmósfera de delirio que envuelve la diégesis de todos sus films. Y acá es donde se conecta la locura de Caín con la poética de Cabrera Infante: En la puesta en escena del delirio. Porque el crítico vive acosado por una inconmensurable multitud de nombres, historias, estilos y datos que cuando se mezclan empiezan a remitir enloquecidamente unos a otros (como si se tratara de un crucigrama desquiciado) y que puede terminar formando un lenguaje propio de sintaxis desbocada. En este mapa sin brújula que es la crítica, Caín parece descubrir que el lenguaje es capaz de encontrar la solución a eso que se revela como inacabado o insaciable. Descubre que se pueden escribir textos intensos y extensos sometiendo al lenguaje a la lógica ilógica del devaneo permanente en medio de las citas interminables de la cultura. Y como tal vez sería descabellado asociar este poética del delirio con una práctica reflexiva sobre la condición natural del mundo moderno, hay que reconocer que Caín no hace con el lector un pacto lógico sino patológico: A pesar de que pasa de felonía en felonía por el tránsito deletéreo de su sombra, pretende que uno no pueda dejar de leerlo hasta convertirse en una especie de secuaz perverso y divertido: Una especie de pervertido que disfrute del sinsentido de su humor absurdo y de sus constantes contradicciones. Porque como dice Barthes, el verdadero crítico es consciente de que la crítica no es más que un lenguaje o metalenguaje que no deja de ser auténtica porque sea contradictoria. Así, la contradicción, figura recurrente de esta poética del delirio, no invalida sino que convalida y revalida la identidad del texto. Es como si Caín sospechara que la identidad no es más que una suerte de relato ficticio donde compiten incontables personajes pasajeros en una constante pugna por tomar ese lugar de poder que es la palabra. Y en este sentido, las contradicciones, ese tipo de paradojas inconfesadas, no existen. Son sólo apariciones de personajes secundarios. Además, esta forma de enunciación, como diría González Requena, permite mostrar el proceso mismo por el que el sujeto se constituye: Permite comprender la ficción en la que el sujeto se constituye como tal: El yo que enuncia ficciona en su enunciado su proyecto imposible de coherencia: Cree que es él quien habla y cree que sabe lo que dice. Que la ficción se realiza lo demuestra la existencia misma de la sociedad. Pero que la ficción realizada es ficción, a pesar de todo, lo demuestra la angustia inevitable a la que el sujeto se ve condenado. Y es para vencerla por lo que recurre a la suprema ficción de un sujeto divino y lo rebautiza con el (sobre) nombre de Orson Whale Welles.

       Según pasan los años

       La estrecha relación que hay entre Un oficio del siglo XX (originalmente publicado en 1963) y Arcadia todas las noches (1978), como la que hay entre Caín y Cabrera Infante, antes que sucesiva es más bien complementaria (sin olvidar que forman una especie de tríada o tríptico con Tres tristes tigres: Novela que también puede ser leída como una puesta en escena del imaginario cultural creado por el cine). Así, no sólo se va a mantener un intenso gusto literario por películas y directores que luego van a ser tratados y retratados mucho más extensamente, sino que también va a permanecer una concepción esencialmente cinemática del cine y una fuerte ideología romántica, en contraposición a los decimonónicos postulados realistas y neo-realistas: O sea la propuesta de una lectura mítico-(lúdica)-literaria del cine, acaso para complementar las re-visiones filosóficas de Bazin y Deleuze.
       Infante Infante, finalmente, en esa especie de epílogo que es “Réquiem por un alter ego”, a-firma maliciosamente que Caín se ha suicidado para que vida su alter ego: Sin embargo, como todo lo que firma y afirma Cabrón Cabrera, nada es nunca totalmente cierto: Así, por ejemplo, cada vez que alguien asegure que Barton Fink es un “mosquito molesto” o que Woody Allen es un “mono posmoderno”, para sólo citar casos conocidos, nadie podrá dudar de que estamos ante la perversa presencia de Caín que ha regresado reptando de entre los muertos.

 
       Sobre Un oficio del siglo XX de Guillermo Cabrera Infante. El País-Aguilar, Bs. As., 1994. Publicado en la revista Espacios Nº 15, Dic. 1994/Marzo 1995, Bs. As.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Una nueva forma de sometimiento social

       Rosalía Winocur, argentina residente en México, vino a Buenos Aires para presentar su libro: Robinson Crusoe ya tiene celular (Siglo XXI). "La versión optimista de que estas redes van a democratizar a los pueblos y el acceso al conocimiento y crear circuitos alternativos al poder convive con la versión pesimista en la que el Gran Hermano se instala en nuestras vidas con un control absoluto. Una versión y la otra tienen algo en común: Un fuerte determinismo de la tecnología", dice la autora, doctora en Antropología por la Universidad Autónoma de México.
       ¿Qué es lo que hace que estas tecnologías se hayan vuelto indispensables, omnipresentes? "Finalmente -dice Winocur- los seres humanos, que en toda la historia hemos estado sujetos a la misma incertidumbre y a las mismas amenazas, encontramos un pequeño dispositivo que nos da la ilusión del control de nuestras circunstancias y de los otros".
       Es verdad, es una época de incertidumbres, en la que los peligros se multiplicaron porque las redes de comunicación los acercan y magnifican y donde las certezas ya no son tales. La comunicación a través de los celulares permite hacer el seguimiento del viaje de un pariente, por ejemplo. Décadas atrás, el viajar implicaba una larga travesía. La comunicación se basaba en cartas que cruzaban lentamente océanos y continentes. "Había que domesticar la esperanza..." piensa Winocur.
       La ilusión del contacto permanente forma parte de un conjunto de "certezas imaginarias" que van permitiendo "sobrevivir y afrontar, por ejemplo, la amenaza de la dispersión de la familia. La familia siempre fue una fuente de sentido y ahora se dispersa en la ciudad, tiene que recorrer grandes distancias. Esos trayectos están muy amenazados por miedos visibles e invisibles. Y de repente, llega esta tecnología que te ilusiona con la posibilidad de saber dónde está ese pariente..."
       Pero siempre hay alguien que pone en jaque las teorías. ¿Qué pasa el que se niega a usar celular? "Ese es alguien que te está recordando la fragilidad de la ilusión. El que no usa celular te está diciendo 'es ficticia tu certeza, yo no tengo celular y no lo necesito'. Claro, él tiene un discurso militante sobre eso: No quiere que invadan su privacidad."
       ¿Un usuario de celular puede devenir adicto? "La angustia de la desconexión es una adicción. Hasta los 90, en las películas, todos los personajes fumaban. Ahora, casi ninguno; la mayoría tiene un celular. De la misma manera en que el cigarrillo funcionaba como ansiolítico socialmente aceptado, el celular también es un ansiolítico. Entonces, las redes controlan la ansiedad y se vuelven redes de sometimiento. Para mí es una nueva forma de sometimiento social."

martes, 2 de marzo de 2010

La lección del maestro (continuación)

       Sin duda hay un efecto que todo prólogo produce, y es la actualización de un problema que sólo el lector puede resolver. ¿Esto se debe leer antes o después del texto principal? Claro que si la intención fuera que lo que está escrito acá se leyera el final se llamaría epílogo. Pero todos sabemos, como lectores que somos, que nos gusta transgredir estas pequeñas reglas de la literalidad, y que además una mala apertura del prefacio puede hacernos cerrar las puertas del libro para siempre. 
       Por último, antes de empezar en serio, podríamos decir que todo prologuista (yo, en este caso) se hace cargo con su firma (simbólica, allá arriba) de una creencia en el valor del texto que presenta. El autor del mismo, por otro lado, en muchos casos considera que a su obra no le vendrían mal unas palabras previas que lo apuntalen amistosamente, y que quizá incluso puedan ayudar a su mejor comprensión. Puedo dar fe de lo primero, sin duda, pero nunca estaré seguro de lo segundo. 
       Ahora bien, conozco a Esteban Prado desde hace un lustro, y durante todos estos años sé que se ha dedicado con ahínco y verdadera pasión a estudiar la obra de Héctor. Ha recorrido librerías y bibliotecas de todas partes en busca de ese dato perdido que a la larga puede resultar fundamental. Se ha topado con muros impensables y abismos abstractos que no lo han amedrentado, y fruto de su persistencia ha encontrado más de una perla para su botín crítico. Este libro es una prueba fehaciente de su tenacidad y sus hallazgos. 
       Acá, el lector ávido de estímulos encontrará muchos para abordar la obra de un autor siempre catalogado como difícil por los degustadotes de llanezas y vacuidades. Por otra parte, el crítico podrá disfrutar de un recorrido detallado y analítico de los distintos libros publicados por Héctor, la mayoría de ellos contextualizados y puestos en relación con ideas y problemáticas que hoy en día son más actuales que nunca, quizá paradójicamente por su aparente inactualidad. 
       Posible ejemplo de lo antedicho es la lectura que realiza Prado de Memorias de un semidiós. Esta suerte de relato policial, de estructura deshecha e imaginario en ruinas, parece resumir a la perfección la concepción literaria libertelliana. Es como si él hubiera comprendido, antes que nadie, que ésa era la única forma posible de escribir ficción en Argentina. Vaya esta cita como prueba de calidad de cualquier texto en serio o en serie que se escriba en nuestra dulce tierra: “Establecer desde dónde se narra no es una posibilidad, pasado y futuro se trastocan permanentemente: El futuro aparece como recuerdo, el pasado como premonición y el presente como incerteza”. 
       Tal vez para mitigar esa inestabilidad fundamental es que hay una fuerte concepción filosófico-psicológico-teórica en toda la obra de Héctor. La presencia de Nietzsche en su primer libro es insoslayable, Roland Barthes está muy presente en Las sagradas escrituras, y Freud, Lacan y Derrida revolotean como fantasmas en sus textos de madurez. Esteban Prado, sin embargo, se aboca a una puesta en relación con Giorgio Agamben. El viejo concepto de utopía, renovado por el filósofo italiano, le sirve en este caso para establecer interesantes conexiones con el hermetismo libertelliano. 
       La literatura es posible porque la realidad es imposible, rezaba una vieja consigna de la revista Literal. Tal vez dentro de poco se pueda afirmar que la literatura de Héctor, en parte gracias a este libro, ha perdido su aura imposible para entrar en un nuevo universo posible. Tal vez el trazo de la letra como caverna, como refugio, como hogar, pueda ya ser visto como una forma informe de resistencia, y no tanto de huida, frente los embates de una exterioridad demasiado demandante para con el yo más íntimo del sujeto creador. El hermetismo, así, también podría ser considerado como un juego y una pequeña venganza de ese niño sabio que todos llevamos dentro, pero que muy pocos se atreven, ya adultos, a manifestar sin reparos. 
       El ensayo que leerán a continuación, como el mismo autor lo confiesa, es el testimonio o registro de cómo la historia de un joven lector puede ser modificada por el encuentro con una obra única. Es un recorrido. Nadie está obligado a hacerlo propio. Por mi parte, creo que si algo he aprendido de los textos de Héctor acá releídos es esa capacidad para el repliegue de fuerzas cuando el mercado pide una avanzada y una invasión del territorio ajeno. En otras palabras, creo que todo prologuista debe saber cuándo retirarse. Por eso me tomo el trabajo de anunciar que el próximo párrafo será el último de este prólogo. 
       Para terminar, entonces, tampoco querría privarme de una confesión de lectura. Sentí, al atravesar el umbral de este libro, que si tuviera que defender la obra Héctor en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para mí, en la noche de su velatorio, haber conocido ya a Esteban Prado. Sentí que si yo, entonces, hubiera podido elegir o soñar ese encuentro, este es el libro que hubiera elegido o soñado escribir con él. Así, empuñaríamos con firmeza el cuchillo (o la lapicera), que acaso no sabríamos manejar, y saldríamos juntos a la llanura, espalda contra espalda, para enfrentar a los compadritos y los malhechores de rigor

       Prólogo a Libertella: Maestro de lecto-escritura. Un recorrido de Esteban Prado. Puente aéreo Ediciones, Mar del Plata, 2014.

lunes, 1 de marzo de 2010

Si la religión feroz del dinero devora el futuro (2)

       Pero en esta época nuestra, demasiado vieja para creer verdaderamente en nada y demasiado listilla para estar verdaderamente desesperada, ¿qué hay de nuestro crédito? ¿Qué hay de nuestro futuro?
       Bien mirado, existe aún una esfera que gira toda ella en torno al perno del crédito, una esfera a la que ha ido a parar toda nuestra pistis, toda nuestra fe. Esa esfera es la del dinero, y la banca –la trapeza tes pisteos– es su templo. El dinero no es sino un crédito, y de ahí que muchos billetes (la esterlina, el dólar, si bien no, quién sabrá por qué, quizás esto nos debería haber hecho sospechar algo, el euro) aún lleven escrito que el banco central promete garantizar de alguna manera ese crédito. La consabida “crisis” que estamos atravesando –pero ya ha quedado claro que eso a lo que llamamos “crisis” no es sino el modo normal en que funciona el capitalismo de nuestro tiempo– comenzó con una serie de operaciones irresponsables sobre el crédito, sobre créditos que eran descontados y revendidos decenas de veces antes de que pudieran ser realizados. En otras palabras, eso significa que el capitalismo financiero –y los bancos, que son su órgano principal– funciona jugando con el crédito, que es tanto como decir la fe, de los hombres.
       La hipótesis de Walter Benjamin según la cual el capitalismo es en verdad una religión –y la más feroz e implacable que haya existido nunca, pues no conoce redención ni tregua– hay que tomarla al pie de la letra. La Banca, con sus grises funcionarios y expertos, ha ocupado el lugar que dejaron la Iglesia y sus sacerdotes. Al gobernar el crédito, lo que manipula y gestiona es la fe: la escasa e incierta confianza que nuestro tiempo tiene aún en sí mismo. Y lo hace de la forma más irresponsable y sin escrúpulos, tratando de sacar dinero de la confianza y las esperanzas de los seres humanos, estableciendo el crédito del que cada uno puede gozar y el precio que debe pagar por él (incluso el crédito de los estados, que han abdicado dócilmente de su soberanía). De esta forma, gobernando el crédito gobierna no solo el mundo, sino también el futuro de los hombres, un futuro que la crisis hace cada vez más corto y decadente. Y si hoy la política no parece ya posible es porque de hecho el poder financiero ha secuestrado por completo la fe y el futuro, el tiempo y la esperanza.
       Mientras dure esta situación, mientras nuestra sociedad que se cree laica siga sirviendo a la más oscura e irracional de las religiones, estará bien que cada uno recoja su crédito y su futuro de las manos de estos lóbregos, desacreditados pseudo-sacerdotes, banqueros, profesores y funcionarios de las varias agencias de rating. Y acaso lo primero que hay que hacer sea dejar de mirar tanto hacia el futuro, como ellos exhortan a hacer, y volver un poco la vista al pasado. Pues solo comprendiendo lo que ha sucedido, y sobre todo tratando de entender cómo ha podido ocurrir será posible, quizás, reencontrar la propia libertad. La arqueología –no la futurología– es la vía de acceso al presente.

Publicado el 16 de febrero en La Repubblica.
Traducción: Álvaro García-Ormaechea.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Spettacolo

Marcelo Damiani

       Tremendo lavoro, pensa il giocatore di pool, dopo essersi reso conto che nessuno applaudiva ai suoi tiri. Due zanzare e una mosca sorvolavano sul panno verde facendo piroette nell’aria. Il giocatore si prepara ad eseguire un tiro difficile: Calcola le distanze, studia gli angoli. Le zanzare raggiungono la mosca, la obbligano a scendere sul panno verde e iniziano a spogliarla. Il giocatore e le zanzare impugnano i loro attrezzi e con calma prendono la mira. La mosca inizia a gemere. Avanti e indietro, avanti e indietro. Il giocatore muove la stecca e non si decide. Avanti e indietro, avanti e indietro. La stecca colpisce la bilia bianca, e la bianca quella rossa. Le zanzare stanno per terminare. Si sente un grido di piacere e le zanzare, stravolte, si separano un attimo prima che la bilia rossa gli passi sopra. La bilia azzurra riceve il colpo della rossa ed entrambe entrano impeccabilmente nella buca laterale. La gente si alza in piedi e applaude soddisfatta. La mosca e le zanzare si tirano su, si inchinano, salutano con una mano e pensano: Ogni volta è sempre più difficile intrattenere questi pazzi.

Traduzione dallo spagnolo di Maria Basso.

       La versione originale è qui.

lunes, 1 de febrero de 2010

Un libro visionario pensado para el porvenir

       “El arte es un fenómeno de tipo ambiental. En días de mucho calor y alta densidad atmosférica puede parecer un espejismo.” De esta forma brillante arranca Zettel, el último libro que Héctor Libertella escribió antes de morir. El texto empezó como una suerte de antología personal que pasó por muchas versiones (de hecho tal vez la publicada no sea la última), algo muy común en este autor que hizo de la obsesión por corregir sus textos (incluso los ya publicados) una parte fundamental de su inimitable estilo. La bella edición de Letranómada (de un verde intenso que recuerda la edición mejicana del Zettel de Wittgenstein que Libertella supervisó), bajo el cuidado meticuloso de Laura Estrin (también autora del acertado prólogo), está compuesta de nueve partes o secciones, todas precedidas por un epígrafe del autor. Son en total 95 fragmentos que quieren huir del carácter soberbio del aforismo pero también del aburrimiento (profundo) de la argumentación, como reza el epígrafe que abre el libro, firmado por un tal Winfried Hassler, pariente teórico (ficticio) del futbolista alemán Thomas Hassler (según confesión del autor), figura que ya prestaba otra de sus ideas (además de su nombre) para la apertura (y el final) de esa genial instalación histérica que es El árbol de Saussure (2000). Este espíritu lúdico va a ser un rasgo recurrente en los libros de Libertella, aunque toda su obra estuvo marcada por cierta etiqueta hermética que él mismo se encargó de afirmar con títulos como Ensayos o pruebas sobre una red hermética (1990), pero también de negar con galantería, como si estuviera parodiando a Tom Castro, ese personaje "inverosímil" borgeano al que le gustaba jugar con las tendencias del público; la diferencia es que Libertella siempre tuvo muy en claro cuál era su apuesta y jamás la negoció como la mayoría. Su poética, en un sentido, era una arriesgada apertura a la clausura del lenguaje, suerte de versión conceptual del célebre relato de Kafka: "Ante la ley"; paralelamente, por otro lado, su escritura se fue haciendo cada vez más y más diáfana, y al final, como muy bien señaló Ricardo Strafacce, se aproximó asintóticamente al silencio, a esa página en blanco definitiva, arcaica y perfecta, a la que quizá también aludía Kasimir Malevich con su ya clásico “Cuadrado blanco sobre fondo blanco” (1918). Es que Libertella, suerte de teórico de la recepción literaria, estaba mucho más interesado en el carácter concreto del individuo lector que en la vacua abstracción de las etiquetas mercantiles y críticas (siempre demasiado dependientes de las modas intelectuales). Citemos, en todo caso, una vez más su sabia locución del loro: “Allí donde hay un interlocutor, un solo interlocutor, allí se constituye un mercado”. Seguramente los fragmentos de Zettel encontrarán muchos interlocutores entre nosotros, pero muchísimos más en el futuro, ya que este libro, visionario y único, está pensado para el porvenir, como toda auténtica literatura que se precie de tal.

     Sobre Zettel de Héctor Libertella, Ed. Letranómada, Bs. As., 2009.

       Una versión un poco distinta de esta nota acá.

domingo, 3 de enero de 2010

The Opposite


       Uno de los mejores momentos de Seinfeld, esa obra maestra sobre (la) nada, es el episodio 22 de la quinta temporada. Allí, el amigo de la infancia del protagonista, George Costanza, perdedor nato por excelencia, hace un descubrimiento que le cambia la vida. Se da cuenta que todo lo que ha hecho a lo largo de su existencia fue un error. Jerry, lógicamente, le sugiere que lo opuesto, entonces, debe ser lo correcto. George, perdido por perdido, empieza a hacer lo opuesto de lo que le dicta su conciencia. Así consigue novia, trabajo, sale de la casa de sus padres, es decir, se convierte casi casi en un hombre exitoso. En un momento, condensando toda la idea del capítulo en una frase genial, su nueva novia, no por casualidad llamada Victoria, le pregunta sorprendida: "¿Who are you George Costanza?" Y él, ganador, canchero, convencido como nunca de que por una vez tiene la razón, responde: "I´m the opposite of every guy you´ve ever met".

sábado, 2 de enero de 2010

El sentido de la vida

Por Marcelo Damiani 

       Marianne y yo entramos al café en el preciso instante en que se apagan las luces y Gabriel empieza a tocar mi tema favorito: Velocidad. Nos paramos en la entrada como si la atmósfera densa del lugar fuera demasiado fuerte e hiciera falta una pequeña contaminación de nuestros cuerpos para poder avanzar. Abro y cierro los ojos una y otra vez tratando de acostumbrar mi mirada a la nueva iluminación del lugar. Poco a poco, las formas difusas de Gabriel se insinúan intactas arriba del escenario. Su cuerpo desnudo, como siempre, juega a escapar de las sombras mientras coquetea con la luz titubeante. Su movimiento, convertido ya en juego displicente, comienza a irradiar la ilusión de una cadencia contagiosa. 
       Entonces tengo la impresión irreal de estar en el lugar de Gabriel, moviéndome y cantando para un público impiadoso. Puedo sentir las múltiples miradas indiferentes y leves recorriendo la superficie de mi cuerpo y no sé si el sinsentido de mis palabras y el sentido de mi música les alcanza. Interrumpiéndome, Marianne, cuyo perfume persistente no deja de excitarme, me arrincona contra la puerta y me besa en la boca mientras sus manos se pierden entre mi camisa y la campera. Cuando cierro los ojos, ahora, veo la imagen que no puedo olvidar: Las piedritas de colores cayendo de la nada a la derecha de pantalla y formando una montaña ciega y perfecta: El símbolo de un reloj geométrico: El tiempo. Y la explosión que destruye la montaña de piedras mientras una risa negra e infinita señala el final del juego. 
       La semana pasada (yo siempre he sabido que los domingos son días especiales y que sólo los domingos pueden pasar ciertas cosas) el juego apareció misteriosamente en la computadora de mi padrastro: Máximo. Además, no sólo tenía el mismo título de mi futuro texto sino que también carecía de origen. A pesar de la pobreza de los gráficos de presentación y de que la música no tenía ninguna reminiscencia clásica, respondí todos los cuestionarios iniciales para ver de qué se trataba. Entonces me asignan un sexo, gustos, contextura física, conocimientos, habilidades, defectos y alguna que otra experiencia y me ponen ante la situación de conseguir trabajo: Me entrevista una especie de gerente que me promete un sueldo soberbio si nos acostamos ya mismo (soy una veinteañera rubia con cuerpo perfecto y casi nada de coeficiente intelectual), me niego rotundamente (es obvio que hago lo correcto), y él me echa a patadas del lugar. Mi Autoestima baja violentamente (por lo visto no entiendo bien el mecanismo del juego) y en un segundo de descuido muero atropellada por un auto. Una inscripción final me aconseja tomar más lecciones de vida si quiero jugar al juego en serio. 
       En Velocidad, mientras tanto, los acordes de guitarra se suceden cada vez más rápido, pronosticando el frenesí final que ya todos esperan. Cuando mis ojos irritados se acostumbran a la penumbra, alcanzo a divisar los gestos y las risas de Alan y Martín: Parecen dos payasos protuberantes que acaban de ver a un fantasma inofensivo y que para demostrarle al mundo su valentía lo llaman a los gritos. Agarro a Marianne de la mano y la guío a través del humo y el tumulto del lugar. Ahora, mientras esquivamos las mesas y los cuerpos que ralentan nuestro avance, tengo la sensación de estar en medio de una obra de teatro que me tiene por centro, rodeado de un público implacable que juzga cada uno de mis movimientos como si se tratara del análisis de una representación. Me siento como si hubiera hipotecado mi identidad en función de algo tan intangible que ni siquiera puedo hacer el intento de nombrar. Me siento, pienso, tan indefenso como Gabriel debe sentirse arriba del escenario, a pesar de las luces tenues y la experiencia con la que mueve sensualmente su cuerpo perfecto. Ahora, cuando llegamos a la mesa, todos se ponen de pie para saludarnos con besos y abrazos y sin demasiadas palabras. Veo que Alan ha venido con su chica de turno y Gabriel y Martín con las mismas mujeres de siempre. "¡Grande, Pappy!", grita Alan en mi oído mientras nos sentamos incómodamente. "¿Cómo anda la vida del sentido?". Y todos se ríen a carcajadas mientras Alan acompaña la pregunta con una sonrisa redundante y efectiva que acentúa su ambigüedad incontestable. Obviamente no puedo decir nada rodeado por este clima a media luz, lleno de humo y sonrisas y música suave. No obstante, no estoy muy seguro de entender las risas generales, a pesar de que creo que la pregunta se refiere al texto que prometí escribir hace tiempo, y no al juego que me tuvo atrapado en mi casa hasta ayer a la mañana. 
       Ahora, después de pasar todos los cansadores cuestionarios de nuevo, tengo que conseguir trabajo en un diario para no morir de hambre. Consigo una entrevista desesperada con la secretaria del jefe de redacción: Una vieja gorda que debe pesar varias toneladas. Pienso que la gorda va a querer sexo y no sé qué voy a hacer. (Ahora soy un filósofo frígido y amoral que no soporta los postulados románticos.) Pero ella quiere saber cuál es el más romántico y el mejor amante de todos los filósofos contemporáneos. Vehementemente, le contesto que su pregunta no sólo carece de rigor epistemológico sino también de sentido, y grito que por lo tanto es total y absolutamente imposible de contestar. Esta vez, después de morir de hambre, la inscripción final es harto lacónica: Demasiado sentimiento para la filosofía. Ahora, en los cuestionarios previos, acaso la parte más importante del juego, trato de cambiar mi suerte invocando al azar: Respondo lo más disparatadamente posible. Antes de terminar me doy cuenta que mi destino era obvio: El manicomio. El lugar, tengo que admitirlo, es realmente desolador, y como si esto fuera poco, mi Autoestima y mi Energía están por el piso. De pronto aparece un médico que me pregunta cómo me siento. La respuesta no puede ser muy difícil. Seguramente, pienso, a pesar de ser un enano bizco, jorobado y algo sordo, tengo que decir que me siento bien. Pero tardo tanto en contestar que el médico me sugiere que descanse otros nueve meses hasta nuestra próxima entrevista. Esa misma noche un cuadro depresivo me conduce al suicidio. La inscripción final, ésta vez, sólo puede ser calificada como clásica y cruel: El mundo está mucho mejor sin gente como ustedes. 
       Martín, de repente, le pregunta a Marianne por qué ha venido sola, dando comienzo así a uno de nuestros chistes favoritos. Marianne, sin sospechar nada, le contesta que ha venido conmigo. Que es como venir sola, completa Alan. Y ahora sí reímos todos menos Marianne, cuya mirada nos recorre uno por uno como lamentándose de no comprender bien el idioma de la isla. Con velocidad, mientras el frenesí final del duelo de guitarras se refleja reflexivo en la expresión de deleite del rostro de Gabriel, los custodios del lugar se acercan a una mesa cercana y echan a dos periodistas con intenciones de obtener una foto ilegal.
       La velocidad de Velocidad, mientras tanto, ha ido creciendo poco a poco insosteniblemente hasta que se rompen dos cuerdas de la guitarra de Gabriel, pero él sigue como si nada hubiera pasado y vuelve a ejecutar como puede todo el largo frenesí final. Alan y Martín ahora gritan enloquecidos: Suben a la mesa de un salto y empiezan a bailar una mezcla mezquina de tango y vals. Marianne me mira europea y yo hago un gesto significante que ella interpreta como que esto pasa casi siempre y que la locura no es contagiosa para los que no viven en la isla. Gabriel dilata el frenesí de Velocidad hasta donde nunca lo había hecho antes y antes de agarrar los palillos mira en dirección a nuestra mesa como coordinando el fin final. Alan y Martín, entendiendo la mirada, toman impulso y saltan al unísono: Se elevan, dan una temeraria vuelta en el aire, quedan suspendidos por una fracción de segundo y empiezan a caer mientras Gabriel levanta levemente los brazos y hace girar con pericia los palillos entre sus dedos. Antes que pase nada, como siempre, sé que la mesa va a recibir el doble par de pies en el preciso instante en que la batería reciba el doble golpe seco de los palillos de Gabriel. Y sé, también, que antes que la canción se transforme en eco y los vidrios de los vasos rotos vuelen en todas direcciones, la mesa se va a romper en pedazos y Alan y Martín van a terminar en el piso muriéndose de risa. 
       Al día siguiente descubro un par de cosas importantes. Hay que prestarle mucha atención a todas las variables que aparecen en pantalla, especialmente a Energía y sobre todo a Autoestima. Cuando están por debajo de veinte la muerte se acerca. Me cuesta horas y horas de práctica mantener Energía por arriba de cuarenta. Y Autoestima es tan ambivalente que nunca la puedo mantener por encima de treinta. Después me doy cuenta que en los cuestionarios iniciales hay que demostrar una arrogancia a toda prueba. Así, entonces, logro tener un par de aventuras interesantes en alta mar, algún que otro romance furtivo, una mujer que siempre cambia de nombre y de color de pelo, varios trabajos efímeros y un creciente deseo de controlar mi destino. Pero nunca paso de los cuarenta años. A partir de esa edad, evitar la muerte es lo más difícil. La última vez que juego, por ejemplo, soy un abogado mediocre (como todos los abogados) con pocas habilidades y pocos defectos. Estoy casado con una psicóloga feminista y fea (algo normal) y que no muestra signos de locura por ninguna parte (esto es lo raro). Ella está en el octavo mes de embarazo y todo anda bastante bien. Llego a pensar que esta vez voy a ganar, alcanzando ese tope de Autoestima y Energía que el juego llama Felicidad. Pero cuando estoy en el juzgado recibo una llamada de larga distancia: Mis padres han tenido un accidente de tránsito muy grave y ahora están en terapia intensiva. Mi Autoestima baja violentamente, casi demasiado, pero gracias a estímulos externos como la droga consigo mantenerme a salvo de una recaída. Cuando mi estado de ánimo se estabiliza, llamo por teléfono primero a mi hermana y después a mi esposa. No puedo comunicarme con ninguna de las dos. Le ordeno a mi secretaria que reserve un pasaje de avión para salir de la isla lo antes posible. Y decido pasar por casa antes de ir al aeropuerto. En la puerta está estacionado el auto de mi hermana. Seguramente, pienso, ella se debe haber enterado antes que yo de la tragedia. Entro y la busco en el living y la cocina sin resultado. Subo las escaleras pensativo. Estoy por abrir la puerta de nuestro dormitorio cuando escucho unos ruidos raros. Parecen algo intermedio entre las protestas y los lamentos. Abro la puerta con cuidado, lentamente, sin poder creer lo que estoy viendo: Mi hermana y mi esposa. Desnudas. En la cama. Con un negro gigante entre ellas. Jugando como adolescentes y disfrutando del accesorio extra del embarazo de ocho meses. Me doy cuenta que alguien ha estado tocando el timbre con consistencia. Salgo corriendo a toda velocidad escaleras abajo. Abro la puerta principal y aparece Marianne vistiendo su mejor sonrisa. La miro incrédulo y sonriente y ella obvia las cortesías de costumbre y me abraza y me besa como si realmente fuera mi hermana. 
       Ahora, mientras las formas de Gabriel y de su música se insinúan ilesas; mientras siento el fuerte perfume de Marianne que me envuelve como el humo y el humus del lugar; mientras soy consciente de los movimientos rítmicos y las risas de Martín al estrellarse contra el piso; mientras el recuerdo de las personas que fui se superpone con las imágenes de mis amigos y me hace dudar de eso que todos llamamos realidad, resignado, idiota, quizá inexplicablemente, me doy cuenta que Alan tenía razón. El sentido de la vida no es más que la vida del sentido. Un síntoma significante de esa suma sucia de preguntas sin respuestas cuyo resultado es el mundo: Deseo y decepción. La locura múltiple de personalidades permisivas, creencias inestables y ambivalentes y fallidos intentos de olvido. Una película empezada con un guión pésimo, un director incompetente y un montón de actores mediocres que se creen genios. 
       Sí. El sentido de la vida, pienso. 
       Mal título para un cuento. 

       La versión en inglés acá.

viernes, 1 de enero de 2010

Zettel

Por Sonia Budassi

       La contratapa de Diario de la rabia, uno de los últimos títulos que publicó en vida, señala que estaba trabajando en este libro. La novela –editada por Beatriz Viterbo– a partir de la historia de arqueólogos, copistas y dudosos reyes es, en definitiva, una mueca irónica, a la vez que gesto intenso, de preocupación por la traducción; por la lectura y la interpretación; la reescritura y la tensión entre ficción y realismo. En esa línea, sin su aparato narrativo, retozan con brío los fragmentos de Zettel. En el prólogo, Laura Estrín habla de “una escritura deshilachada” que iba uniendo su obra en una sola. Por un lado está también el “homenaje” a Wittgenstein, a quien de manera explícita cita Libertella en un epílogo no señalado como tal. “¿Papelitos que sobraron de otros libros? ¿Notas y apuntes de notas por venir?”. También apunta que esas líneas no van a ningún lado, en una afirmación tan cierta como discutible. Si los cuadernos de notas son embriones de textos que tomarán otra entidad; si se asumen como borradores de ideas, como golpes fundantes, Zettel opera, al mismo tiempo, en un sentido inverso. Estas notas vuelven al resto un conjunto dinámico y tan macizo como evanescente: el libro motivará a revisar la obra anterior, a reescribirla, y redireccionarla. Puede revertirse la casuística; se puede comenzar por el final.

       La nota completa acá.

jueves, 3 de diciembre de 2009

La vida

                            Por Eugenio Montejo

La Vida toma aviones y se aleja;
sale de día, de noche, a cada instante
hacia remotos aeropuertos.

La Vida se va, se fue, llega más tarde;
es difícil seguirla: tiene horarios
imprevistos, secretos;
cambia de ruta, sueña a bordo, vuela.

La Vida puede llegar ahora, no sabemos,
puede estar en Nebraska, en Estambul,
o ser esa mujer que duerme
en la sala de espera.

La Vida es el misterio en los tableros,
los viajantes que parten o regresan,
el miedo, la aventura, los sollozos,
las nieblas que nos quedan del adiós y
los aviones puros que se elevan
hacia los aires altos del deseo.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

La nueva religión

       David Lodge es uno de esos raros escritores que pueden escribir novelas serias mientras hacen reír a todo el mundo. Tal vez no esté de más aclarar que su sentido del humor, sumado a su prosa sencilla pero efectiva, y a la caracterización del pequeño mundo universitario anglosajón, lo han convertido en uno de los mejores escritores ingleses de la actualidad.

       La entrevista completa acá.

martes, 1 de diciembre de 2009

Dejemos hablar al viento

Por Juan Carlos Onetti 

       Desde muchos años atrás yo había sabido que era necesario meter en la misma bolsa a los católicos, los freudianos, los marxistas y los patriotas. Quiero decir: A cualquiera que tuviese fe, no importa en qué cosa; a cualquiera que opine, sepa o actúe repitiendo pensamientos aprendidos o heredados. Un hombre con fe es más peligroso que una bestia con hambre. La fe los obliga a la acción, a la injusticia, al mal; es bueno escucharlos asintiendo, medir en silencio cauteloso y cortés la intensidad de sus lepras y darles siempre la razón.

martes, 3 de noviembre de 2009

Un ajedrecista llamado Humphrey Bogart

       "Bogart tenía un modesto lugar en el teatro como director de escena y actor de reparto y había recibido una oferta en Hollywood, cuya industria necesitaba actores que supieran hablar, mientras aprendían a hacerlo las estrellas del cine mudo. El actor marchó solo a Los Ángeles y luego de una estancia de algunos meses su contrato no fue renovado. Los productores adujeron la baja estatura y el labio partido, que le producía un ceceo al hablar, como un impedimento para que Bogart llegara a ser un galán de la pantalla. Así que volvió a Nueva York, y luego de algunos tropiezos logró reanudar su relación matrimonial con (Mary) Phillips.
       No fue fácil encontrar trabajo. Nadie en Broadway se impresionaba por el hecho de que Bogart hubiese filmado películas en Hollywood. Las obras para las que era contratado no permanecían más de una semana en cartelera, y se veía en serios problemas financieros. La pareja tenía como vecinos a otros dos matrimonios de actores con quienes hicieron un “fondo común para comida”. Y como el hambre es inteligente, a Bogart se le ocurrió que una forma de conseguir ingresos extras era jugando ajedrez. Una vez lo intentó y fue a las galerías de la Sexta Avenida donde ofrecía jugar una partida por una apuesta de medio dólar. Al final del día los resultados fueron suficientes para colaborar “con el fondo de la comida”. Así que el actor iba por las mañanas a las galerías, entraba a un local u otro y esperaba a los apostadores.
...
       En los círculos ajedrecísticos se cree que fue el propio Bogart quien sugirió incluir el ajedrez en la película. Pero Ann Sperber y Eric Lax, autores de una de las biografías más completas sobre el actor (Bogart, Tusquets, Barcelona, 1999), aseguran que fue Howard Koch el de la idea, pues la partida es una metáfora “de la complejidad ajedrecística que caracteriza a la intriga de Casablanca.
       La introducción del personaje de Rick Blaine es el tablero de ajedrez. Se ve también una copa de champaña vacía, un cigarrillo consumiéndose y un pagaré por un deuda de juego. Luego la cámara retrocede hasta un plano medio de Bogart frente al tablero, jugando una partida en solitario.
       Bogart, como hemos visto, era un estudioso de la defensa Francesa (y en el contexto de la película no podría más adecuada). Ésta es la posición con la que empieza la escena. Se ha llegado a ella después de 1. e4 e6 2. d4 d5 3. Cc3 Cf6 4. Ag5 Ae7 5. e5 Cfd7 6. h4 c5 7. Axe7 Dxe7. En este momento Rick es interrumpido y antes de abandonar el tablero toma el caballo de c3 y con un gesto de fastidio lo lleva a b5.
...
       Finalmente Bogart contrajo matrimonio con Lauren Bacall en mayo de 1945. Ella tenía 20 y él 45 años. Y es que además de su elegancia y sus largas piernas, “me gusta su juventud –decía el actor–, su carnalidad y su actitud de ‘me tiene todo sin cuidado’”. Betty (Bacall) también superaba a todas las demás por algo muy sencillo: Sabía jugar ajedrez.
...
       Después del nacimiento de su segundo hijo, la revista Silver Screen le preguntó cuáles eran las cosas más importantes en su vida. Bogie enumeró cuatro: la familia, el cine, la navegación y el ajedrez."

       La nota completa acá.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Justicia Poética

Por Germán Cáceres

       Esta novela se proclama chandleriana desde su título. Escrita en primera persona, su protagonista –cuyo nombre no se revela– ironiza sobre los acontecimientos que vive con una visión entre romántica y desencantada, digna del mismo Philip Marlowe.
       El libro se abre con un curioso prólogo de Alan Moon, donde hace una apología del ajedrez –tan vinculado por su lógica al proceso de la novela enigma– y afirma que “prefiere mil veces leer una novela escrita por un ajedrecista que soportar a los novelistas hablando de ajedrez”.
       La historia comienza cuando un adolescente contrata al detective para localizar a una modelo. En su búsqueda, nuestro héroe recorre una gran ciudad –también sin nombre como él– y allí se topa con personajes excesivos y excéntricos. La urbe ficcional adquiere sesgos fantasmales que invitan al lector a pensarla como una metrópolis monstruosa, mezcla de Córdoba, Buenos Aires y tal vez Nueva York.
       La trama atrapa por la calidad de los diálogos, ya que impera en ellos un sarcasmo por momentos brutal, salidas ocurrentes y réplicas brillantes. Se palpa la respiración del ingenio y la ironía de Chandler, pero muchas bellas imágenes y situaciones revelan que Damiani también es asiduo lector de Horace McCoy, Jim Thompson y Elmore Leonard, entre muchos otros.
       El narrador transita con humor por los tics y clichés de la novela negra, adoptando una clave paródica que alcanza la desmesura con una auténtica invasión de mujeres fatales dispuestas a devorar hombres. Sin embargo, esta parodia no sólo homenajea al género, sino que en el fondo está impregnada por un sentimiento de vacío, soledad y frustración. Un personaje femenino se pregunta: “¿O que llegado un momento no vas a sentir ese hastiante hastío por la vida que se ve que sienten esos millones de personas que andan por la calle como perdidos en la selva?”.
       La modelo comparte el nombre con la hermana del protagonista, y este recurso hace que la historia no sólo avance, sino que también retroceda por medio de evocaciones que a veces rayan con lo onírico. La narración, de esta forma, se desvía saludablemente haciendo que realidad y sueño se entremezclen mientras los hechos se tornan vagos e imprecisos. Esta atmósfera difuminada es la que permite que la resolución caprichosa del caso se vuelva convincente, puesto que pierde importancia ante el terreno ganado por la poesía.
       Por último, el libro nos regala una “mirada del adiós”, cuando el protagonista reflexiona que “los muertos siempre están vivos para nosotros de una u otra forma, y que en cambio nosotros, los vivos, estamos muertos para ellos”.

       Nota publicada en la revista “El Gato Negro” (1995).

domingo, 1 de noviembre de 2009

Novela porteña versus novela nacional

       "Partiendo de un juicio de Julio Cortázar como disparador, los escritores Martín Kohan, Marcelo Damiani y Fabián Soberón reflexionaron en una mesa redonda sobre la antinomia entre la novela de Buenos Aires y la del resto de la Argentina. Debate y opiniones cruzadas sobre la crítica y los medios".

       Por Román García Azcárate.

       La nota completa acá.

sábado, 3 de octubre de 2009

"Cara de luna" por Jack London

Una historia de mortal antipatía

       John Claverhouse era un hombre con cara de luna. Ya conocen el tipo: Pómulos muy separados, mandíbula y frente fundiéndose en las mejillas para completar la perfecta redondez, y la nariz ancha y gordinflona, equidistante de la circunferencia, aplastada contra el centro exacto de la cara, como una bola de masa pegada al techo. Quizá yo lo odiaba por eso, porque se había convertido en una verdadera ofensa para mis ojos, y yo creía que la tierra estaba incómoda con su presencia. Quizá mi madre pudo haber sido supersticiosa de la luna y miró por encima del hombro equivocado en el momento equivocado.
       Pero fuera como fuese yo odiaba a John Claverhouse. Y no era que me hubiera hecho lo que la sociedad consideraría un daño o una mala jugada. Lejos de eso. El mal era de una clase más profunda y sutil; tan elusivo, tan intangible como para desafiar un análisis en palabras claras y definidas. Todos hemos experimentado tales cosas en algún momento de nuestras vidas. Vemos por primera vez a un individuo, el cual un instante antes no soñábamos que existiera, y entonces, al momento de verlo nos decimos: "No me gusta ese hombre." ¿Por qué no nos gusta? Ah, no lo sabemos; todo lo que sabemos es que no nos gusta. Hemos adquirido una aversión, eso es todo. Así me pasó con John Claverhouse.
       ¿Qué derecho tenía un hombre como él a ser feliz? Y sin embargo era un optimista. Siempre estaba sonriente y contento. ¡Al maldito siempre le salía todo bien! ¡Ah, cómo atormentaba a mi alma que fuera tan feliz! Otros hombres podían reír y no me molestaba. Incluso yo mismo solía reír, antes de conocer a John Claverhouse.
       Pero su risa me irritaba, me enloquecía como ninguna otra cosa bajo el sol podía irritarme o enloquecerme. Me perseguía, se apoderaba de mí y no me soltaba. Era enorme, gargantulesca. Despierto o en sueños siempre estaba conmigo, zumbando y haciendo vibrar las cuerdas de mi corazón como un enorme chirrido. Al despuntar el día me llegaba escandalosa a través de los campos para arruinar mi agradable ensueño matutino. Bajo el brillo doloroso del mediodía, cuando la vegetación languidecía y los pájaros se retiraban a las profundidades del bosque, y toda la naturaleza dormitaba, sus enormes "¡Ja! ¡Ja!" y "¡Jo! ¡Jo!" se elevaban hasta el cielo y desafiaban al sol. Y en la medianoche negra, desde la solitaria encrucijada por la que volvía del pueblo a su propiedad, llegaban sus risotadas atormentadoras a despertarme de mi sueño y me hacía retorcer y clavarme las uñas en las palmas de mis manos.
       Por las noches me acercaba en secreto a su propiedad y soltaba el ganado en sus campos, y a la mañana oía su risa escandalosa mientras sacaba las reses de los sembrados. "No es nada, decía; no se puede culpar a las pobres y tontas bestias por buscar mejores pastos."
       Tenía un perro llamado "Marte", una enorme y magnífica bestia, medio galgo y medio sabueso, y con un cierto parecido con ambos. Marte era una gran alegría para él y siempre estaban juntos. Pero yo esperé mi hora, y un día, cuando se presentó la oportunidad, atraje al animal y lo liquidé con carne y estricnina. Esto no causó ningún efecto en John Claverhouse. Su risa siguió siendo tan alegre y frecuente como antes y su cara la misma luna llena que había sido siempre.
       Entonces prendí fuego a sus pajares de heno y a su granero. Pero a la mañana siguiente, siendo domingo, se marchó alegre y contento.
       –¿Adónde va? –le pregunté cuando pasó por la encrucijada.
       –Truchas –dijo, y su cara brillaba como una luna llena–. Me vuelven loco las truchas.
       ¿Hubo alguna vez un hombre más insoportable? Toda su cosecha había desaparecido con el heno y el granero. Yo sabía que no estaba asegurado. ¡Y aún así, enfrentado al hambre y al invierno riguroso, se iba alegremente a buscar un montón de truchas nada más que porque "lo volvían loco"! Si la tristeza hubiera permanecido aunque fuera ligeramente en su ceño, o si su semblante bovino se hubiera alargado por la seriedad para parecerse menos al de la luna; o si hubiera hecho desaparecer esa sonrisa de su cara aunque tan sólo fuera una vez, estoy seguro que podría haberlo perdonado por existir. Pero no. Se volvía cada vez más contento en la desgracia.
       Lo insulté. El se me quedó mirando sonriente y sorprendido.
       –¿Pelear con usted? ¿Por qué? –me preguntó lentamente. Y luego se echó a reír–. ¡Usted es muy gracioso! ¡Jo, jo! ¡Me va a matar de risa! ¡Je, je, je! ¡Oh, jo, jo, jo!
       ¿Qué hubieran hecho ustedes? Estaba más allá de lo soportable. ¡Por Dios, cómo lo odiaba! Y encima estaba ese nombre: ¡Claverhouse! ¡Qué nombre! ¿No era absurdo? ¡Claverhouse! ¡Tengan piedad! ¿Por qué Claverhouse?, me preguntaba yo una y otra vez. No me hubiera molestado que se llamara Smith o Brown o Jones, ¡pero Claverhouse! Lo dejo a su consideración. Repítanlo para ustedes mismos: Claverhouse. Sólo escuchen su sonido ridículo: Claverhouse. ¿Debe vivir un hombre con ese nombre?, les pregunto. "No", dicen ustedes. Y "no", digo yo.
       Entonces me acordé de su hipoteca. Con sus cosechas y su granero destruido, yo sabía que él no sería capaz de pagarla. Así que hice que un solapado, silencioso y avaro prestamista la adquiriera. Yo no aparecía, pero a través de este agente forcé el juicio hipotecario, y no le concedieron más que unos cuantos días (no más, créanme, que los que permite la ley) para que sacara sus cosas de la propiedad. Entonces fui a dar un paseo para ver cómo lo tomaba, dado que había vivido allí durante más de veinte años. Pero me recibió guiñando sus ojos con forma de plato, y con la alegría iluminando y extendiéndose por su cara hasta que era como una saliente luna llena.
       –¡Ja, ja, ja! –rió–. ¡Qué rústico más gracioso es ese hijo mío! ¿Ha oído algo semejante? Déjeme contárselo. Él estaba jugando al borde del río, cuando un pedazo de la orilla se desprendió y lo salpicó. "Ay, papá, gritó, un enorme lodazal brotó hacia arriba y me alcanzó".
       Se detuvo y esperó que yo me uniera a su alegría infernal.
       –No veo nada risible en ello –dije brevemente, y estoy seguro que mi rostro se amargó.
       Me miró con asombro y entonces apareció la maldita luz, resplandeciendo y extendiéndose como he descrito hasta que su cara brilló suave y cálida como la luna de verano, y luego la risa: "¡Ja, ja! ¡Qué gracioso! Usted no lo ve, ¿eh? ¡Je, je! ¡Jo, jo, jo! ¡No lo ve! Pues mire. Usted sabe que un lodazal..." Pero giré sobre mis talones y lo abandoné. Era lo último. No podía soportarlo más. ¡La cosa tenía que terminar ahí mismo, pensé, maldición! La tierra debería desembarazarse de él. Y mientras subía la colina podía oír su risa monstruosa reverberando contra el cielo.
       Ahora bien, yo me enorgullezco de hacer las cosas limpiamente, y cuando resolví matar a John Claverhouse tenía pensado hacerlo de tal forma que no me avergonzara al recordarlo. Odio la torpeza y odio la brutalidad. Para mí hay algo repugnante en golpear a un hombre sólo con el puño. ¡Uf! ¡Es repugnante! Así que matar a tiros, a puñaladas o a palos a John Claverhouse (¡ay, ese nombre!) no me atraía. Y no sólo me sentía impulsado a hacerlo limpia y artísticamente, pero también de tal forma que no pudiera recaer ni la más ligera sospecha sobre mí.
       Hacia este fin incliné mi intelecto, y después de una semana de profunda incubación, elaboré el plan y me puse a trabajar. Compré una perra de aguas de cinco meses de edad y dediqué toda mi atención a entrenarla. Si alguien me hubiera espiado, habría comprendido que ese entrenamiento consistía enteramente en una cosa: La recuperación. Le enseñé a la perra, a quien llamé "Bellona", a traerme palos que yo tiraba al agua, y no sólo a traerlos, sino a traerlos inmediatamente, sin mordisquearlos o jugar con ellos. El objetivo era que no debía detenerse por nada hasta devolver el palo rápido. La acostumbré a correr detrás de mí con el palo en la boca cuando me alejaba hasta que me alcanzara. Era un animal inteligente, y tomó el juego con tanto entusiasmo que al poco tiempo estuve satisfecho.
       Después de eso, en la primera oportunidad que tuve, le regalé el animal a John Claverhouse. Yo sabía lo que hacía, porque conocía una de sus pequeñas debilidades, y uno de sus pequeños pecados secretos del cual era un constante e inveterado culpable.
       –No –dijo cuando puse la punta de la cuerda en su mano–. No, usted no habla en serio –y su boca se abrió ancha y sonrió con toda su maldita cara de luna.
       –Yo, yo creía, por alguna razón, que no le caía bien –explicó–. ¿No es gracioso que yo cometiera ese error? –y al pensar en ello se apretaba los costados por la risa.
       –¿Cómo se llama? –se las arregló para preguntar entre paroxismos.
       –Bellona –le dije.
       –¡Je, je! –se rió disimuladamente– ¡Qué nombre más gracioso!
       Rechiné los dientes, porque su alegría me ponía nervioso, y estallé: "Ella era la esposa de Marte".
       Entonces la luz de su cara de luna llena comenzó a disminuir hasta que explotó: "Ese era mi perro. Bueno, me imagino que ella ahora es viuda. ¡Ah! ¡Jo, jo! ¡Ay! ¡Je, je! ¡Jo!", gritó tras de mí y yo me di vuelta y huí rápidamente por sobre la colina.
       Pasó una semana y el sábado a la noche le dije:
       –Usted se va el lunes, ¿no?
       Asintió con la cabeza y sonrió.
      –Entonces no tendrá otra oportunidad de obtener una porción de esas truchas que "lo vuelven loco".
       Pero él no se dio cuenta de la burla.
       –Ah, no sé –se rió entre dientes–. Mañana voy a tratar de hacerlo con toda mi alma.
       De este modo me aseguré doblemente y volví a mi casa abrazándome a mí mismo de placer.
      Muy temprano, a la mañana siguiente, lo vi salir con una red de pescar una bolsa y Bellona trotando atrás de él. Yo sabía adónde iba, así que corté por el pastizal trasero y ascendí por entre los matorrales hacia la cima de la montaña. Manteniéndome cuidadosamente oculto lo seguí por la cresta a lo largo de tres kilómetros hacia un anfiteatro natural entre las montañas, donde el pequeño río corría hacia abajo saliendo de una garganta y se detenía a recobrar el aliento en un enorme y plácido estanque contenido por las rocas. Ese era el lugar. Me senté en el borde de la montaña, desde donde podía ver todo lo que pasaba, y encendí mi pipa.
       Antes de que pasaran muchos minutos, John Claverhouse apareció chapoteando por el lecho de la corriente. Bellona andaba cerca de él, y los dos estaban en buena sintonía, mezclándose los cortos y abruptos ladridos de la perra con las más profundas notas del pecho de Claverhouse. Al llegar al estanque dejó en el suelo la red y la bolsa, y sacó de un bolsillo lo que parecía una vela gorda y grande. Pero yo sabía que era un cartucho de dinamita, porque ese era su método de pescar truchas: Las dinamitaba. Aseguró la mecha envolviendo la dinamita apretadamente en una tela de algodón. Entonces encendió la mecha y arrojó el explosivo al estanque.
       Como un relámpago, Bellona se lanzó al estanque tras el cartucho. Yo podría haber gritado de alegría. Claverhouse le gritó, pero sin resultados. Le tiró piedras, pero ella nadó sin cesar hasta que agarró el cartucho con la boca, dio media vuelta y nadó hacia la orilla. Entonces, por primera vez, él se dio cuenta del peligro y empezó a correr. Como yo lo había previsto y planeado, ella llegó a la orilla y corrió tras él. ¡Ah, les digo que fue grandioso! Como ya lo he explicado, el estanque se hallaba en una especie de anfiteatro. Hacia arriba y abajo la corriente se podía cruzar pasando por las rocas que sobresalían. Y ahí estaban corriendo Claverhouse y Bellona, vuelta y vuelta corriente arriba y corriente abajo a través de las piedras. Nunca hubiera creído que un hombre tan torpe podía correr tan rápido. Pero vaya si corrió, con Bellona tras él ganando terreno. Y entonces, justo cuando ella lo alcanzó, él a las zancadas y ella saltando con la nariz pegada al tobillo de él, hubo un súbito relámpago, una nube de humo, una tremenda detonación, y donde un instante antes se hallaban un hombre y una perra, ahora no quedaba nada más que un enorme agujero en la tierra.
       "Muerto por accidente mientras pescaba ilegalmente." Ese fue el veredicto del jurado; y es por eso que yo me enorgullezco del modo tan hábil y artístico en que me deshice de John Claverhouse. No hubo nada de manipulaciones ni brutalidad; nada en todo el asunto de qué avergonzarse, como estoy seguro de que lo admitirán ustedes. Ya no se oye más su risa infernal haciendo eco entre las colinas, y nunca más se ha alzado su cara de luna llena para perturbarme. Mis días son pacíficos ahora y mi sueño por las noches es muy profundo.

Traducción: Marcelo Damiani

viernes, 2 de octubre de 2009

Ficción: Cuatro Cuentos

       En esta revista online del cuento hispanoamericano, ideada por Gustavo Valle, se pueden encontrar textos de Pía Bouzas, Miguel Gomes, Alejandra Laurencich, Eduardo Muslip y Hebe Uhart, entre muchos otros más. El del autor de este blog se encuentra acá.

jueves, 1 de octubre de 2009

La vía

Por Marcelo Damiani

Todo empezó en la vía

el escarceo
                  la lluvia
                               los silencios

el sol golpeando con violencia los rieles del día
el tren en busca de un andén abandonado
aullando como animal malherido.

Sí.

Todo empezó en la vía
               nadie puede negarlo
pero lamentablemente terminó en el tren.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Entrevista a Thomas Norman Di Giovanni

Por Marcelo Damiani

       Di Giovanni, de estirpe italiana pero origen norteamericano, hoy ciudadano inglés, aunque con un fuerte anclaje argentino, actualmente vive en el sur de Inglaterra, entre Bournemont y Portsmouth & Southsea, muy cerca de la Isla de Man. Nos recibió muy amablemente en su acogedora casa, a punto de partir a Sudamérica de nuevo, con un montón de proyectos entre sus manos y muy contento por haber terminado la traducción que realizó con su esposa de esa obra maestra de la literatura argentina del siglo XIX llamada El matadero de Esteban Echeverría. Di Giovanni también es autor del libro de ensayos La lección del Maestro, editada por Sudamericana en 2002, donde reúne trabajos sobre el arte de la traducción y Borges, incluyendo la introducción a la Autobiografía que no le dejaron publicar junto con el libro. De todos estos temas hablamos en la entrevista que se puede leer completa acá.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

La conspiración y la muerte

"DeLillo se ha abocado a la imposible tarea de denunciar los sistemas que nos acosan, desde la publicidad y la televisión hasta el deporte y la guerra, pasando por el rock y el terrorismo -hoy en día tan lamentablemente de moda-. Dos de sus obras maestras, Ruido de fondo y Libra, nacieron precisamente de una radicalización de esta postura, al tratar el impacto que tienen la ciencia y los organismos gubernamentales en la vida privada."

El resto del ensayo acá.

martes, 1 de septiembre de 2009

Máquina Woody


“El suplicio es siempre no poder
desprenderse de uno mismo.”

Sören Kierkegaard


       Alguna vez dijo que lo único que lamentaba era no ser otra persona, tal vez sin darse cuenta que ahí no sólo condensaba su filosofía de vida, sino que también proporcionaba una de las claves quizá más importantes para contemplar su obra. Allan Stuart Konigsberg siempre quiso ser otro. Por eso rápidamente se apodó Woody, a mitad de camino entre el chiste fácil (woody en slang significa erección), la caricatura (Woody Woodpecker es El Pájaro Loco) y el ideal masculino inalcanzable: Bogey (apodo de Humphrey Bogart). No es casual que uno de sus primeros grandes éxitos sea la obra de teatro Play it again, Sam (1969) donde utiliza la figura de su ídolo y el final de la ya por entonces mítica Casablanca (1942) para construir por contraste su propio personaje. Así, en Sueños de un seductor (1972) de Herbert Ross, basada en su obra, Woody encarna a Allan Felix, tímido y torpe como él solo puede serlo cuando hay una mujer cerca, a excepción de la esposa de su mejor amigo: Linda. Los grandes momentos de la película suceden cuando la inseguridad de Allan proyecta la figura de Bogart. Siempre seguro de sí mismo, con el infaltable impermeable gris, Bogey encarna a una suerte de mentor fantasmal que le imparte a su pobre pupilo duros consejos sobre cómo tratar a las mujeres. Así, Woody se postula como una parodia de Bogey, aunque es el imaginario de Woody el que proyecta a Bogey. El procedimiento funciona así: Cuando la incertidumbre paraliza a Woody, llevándolo al monólogo o al soliloquio, allí aparece Bogey (para impulsarlo a actuar); y cuando Woody actúa, desaparece Bogey. Y también Allan y Allen. Porque lo que queda al descubierto es el mecanismo de funcionamiento de esa máquina llamada Woody. El verdadero motor inmóvil de toda su estética es ese deseo de devenir otro, como lo demuestra la interminable sucesión de nombres, películas, libros, historias y anécdotas que su genio no puede parar de perpetrar, motivado por su ya famoso inconformismo universal. En este sentido, quizá su película más emblemática sea Annie Hall (1977). Allí, desde el mismo comienzo, lo que aparece con más fuerza (oculto bajo un manto interminable de chistes agridulces) es su imposibilidad de conformarse, aunque disfrazado de desencanto vital. “Nunca aceptaría pertenecer a un club que me aceptara como socio”, le hace repetir a su alter ego Alvy Singer, suerte de voz cantante de su personaje ideal (Allan + Woody = Alvy). Todo el film gira en torno al descentramiento o la escisión provocada en Alvy por su separación de Annie. La historia y el montaje, por lo tanto, están estructurados sobre una base lingüístico-temporal cuasi caótica ya sugerida en el mismo título: Annie Hall era el nombre real de la abuela de Dianne Keaton, verdadera musa del Woody modelo 77. Es así que la trama está configurada a partir de conceptos-bisagra tales como ´profesión´, ´desconfianza´, ´matrimonio´ y ´muerte´, entre otros. Por medio de estas palabras claves la instancia narrativa va a articular su devenir en un juego de flujos y reflujos temporales, acercando sus idas y vueltas al vaivén de los sentimientos y al ritmo aleatorio de la memoria. El tema de la película, entonces, no parecería ser el amor, sino cómo procesamos esta emoción tan violenta que puede hacernos creer en la posibilidad de desprendernos de nosotros mismos. Es aquí donde la necesidad de conformarse, en el sentido de darle forma a lo que nos pasa, se vuelve de una vital importancia. Tal vez por esto Woody piensa que a la situación movilizante por excelencia que es el hecho de enamorarse tiene que corresponderle una acción sensorio motriz similar, y la encuentra en el simple acto de correr. Alvy y Annie se conocen jugando al tenis (para no hablar de la forma que ella tiene de manejar), Isaac corre en busca de Tracey al final de Manhattan (1979) y Danny hace lo propio en Broadway Danny Rose (1984), sin mencionar la gran cantidad de corridas que esto ha generado en películas allenianas como When Harry met Sally... (1989) de Rob Reiner o Defending your life (1991) de Albert Brooks, entre muchas otras, y cuya versión paródica quizá pueda encontrarse en Forrest Gump (1994) de Robert Zemeckis. Annie y Alvy, por último, tratan todo el tiempo de conformarse como pareja buscando un equilibrio (siempre inestable) entre el intento de disfrutar el momento (cuya violenta fugacidad parece agredirnos) y el deseo de encontrar una explicación racional a lo que por definición no parece poder tenerla.
       La misma idea, llevada a un espectro mucho más amplio de personajes y relaciones, es la que estructura Crimes and Misdeameanors (1989). Esta gran película, como Match Point (2006), remite desde el título a la célebre novela de Dostoievsky: Crimen y castigo (1866). Pero ahora los crímenes se han multiplicado y los castigos han sido reemplazados por pequeños delitos o faltas. El costado fuertemente existencialista del film está subrayado por la presencia del profesor Levy, cuyas palabras finales constituyen quizá uno de los más sabios textos que nos ha regalado el cine.
       En un universo en el que la presencia de Dios es por lo menos sospechosa, cínicamente, todo parece estar permitido. La mayoría de los personajes de la película sufren ese vacío existencial que los ha arrojado a un mundo cuyas instrucciones de uso nunca han sido establecidas. La angustia o la desesperación que sienten proviene de saber que las decisiones que toman los hacen demasiado responsables de sus actos, mucho más de lo que ellos quisieran ser. Cada decisión que toman los lanza a una realidad que al actualizarse, literalmente, asesina las posibilidades irrealizadas. Todos se han dado cita en un futuro en el que ciertamente no saben si quieren encontrarse. La única garantía para no tener que conformarse a la fuerza con lo que han llegado a ser parecería descansar en la capacidad de no mentirse a sí mismos. Pero actuar o no de mala fe no es garantía de nada. Judah y Cliff son los mejores ejemplos de ello. ¿Qué hacer entonces? Frente a esta gran pregunta filosófica, Woody parece responder que sólo hay que concentrarse en las pequeñas cosas, y, si se puede, tener fe. La fe, entendida como esa confianza ciega en lo que no podemos ver, está metaforizada por Ben, el rabino que está perdiendo la vista. De esta forma toda la película esté atravesada subrepticiamente por el tema de la visión: Judah no puede olvidar que su padre le ha dicho que nada escapa a los ojos de Dios y bromea que quizá por eso se hizo oftalmólogo; Cliff es documentalista y los escasos momentos felices que vive tienen que ver con proyecciones fílmicas, ya sea acompañado por Halley-Farrow o por su sobrina Jennifer, a quien le da lecciones de vida utilizando el soporte de la imagen. Su deseo de instruirla así y la excelente relación que establece con ella parece ser el más sano intento de incorporar la mirada de ese (otro) niño que todos llevamos dentro, como una suerte de ser que aún no ha sido tan contaminado por las inautenticidades del mundo que nos rodea. Pero estos destellos de felicidad no obnubilan la claridad mental de Woody. Es así que al final, luego de haber experimentado la imposibilidad de desprenderse de uno mismo y la triste necesidad de conformarnos, luego de los crímenes y pecados sin castigo, luego del fracaso como única ideología digna, sólo nos queda la posibilidad de una consolación filosófica: “A lo largo de nuestras vidas", dirá Levy, mientras suena ´I´ll be seeing you´ de Sammy Fain, interpretada por Liberace, "todos nos enfrentamos a decisiones angustiantes y elecciones morales. Algunas son de gran importancia. La mayoría de estas elecciones son sobre cuestiones menores. Pero nos definimos a nosotros mismos por las elecciones que hemos realizado. Somos, de hecho, la suma total de todas nuestras elecciones. Los acontecimientos se desarrollan de una forma tan imprevisible, tan injusta. La felicidad humana no parece haber sido incluida en los designios de la creación. Sólo nosotros, con nuestra capacidad de amar, le damos sentido al universo indiferente. Aún así, la mayoría de los seres humanos parecen tener la habilidad de seguir esforzándose, e incluso encontrar alegría en cosas simples como la familia, el trabajo y en la esperanza de que las futuras generaciones puedan entenderlo todo mejor.”

Marcelo Damiani

lunes, 3 de agosto de 2009

Barbara

Jacques Prévert

Rappelle-toi Barbara
Il pleuvait sans cesse sur Brest ce jour-là
Et tu marchais souriante
Epanouie ravie ruisselante
Sous la pluie
Rappelle-toi Barbara
Il pleuvait sans cesse sur Brest
Et je t'ai croisée rue de Siam
Tu souriais
Et moi je souriais de m
ême
Rappelle-toi Barbara
Toi que je ne connaissais pas
Toi qui ne me connaissais pas
Rappelle-toi
Rappelle-toi quand même ce jour-là
N'oublie pas
Un homme sous un porche s'abritait
Et il a crié ton nom
Barbara
Et tu as couru vers lui sous la pluie
Ruisselante ravie épanouie
Et tu t'es jetée dans ses bras
Rappelle-toi cela Barbara
Et ne m'en veux pas si je te tutoie
Je dis tu a tous ceux que j'aime
Même si je ne les ai vus qu'une seule fois
Je dis tu a tous ceux qui s'aiment
Même si je ne les connais pas
Rappelle-toi Barbara
N'oublie pas
Cette pluie sage et heureuse
Sur ton visage heureux
Sur cette ville heureuse
Cette pluie sur la mer
Sur l'arsenal
Sur le bateau d'Ouessant
Oh Barbara
Quelle connerie la guerre
Qu'es-tu devenue maintenant
Sous cette pluie de fer
De feu d'acier de sang
Et celui qui te serrait dans ses bras
Amoureusement
Est-il mort disparu ou bien encore vivant
Oh Barbara
Il pleut sans cesse sur Brest
Comme il pleuvait avant
Mais ce n'est plus pareil et tout est abîmé
C'est une pluie de deuil terrible et désolée
Ce n'est même plus l'orage
De fer d'acier de sang
Tout simplement des nuages
Qui crèvent comme des chiens
Des chiens qui disparaissent
Au fil de l'eau sur Brest
Et vont pourrir au loin
Au loin très loin de Brest
Dont il ne reste rien.

domingo, 2 de agosto de 2009

Los personajes de la metafísica

       El señor, el amante y el poeta. Notas sobre la perennidad de la metafísica es un ensayo fundamental para aprehender los derroteros por los que transita el pensamiento filosófico en la actualidad. No es casual que uno de los libros anteriores del autor haya sido, precisamente, La filosofía actual (1999). Allí, con la claridad envidiable que también evidencia acá, se abocaba a la difícil tarea de trazar el mapa de los debates disciplinarios que cerraron el siglo XX. Este libro es una suerte de continuación y ampliación del campo de batalla, a partir de la hipótesis de que "el dispositivo metafísico involucró siempre a tres personajes: El señor, el amante y el poeta. Y estas figuras siguen regresando en el pensamiento actual aunque traten con cierto desdén, y hasta con hostilidad, a esa misma metafísica cuyo proyecto prosigue". Soterradamente, también, la presencia de Nietzsche parece guiar gran parte de las búsquedas y relaciones que se establecen entre un gran número de autores, ideas y tendencias. Una de las más interesantes, sin duda, es esa zona en la que a veces, de la mano de la metáfora (y por lo tanto, del lenguaje), se encuentran la (gran) literatura, el psicoanálisis y la filosofía. Scavino, en estos casos, despliega toda su sensibilidad literaria para mostrarnos los cruces de la poesía de San Juan de la Cruz, Sor Juana, César Vallejo o Juan José Saer, con ideas de Platón, Hegel o Lacan, entre muchos otros más...
       La nota completa acá.