martes, 3 de junio de 2008

lunes, 2 de junio de 2008

La única verdad es la irrealidad

Por Jonathan Rovner

       Para todos aquellos narradores que quieren escapar a las clasificaciones de la industria cultural, existe una rancia categoría que es la llamada "novela experimental". Mientras que en el ámbito de las ciencias experimentar significa poner a prueba una determinada conjetura, para la literatura se trata de la primera opción de que dispone quien quiera salir (o no logre ajustarse) al encasillamiento de los géneros ya establecidos. Incluso cuando el precio de esa fuga sea el de abandonar toda coherencia, toda sustancia y, ya sin ninguno de esos atavíos dejar que el texto se mantenga trashumante entre distintas formas, más o menos marginales, como el poema, el diario íntimo, la prosa poética o el guión audiovisual. Tal es la manera en que se presenta El sentido de la vida, la novela experimental de Marcelo Damiani. Para leer El sentido de la vida, prácticamente página por página debe reconstruirse el pacto de lectura que por lo demás permanece inestable hasta el final. El mismo Marcelo Damiani se hace nombrar por uno de sus personajes, prologuista y narrador. El sentido de la vida intenta la difusión de los límites tradicionales establecidos por la novela como artefacto de lectura. A ello contribuye el intercalado de las dedicatorias a, por ejemplo, algunas a firmas canónicas de la literatura argentina como Ricardo Piglia y Juan José Saer, conviviendo entre las apócrifas, o las dirigidas a personajes de la novela apenas mencionados en otros capítulos. Damiani recorre, con asombrosa soltura, algunas de las estrategias experimentales que mejor hemos visto en la narrativa canónicamente experimental, desde comienzos del siglo XX, como la rotación de narradores y personajes, la concomitancia de lógicas paralelas y la disolución de los límites entre realidad y ficción, entre vigilia y sueño. En El sentido de la vida todo ocurre como si el relato mismo intentara atravesar un laberinto de espejos, en el que por momentos no puede evitar perderse. Secuencias, espacios y personajes que se superponen y desdoblan, compitiendo finalmente por no se sabe qué, todos ellos envueltos en una atmósfera de policial negro. Gabriel y David, los personajes principales son, por momentos, intercambiables. El narrador mismo es por momentos uno de ellos, a la vez que el texto dice ser una lectura que hace el otro de los papeles del primero. Pero en El sentido de la vida, el sentido de la vida es, por momentos, nada más que un juego de rol por computadora: "La última vez que jugué, por ejemplo, soy un abogado mediocre (como todos los abogados) con pocas habilidades y pocos defectos. Estoy casado con una psicóloga feminista y fea (algo normal) y que no muestra signos de locura por ninguna parte (esto es lo raro)". En parte, es como si la noción de realidad, cuando no la realidad misma, fuera para Damiani la culpable de los prejuicios existenciales que afectan la vida de sus personajes. En "Así lo habría escrito él", capítulo dedicado a Carlos Dámaso Martínez, puede leerse: "Así, los autos, los semáforos, los carteles de neón, terminan convirtiéndose en presencias leves, meras luminosidades móviles que forman una especie de todo indivisible y a la vez falso: Eso que algunos llaman Realidad: y yo, Irrealidad uno"
Publicado en Página/12 el 14 de abril del 2002.

domingo, 1 de junio de 2008

El ajedrez es la vida


Por Martín Arias

       Ex-jugador profesional de ajedrez, Marcelo Damiani confía en un lector capaz de apreciar ese género “cuasi-musical, cuasi-poético o más exactamente poético-matemático”, al decir de Nabokov, que se conoce en inglés como chess problems. Una cierta posición es elaborada sobre el tablero, y el problema a resolver consiste, por ejemplo, en dar mate a las negras en un número determinado de movidas, generalmente dos o tres. El entomólogo y novelista ruso autor de La defensa había cultivado con devoción ese arte complejísimo y hermoso, que hasta llegó a comparar con la escritura de novelas. Si el “solucionista” —afirmaba— es del tipo convencional, descubrirá la movida clave rápidamente, sin pasar por los “placenteros tormentos” que han sido dispuestos para el sofisticado. Este último, en cambio, considerará previamente toda una multiplicidad de variantes vanguardistas, el repertorio completo de los “temas” más intrincados —puras trampas puestas ahí por el autor— y llegará a la movida correcta (que además era la más simple), el alfil a la casilla c2, digamos, pero luego de un formidable paseo, “como alguien que en una búsqueda desesperada fuera de Albany a Nueva York a través de Vancouver, Eurasia y las Azores. La placentera experiencia del rodeo (paisajes extraños, gongs, tigres, costumbres exóticas, el circuito, repetido tres veces, de una pareja de recién casados alrededor del fuego sagrado de un brasero de barro) lo compensarían ampliamente por el sufrimiento del engaño, y después de eso su llegada a la movida simple le proporcionaría una síntesis de profundo goce artístico”.
       Desde el título, El oficio de sobrevivir es un endiablado sistema de desvíos y señuelos narrativos análogo a esta evocación tan nabokoviana de los chess problems. Entre otros, el lector-solucionista deberá resolver el problema de la unidad del libro, que, como la anterior novela de Damiani (cuyo asombroso título era El sentido de la vida), también puede ser leído como una colección de cuentos. El rodeo de la “solución” lo conducirá desde una siniestra universidad llamada Caída (Centro Ajedrecístico Internacional de Avanzada), ubicada en la isla literaria que desde Adiós pequeña (1995) es el escenario de las novelas de este autor; hacia otra isla, Nueva Zelanda esta vez, en la cual un profesor de Estética del Ajedrez, cultor de la vida retirada y de la filosofía del “como si”, se ve involucrado en una delirante aventura policíaco-medievalista cuyo desenlace le revelará el secreto de la felicidad y de la muerte. El centro del relato está ocupado por la inquietante peripecia de un escritor que, víctima de una amnesia de origen misterioso, no puede recordar haber escrito la novela que su avieso editor le atribuye y se muestra demasiado ansioso por publicar. El mundillo de las grandes editoriales, los funcionarios culturales y los premios literarios es retratado bajo una luz a la vez sórdida y humorística, a lo largo de una trama en la cual las referencias críticas a la “culturita” local (muchas de ellas cifradas en los numerosos anagramas) no dejan de hacer su llamado al buen entendedor.
       Según Nabokov, entre los chess problems y la forma tradicional del juego hay una relación comparable a la que existe entre el uso de las propiedades de la esfera por parte de un malabarista que prepara su nuevo acto y un tenista que se apresta a ganar un torneo. Algo parecido puede decirse del uso que hace Damiani de las propiedades de la novela considerada como totalidad narrativa. ¿Hay que leer El oficio de sobrevivir como un conjunto de relatos aislados o como una narración única y continua? ¿O acaso la sumatoria, el ejercicio lúcido (y lúdico) de componer los distintos fragmentos nos permitirá ganar otro espacio, otro nivel de lectura en el cual las cosas se verían de un modo diferente? Lo cierto es que, sin perjuicio de su autonomía, ningún capítulo de este libro está verdaderamente cerrado; para hablar de nuevo el lenguaje del ajedrez, siempre ofrece una o más aperturas hacia uno o varios de los capítulos restantes, quizá sugiriendo que si hubiera un modo literario de la totalidad sería justamente ése: el de lo abierto. Intermitentes y elusivos, esos puntos de enlace brillan por un instante fugaz en la mente del solucionista, quien puede entonces decidir si los toma o los deja. Es el momento crítico (y dichoso) en que el lector de Damiani debe hacer su jugada.

Publicado en la Revista "Leer Cine" (2005)

sábado, 3 de mayo de 2008

La luz y la penumbra


Por Gabriela Stoppelman

       "Una voz irreal y lejana, repite mi nombre con insistencia... La iluminación es tan deficiente que apenas puedo distinguir los contornos de mi cara. Al estirar la mano para prender la luz pienso con toda lucidez que no voy a reconocerme en el espejo. Y quizá por eso no me reconozco". "Y pienso que los cortes de luz son una metáfora palpable de lo que me está pasando: En ninguna parte... puedo encontrar una luz prendida que me aclare el panorama". Esta oscilación entre la pe­numbra y la intermitencia de la luz, protagonista clave de toda la novela, se convierte en la única (y múltiple) respuesta al verdadero enigma del texto. Si hay imagen, es porque es ella la máxima posibilidad de iluminación posible de lo real. La imagen como parodia de la realidad. Cuanto más tenue se vuelve la imagen, mayor carga poética adquie­re el lenguaje, volviéndose, también él, parodia de todo lenguaje de acción.
       Podría decirse que los personajes de Adiós, pequeña juegan a una historia de detectives, en donde la verdadera búsqueda no es la resolución de un enigma, sino el encuentro de cada personaje con su "doble". El "doble" entendido no como "lo opuesto" o "lo complementario", sino como aquello que carece de la consistencia de las cosas nítidamente iluminadas, que está falto de la solidez de los sucesos adheridos a la "historia real". De esa manera, "lo otro", al perder definición en sus contornos, gana en lucidez: "Pienso que la entrada de un túnel con una luz de fondo es el problema que tengo entre manos, con sólo dos pequeñas diferencias: Yo estoy adentro del túnel, y no puedo ver claramente la luz del fondo".
       Adiós, pequeña es una novela donde el hu­mor, al volver grotesco todo procedimiento típico del género, toma la distancia necesaria del típico policial. El "falso y ambiguo don analítico" de un inusual detective, sólo le será útil para resolver una que otra partida de ajedrez. Descontando el hecho de que las piezas se vuelvan, de pronto, inmensas, "sobre un tablero gigante, escondido detrás de unas plantas". Por lo demás, no tendrá dificultad alguna para encontrar informaciones útiles que lo guíen hacia el rastro de una mujer, cuya sola imagen en una fotografía le provocaba "una especie de vértigo que lo hacía tambalear".
       Y es también la fotografía una gran protago­nista en esta novela. Si sus imágenes presentan "tintes irreales", es porque se alejan de la verdad del recuerdo: "Gabriella (en la foto) lucía una imagen casual, alejándose de la que yo recor­daba...". Es la memoria la referencia más fiable (aunque lo sea en corta medida) de toda na­rración. Pero de haber un punto luminoso en la imagen humana, donde se refleje "esa verdad, momentánea, pasajera" que dan las fotos, estará seguramente en la mirada: "Su mirada... perdida en la contemplación de un objeto lejano. Gabriella ahora sí se parecía a Gabriella". Y, a través de la mirada, aquello que percibimos como los hechos del mundo se vuelve nada más que una cons­trucción mental. La mirada refleja nuestro mundo y no es el mundo lo que se refleja en nuestros ojos. No hay verdadera diferencia entre percep­ción y ficción. Por eso, el transcurrir de un tiempo es sólo la memoria de ese transcurrir .Toda imagen de un espacio se vuelve sólo evocación de un sitio. Resulta un hallazgo la elección de un espacio-tiempo en apariencia impreciso, cuya medida se corresponde con el ritmo temporal y espacial creados por la narración, y no con la ex­periencia subjetiva del narrador.
       Un último acierto, el límite de todo esplendor de esa luz entre penumbras lo da la muerte: "Ese día uno podía ver muy lejos... aunque no hasta donde se había ido Gabriella". Y es ésta la única luz que se instala, porque "la muerte era volver a dormir el sueño eterno después de la breve pesadilla de la vida."

Publicado en Tamaño Oficio: Revista de Literatura. Año 13 – N° 20.

viernes, 2 de mayo de 2008

El escriba del futuro (es decir, de la actualidad)

Por Angel Rama

       ¿Quién es, hoy (en 1977), Gabo (por García Márketing, claro)? No decepción, no desagrado, simplemente perplejidad. Parecen no quedar huellas del escritor, al menos como ese escritor fue, él lo sabe y aún trata de jugar con esa imagen superpuesta a la antigua. Tampoco un periodista, pero asimismo no un político sino algo cercano a ambos términos y diferente: un viajante político-cultural quizás, un agitador, pero no un ideólogo, of course, sino un animador o relacionador que opera entre los centros de poder político de la izquierda. Evidentemente eso lo fascina, es su acción, y eso ha sido logrado con la literatura, pero nada tiene que ver con ella.

jueves, 1 de mayo de 2008

Números

Por Alan Moon

       El arte de prologar libros ajenos sólo consiste en una simple cuestión: Saber mentir. Por eso siempre supe que sería un gran prologuista. Sin embargo, ahora que he decidido dar un vuelco a mi vida y surcar los tortuosos y para mí vírgenes senderos de la verdad, francamente, estoy más que preocupado: La verdad puede ser muy aburrida.
       Ahora bien, la razón principal de mi cambio de rumbo vital es que hay varios hechos de público desconocimiento que me siento en la obligación moral de aclarar.
       Luego de los malentendidos inherentes a mi génesis en este oficio ingrato que es el de alabar libros extraños, como muchos no saben, he tenido que huir tanto de admiradoras como de enemigos. No diré nada de las primeras, porque su acoso es entendible, pero nada quiero callar sobre los segundos. Estos, liderados por ese sofista profesional que se esconde tras el seudónimo inverosímil de L.A. Peter, no sólo han fundado una nueva Secta Anti-Moon, sino que también se han dedicado a perseguirme con acusaciones y amenazas de todo tipo.
       La acusación más recurrente, como no podía ser de otra forma, es la de que toda mi obra es puro plagio. No la refutaré por la sencilla razón que nadie desconoce que la Secta Anti-Moon no sólo no tiene ideas originales ni propias, sino ni siquiera un nombre propio original.
       La amenaza más común, por otra parte, también es la más obvia: Matarme. He oído, además, varias versiones sobre las formas en las que piensan deshacerse de mi cuerpo. ¿No podrían ser un poco, me gustaría preguntarles, aunque tan sólo sea un poco más originales? ¿O es que quieren que yo los acuse a ustedes de plagio y así entrar a la historia de la literatura por la puerta grande? No, muchachos, no les voy a dar con el gusto –aunque entiendo que vean la posibilidad de asesinarme como una de las bellas artes: Sepan que tampoco en esto son los primeros.
       Pero mucho más dolorosa que todas las amenazas y persecuciones del mundo es la deslealtad de un amigo. El Gato, no puedo dejar de hacerlo público, me ha traicionado. No quiero entrar en detalles escabrosos que sólo harán sangrar más mi herida. Sin embargo, tampoco está de más señalar que la traición tiene la forma de un libro publicado con seudónimo. Este intento de hacerme desaparecer de la faz de las letras es mucho peor que la muerte. De cualquier forma, su felina maniobra no ha podido evitar la escritura de mi tercer prólogo, Levítico, cuya aparición demoraré hasta la publicación de mis obras completas.
       En este punto, creo sinceramente, ya no debería pedir perdón por la tristeza, ni siquiera por el dolor, sino por la alegría, y por supuesto, también, por la digresión. Es decir, por la alegría de mi digresión. Digresión, por cierto, cuyo último propósito no es otro que demorar la presentación de la nueva epístola del Gato –a quien sigo siendo fiel a pesar de su triste traición.
       Acá, por suerte para todos, ha decidido abandonar las elucubraciones metafísicas y por fin ha bajado a la tierra –aunque todavía no ha llegado bajo tierra, donde yace la última verdad. El Gato y yo, noto y anoto antes que nada, por lo visto vamos en direcciones opuestas. Mientras que antes él meditaba sobre el sentido de la vida y yo ejercía el oficio de vivir, ahora es exactamente al revés. ¿Será que vamos en direcciones opuestas porque no queremos cruzarnos? ¿O será que sólo queremos encontrarnos en las coordenadas espacio–temporales de la literatura? Siempre separados por algunas páginas, por supuesto: Yo primero, como debe ser, y recién después él.
       Hoy en día ya nadie puede sostener que una novela es un espejo que paseamos frente al camino, entre muchas otras razones, porque es harto evidente que nuestra vida ya no está gobernada por las imágenes, sino por los números. El Gato, consciente de esta paradoja posmoderna que nos muestra todo para ocultarnos su significado, ha cifrado en este libro la esencia de dicho problema. Pero no estoy aquí para cuestionar su decisión, sino su método.
       ¿Es posible que el Gato crea que alguien, a esta altura del partido, no sepa que en Kadang, Indonesia, los números impares representan la vida y los pares la muerte? ¿Es posible que piense que a alguien se le escapa que la Cábala sostiene que los números pares aluden a lo femenino y los impares a lo masculino? ¿Es posible que crea que va a engañar a alguien con esta proto–parodia de alegoría pitagórico–medieval sobre el destino de nuestra suerte?
       Me arriesgo a aventurar, no obstante, que a pesar de lo antedicho, el sentido último de este texto permanecerá en la oscuridad por mucho tiempo. No seré yo, lamento puntualizar, el que lo devele –aunque no sería muy errado señalar que soy el único poseedor del mismo. Sé que en el futuro me acusarán de vanagloria y de vacuidad por haber dicho esto. Argüirán que yo creía estar en la cima del conocimiento cuando en realidad estaba bajo tierra.
       Pero no es así, Señores, de ninguna manera: Sé perfectamente que no estoy en la cima, sino en La Cumbre. Y desde esta posición privilegiada he visto los destellos de la obra que el creador siempre trató de silenciar, un descubrimiento que el mismo mundo niega como también quiso acallar mi voz al asesinarme. Y ahora que he muerto, mientras pienso si vale la pena resucitar por esta raza abyecta, lamento comunicarles que el universo tendrá que soportar mi omnipresencia.
       El resto, por supuesto, es pura interpretación.

jueves, 3 de abril de 2008

Génesis

Por Alan Moon

       Antes que nada quisiera presentarme: Mi nombre es Alan Moon y mi debut en esta tarea ingrata generalmente reservada para hombres públicos -incluyendo al espécimen egocéntrico que osa escribir los prólogos a sus propios libros- obedece a una sola y simple razón: Soy un escritor temerario.
       También quiero aclarar que no me une compromiso alguno con nadie a la hora de escribir estas páginas. Por lo tanto, juro solemnemente ante un ejemplar de este mismo libro que todo lo que aquí se diga será la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad.
       Bien. Empecemos.
       El origen de esta historia merece un párrafo aparte.
       Era una de esas típicas mañanas de otoño un tanto calurosas. El Gato, seudónimo del autor, estaba sentado cómodamente en su oficina con los pies sobre el escritorio, esperando que la computadora con la que sostenía una tórrida partida de ajedrez se dignara a hacer su jugada: Mientras tanto, hojeaba un matutino a la espera de algo que entonara el mediodía. Una taza de café caliente humeaba sobre el escritorio desvencijado. Entonces, cuando los ojos del Gato se iban a fijar en la noticia escandalosa de turno, se escuchó al unísono el ruido de la puerta y el anuncio de la computadora que acababa de jugar. El Gato, en ese momento, levantó la vista y se encontró ante el hecho que daría origen a este libro. El resto es conocido.
       Y quiero aprovechar la ocasión para negar rotundamente las habladurías onanísticas que aseguran que este libro se inspira en los sucesos de notorio conocimiento que tanto conmovieron a la opinión pública. ¡No, Señor! Este libro, si bien se nutre de los ingredientes del citado escándalo, tuvo su origen en una partida de ajedrez. La misma que el Gato jugaba la mañana del célebre suceso. ¡Digno origen para el opus de un ajedrecista! Y no pido permiso para decirle a usted, estimado lector del ceño fruncido, que prefiero mil veces leer una novela escrita por un ajedrecista que soportar a los novelistas hablando de ajedrez.
       Ahora bien, no digo que esta novela sea perfecta. Padece, creo yo, de un éxito internacional demasiado misterioso. Desleída por los españoles, perdida por los alemanes, fragmentada por los canadienses, odiada por los uruguayos y robada por los chilenos, esta novela ha dejado su huella en demasiados lugares. Los españoles la juzgaron poco local y decidieron hacer una versión autóctona prácticamente sin leer el original. Los alemanes la perdieron en Stuttgart y con esa flema que los caracteriza decidieron que la encontrarían en Bonn cinco años más tarde; y así fue. Y los chilenos, más prácticos, decidieron plagiarla como estaba: Incompleta. Además, ya se han encontrado varias versiones piratas entre las que destacan la pornográfica uruguaya y la epistolar canadiense. Digno de mención es también su pasaje a la historieta asiática. Pero sin duda el que le ha hecho más justicia es David Revel. Su guión para película de dibujos animados es mucho más eficaz que el principio que lo sostiene. El célebre guionista le ha mostrado al mundo que hoy en día hacer buenas películas con actores de carne y hueso es casi imposible, demostrando así la gran verdad que encerraba su famosa frase: "El teatro mundial sólo es posible sin actores políticos".
       Todos estos gestos, sin embargo, han resultado de una inutilidad pavorosa. La gente va al cine o al teatro porque son lugares confortables donde se puede dormir tranquilamente. La literatura, de la misma forma, se presenta en la actualidad como el pálido reflejo de aquel ilustre invento excéntrico para combatir el insomnio ya denunciado por L. A. Peter. Su gran historia puede resumirse en las siguientes palabras:
       Había una vez un cavernícola que no podía dormir. Su esposa había probado todas las argucias del inexistente Kamasutra para convocar el sueño. Sus parientes le habían dado todo tipo de yerbas. Sus conocidos lo habían llenado de consejos extravagantes. Pero nada daba resultado. El hombre lo había probado todo. Sus ojos abiertos habían adquirido una redondez sempiterna y ya no daban la sensación de parpadear. Una madrugada, mientras pensaba seriamente en el suicidio, la caverna donde vivía se movió. Una piedra se desprendió del techo y el cavernícola la atrapó con ambas manos casi sin moverse. Al instante siguiente estaba dormido. Desde esa madrugada, cada vez que quería dormirse todo lo que tenía que hacer era tomar la piedra entre sus manos y mirarla fijamente. El sueño venía solo. Con el tiempo el hombre fue evolucionando y necesitó cada vez de más estímulos. Así, la piedra fue tomando una forma rectangular y dócil y sus asperezas empezaron a tener algún sentido.
       Había nacido la literatura.

miércoles, 2 de abril de 2008

¿Qué es el hombre?

Por Marcelo Damiani

       Las disciplinas humanísticas siempre han tratado de responder esta pregunta acuñando modelos semejantes a la ya clásica locución latina Homo Sapiens. Esta denominación de Linneo, fundador de la taxonomía científica moderna, se convirtió con el tiempo en la primera concepción del hombre que, según Max Scheler, es una creación conceptual del mundo griego, y corresponde a la creencia de que el ser humano se diferencia de la naturaleza por la razón, suerte de agente divino que lo eleva por sobre el mundo animal. Tal vez como consecuencia del descubrimiento de que el hombre no era tan sabio ni tan razonable como se pensaba nació la idea de Homo Faber, suma de concepciones naturalistas y pragmáticas donde la diferencia con la naturaleza ya no sería de esencia, sino de grado, y el hombre se definiría en función de los instrumentos y herramientas que fabrica para saciar sus instintos de poder y dominación. Johan Huizinga va a considerar que el hombre es básicamente alguien que juega y lo llamará Homo Ludens. Giovanni Sartori pondrá el acento en la visión y lo visual para hablar del Homo Videns, que tiende peligrosamente hacia el Homo Insipiens (necio, ignorante). Actualmente casi nadie habla del Homo Oeconomicus, quizá porque ya nos han convencido de que es el único criterio que debe regir nuestras vidas. En 1995 Giorgio Agamben va a publicar un libro que introducirá, desde el mismo título, la perturbadora denominación de Homo Sacer...

       La nota completa acá.

martes, 1 de abril de 2008

Plata tirada

Por Marcelo Damiani
& Pablo Orlando

       Cuando se estrenó en Argentina Plata Quemada de Marcelo Piñeyro, basada en el libro homónimo de Piglia, nadie se atrevió a criticarla demasiado, todos obviaron sus terribles errores de guión, como suele pasar cuando hay capitales nacionales en medio, y mucho menos si se trata de un director claramente mercantilista. Pero empecemos por el principio.
       Ricardo Piglia, desde sus primeros textos, mostró una clara inclinación por la síntesis. Así, ha tratado de aunar, tanto narrativa como teóricamente, a dos de las figuras que más se han leído como opuestas en la tradición literaria argentina; estamos hablando, por supuesto, de Borges y Arlt. En otro nivel, de la misma manera, se ha preocupado por conciliar en un mismo tejido indiferenciante literatura y teoría (filosófica), especialmente las ideas de Freud y de Marx.
       Su primera novela, Respiración Artificial (1980), un trabajo donde ficción y reflexión se interpenetran indiscerniblemente, es tal vez el mejor exponente de su propuesta, cuyos lineamientos son también seguidos en su segunda novela, La Ciudad Ausente (1992), luego convertida exitosamente en ópera por el mismo Piglia y Gerardo Gandini. Su tercer novela, Plata Quemada, ganadora del controvertido Premio Planeta en 1997, parecía desentenderse de los postulados que sustentaban su obra previa. La recepción crítica así pareció entenderlo, al señalar su apuesta genérica, claramente narrativa y realista, y el particular acento en la pintura de personajes y en el valor testimonial de la historia. Sin embargo, estas mismas características pueden ser vistas como absolutamente fieles al proyecto pigliano, y toda la novela puede ser leída como una reflexión estética, en clave narrativa, de los postulados marxistas. El epígrafe que abre el libro, la famosa pregunta de Brecht que el mismo Piglia utilizara para referirse al género policial, así lo explicita: "¿Qué es robar un banco comparado con fundarlo?". Según Marx, el crimen es la esencia del Capitalismo, pues toda su arquitectura se edifica sobre la plusvalía, la ganancia que genera el proletario con su fuerza de trabajo en el proceso de producción, y que le es sustraída por el capitalista. La ley, dictada por las clases poseedoras, no hace más que perpetuar el statu quo, el crimen originario sobre el que se funda la sociedad. Y es por eso que ningún crimen puede transgredirla sin también volver a proclamarla. La trama de la novela, un robo a un camión de caudales por parte de tres delincuentes utilizados por autoridades políticas y policiales, parece ejemplificarlo. Con un estilo lacónico pero firme, el relato de Piglia se extiende desde la preparación y la ejecución del asalto hasta la previsible reducción y muerte de los delincuentes, pero deteniéndose en el perverso entramado político-policial en el que está envuelto el delito. La novela parece sostener que, en un régimen de corrupción y crimen generalizado, la transgresión sólo puede ser el acto que le da título: Quemar la plata -destruir el fetiche. Así, entonces, el castigo ya no es por la supuesta transgresión del robo, sino por la destrucción del capital. El título del libro, desde este punto de vista, es una clara metáfora de la única transgresión posible en un mundo fundado por el crimen. Quemar la plata es el crimen de los crímenes, una suerte de suicidio que no puede ser digerido por la sociedad, porque es una vía muerta, una posibilidad sin posibilidad, la disolución de toda existencia, y con ella, de todo marco legal.
       La opción de la novela, la elección del género policial, no hace más que radicalizar la crítica marxista a un orden que se pretende verdadero y natural, pues lo propio del género es el trabajo, las normas por las cuales construye y modela aquello que llamamos realidad.
       La película de Marcelo Piñeyro, si bien mantiene el título y la anécdota de la novela, focaliza sobre la relación homosexual entre dos de los delincuentes, algo totalmente lateral en el libro, prometiendo así desplazar la lectura desde lo económico a lo sexual, es decir desde Marx a Freud.
       No está de más señalar que Marcelo Piñeyro es un director exitoso, pero en decadencia. Su primer película, Tango Feroz (1993), tuvo 2 millones de espectadores; la segunda, Caballos Salvajes (1995), llevó a las salas cerca de un millón, y la tercera, Cenizas del Paraíso (1997), alrededor de 800.000. Su estilo cinematográfico se inscribe en una estética realista y narrativa que lo emparenta con el cine norteamericano, a lo que más comúnmente llamamos Hollywood, lo que hacía pensar que el material de la novela sería provechoso para sus características. Sin embargo, la película condensa la estructura policial del libro en los primeros minutos, y luego la coloca en un segundo plano, para dar lugar a la historia de amor entre el Nene y Ángel (el personaje español que reemplaza al Gaucho Dorda de la novela). El resultado es un film moroso, que se regodea en dejar el relato a la deriva y centrarse en el conflicto de los personajes, reduciéndolo a una serie de situaciones histéricas sin sustento psicológico ni narrativo.
       Hubiese sido interesante reformular los postulados teóricos de Piglia en función de la "anómala" relación sexual, porque el erotismo homosexual escapa a la noción de sexualidad normalizada, socialmente funcional y armónica, y se convierte en una aspiración desbocada análoga a la transgresión que en el texto de Piglia es quemar la plata. Pero en la película no hay vehículo estético para tales planteamientos. De ahí que el film resulte un híbrido carente de ritmo y de pathos, apático, visualmente débil y dramáticamente deficiente.
       Acaso porque se trata de una inversión importante para una cinematografía alicaída como la argentina, o porque quizás resulte políticamente incorrecto criticar un film que reivindica la diferencia, la recepción crítica se mostró indulgente, señalando en igual medida aciertos y desaciertos. Aunque algunos comentarios fueron inusitadamente elogiosos, como el del crítico de Clarín Pablo Scholz: "Lo que vuelve a Plata Quemada una película imprescindible, en la medida que es necesaria para este momento del cine argentino, es su apuesta, los riesgos que corre", o el de Diego Batlle, en el diario La Nación, en ciertos pasajes: "La apuesta es fuerte, provocativa, no apta para espíritus impresionables o conservadores, porque se arriesga hasta límites muy pocas veces vistos en el mojigato cine argentino en la exaltación de una relación homosexual, en el consumo de drogas duras, en la presentación de desnudos frontales tanto masculinos como femeninos o en pasajes de violencia seca, por momentos brutal". Cabe imaginar cual hubiera sido la actitud del periodismo si la película no estuviera respaldada por tantos capitales, o si no se amparara en el reclamo de derechos para una minoría sexual.
       "Yo no sé si hubiera podido hacer Plata Quemada sin ver Happy Togheter", declaró Piñeyro al diario argentino Página/12, refiriéndose al film sobre una pareja de amantes homosexuales taiwaneses que viven en la Argentina, filmada por el también taiwanés Wong-Kar Wai. Pero lo que en el film oriental era una clara apuesta en favor de la imagen, aún en detrimento de una historia casi inexistente, acá es algo así como un balbuceo visual sin lógica ni ideas. Así como hay escritores que privilegian la prosa por sobre las historias, Piñeyro parece haber querido dejar de lado la trama para abocarse a las imágenes (la prosa del cine), desnudando sus flaquezas al desentenderse de su habitual estilo narrativo.
       Aunque tal vez no debamos atribuir todas las razones del fracaso a sus limitaciones cinematográficas, y quizás ver hasta qué punto los compromisos que comporta toda gran producción atentaron contra sus intenciones. Como parecería indicarlo la elección de los actores, la mayor parte jóvenes de gran popularidad televisiva, y los reclamos airados de los responsables de la película frente a la calificación de prohibida para menores de 18 años, lo que le restaría importantes dividendos provenientes del público adolescente, para cuya captación estaría conformado el casting. Tal vez las ambiciones estéticas de Piñeyro, su deseo de hacer pasar el relato del robo por la subjetividad alienada de la pareja de amantes, hubiese llegado a buen puerto de no haber mediado intereses económicos contrapuestos.
       Irónicamente, todo este contexto parece remitir mucho más a la lógica de la ley y el crimen expuesta por Piglia en su novela que a la de la película misma. Y nos recuerda lo que dice Maurice Blanchot del arte: Que por querer ir más allá, cae en su propia trampa, pues sólo puede tener lugar en el mundo, es decir, más acá. La transgresión artística, desde este punto de vista, es entonces una paradoja o una parodia. Parodia en la que inconscientemente caen los responsables de Plata Quemada, cuando queriendo transgredir sin estar dispuestos a inmolarse, se hacen aún más cómplices de la ley del Mercado. Este estado de cosas, paradójicamente, es quizá el único beneficio simbólico para Piglia, el damnificado autor del libro original, mientras los responsables de la película se lleven toda la plata, aunque no seguramente para quemarla.


Publicado en la revista Lateral de Barcelona (Nº 73 - Enero de 2001).

lunes, 3 de marzo de 2008

Entrevista a David Lodge por Marcelo Damiani

David Lodge es uno de esos raros escritores que pueden escribir novelas serias mientras hacen reír a todo el mundo. Tal vez no esté de más aclarar que su sentido del humor, sumado a su prosa sencilla pero efectiva, y a la caracterización del pequeño mundo universitario anglosajón, lo han convertido en uno de los mejores escritores ingleses de la actualidad.

Nacido en Londres en 1935, educado en los mejores colegios y universidades inglesas, su destino no parecía ser otro que abrazar la vida académica, publicando libros sobre las teorías literarias en boga. Sin embargo, estas experiencias rápidamente pasarían a formar parte de sus cada vez más exitosas novelas. Así nacieron esas pequeñas obras maestras como La caída del Museo Británico, Intercambios, El mundo es un pañuelo y ¡Buen trabajo! (estas dos últimas situadas en la ficticia ciudad de Rummidge, que no puede disimular su parecido con la verdadera Birmingham).

Sus últimas novelas, Noticias del paraíso y Terapia, en cambio, se abocaron a una crítica irónica, y por lo tanto mucho más cruda, de la industria del turismo y de todos los otros postulados de ese invento de fin de siglo que se dio en llamar "new age". En los últimos cinco años sólo había publicado una obra de teatro y una nouvelle del mismo nombre, Home truths, donde disparaba sus dardos contra la prensa. En esta entrevista, Lodge cuenta cómo es su libro Thinks..., cómo empezó su carrera literaria y cuál fue el origen de algunas de sus novelas.

-¿Hubo algún momento en su vida en que decidió que iba a ser escritor?
-No uno en particular que pueda recordar o describir. Cuando era muy joven (quizá a los 12 años) pensé que podría ser un periodista deportivo cuando fuera grande, y solía escribir crónicas (aunque sólo para circulación doméstica) de partidos de fútbol a los que iba en el sudeste de Londres (yo era simpatizante del Atlético Charlton). Alrededor de los 15 ya estaba interesado en la verdadera literatura, y empecé a tratar de escribir cuentos y poesías. Escribí una novela cuando tenía 18 y traté de que se publicara (por suerte no tuve éxito), y supongo que eso marca el punto en el que me formé una ambición definida por tener la profesión de escritor; aunque por muchos años (hasta que estuve cerca de los 50) no me consideré un escritor de tiempo completo.
-¿Qué libro y que película fueron fundamentales para su formación como escritor?
-El Ulises de Joyce, para mí, es la mejor de todas las novelas que jamás se han escrito (y muchos novelistas dirían lo mismo). Es una especie de tesoro de técnicas narrativas. La idea de basar una historia moderna en otra clásica o mítica ha sido particularmente productiva para mí. Una novela debe hacer más de una cosa, y tener muchas voces diferentes. Joyce demostró esto maravillosamente bien. La película de Powell-Pressburger, A Matter of Life and Death (también conocida como Stairway to Heaven) siempre ha significado mucho para mí. La vi por primera vez siendo un chico, a fines de los años ’40, y me impactó mucho su combinación de una historia reciente (el héroe es un piloto de WW2) con una conmovedora historia de amor y fantasía escatológica y divertida.
-¿Cuándo empieza a escribir una novela, con un personaje, una situación, o con toda la estructura del libro en su cabeza?
-Usualmente con un tema, el cual aparece de alguna experiencia de mi propia vida y una zona, lugar o institución que conozco. Por ejemplo, el National Service in the army en mi segunda novela, Ginger, You’re Barmy; o siendo profesor invitado en Norteamérica en la quinta, Intercambios; o cuidando a una tía que agonizaba en Hawaii en una de las últimas, Noticias del paraíso. En algunos libros el tema requiere que haga una buena investigación, como por ejemplo la industria del turismo en Noticias…, o las zonas industriales en Buen trabajo.
-¿Está de acuerdo que La caída del Museo Británico es una suerte de meditación narrativa sobre el libre albedrío?
-Debo decir que nunca se me ocurriría describirla de ese modo. El héroe siente que su vida está tomando la forma y el caracter de varios novelistas modernos que está estudiando, pero antes que una seria declaración filosófica es una especie de broma literaria sobre la ‘angustia de las influencias’, y una suerte de índice sobre el estresado estado mental del protagonista.
-¿Fue su intención en Buen trabajo abrir el punto de vista de la universidad que estaba casi completamente cerrado en El mundo es un pañuelo?
-Sí, totalmente, y fue una decisión consciente. En los ’80 el sistema universitario británico, el cual había disfrutado de un período de expansión escasamente planeado desde 1960 hasta 1979, estaba de pronto presionado por el gobierno de Margareth Thatcher, y sentía el mismo tipo de presiones que la industria y el comercio. Había una recesión en ambos sectores, lo cual creó una crisis de desempleo. Me pareció una buena idea juntar estos dos mundos completamente diferentes y mutuamente indiferentes en una sola historia. Uno de los significados de “small world” en inglés es un mundo insular cuyas preocupaciones sólo le conciernen a sus habitantes. Y en Buen trabajo yo quería hacer esto más explícito, poniendo a un académico en un inusual contacto con el mundo de la industria y el comercio.
-¿Usted realmente piensa que las vacaciones son la nueva religión de los tiempos que corren?
-Creo que la búsqueda de la felicidad en esta vida (no en la otra) es la religión de nuestros tiempos, y estamos convencidos por la publicidad y la industria del turismo que las vacaciones nos ofrecen una especie de paraíso temporario en la Tierra (felicidad sensual y alivio de nuestras preocupaciones, trabajos y sufrimientos). O que las vacaciones son una suerte de peregrinación por la cual podemos mejorarnos, purificarnos, e incrementar nuestra autoestima (turismo cultural y vacaciones de aventura). Y si la búsqueda de la felicidad es la nueva religión de nuestros días, entonces los terapeutas (curando, tranquilizando, escuchando confesiones) son sus sacerdotes.
-Pensando en sus novelas El mundo es un pañuelo, Buen trabajo, Noticias del paraíso y Terapia, uno podría deducir que a usted le gustan los personajes masculinos débiles y los femeninos fuertes. ¿Es esta la forma en que ve los roles de los hombres y las mujeres en los ’80 y los ’90 o sólo una forma de provocar situaciones graciosas?
-Bueno, las dos cosas, diría yo. Uno de los cambios más importantes desde que tengo uso de conciencia ha sido la autoafirmación y autodefensa de las mujeres, y por lo tanto mis novelas reflejan este fenómeno. Esto también permite invertir los estereotipos literarios de forma graciosa. Pero en mi nueva novela creo que me he desviado de este patrón que usted menciona.
-¿Podría contarnos de qué se trata y por qué se llama Thinks…?
-En las tiras cómicas inglesas para chicos, en mi niñez por lo menos, los pensamientos de un personaje se representaban por medio de una burbuja sobre la cabeza del personaje, con palabras adentro que empezaban con Thinks… El libro está ambientado en un campus imaginario de una universidad inglesa (no Rummidge esta vez). El protagonista masculino es el jefe de un instituto de ciencia cognitiva, y un experto en inteligencia artificial y la naturaleza de la conciencia. La protagonista femenina es una escritora que recientemente ha perdido a su marido y viene a la universidad a enseñar escritura creativa. Ellos se sienten atraídos el uno por el otro pero tienen visiones radicalmente distintas de la vida, la muerte, la conciencia y la naturaleza del individuo. Hay muchas sorpresas y descubrimientos (algunos desagradables) para ambos personajes. Es probablemente la menos autobiográfica y la más temática de mis novelas. Básicamente gira en torno a la idea de que el pensamiento es secreto, privado, y que en realidad nunca sabemos lo que está pensando otra persona. La narración alterna dos diarios personales con un reporte neutral y objetivo en tercera persona del comportamiento y los diálogos de todos los personajes.
-Teniendo en cuenta los finales de sus novelas los lectores tienen derecho a pensar que usted es una persona optimista: ¿Es realmente así?
-Soy melancólico por temperamento, pero mi visión de la vida no es trágica o nihilista. Reconozco, objetivamente, que he tenido una vida afortunada, y sería deshonesto dejar a mis personajes sin esperanza, en un estado radicalmente más miserable que el mío. Siempre he estado fascinado por la estructura del romance tradicional, expuesta tanto en las comedias poéticas de Shakespeare como en sus últimas obras, las cuales muestran a los personajes alcanzando la felicidad después de gran sufrimiento, y yo juego con variaciones modernas de esta idea. De hecho, es un reto mucho más difícil de sortear escribir una novela moderna con un final feliz satisfactorio que hacerlo con un final que no lo sea.
-¿Qué es lo que sabe de la literatura latinoamericana?
-Virtualmente nada. Lamento decirlo. Sólo conozco algunos libros de Borges, García Márquez, Mario Vargas Llosa y Ariel Dorfman; eso es todo. Hay tantos libros en inglés que demandan mi atención… Y después de todo, yo fui profesor en literatura inglesa durante muchos años, y tenía que mantenerme al tanto con mi tema. Además, últimamente, no sé por qué, a la hora de la lectura, cada vez me atrae menos y menos la ficción.
-En Trapos sucios usted parece preocupado por el poder de la prensa. ¿Lo está realmente?
-Creo que los medios de comunicación generalmente son los intermediarios más poderosos en las modernas sociedades democráticas, y un poder enorme siempre es preocupante. Es casi un poder acéfalo, sólo preocupado por éxitos a corto plazo (exclusivas, sensacionalismo, regocijo con la desgracia ajena), así que no es tan siniestro como el poder político totalitario. Pero los medios realmente dictan la agenda política.
-¿Está preocupado también por Internet? Usted no tiene un site en la web, ¿no? ¿Por qué?
-No, no estoy preocupado por Internet. Encuentro que el e-mail es una gran conveniencia. Me parece que la web es una herramienta bastante frustrante para investigar, debido al exceso de información y a la dificultad para encontrar lo que uno quiere. Y no, no tengo mi site oficial ya que no tengo el tiempo para hacerlo. Lamento el hecho de que algunos especuladores ya hayan registrado dominios con mi nombre sin mi permiso.
-¿En qué está trabajando actualmente?
-Empecé la investigación para mi nueva novela, de la que no puedo decir nada todavía, debido a que está en un estado muy germinal, y también estoy trabajando en las adaptaciones de Noticias del Paraíso y Terapia. Espero que alguna de las dos se convierta en una buena película en un tiempo.
-¿Cuál es, de todos los que ha escrito, su libro favorito, y por qué?
-Creo que El mundo es un pañuelo. Esto no quiere decir que pienso que sea el mejor literariamente hablando, o el que me costó mayor esfuerzo (otros fueron más dificiles de escribir). Pero me hace sonreír, o incluso reír mucho más que cualquiera de todos los otros cuando lo hojeo.

domingo, 2 de marzo de 2008

Literatura venezolana contemporánea

Rodrigo Blanco Calderón (Caracas, 1981) es la joven promesa/reali-dad de la literatura venezolana. Licenciado en Letras, Profesor de Literatura, Director del interesante grupo Relectura, además, ha sido galardonado con varios premios y ya tiene dos libros de cuentos en su haber: Una larga fila de hombres (Monte Ávila, 2005) y Los invencibles (Mondadori, 2007). En sus textos se nota la sana influencia de Bolaño, de Cortázar y de Piglia, entre muchos otros. Para los que quieran conocerlo pueden leer el cuento que se reproduce acá.
Gisela Kosak Rovero (Caracas, 1963) es una narradora punzante, además de ensayista y Profesora de Literatura. Los cuentos de su primer libro, Pecados de la capital y otras historias (Monte Ávila, 2005) han sido laureados, de la misma forma que su reciente novela: Latidos de Caracas (Alfaguara, 2007). Las lecturas que parecen haber nutrido su ficción van desde Virginia Woolf y Bocaccio, pasando por Faulkner y Oscar Wilde, hasta Marguerite Yourçemar y Elena Poniatowska. Una interesante reflexión sobre la lectura y la literatura puede leerse acá.
Leopoldo Tablante (Caracas, 1970) es periodista, escritor y profesor universitario. Ha publicado el ensayo Los sabores de la salsa (Caracas, 2005), el libro de relatos Mujeres de armas temer (Comala.com 2005) y la novela Groovy (Mondadori, 2007). Es un narrador visceral que parece influenciado por la música popular, por la literatura francesa y la anglosajona norteamericana, sin desdeñar autores como Cesare Pavese y Thomas Mann, entre muchos otros. Tiene varios libros inéditos y algunas de sus opiniones se pueden vislumbrar acá.

sábado, 1 de marzo de 2008

Lecturas venezolanas

Héctor Torres (Caracas, 1968) es uno de esos narradores que mantienen la pasión por la ficción breve a flor de piel. Su sitio Ficción Breve Venezolana es un verdadero archivo digital de la narrativa nacional, y debe ser uno de los más consultados a la hora de tener un panorama de lo que se está produciendo por estas tierras. Además, como si esto fuera poco, ha publicado cuatro libros de cuentos: Trazos de asombro y olvido (1996), Episodios suprimidos del manuscrito G (1998), Del espejo ciego (1999) y El amor en tres platos (2007). En sus textos se notan las influencias -"aclimatadas", como afirma el autor- de Cortázar, Felisberto Hernández, Giovanni Papini, Chesterton y Stevenson, entre muchos otros. La admiración por Borges, como tal vez no podía ser de otro modo, dados los nombres mencionados, se asoma sutilmente en el cuento de su último libro que reproduzco a continuación.


Las leyes del sueño

Cuando vimos la figura caer desde la platabanda, corrimos con la intención de comprobar nuestras sospechas. Al llegar junto al cuerpo supimos, en efecto, que se trataba de ella.
Recobró parcialmente su forma original para decirnos unas palabras extrañas y maravillosas, mientras nos advertía que se trataba de un sueño. Aunque lo más sensato hubiese sido socorrerla, comencé a escribir en una pared cercana lo que ella decía, porque la experiencia siempre me ha indicado que suelo olvidar los sueños y las cosas que en ellos se dicen.
Al día siguiente traté de recordar lo que dijo, pero resultó inútil. Fui entonces al edificio desde donde se había lanzado (en mi sueño, claro) y, en efecto, leí los garabatos escritos con prisa en la pared, sólo que no pude repetirlos hasta esa noche que me soñé en la misma escena.
Cuando desperté, nuevamente los había olvidado.

domingo, 3 de febrero de 2008

Algunas palabras sobre Caracas

 Por Marcelo Damiani

       Caracas es una ciudad de motos y de autos. No es muy apta para el caminante con ganas de conocerla a pie ni para el peatón desprevenido. Tampoco parece ser una ciudad de bicicletas, como en la que se está convirtiendo Buenos Aires. Su tránsito es agresivo y dispar. Abundan las camionetas importadas, nuevas, relucientes, con conductores que hacen portación constante de celulares, pero también los coches viejos, grandes, clásicos. Siempre se escuchan bocinas y sirenas en todas partes.
       Caracas también es una ciudad de fuertes contrastes. En ella conviven las nostálgicas galerías setentistas con las más modernas construcciones de la arquitectura de vanguardia, es decir, edificios inteligentes como el de la Multinacional de Seguros y otros de volúmenes fragmentados, como el Centro Comercial San Ignacio. Las diferencias de clases sociales, por otra parte, se perciben instantáneamente, y la clase media debe ser la más pequeña. No obstante, la gente es muy amable y por lo general está de buen humor en las calles y los bares.
       Un párrafo aparte merecen los coloquialismos que se escuchan por doquier. Es difícil moverse sin oír palabras como vaina, chévere, buhonero; chamo, ladilla, raspicuí; pero también mecate, goajiros, burundanga; wayuu, jalabola, faramallero, y mi favorito indiscutido: Torypollo. La mayoría son términos completamente inaccesibles para cualquier extranjero; yo, por ahora, sólo me he atrevido a usar un par de chéveres. Este lenguaje exuberante, prolífico, por momentos hermético, me ha hecho pensar que en un futuro cercano su literatura nos puede a dar una grata sorpresa.

sábado, 2 de febrero de 2008

Entrevistas a Héctor Libertella

Por Marcelo Damiani

       "La del Salón Literario de 1837 y la de la literatura de hoy es una relación, en todo caso, de eco. ¿Y por qué no pensar la misma noción de literatura como el eco de un sonido que jamás se produjo? Así también, el Salón duró apenas unos meses, antes de que Rosas viniera a clausurarlo. El Salón fue algo que no hizo ruido, y tal vez eso le da un carácter un poco fantasmal al resto de la literatura argentina... En términos alberdianos, el Salón echó las bases y puntos de partida inconscientes para la constitución de una literatura. El salón habita en los jóvenes de hoy así como podríamos decir que un Lewis Carroll vive agazapado en el vientre del Quijote y en eso lo actualiza, le da juventud y longevidad. Por eso digo que el tiempo en literatura es otro. Y por eso digo que en Argentina la literatura se devuelve a su pathos más verdadero, que es ser, en medio de la sociedad, un ave de paso. Mientras escribo y reescribo, me doy cuenta de que esta práctica es arena entre los dedos. Un gesto inútil que regala lo diferente, lo que no dice nada para nadie, y, sin embargo, anuncia lo no-dicho, señala los agujeros y el terror al fracaso en un mundo que sueña con resultados… Una vez escuché esto de François Wahl: «El imaginario es lo único real del texto». Y sí. Sin imaginario bien trabajado, bien ejecutado, el texto no hace pie como real: todavía no es literatura. Me parece que La librería argentina es simplemente una colección de imaginarios bien ejecutados. Un conjunto de prácticas que pueden decirle al mundo: «No he fracasado»”.

       La entrevista completa acá.

       La otra entrevista completa acá.

viernes, 1 de febrero de 2008

Bye Bye, Black Bobby

Siempre quise escribir algo sobre Bobby Fischer. Mi primer intento (fallido) fue reproducir en Adiós, Pequeña su increíble partida contra Donald Byrne cuando apenas tenía 13 años. Su belleza radicaba en la capacidad del joven Bobby para demoler con mucha clase el sofístico planteo de su rival. Al comprender la genialidad de sus razonamientos se convirtió en mi ídolo, y durante un buen tiempo estudié sus partidas obsesivamente, tratando de copiarle un estilo que con el tiempo me di cuenta que no existía, más allá del hombre que jugaba como ninguno.
Mi segundo intento de escribir sobre él fue un poco menos fallido, ya que básicamente se resumía en citar su famosa respuesta a Boris Spassky. El Gran Maestro ruso había dicho que el ajedrez era como la vida, a lo que Bobby replicó, genial como siempre: “El ajedrez es la vida”. Su espíritu, sin embargo, también quería impregnar algunas páginas de la primer parte de El oficio de sobrevivir, tratando de traducir la felicidad secreta que irradiaba su juego con retruécanos y juegos de palabra, como si se tratara de un homenaje hermético.
El 18 de enero pasado Bobby dijo basta. Seguramente este mundo –con su coeficiente intelectual de 184, bastante superior al de Einstein, por ejemplo– ya le resultaba muy aburrido. Tal vez por eso se dedicaba al ajedrez. Y cuando descubrió todos sus secretos –como si le hubiera dedicado un año de su vida a cada uno de sus escaques– simplemente decidió partir, dejándonos la prueba incontestable de sus partidas, para que sus admiradores pudiéramos apreciar, a través de la opacidad mecánica del movimiento de piezas, ese genio siempre feliz que llevaba dentro.

jueves, 3 de enero de 2008

Borges y yo

Por Marcelo Damiani

       Recuerdo que empecé a leer a Borges algunos años antes de su muerte. Yo por esa época quería ser ajedrecista, y asistía a las clases que daba en River el Gran Maestro Oscar Panno. Un sábado a la tarde, mientras analizábamos una partida de Kasparov, él citó el final del poema "Ajedrez" (olvidándose, acaso intencionalmente, del último verso):

“Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza?”

       A partir de ese momento me puse a buscar el poema en cuestión, y como no lo encontraba, leía todo lo que caía en mis manos firmado por Borges. Luego, cuando por fin lo encontré y lo leí completo, la verdad es que terminé un poco decepcionado, ya que sus cuentos me habían gustado mucho más. Casi todos me habían impactado de una forma física, como a él le hubiera gustado, y no podía dejar de sentir que todo lo que había leído hasta ese momento no era más que una preparación para el encuentro con esos universos perfectos que cuestionaban la validez del mundo. De esa primera lectura adolescente conservo un recuerdo muy vívido, con algunos ribetes que me atrevería a calificar como graciosos. Me acuerdo que el primer cuento (o tal vez debería decir ´argumento´) que me impresionó bastante fue “Tema del traidor y del héroe”; ahí, como al pasar, se deslizaba una fecha (3 de enero) que es la de mi cumpleaños (y la del de mi padre). Luego, en “La otra muerte”, el narrador menciona a Pier Damiani. Leer allí mi propio apellido (sumado a mi fecha de nacimiento), para el adolescente que yo era por entonces, de pronto convirtió la lectura en algo muy personal. Por último, ya inmerso en ese devenir incontrolable que es “El aleph”, llegué a la enumeración de las cosas que Borges dice ver cuando contempla esa pequeña esfera tornasolada que da nombre al cuento: “Vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré”. No pude seguir. Mi lectura se había convertido en paranoica, y Borges, en un autor visionario de cuentos de terror destinados a perturbar a sus lectores (especialmente a mí). Con el tiempo, cuando aprendí a leer de otra manera, me di cuenta de que mi conclusión no había sido tan errada. Borges era un escritor perturbador, quizás porque a diferencia de los que nunca llegarían a ser clásicos, no era para nada complaciente con el lector, siempre oponiendo su propio espejo distorsionado frente a la irrealidad del mundo. Así, como Dios, borgeano al fin, había conseguido que la realidad terminara imitando su arte.
       "Mi soledad", no puedo resistir la tentación de citarlo, "se alegra con esta elegante hipótesis".
 
 
       Publicado en Escritores preferidos de nuestros escritores de Orlando Romano (comp.). Desde la Gente, Bs. As., 2007. Págs. 30-31.

miércoles, 2 de enero de 2008

"Bolaño por sí mismo" de Andrés Braithwaite

       La batalla futura

       Mónica Maristain le preguntó en su ya célebre entrevista para Playboy: “¿Por qué le gusta llevar siempre la contraria?”. De manera ejemplar, el polemista contestó: “Yo nunca llevo la contraria”.
       Las extraordinarias entrevistas con Roberto Bolaño equivalen a la caja negra de los aviones. Las palabras antes del accidente. No se trata de un calculado testamento, sino de la voz que atraviesa las turbulencias con una última entereza.
       ¿Qué pensaría él al verlas reunidas? ¿Hasta donde hay que tomar al pie de la letra sus provocaciones, sus salidas de tono, sus bromas, sus afortunadas desmesuras?
       El detective salvaje sigue retando a sus lectores. Sus opiniones se debilitan al ser juzgadas como verdades absolutas y ganan fuerza al ser leídas como rarezas esquivas. Se trata de tomarlo en serio no al modo de un gurú, sino de un escritor que usó las palabras como lumbre y, al modo de Cocteau, supo que lo más rescatable del incendio es el fuego.

Juan Villoro

martes, 1 de enero de 2008

"Yo (no) escribí ´Taxi Driver´"

       Hace ya casi 10 años (cómo pasa el tiempo), durante el Festival de cine de Mar del Plata, le realicé esta (primera) entrevista a Juan José Saer. El cine, el estatuto del guión cinematográfico, la posibilidad de adaptar algunas de sus novelas, y , básicamente, la literatura, entre otros, fueron los temas por los que circuló la conversación. Los interesados pueden encontrarla completa acá.

lunes, 3 de diciembre de 2007

La caverna de Caín


                            "Caín, por supuesto, no es el famoso personaje bíblico, sino un mero crítico de cine cínico, perpetrado
por la pluma de Cabrera Infante para beneficiarse
 con miles de años de publicidad gratuita."

Alan Moon


     Caín, como todo el mundo sabe, nació bajo la ducha; mejor dicho, bajo la dicha de la ducha. De hecho, la leyenda cuenta que lo primero que se le ocurrió a su creador, mientras se daba un merecido baño reparador después de seis arduos días de trabajo, fue su nombre. Sus detractores, sin embargo, aprovechan esta circunstancia para argumentar que Caín no es un verdadero hombre, sino tan sólo un mero nombre. Pero con delirios de superhombre.
        El origen acuático de su apelativo, por otra parte, era usado por Caín para establecer su estrecha relación con el principio del mundo, ya que él firmemente creía (como Tales de Mileto) que el agua era el fundamento de todas las cosas. Su creencia quizá pueda explicar la hiper-sensibilidad que experimentaba frente al ruido de este líquido elemental, porque cada vez que alguien abría una canilla cercana y el agua empezaba a fluir poderosa y rauda huyendo del cielo, el oído absoluto de Caín no podía más que alertarlo sobre el fenómeno que se estaba desarrollando en las proximidades de su ser. Aunque aquella calurosa mañana caribeña, para hacer honor a la verdad, lo único que el ruido del agua le despertó fue la sed, y se la despertó incluso antes de que él estuviera técnicamente despierto.
       Caín, en esos momentos, estaba sumido en un sueño placentero, profundo, en el que se había transformado en un enorme dragón. Varias dotaciones de bomberos habían desplegado sus mangueras y le arrojaban poderosos chorros de agua para tratar de apagar el fuego que salía de su boca. Todas las cosas, al ser alcanzadas por las llamas, se convertían en pequeños cristales mágicos, como si formaran parte de un espejo que acababa de estallar en mil pedazos; así, Caín tuvo la oportunidad de verse reflejado por un instante. Su rostro era muy parecido al de King Kong, y eso le encantó. Pero además, colgada de su cuello, temerosa y húmeda, iba la doncella rubia que le correspondía por ser un verdadero Rey. El detalle que lo dejó boquiabierto, no obstante, fue que él no hacía ningún esfuerzo por lanzar llamaradas de fuego como un predecible dragón clásico. El fuego, en cambio, salía de su boca cada vez que sonreía, y él, por algún extraño motivo, no podía dejar de sonreír.
     Mientras tanto los bomberos seguían haciendo su trabajo, sin darse cuenta que hacía falta mucho más que agua para apagar tanto fuego.
       Aún antes de poder abrir los ojos, aún antes de oler el fuego que crepitaba a sus espaldas, aún antes de sentir el calor que inundaba el ambiente (acentuando la sequedad de sus labios gruesos), Caín tuvo la sensación de estar inmovilizado, atado de pies y manos y en una extraña posición cuasi fetal. Se sentía atrapado en una esfera única, compacta y rígida, inmutable e intemporal, compuesta por infinitos anillos concéntricos que le daban ese aire indivisible e inmóvil que suele tener toda cárcel mental. La sensación era tan agradable como perturbadora, y fue esta y no otra la razón que le hizo poner toda su fuerza de voluntad para terminar de despertarse y averiguar qué diablos era lo que estaba pasando a su alrededor.
      Levantar la pesadez de sus párpados fue sin duda una empresa que lo dejó exhausto. La luz, además, no sólo era harto mezquina, sino que también parecía estar en movimiento. Su cuerpo, por último, no estaba cómodamente acostado en una cama o camilla como uno podría imaginarse, sino que se encontraba amarrado a un sillón de cuero, y por si esto fuera poco, totalmente desnudo.
      Frente a sus ojos, en una pared curiosamente curvada, circulaban imágenes borrosas que se movían de un lado a otro. Su intelecto se demoró en vano algunos minutos tratando de descifrar el sentido misterioso de esas sombras en movimiento que parecían tener alguna relación con los murmullos ininteligibles que provenían de las paredes que lo rodeaban. Caín, ciertamente que no por primera vez en su vida, pensó que por fin había enloquecido.
       Supuso, con la sagacidad que lo caracterizaba, que la explicación de todo debía estar cifrada en su pasado reciente, en el recuerdo de las extrañas vicisitudes acaecidas la noche anterior. Por su mente cinematográfica desfilaron las imágenes fugaces del estreno teatral de una obra hospitalaria a la que había tenido que asistir para cubrir a un colega caido en desgracia. Caín estaba maldiciendo su mala suerte hasta que sus siete sentidos fueron heridos, literalmente lastimados por la presencia de una mulata con cuerpo desbordante –a la que por supuesto no tardó en abordar. Y si no recordaba mal, lo primero que ella le había contado –como si se tratara de un dato peligroso– era que estudiaba filosofía oriental.
       –Yo también amo el conocimiento –había contestado rápido Caín, aunque la mirada lasciva que le había dedicado a ese cuerpo moreno y brillante que se encontraba frente a él parecía desmentirlo descaradamente.
      Entonces la mulata lo había invitado a visitar un nuevo lugar exclusivo, casi secreto, donde esa noche se iba a reunir con sus compañeros de estudio; Caín, mientras asentía rápidamente, se preguntaba si ella compartiría su fuerte concepción carnal de la filosofía. También se acordaba que cuando la mulata le dijo el nombre del lugar, Spéos, vio espejos y esperas y pensó que era una forma sutil de decirle que vería todo lo que quisiera ver si tenía la suficiente paciencia.
       El lugar parecía una caverna, y cuando uno entraba y descendía por la rampa principal, percibiendo la fuerte densidad de la atmósfera, realmente se sentía como transportado a un mundo primitivo. La escasa iluminación, las imágenes chinescas proyectadas en las paredes y los murmullos envolventes que hacían las veces de música de fondo, a diferencia del ruido estridente y las fosforescencias de los clubes nocturnos que Caín acostumbraba frecuentar, también se confabulaban para crear tal impresión. La mulata lo arrastró de la mano por pasillos cada vez más oscuros y sinuosos en dirección a lo que parecía ser el interior de la Tierra. Caín, por su parte, se dejaba llevar sonriente, tentado por la proyección de sus propios pensamientos eróticos.
      Pero su memoria se desvanecía a medida que se acercaban al rincón donde acababa de despertarse. Recordaba claramente a otra mulata que había venido con una sonrisa traviesa y con el vino, su propia invitación para que se uniera a la fiesta, la mirada de las dos mulatas como insinuando que ahí había mucha muchacha para un sólo Caín, y él haciendo chistes y acariciando como al pasar la espalda oscura de su compañera. La última imagen era la de una antorcha y unas palabras en otro idioma con entonación argentina. Eso era todo.
       ¿Habría caído bajo los efectos de la burundanga? Por más que lo intentaba, no podía recordar cómo había terminado desnudo y atado de pies y manos al sillón de cuero. Aunque lo imaginaba, claro, y esperaba, por el bien de su reputación sexual, estar en lo cierto. En este sentido, no se atrevía a examinar las posibilidades de un error de cálculo.
      El aumento del volumen de los murmullos que inundaban las paredes volvió a distraerlo de sus vanos intentos de recuerdo. Parecía un eco que venía de sus espaldas, pero al intentar darse vuelta reparó en sus ataduras. Eran como cadenas aterciopeladas y azules, y luego de hacer un poco de fuerza con sus brazos ambas se soltaron. Caín aprovechó la oportunidad para liberarse del todo. Encontró rápidamente el traje blanco que llevaba la noche anterior y se lo puso, incluyendo el vistoso sombrero panamá. No había rastros de las mulatas por ninguna parte. Ni tampoco del vino. Miró por última vez las imágenes proyectadas en las paredes y pensó que parecía un cine primitivo o futuro donde habían sido abolidas las leyes de la representación. Se le ocurrió que el sentido de esas figuras fantasmales era tan difícil de descifrar como los sueños o la mismísima realidad. Se preguntó si la mulata no lo habría llevado allí para hacer algún tipo de experimento perceptivo o sensorial, ya que después de todo, él era el crítico más famoso de toda la isla. Pero desechó la idea rápidamente: Prefería pensar que había sido utilizado como un objeto sexual.
      Salió del rincón de la cueva ascendiendo por un pasillo cortado por una pequeña pared; atrás de la misma había un fuego que parecía controlado, como si también fuera parte del espectáculo, y a su lado, una antorcha. Caín se agachó para mirarla más de cerca pero alguien le dio un golpe en la cabeza que lo mandó directamente al piso. Después sintió que lo arrastraban por sobre una especie de alfombra áspera y escarpada mientras su voz emitía quejidos de protesta. Su cuerpo terminó arrojado al duro empedrado de la calle.
      Cuando intentó abrir los ojos la luz del sol lo encandiló sin piedad. Luego de sentarse lentamente buscó sus lentes negros en los bolsillos del saco, de la camisa y del pantalón, pero no pudo encontrarlos. El calor, además, lo envolvía como una nube hirviente y húmeda, dificultando su poder de concentración. Se puso de pie sintiendo como si su cuerpo penetrara en una bolsa de aire caliente. Se sacudió un poco la ropa y dio un par de pasos trastabillando, acomodándose el sombrero para que la luz del sol no lo molestara tanto. La densidad de la atmósfera le obligó a abrir la boca para poder respirar mejor. De pronto escuchó que alguien repetía su nombre.
       –Eh, Caín. ¿Qué es lo que haces aquí, Chico? ¿No debieras estar tú en el cine, pues?
       Entonces se acordó que esa mañana tenía una función privada. ¿Cómo se llamaba la película que tenía que ver? No, eso no era importante, sino la hora y el lugar. ¿Dónde le tocaba hoy? ¿En el Atlantis o el Astral? Miró su reloj y apenas pudo distinguir que las agujas no parecían moverse. ¿Se habría detenido el tiempo? ¿O sus ojos ya habrían perdido la capacidad de detectar el movimiento mecánico de las cosas? Pero no importaba la hora que fuera, de cualquier forma tenía que apurarse, y mientras se le aclaraban las ideas creyó recordar que la función de hoy era en el Astral.
       –Mira, Caincito: ¿Qué es lo que vas a escribir mañana si no ves la película hoy?
    Caín levantó la cabeza y calculó que debía ser alrededor de mediodía. Si se apuraba, tal vez podía llegar para el final, y con un poco de suerte, encontrar algún colega amable que por lo menos le cuente el argumento. Aunque lo dudaba, ya que la mayoría de los críticos sólo veían los primeros quince minutos de todas las películas, y después huían indefectiblemente de la sala; y si no se iban era porque se habían quedado dormidos. En cualquier caso, su suerte ya estaba echada, y todo por culpa de la mulata y sus supuestos estudios de filosofía.

Marcelo Damiani

domingo, 2 de diciembre de 2007

Genealogía de la narrativa histérica


"El mundo es de inspiración tantálica...
Todo lo que desea un hombre le es brindado
y negado. Yo también pensé: Tienta y niega."

Macedonio Fernández


       En nuestra primera aproximación al tema hemos definido a la narrativa histérica como ese tipo de ficción que realiza un doble movimiento simultáneo: Seduce (literariamente) y rechaza (las demandas externas y ajenas a su propia lógica). Este doble movimiento se debe a que su propósito es conquistar al lector y huir de las imposiciones del Mercado (así, con mayúscula). Ahí, sosteníamos, se veía con nitidez el sentido profundo de la ya famosa provocación libertelliana: “Allí donde hay un interlocutor, uno solo, allí se constituye un mercado”. Con minúscula, puntualizábamos, sin olvidar que la supuesta valoración inferior de las minúsculas, como la negativa de la histeria, sería invertida y desplazada rápidamente. En especial porque este pequeño mercado del que habla Libertella está sostenido por la existencia de un lector concreto, real, mientras que el Gran Mercado está pendiente de la estadística, de los índices de ganancias, de la rentabilidad, cuyo substrato (vacío) son los números.
       Ahora bien, como también ya se dijo, no sabemos si la resistencia que propone la narrativa histérica tiene futuro, pero sin duda de lo que no carece es de pasado. Este no es, por supuesto, el que una lectura fácil podría confundir con el de las vanguardias de principios de siglo XX o las neovanguardias de los 60. La narrativa histérica no sólo no tiene un espíritu de cuerpo o un programa previo sino que tampoco pretende cambiar el mundo para luego conformarse con su entrada al Museo. Así, tal vez está mucho más cerca de ser una retaguardia, no porque le cuide las espaldas a nadie, sino porque siempre está a punto de ser relegada o directamente olvidada por el batallón principal y sus ambiciosos líderes de turno. Se podría decir, para aquellos que se ponen nerviosos frente a las indefiniciones, que en el mejor o peor de los casos, la narrativa histérica sólo es una hipótesis de lectura.

       El resto de la nota acá.

sábado, 1 de diciembre de 2007

Pi: Melancolía y secreción

“La belleza del círculo perfecto ha despertado una intriga especial en los hombres. En su esfuerzo por definir la forma repetida en los iris de los ojos de los seres queridos y en las esferas radiantes del sol y de la luna, el hombre dividió la circunferencia del círculo por su diámetro, descubriendo pi.”

Todd Roberts


       Max Cohen es un joven matemático judío obsesionado por descubrir el patrón numérico del Universo. Alienado en su tarea –asumida como una verdadera Misión–, sufre de alucinaciones y hemorragias nasales que sólo puede aliviar inyectándose. Su creciente paranoia, inherente a la tipología de cualquier racionalista –somos parte de un orden que apenas vislumbramos o que definitivamente escapa a nuestra comprensión–, se ve justificada por dos grupos (en apariencia irreconciliables) que andan tras sus investigaciones. Por un lado, están los especuladores bursátiles que quieren sus teoremas porque sospechan que ellos revelan los patrones ocultos de la bolsa. Por otra parte, una secta hasídica lo quiere en sus filas para descubrir el secreto nombre de Dios, a través de esa rama numerológica del misticismo judío llamada Cábala.
       Max, como corresponde al género de películas protagonizadas por genios, tiene un maestro, Sol, que lo guía escépticamente en su búsqueda, mientras le da consejos sobre que necesita una mujer. Una mujer, precisamente, es lo que sin duda es su vecinita, Devi, una apetecible morocha que le da casi el mismo consejo que Sol: “Necesitas una mamá”, dictamina. La otra fémina que lo persigue es Jenna, una nena que le hace hacer mentalmente operaciones matemáticas. Pero para Max las cosas no son tan claras como para su maestro y vecina. Él ha contemplado el sol de frente cuando era chico, tal vez por eso ahora todo lo que ve son sombras, y quiere ir más allá, descubrir el secreto de pi, esa relación entre la periferia y el centro para reunir lo disperso en la totalidad del círculo.
       Pi (1998), el gran primer film de Darren Aronofsky, es tanto un retrato psicológico como una investigación científica de carácter fantástico, un relato policial como una búsqueda mística de la divinidad. Pero Pi, como no puede ser de otro modo, también es pi: El patrón común de todas las historias: La carencia que hace posible toda narración. Del mismo modo que lo que representa a pi es un número que no tiene fin, periódico, así el movimiento de aquello que ha sido separado de su origen no se detendrá hasta reintegrarse al lugar de donde partió. Pi, por lo tanto, es la unidad de lo diverso, ya que le recuerda a cada narración la ficción del relato del que se desprende su identidad; es la estructura misma del relato entendida como fragmentaria, carencia última o primigenia; su carácter ensayístico en tanto que búsqueda de un Absoluto –ya sea que se lo llame Dios, Madre, Tierra, Dinero, Verdad o Amor.
       Pero mientras que toda narración es progresiva, y por lo tanto utópica, la tentativa de Max –y por eso no es Marx– es melancólica, regresiva. Desoye a su vecina y a Sol (¿pero cómo escucharlos?), desconoce que tal vez el único secreto es secretar, desplazar el origen hacia el final, legar a otro la posibilidad de saber y de poder hacerlo todo, suspender la intranquilidad primordial, resignarse, dejar en blanco las páginas de la historia destinadas a la felicidad.
       Desde este punto de vista se podría decir que el problema de Max es su perseverancia ciega o su voluntad de poder. No obstante, a Aronofsky le basta una breve escena final para problematizar dicha postura. Max, rodeado de hojas marchitas, está sentado en un banco de la plaza. Jenna le pregunta cuánto es 255 por 183. Sonriente, él le responde que no sabe, antes de contemplar la copa de un árbol cuyas hojas son movidas suavemente por el murmullo de viento. Su silencio contemplativo es la prueba de que por fin ha comprendido que no hay nada que decir. No hay mensaje ni código que pueda superar el susurro del viento que se confunde misteriosamente con el de nuestra frágil respiración.
       Tal vez Aronofsky tenía en mente una frase que también Onetti ha tomado de Pound: “Dejemos hablar al viento / Ese es el Paraíso”. Max ha tenido que llegar hasta ahí, después de haber sufrido la persecución de financistas y religiosos, después de haber tenido que enfrentarse con la muerte en más de una ocasión, para comprender que no hay nada, absolutamente nada equiparable a la contemplación del tiempo que se escapa sin reparos, mientras las ficciones que ocuparon nuestro devenir se desvanecen en el aire. Max, tal vez, solamente ha recuperado su capacidad de asombro por el simple hecho de estar vivo, y quizá Pi sea la película sobre la pérdida de esta capacidad ancestral que padecemos todos los que vivimos melancólicamente atrapados por la lógica secresiva del mundo.

Marcelo Damiani & Pablo Orlando

sábado, 3 de noviembre de 2007

"Pura Anarquía" de Woody Allen

En Pura anarquía, de la misma forma que en Cómo acabar de una vez por todas con la cultura, Sin plumas y Perfiles, Woody vuelve a ejercitar su talento sobre el cuento cómico, el relato satírico o la viñeta humorística. No hace falta más que echar una hojeada al índice para saber que eso que hemos llamado “Máquina Woody” está de vuelta. Ahí están títulos como “Errar es humano; flotar, divino” (sobre esas sectas que pululan por todas partes y que son capaces de prometer y pedir cualquier cosa a cambio de nada); “Sam, le has puesto demasiado aroma a ese pantalón” (sobre la idea de hacer ropa con olores especiales, entre muchas otras funciones, como la de batería para cargar el celular, por ejemplo); “Calistenia, urticaria, montaje final” (sobre una colonia de vacaciones para niños índigo con aspiraciones cinematográficas); “Atención, genios: Pagos sólo al contado” (sobre el pago en especies), y “Así comió Zaratustra” (sobre el supuesto hallazgo del libro Sigue mi dieta de Nietzsche)...

La nota completa acá.

viernes, 2 de noviembre de 2007

Se dice de mí...

       "Tiene dos novelas publicadas en Adriana Hidalgo: El sentido de la vida y El oficio de sobrevivir. Leí el primero y me pareció lo más original y mejor escrito de todo lo que leí en escritores nuevos argentinos en mucho tiempo. Con mucha inteligencia, con historias y tramas pensadas va armando un relato donde se mezclan la realidad con los sueños y los deseos... Para quien tenga el libro o lo consiga en los próximos días le recomiendo muy especialmente el capítulo que comienza en la página 57... Damiani es un escritor que demuestra claramente que se puede hacer buena literatura sin hacer menciones constantes al consumo de paco entre los jóvenes y sin meter la cumbia en todas las escenas donde hay gente bailando."

       El resto de la nota por ahí.

jueves, 1 de noviembre de 2007

La insospechada eficacia de unos apuntes


Por César E. Juárez

       En las vitrinas del entrepiso, lo primero que llamó mi atención fue la fotografía de la tapa; en tonos sepias aparecía allí una niña sentada tratando de reestablecer el equilibrio de su cuerpo con sendos dispositivos: apenas una pequeña mano –a su derecha–, y un perro de felpa –a su izquierda–. El intento de la niña acontece inmóvil en el diámetro escaso de una mesa ratona. Recuerdo entonces casi sin solución de continuidad al Roland Barthes de La cámara lúcida. Nota sobre la fotografía (1980): “La fotografía dice: esto, es esto, es asá, es tal cual, y no dice otra cosa; una foto no puede ser transformada (dicha) filosóficamente, está enteramente lastrada por la contingencia de la que es envoltura transparente y ligera”. Lo que sigue es –en consecuencia– una serie de consideraciones en torno al arte de escribir que Algunos apuntes sobre mi madre (2007), de Marcelo Damiani (1969), ha suscitado en mí. Su articulación se ha realizado en momentos y éstos sólo pretenden –esencialmente– seguir los del relato mismo y acoger con gratitud lo que éste último dice. Nos guía un proyecto eminentemente utópico: renunciar a una mathesis universalis y alcanzar una mathesis singularis según el paradójico dictum de Roland Barthes.



La única sabiduría que podemos esperar adquirir
es la sabiduría de la humildad: la humildad es interminable.

Thomas S. Eliot



Nada de todo esto se parece al miedo,
el miedo es un agujero donde uno se resguarda
antes de la acción.

Paulina Vinderman



I

       “Me acuerdo, antes que nada, de sus manos”: Así, casi de un modo invisible, se inicia la escritura de este relato de Marcelo Damiani estructurado en 11 (once) párrafos. Sus manos –las de ella– son las que tejen y las que, de algún modo, le pasan las agujas al niño que no comprende al principio cómo hacen esas manos para no terminar enredando todo. Además: ¿Cómo acomodarse a esto? ¿Cómo tomar las agujas? Anota el narrador: “No podía seguir el hilo de la historia. Estaba, literalmente, subyugado, y podría haberme quedado ahí toda la vida”.



II

       Asoma en este punto una mínima genealogía que remite a un preciso lugar de Tucumán: Taco Ralo. Se trata de un lugar de cuyo nombre el narrador quiere acordarse: árbol desnudo es la significación de esta expresión según una “olvidada lengua indígena”. Allí –en Taco Ralo– nace ella: Nelly, la Mocha, un 12 de Febrero de 1936; es la cuarta hija de Emiliano Gómez y Angélica Esther Miau. La emergencia de la instancia genealógica no es casual en este punto. Según Roland Barthes: “Pensar en el origen nos sosiega, mientras que pensar en el futuro nos agita”. Aquí aparece también la hermana de Emiliano Gómez: Beatriz. Es ella la que gestiona el cambio de aire que la Mocha necesita –debido a una leve afección respiratoria– llevándosela a Córdoba y haciendo de madre de ésta de ahí en más. Diríase, en rigor, madre de ahí en más y de nuevo. De nuevo, ya que Beatriz “había perdido a su única hija, atropellada por una auto al cruzar la calle corriendo […] para mostrarle a una vecina los patines que le acababan de regalar por su sexto cumpleaños”.



III

       Un poeta enamorado en secreto de Beatriz suele visitar su casa de Córdoba; de allí –conjetura el narrador– saca la Mocha “la idea de escribir poesía”: Comienza a llenar cuadernos con versos adolescentes. Al morir el marido de Beatriz la vida de ambas se reorganiza: alquilan habitaciones; cocinan para los estudiantes; venden lo que pueden vender; agotan sus ahorros. Finalmente, regresan a Tucumán. Pregunta el narrador: “¿De qué hablarían sus versos? ¿Qué tipo de verdad banal o profunda me hubieran permitido descubrir su trazo o su escritura? Sin razón, en mis devaneos, a veces pienso que yo soy ella, pero sin mí”. Ariel Schettini bien podría ofrecer alguna señal al respecto: “Un poema existe –escribe– cuando genera un efecto de verdad”. ¿Tal vez eso baste?



IV

       Escribir y vivir: He ahí dos verbos en infinitivo cuyas denotaciones y connotaciones obsesionan a nuestro narrador. A veces el vivir excluye al escribir; sin embargo, el escribir tal vez no sea imaginable sin el vivir. Felisa, por ejemplo, sólo parece vivir: A pesar de las adversidades ella vive; otros, en fin, verán si escriben o no sobre ella.



V

       ¿Qué es una heroína? La Mocha, Felisa y Beatriz como “tres mosqueteras buscavidas”. Narrar la historia de la Mocha en tercera persona como en una novela decimonónica. ¿El tono? Desde luego: Ameno y divertido.



VI

       Las muertes de Beatriz y Felisa en el recuerdo: ¿Una maraña? Anota el narrador: “Recién ahora me doy cuenta de la razón por la que me apego a estos retazos de historias, como si su voz apenas pudiera dirigir mis manos mientras escriben, intentando prolongar este último rito que llevamos a cabo juntos, hilando palabra tras palabra, tejiendo frase tras frase como ella solía tejer nuestra ropa, abrigándonos mutuamente en la naturalidad de nuestro gesto”. ¿La escritura como abrigo? ¿La escritura como saquito?



VII

       Vuelvo a Roland Barthes: “He decidido tomar como guía la conciencia de mi emoción”. La Mocha muere tres semanas antes de que Camila, su nieta, naciera; de este modo, en consecuencia, no puede realizar su deseo de conocerla. Sin embargo, en la sonrisa de Camila anida la de la Mocha; ni siquiera necesita de las “morisquetas tristes” de su tío para manifestarla. En el sueño, por ejemplo, los ángeles se encargan de ello. ¿Cómo son las morisquetas angélicas? Sólo los niños lo saben y felizmente lo olvidan al despertar.



VIII

       A veces “no tener razón... es una cuestión de vida o muerte”. A cierta distancia de la lección socrática, el narrador prefiere asirse de la sonrisa de Camila que no parece provenir –precisamente– de ningún ejercicio irónico dirigido a la búsqueda de la verdad. Dice Roland Barthes: “La vida está hecha así, a base de pequeñas soledades”.



IX

       “Ella […] creía en Dios; creía en el cielo, creía en el alma eterna, creía en la salvación”. Mirando la fotografía de la Mocha que está en la tapa de Algunos apuntes sobre mi madre no hay lugar a dudas: Esos ojos, que vuelven minusválidos los del perro de felpa –y no sólo, desde luego, por su tamaño– iluminan también los nuestros. ¿No ha dicho Olga Orozco que ella: “Quería descubrir a Dios por transparencia”?



X

       Ordenar: ¿Acaso la conciencia humana hace otra cosa? Jorge Luis Borges habla en Discusión (1932), en efecto, de la “visión de la sucesiva y ordenadora conciencia humana frente al momentáneo universo”. ¿No hacen algo análogo la escritura y el relato en general? Escuchemos ahora a Marcelo Damiani nuevamente: “El 3 de enero del año pasado cumplí 37 años. Mi padre hubiera cumplido 74. Treinta y siete años atrás ella le había dado como regalo de cumpleaños a su primer hijo: Yo. Yo, ahora, 37 años después, tenía la misma edad que él cuando se convirtió en padre. Yo, ahora, era huérfano de padre y madre, y el único regalo que recibí por mi cumpleaños fue el de mi hermana: Un reloj…”.



XI

       “Pero el peor momento llega tarde o temprano. Es cuando ya no hay nada que hacer”. Marcelo Damiani abandona entonces las agujas y los ovillos: El abrigo que ha tejido para su madre y para los suyos comienza a abrigarlos, y –me parece– a abrigarlo.



     Texto leido en el "XVII Encuentro de Escritores del Libertador" re-alizado en San Salvador de Jujuy entre el 11 y el 13 de junio del 2010.

miércoles, 3 de octubre de 2007

El apogeo de la civilización occidental

Uno de los bares que frecuento en las tardes de calor tiene a un verdadero personaje disfrazado de cliente regular. Habla con un ligero acento francés y asegura ser el único descendiente del célebre profesor Abel Dubois Landormy. Después de presentarse a su interlocutor de turno le gusta contar sin preámbulos la historia de su padre: “A principios del siglo pasado, empieza, mi padre publicó su famosa Historia del escote femenino en la civilización del Egeo (2300 a 1800 antes de Cristo); allí sostiene que cuanto más alto es el nivel artístico e intelectual de un pueblo, tanto más bajo es el punto en que sus mujeres cierran el cuello de su ropa. Amparados en esta ley histórica enunciada por mi padre, continúa el hombre, los modistos parisienses fueron empleando cada vez menos tela en los trajes de noche, e incluso hubo varios creyentes en el progreso indefinido de la humanidad que dedicaron su vida a tratar de ver el ombligo de las mujeres, ya que eso demostraría automáticamente el sumo apogeo de la civilización occidental. Pero ese momento no llegó, se lamenta, puesto que al poco tiempo, cediendo a los flujos y reflujos de la moda, los sastres comenzaron a subir los escotes y a bajar las faldas. Y así comenzó la declinación de la popularidad de mi padre”, termina el hombre con un dejo de tristeza en los ojos. Luego paga su café -que por lo general no ha tocado- y sale del bar. Afuera, se queda parado en la entrada mirando a las adolescentes que caminan por la vereda mostrando sus ombligos con desdén. Imagino que el hijo del profesor Landormy disfruta de este paisaje paradisíaco pensando que su padre tenía razón: Este es el sumo apogeo de la civilización occidental.

martes, 2 de octubre de 2007

Espectáculo

Por Marcelo Damiani

       Trabajo de porquería, piensa el jugador de pool, después de que nadie aplaudiera uno de sus tiros. Dos mosquitos y una mosca sobrevuelan el paño verde haciendo piruetas en el aire. El jugador se apresta a ejecutar un tiro difícil: Calcula las distancias, estudia los ángulos; piensa. Los mosquitos alcanzan a la mosca, la obligan a bajar sobre el paño verde y la desvisten. El jugador y los mosquitos empinan sus utensilios y apuntan con calma. La mosca empieza a gemir. Adelante y atrás, adelante y atrás. El jugador mueve el taco y no se decide. Adelante y atrás, adelante y atrás. El taco golpea la bola blanca y ésta a la roja. Los mosquitos están a punto de terminar. Se escucha un grito de placer y los mosquitos se separan extenuados un instante antes de que la bola roja les pase por encima. La bola azul recibe el golpe de la roja y las dos entran impecablemente en la buchaca de la esquina. La gente se pone de pie y aplaude satisfecha. El jugador de pool, la mosca y los mosquitos se incorporan, hacen una reverencia y piensan al unísono: Cada vez es más difícil entretener a estos locos.

       La traducción al francés acá.

       La traducción al italiano acá.

lunes, 1 de octubre de 2007

Repercusiones en la crítica


Adiós, Pequeña es una novela donde el humor, al volver grotesco todo procedimiento del género, toma la distancia necesaria del típico policial.”

Gabriela Stoppelman en la revista "Tamaño oficio"


Adiós, Pequeña atrapa por la calidad de sus diálogos, ya que impera en ellos un sarcasmo por momentos brutal. Se palpa la respiración del ingenio y la ironía de Clandler, pero muchas imágenes y situaciones revelan que Damiani también es asiduo lector de Horace McCoy y de Elmord Leonard.”

Germán Cáceres en la revista "Lea"


“En su primera novela publicada, Marcelo Damiani incursiona en la narrativa policial. Aunque esa incursión presenta características muy particulares que, a la vez que sitúan la novela en aquel género, por otro lado le permiten ganar distancia respecto del mismo. En ese sutil posicionamiento, Adiós, Pequeña revela sus aspectos más interesantes.”

Raúl García en "Página/12"


Adiós, Pequeña se erige como una parodia hacia los ‘clichés’ constitutivos del género policial clásico, y si tal como afirmara Borges ‘la novela policial ha creado un tipo especial de lector’, entonces esta novela propone un procedimiento inverso al conocido por medio del cual el lector debe ‘trabajar’ menos en cualquier ejercicio mental que se le presente y disfrutar más. Detective y lector recorren la novela cual flaneurs literarios garantizando el placer del juego que aquí se traduce en placer textual.”

Alma Rodríguez en la revista "Espacios"


“La parodia es una de las formas más elegantes de seguir escribiendo cuando ya no queda absolutamente nada por decir. En ese sentido, toda la literatura de Occidente puede ser considerada una parodia de sí misma. Una enorme oración que no quiere llegar a ninguna parte. La suma de sus temas tiende despreocupadamente a cero, y la suma de sus páginas tiende alegremente al infinito. Es ese vacío el que hace posible las historias, en él nacen y en él mueren todos los relatos, porque nada hay que nos sostenga además de las palabras. Pero esta levedad no carece de vértigos, de allí que los buenos textos paródicos provoquen en el lector eso que César Aira llama una sonrisa seria, y de allí que podamos afirmar que Adiós, Pequeña pertenece a esa clase de libros que uno lee pensando que si no existiera la literatura, en este planeta no existiría realmente nada.”

Carlos Schilling en "La voz del interior"