domingo, 1 de marzo de 2015

Mundo Drone

Por Marcelo Damiani

       Los drones (término que literalmente significa zángano) han invadido nuestro mundo. Capaz que hay uno sobrevolando mi casa mientras yo, distraído, escribo estas líneas, y puede ser que haya otro sobre la suya mientras usted las lee, ya que nadie sabe donde ni desde cuándo los gobiernos han estado experimentando con ellos. No sería raro que todos esos platos voladores de los que tanto hablan los fanáticos de la ciencia ficción no sean más que drones que circulan por los cielos, llevando y trayendo cosas de las que quizá no queremos saber nada.

        La versión de La Gaceta acá.

        La nota completa acá.

domingo, 1 de febrero de 2015

Hegel en el Caribe

                                       Por René Depestre

Papá Hegel es savia soberana
en el olmo de la filosofía:
sus germanas palabras de filósofo
aún viajan triunfales
en torno a los seres, a las aves
y a las cosas bellas de la vida,
mientras su faro sigue ciego
al naufragio de los Negros del mar Caribe.
¿Acaso por esto el mar
es un poeta trágico?
Papá Hegel se sabe de memoria
como su pupitre, la dialéctica
del ser y parecer en sociedad
de plantación: amo y esclavo
colono/indígena
santo cristiano/loa vudú
francés/criollo
blanco/negro/mulato
no obstante sus palabras forman sombras en torno
a los problemas de la máscara y la verdad.
¿Acaso por esto mi vida
no es escalera de cristal?
Papá Hegel tiene fuertes manos videntes
de carpintero para alumbrar a giorno
leyes y secretos de la gran historia
de las humanidades, mas no tiene ojos de hermano
para las venas que corren, alocadas,
desoladas, por el bosque de la desdicha negra.
¿Acaso por esto, mi negra,
comemos y bailamos en la cocina
cuando es noche de fiesta en Occidente?

jueves, 1 de enero de 2015

Itaca (1911)

                                     Por Konstantinos Kavafis

Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los Lestrigones ni a los Cíclopes
ni al colérico Poseidón,
jamás hallarás tales seres en tu camino,
si tu pensar es elevado y limpia
la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.
A Lestrigones y a Cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no es tu alma quien los yergue ante ti.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y adquiere hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender con avidez de sus sabios.

Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin esperar que Itaca te enriquezca.

Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la encuentres pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Nouvelle sur commande

Par Marcelo Damiani 

       Le bateau pirate mouilla devant chez moi. Les marins accrochèrent l'ancre à l'arbre du voisin et se postèrent le long de la rue, regardant droit devant eux d´un air mauvais. Peu après, le capitaine mit pied à terre et vint frapper à ma porte : Je la lui ouvris et il entra sans préambule d`aucune sort, puis il s`installa au bar vermoulu qui m'étais resté d`une histoire de western ratée. "Vous êtes un écrivain, pas vrai?" m´apostropha-t-il dans un idiome inconnu. Par chance, nous maîtrisions tot deux les mêmes conventions littéraires. "Non, je suis scénariste," répondis-je. «C´est pareil," commenta-t-il dit. "On a besoin de quelqu'un qui ait beaucoup d'imagination." "Les critiques disent que je n'ai pas d'un goutte" signalai-je. «Bien», murmura-t-il, l´air pensif. "Très bon signe." Il marqua une pause. Il avala un verre de whisky qui trainait là, et me regarda. "Mon équipage et moi, on a un problème. Ça fait des années qu´on ne trouve pas la moindre aventure digne de ce nom. Personne ne veut nous mettre en scène dans une histoire; ils prétendent tous qu´on ne sert à rien et qu´on est passé de mode... On a donc décidé d'avoir notre propre écrivain". Il ne me manquait plus que ça, je songeai: Des pirates rongés par le doute existentiel. "Vous savez," répondis-je, "les récits d'aventure ne sont pas mon fort." "Ce ne pas un problème," marmmona-t-il. "Utilisez-nous dans le genre que vous voulez." Puis il se leva d´un bond, se dirigea vers la porte et ajouta: «Vous avez une semaine. N´essayez pas de nous trahir. Les deux écrivains qui s´y sont risqués n´écriront plus une seule ligne." Enfin il s´en alla. 
       C´ést alors que je me mis a rédiger cette nouvelle. Au cas où.

Traduit de l`espagnol par Vincent Raynaud.

lunes, 1 de diciembre de 2014

sábado, 1 de noviembre de 2014

El cine y la amistad

Por Marcos Rosenzvaig

       Vivimos en una época donde acecha, agazapada, la distracción. Pero no como desvío del cuidado o la vigilancia del intelecto, sino como viraje vital. Una distracción nos puede costar la vida, aunque la vida también puede ser una distracción. En ese ámbito en que lo sublime y lo profano puede caber en el simple acto de distraerse, acaba de ser editada la novela La distracción de Marcelo Damiani.
(...)
     El libro es una caja de resonancia llena de ecos. Su logro mayor, quizá, es que durante la lectura uno tiene la sensación de estar en una sala de cine contemplando la última película de los hermanos Coen, basada muy libremente en una vieja comedia de Plauto, cuyo guión ha sido perpetrado por la pluma paródica de Cabrera Infante y la imaginación de un gran fabulador.
       El resultado es explosivo.

       La nota completa acá.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Prića po narućbi

Marcelo Damiani

     Gusarski brod presto je pred mojom kućom. Mornari su bacili sidro na stablo od susijeda i polozili su se pod dužini ulice gledajući na prijed bezdušno. Malo zatim sišao je kapetan i kucao je na moja vrata; otvorim, on ušao bez govora i nagnijo se nad porušeni bar od kawboya. “Vi ste pisac, ne?” odgovorijo nepoznati jezikom; za srećom odgovorili smo i stim kniževnia jezikom. “Ni sam guioništa”, odgovorijo je. “Isto je”, kaze “trebamo nekoga za vekijom imaginacijom”. “Kritičari kažu da ja neman nieta”, naglasijo je. “Dobro”, mrmljao je zamišljen, “ovo je dobar znak”. Promislijo je i popije čašu whisky, sta bilo tu: “Pogleda ome nismo našli jednu dobru aventuru, već godinama nitko nam neda mijesta u svojoj povjesti, kažu da ne vredimo za ništa, jer smo izvani mode... I odlučili smo imati vašega vlastitoga pisca”. Jedino što je falilo mislimo sam problem gusarski radio drzavanj. “Stvari od aventure ni je moja specifičnost”, rekao je. “To nas ne zanima, ni je važno”, promrmljao, “metnimoga ruda on hoće”. Digao se naglo na noge, i okrenijo se prama vratima i dodac: “Dajtemu vremena tijedan dana, i ne usuditese da nas dva pisca su pokušaj, i vise bdmogo pisali više”. I otišao je.
       Zatim sam počeo pisati ovu priću.

       Prijevod: Myrna Katherine Darda 
       Korekcija: Jozo Ivkovic.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Presentación

Por Gonzalo Carranza 

       Yo quisiera empezar contando qué es lo que me gustó de El oficio de sobrevivir de Marcelo Damiani, y por qué me parece que es una novela tan importante. En primer lugar tengo que destacar que está muy bien escrita. Sin embargo, no voy a hablar mucho de esto porque considero que estar bien escrita es una condición necesaria pero no suficiente de toda buena novela. Tiene que haber, además, otras cuestiones.
       Creo que en este caso, como en las otras narraciones de Damiani, hay una relación extraña entre los personajes y la trama. Por un lado, los personajes están muy bien definidos por sus profesiones y por ciertos rasgos que podrían ser vistos como estereotípicos. Así, tenemos a un posible espía, a un artista desmemoriado y a una mujer fatal, entre otros. Esta caracterización, que por momentos parece abarcar la totalidad de los personajes, acerca la novela a los géneros populares. Pero el entramado no responde estrictamente a ningún género.

       El texto completo acá.

martes, 2 de septiembre de 2014

Il mestiere di soppravvivere

Claudio Bagnasco e Giovanna Piazza

       Il mestiere di soppravivere di Marcelo Damiani, apparso nel 2014 per le Edizioni Arcoiris a cura di Marcella Solinas, è un avvincente romanzo che unisce atmosfere da giallo alla riflessione filosofica – non priva di umorismo –, in una costruzione originale e intrigante. 
       I sette capitoli sono disseminati di elementi che il lettore raccoglie per cercare di ricomporre i legami tra i personaggi, accomunati dal fatto di vivere su di una medesima isola senza nome: si leggerà dello scrittore David Marey e di sua moglie Veronica, traduttrice; di Claudia, l’amante di David; dell’editore Oscar e di Reynaldo Gómez, critico letterario. Si ascolteranno le acute osservazioni sul rapporto tra felicità e morte del professore universitario León Tolver, ingaggiato dalla sorella per compiere assurde e misteriose missioni. E altre figure soltanto nominate saranno subito pronte a ricomparire all’improvviso, andando a delineare così intrecci imprevisti e nuove possibilità.
       Nel corso delle pagine, la voce narrante si moltiplica: a volte sono gli stessi personaggi a prendere la parola e a raccontare di sé, in alcuni capitoli invece la terza persona racconta della vita di questi uomini e donne che vivono come sospesi e interrotti, senza memoria o in viaggio o incerti sul proprio futuro o insoddisfatti o, ancora, desiderosi di togliersi la vita.
       Nessuno di essi coincide con le proprie azioni, con i fatti che lo riguardano.
       Secondo un procedimento tipico dell’arte cubista, capita che una stessa vicenda venga guardata da più punti di osservazione, i quali, posti l’uno accanto all’altro, producono un effetto surreale pronto a mettere in crisi ogni pretesa di racconto realistico.
       La narrazione, che non pare cercare mai un inizio né una conclusione, procede per variazione e somiglianza (si pensi solo alla presenza di un cane di nome Eros e di una cagnetta chiamataAfrodita o al particolare dei capelli rossi che ritorna per individuare due diverse donne, Michelle e Claudia). Si assiste a un continuo avvicinamento e allontanamento giocoso delle figure e delle parti, che impedisce di stabilire cos’è falso e cosa è vero, cosa è originale e cosa è ripetizione, cosa viene prima e cosa succede dopo.
       Nemmeno la scrittura, che ricopre un ruolo fondamentale in queste pagine, è al riparo dall’inafferrabilità e dalla moltiplicazione. L’opera dal titolo “Vivere è un plagio”, il romanzo che David non ricorda di aver scritto e che dà anche il nome a uno dei capitoli de Il mestiere di sopravvivere, è uno dei misteri a cui viene dato più spazio nel libro di Damiani (che compare come autore di una variante degli scacchi, la “variante Damiani”, p. 20).
       Essa costituisce l’occasione per svelare le intenzioni nascoste e per mettere a nudo con piglio grottesco le meschinerie e l’umanità dei protagonisti, per mostrarci personaggi ambigui, tradimenti, situazioni equivoche, fraintendimenti.
       La festa, situazione che ricorre o viene citata spesso nei capitoli, è l’esempio di un luogo di sospensione della realtà e dimensione della possibilità più imprevedibili. Durante una festa in abiti medievali Tolver viene gravemente ferito in un duello; l’io narrante del capitolo Paradiso perduto ha intenzione di suicidarsi “dopo i festeggiamenti” con gli amici (p. 33); David Marey si risveglia all’indomani di un festino in cui tutti si congratulano per il suo nuovo libro e che lui descrive in questi termini: “Quando si partecipa per la prima volta a riunioni di questo tipo si ha la sensazione di essere in cielo. Di solito sono pieni di personaggi belli e maledetti, quasi tutti ti salutano, molti ti sorridono invitanti, e c’è persino qualcuno che vuole conoscerti. Poi quando l’alcol comincia a fare effetto viene fuori il veleno. All’inizio a piccole dosi, timidamente, simile a un sussurro all’orecchio; ma a poco a poco il tono delle conversazioni si infervora, fino a che il trascorrere della notte non ti mostra l’unica verità certa: è tutto una bugia, durante le feste niente è reale.” P. 55.
       Ma il centro, cioè il motivo e lo scopo dei movimenti degli uomini e delle donne, pare rimanere sempre oscuro, ignoto, inspiegabile. Le passioni si affievoliscono, le convinzioni sono deboli, le volontà mutano. Davvero metteranno fine alla propria esistenza gli aspiranti suicidi che dichiarano al lettore le proprie intenzioni di morte? Dice Tolver: “[…] quasi tutti i suicidi […] rispettano un rigido codice del silenzio. Sanno che l’annuncio del suicidio tende a soppiantare il fatto in sé, annullandolo completamente.” P. 44.
       In altri termini, il gioco e l’artificio generano legami e trame che non portano mai all’indentità, alla verità, ma innescano continue possibilità, che, sebbene si intreccino, sono destinate a rimare sostanzialmente divergenti.
       Ciascuno è, in fondo, irrelato rispetto agli altri, ma dagli altri riceve molteplicità, rotondità, grazie ad essi viene espressa una parte del possibile di ognuno e la somiglianza di questo con il mondo.
      Ricco di riferimenti alla letteratura (già il titolo rimanda a Il mestiere di vivere di Cesare Pavese) e al cinema (aspetti che Marcella Solinas mette in luce nella postfazione), il romanzo dello scrittore argentino Marcelo Damiani, in cui si sente l’inevitabile eco di Borges, non è solo un piacevole divertimento letterario: la sostanziale incompletezza e la sospensione delle figure porta ciascuna di esse ad affacciarsi sulle questioni ultime e qualcuno – León Tolver – tenca anche di dare a esse voce. All’uomo le possibilità paiono infinite e la vita eterna, anche se in realtà non è così, poiché in fondo tutte le costruzioni – anche la letteratura – cercano soltanto l’eternità, cioè la negazione dei limiti della vita umana (in questo romanzo c’è addirittura uno scrittore di prologhi morto che parla). Persino la vita è una costruzione (una finzione, una replica, Vivere è un plagio si leggeva) che si cerca di rendere credibile. Sopravvivere significa provare a stento a restare in vita ma anche essere dei superstiti o, addirittura, continuare a vivere dopo la propria fine terrena, cioè salvarsi: “Ma in realtà nessuno sa niente della morte. […] Il cambiamento continuo che l’avrebbe inevitabilmente condotto alla morte, l’unica certezza che abbiamo nella vita, non solo gli risultava insopportabile, ma lo rendeva diffidente verso tutte le teorie sofistiche secondo cui o la vita è il miglior antidoto contro la morte, oppure l’una e l’altra formano una sorta di continuumimprescindibile e autorigenerantesi, per non dire panteistico. Secondo Tolver la sola cosa, forse, in grado di opporsi alla morte era il mito della felicità, non nella sua stupida versione postmoderna, saturata dai progressi della tecnologia e da promesse di piaceri paradisiaci, ma nella versione espressa dalla classica eudaimonia greca, connessa a una fase precedente alla vita in armonia con gli dei, quando l’esperienza della morte ancora non era stata contaminata da presunti desideri di trascendenza.”, corsivi nel testo, pp. 44-46.

       El texto completo también se puede hallar acá.

lunes, 1 de septiembre de 2014

El gordito

Por Etgar Keret

       ¿Sorprendido? Pues claro que estaba sorprendido. Sales con una chica. Una primera cita, una segunda cita, un restaurante por aquí, una película por allá, siempre en sesiones matinales, exclusivamente. Empiezan a acostarse, el sexo es espectacular y después llega también el sentimiento. Cuando de pronto, un buen día, viene a ti llorando, tú la abrazas y le dices que se tranquilice, que no pasa nada, y ella te contesta que ya no puede más, que tiene un secreto, pero no un secreto cualquiera, que se trata de algo tenebroso, de una maldición, un asunto que ha querido revelarte todo este tiempo pero no ha tenido valor para hacerlo. Porque se trata de algo que la oprime constantemente como si de un par de toneladas de ladrillos se tratara. Algo que te tiene que contar, porque tiene que hacerlo, aunque también sabe que desde el momento en que te lo revele la vas a dejar, y con razón. Y al momento vuelve a ponerse llorar.

       El resto del cuento acá.

domingo, 3 de agosto de 2014

La balada de los Coen

Por Marcelo Damiani 

       En la por ahora última, inspirada, genial película de los hermanos Coen, Inside Llewyn Davies (2013), hay una fuerte declaración de principios sobre la situación mundial del arte contemporáneo.

No es nada nuevo, por cierto, pero como el público se renueva no está mal que autores de su talla nos lo recuerden, ya que la gente tiende a olvidar las verdades más evidentes, en especial cuando les molestan un poco o mucho o directamente contradicen sus prejuicios.

       El artículo completo acá.

viernes, 1 de agosto de 2014

La lección del maestro

Por Marcelo Damiani 

       ¿Qué se espera de un prólogo? ¿Que se convierta rápidamente en un gesto de aprobación? ¿Que produzca inmediatamente el deseo de la lectura del texto que presenta? ¿O que siga el mandato de demorarse, displicente, distraído, tratando de conquistar los favores del lector, aunque no para el firmante, por supuesto, sino para el autor del libro, por medio de circunloquios y sortilegios verbales, sobre-escenificando su puesta en escena, como parece que estoy haciéndolo en este preciso instante? 

       El resto del prólogo acá.

jueves, 3 de julio de 2014

Juego, anestesia y distracción

Por Juan José Saer

Podemos también considerar el juego como una anestesia, en la medida en que se lo considera una distracción. Toda distrac- ción, por otra parte, constituye una suerte de anestesia, si te- nemos en cuenta que su funcion consiste en amortiguar estados desagradables o no placenteros.

martes, 1 de julio de 2014

Ne Dolrelo

Marcelo Damiani

       Nalazio sam se u jednom prostoru adje roditeli nebi nikada trebali nositi svoju djecu. Ali mislim kad jedam ima izvesne godine, može od savjeta rodireli skih predosjetiti i da ima pavo upoznati ugodnosti života; Iako nebi našao nikakov užitak u ovoj zatvorskoj divljini. Mjesto je bilo puno čelija i egzotičnih životinja i nismo mogli ići nikuda bez čuvarica ogrmnih.
       Tog dana sprijateljio sam se sjednim dosta velikim medvjedom, koji mije služio kao zaštitnik i bio sam uprav htio zaspati kratko vrijeme u mom novom zakloništu, kad je vika prekinila moj plan, da se odmorim, izišao sam iz sklonšta puzeći i zaista opazih prilično uzrujan dva čelava agromna i jaka uhvačeni jedan za drugoga vičeći i grizući jedan drogoga. Brzo se stvorila jedna čuvarica i rastavila ih i zgrabila svakog rukom po zadi za opasače i naglo ih bacila, tako da su letilipo zraku. Poslije ih je bacila u kaveze odvojene jedan od dritgoga. Tako sam je vidio.
       Ona je bila prekrasna i uplašena; i snoristio sam priliku i probližio sam joj se i dokazati joj mirnoću, poslije tofa bio sam ja jedini junak jojeg su se svibojali u tom odjelu. Zi početku kalo se može i očekivati nije razumila moje namjere. Poslije namje bilo zabranjeno govoriti. A li kasnije je shvatila da sam ja bio bolji. Zato što sam uvijek bio tigar kad se jeradilo o ženama. Uključujujć ola sam osjetio impuls, uvijek joj obeča vajući sigurno je ona zaslužila, alija nisam mogao i zvršavati, kad već niko nije znao što nas čeka u budućnosti. Ja iako nisam bio takav čovjek koji bise mogao suprostaviti čuvaricama.
       Župljani su nestali malo po malo okruženi čuvaricama do granica zatvora. Iskaroristio sam tu generalnu gužvu i uhvatiti moju novu prijateljicu za ruka i dovestije olo moga sklonšista i tamo smo mogli biti skriveni jedno vrijeme i sa malo sreće i ko zna i pobleći skupa. Nikad se zna. Ali onda sam ćuo nezabunjuću brenzu kcomog ali vez uspjeha u tom tvenutku osjetio sam agromne ruke koje su me zgrabile i spod pazuha i digle me u zrak saznao sam ola seje sve svršilo, vjerujcm ola je i moja drugarica sve to saznala. jer su njene očioprostile su od mene u tiširi iz nutrine skomišta.
       Ipak ona je bila spašena prešao sam iz ruku čuvarice u zagrljaj moje majke. Bilo je nevjerovatno, ali ona nije mogla razumiti da sam ja tako brzo rastao, je mije manjkalo malo da navršim dvije godine i još mije stavljala sisaljku u usra kolilo se mogu sjećati.

        Prijevod: Myrna Katherine Darda

martes, 3 de junio de 2014

La ley del casco

Por Jerry Seinfeld

Hay muchas cosas que uno puede señalar para demostrar que el ser humano no es inteligente. Pero mi favorita es que necesitamos inventar el casco. Aparentemente, lo que estaba pasando era que estábamos envueltos en un montón de actividades que destruían nuestras cabezas. No obstante, no elegimos dejar de hacer estas actividades, sino inventar algún tipo de dispositivo que nos ayudara a seguir disfrutando de nuestro estilo de vida destructor de cabezas: El casco. E incluso eso no funcionó, porque mucha gente no lo usaba, así que tuvimos que inventar la ley del casco. Lo cual es aún más estúpido, ya que la idea detrás de esta ley es intentar preservar un cerebro cuyo juicio es tan pobre que ni siquiera trata de detener la destrucción de la cabeza en la cual se aloja.

domingo, 1 de junio de 2014

Una secreta promesa del porvenir

Por Marcelo Damiani

         ¿Qué se espera de un ensayo? ¿Qué se espera de un prólogo? ¿Deben ser ambos, como sugieren muchos, leídos como motores energéticos del pensamiento o del relato? ¿O deben ser leídos simplemente como gestos? Sin duda buscan producir algún tipo de efecto energético-gestual. El primero que producen, por supuesto, es que el autor (en este caso, yo) se hace cargo, con su firma silenciosa (puesta allá arriba) de una creencia motriz en el valor del texto que se comenta. El ensayo, a la hora de los parentescos, también podría ser visto como un prólogo virtual con un aire de distracción.

         El texto completo acá.

viernes, 2 de mayo de 2014

La distracción en Perfil

Por Gustavo Valle

   Ensayemos una sinopsis: Amigos inseparables acuden a una residencia creativa en Banff, Canadá, donde conocen a otros artistas y emprenden un proyecto inconcluso y viven aventuras reales e imaginarias. Otra: Amigos unidos por la crítica cinematográfica se funden en una tercera identidad que los aglutina y que opera como receptor complementario de realidades. Una tercera: Novela cuyos personajes son admiradores o epígonos de Caín–Guillermo Cabrera Infante. En dos palabras, La distracción es una novela sobre el cine y la amistad.
       Y también sobre el humor. Hay aquí un humor permanentemente alerta que aparece en el momento justo en que la erudición o las disertaciones conducen a los personajes hacia apretados laberintos; porque esta novela es en parte una máquina reflexiva sobre la representación, y también sobre la transformación de personas en personajes, o en heterónimos, como aparentan ser muchos de los seres que vagabundean esta fantasmal novela. Y con un narrador que se desliza entre todos ellos enmascarándose, a su vez, constantemente. Un narrador que puede ser uno de los personajes, una voz coral, o el autor mismo.
     Como ocurre en su anterior novela, El oficio de sobrevivir, Damiani acude a una isla como escenario de las acciones, de los recuerdos y de la invención imaginaria. A pesar de ocurrir en Canadá, la novela está permanentemente sujeta a esa isla, que no es un lugar propiamente dicho sino un clima, una red más mental que física en la que se encuentran gregariamente varias voces.
       El libro está prologado por el mismo sujeto que prologa otros libros de Damiani: Alan Moon, quien filtra personajes y situaciones que discurren por fuera, incluso, de la obra que prologa. Es decir, Moon es un lector de ficción de la ficción y va creando con sus prólogos un relato paralelo a la materia que anticipa. ¿Un alter ego del autor? No. Más bien otro personaje de ficción para el elenco. Porque como bien dice esta inteligente novela: “Todos vivimos separándonos de nosotros mismos y desplegando nuestras potencialidades en los mundos posibles que construimos con las decisiones que tomamos, e incluso con las que no podemos tomar”.

Publicado en la edición impresa del diario Perfil (13-05-2014).

jueves, 3 de abril de 2014

Para que las cosas mantengan su entereza


Por Mark Strand

En un campo,
yo soy la ausencia
de campo.
Este es
siempre el caso.
Donde quiera que esté
soy lo que falta.

A mi paso,
separo el aire
y siempre
el aire se mueve
para llenar los espacios
donde ha estado mi cuerpo.

Todos tenemos razones
para movernos.
Yo me muevo
para que las cosas mantengan su entereza.

La versíón original acá.

miércoles, 2 de abril de 2014

El cerebro lector

Por Stanislas Dehaene 

       En este preciso momento, su cerebro está realizando una proeza asombrosa: Está leyendo. Sus ojos analizan la página en pequeños movimientos espasmódicos. Cuatro o cinco veces por segundos, su mirada se detiene el tiempo suficiente para reconocer una o dos palabras. Por supuesto, usted no se percata de cómo esta información va ingresando entrecortadamente. Sólo los sonidos y los significados de las palabras llegan a su mente consciente. ¿Pero cómo es que unas pocas marcas de un papel blanco proyectadas en su retina pueden evocar un universo entero, como hace Vladimir Nabokov en las primeras líneas de Lolita?: "Lolita, light of my life, fire of my loins. My sin, my soul. Lo-lee-ta: The tip of the tongue taking a trip of three steps down the palate to tap, at three, on the teeth. Lo. Lee. Ta."

martes, 1 de abril de 2014

Una cuestión de punto de vista


Jean-Pierre Longre 

       Sobre la tapa, la palabra “novela”. En el interior, bajo el auspicio de un tal Alan Moon, jugador supremo y “deus ex machina” (esto es, en todo caso, lo que sugiere), seis historias que bien parecen ser cuentos autónomos. Están los jugadores de ajedrez bastante cerebrales en complejas relaciones (“Paraíso Perdido”); el extraño viaje que un profesor hace, a las órdenes de su hermana, a Nueva Zelanda (“Del inconveniente de haber nacido”); un escritor que, aparentemente amnésico, no recuerda haber escrito el libro que le hicieron firmar (“Vivir es un plagio”); una traductora que, atrapada entre su marido escritor y su amante editor, termina por hacer las valijas (“Más allá del bien y del mal”); un crítico comprometido pero impotente (“Critico porque soy crítico”); y una chica que vive de sus recuerdos y se hunde en la depresión (“Eterno Retorno”).
       ¿Cuentos autónomos? Tal vez, pero dependientes entre sí. A través de la lectura, hay fricción entre seres que se encontraron previamente, las historias se desenredan (un poco), se cruzan y se entrelazan (mucho), y las situaciones se aclaran sin resolverse forzosamente. La misteriosa isla donde todo sucede es un rompecabezas o un tablero de ajedrez cuyas piezas son personajes que, creyendo controlar su destino, son los juguetes de las ilusiones y los puntos de vista subjetivos, tributarios de diversos ángulos en los que la trama se presenta. 
       Todo esto conlleva a una reflexión sobre la escritura, la difusión y la lectura literaria (esto se debate a fondo), pero también a una meditación sobre el destino y la condición humana, sobre la vida y la muerte (las alusiones a filósofos o moralistas como Cioran salpican la narración). Sin embargo, en esta puesta en abismo de la existencia humana y la percepción de la misma, los misterios no se eliminan por completo, lo que no es ajeno al inquietante encanto de El oficio de sobrevivir.

lunes, 3 de marzo de 2014

Ottavia

Por Italo Calvino

       Ahora diré cómo es Ottavia, ciudad-telaraña. Hay un precipicio entre dos montañas abruptas: La ciudad está en el vacío, atada a las dos crestas con cuerdas y cadenas y pasarelas. Uno camina por los travesaños de madera, cuidando de no poner el pie en los intersticios, o se aferra a las mallas de cáñamo. Abajo no hay nada en cientos y cientos de metros; pasa alguna nube, se entrevé más abajo el fondo del despeñadero.
        Esta es la base de la ciudad; una red que sirve de pasaje y de sostén. Todo lo demás, en vez de elevarse por encima, cuelga hacia abajo: Escalas de cuerda, hamacas, casas hechas en forma de saco, percheros, terrazas como navecillas, odres de agua, picos de gas, asadores, cestos suspendidos de cordeles, montacargas, duchas, trapecios y anillas para juegos, teleféricos, lámparas, macetas con plantas de follaje colgante.
       Suspendida en el abismo, la vida de los habitantes de Ottavia es menos incierta que en otras ciudades. Saben que la resistencia de la red tiene un límite.

sábado, 1 de marzo de 2014

Fotos

                   Por Ante Nadomir Tadić Šutra

Las fotos no son palabras, pero hablan.
Las fotos son el alma del hombre.
Las fotos fluyen como un río,
mientras en el silencio el arroyo gorgotea.

Las fotos no son rayos, pero relampaguean.
Las fotos no tienen vida, pero existen.
Las fotos no son canciones pero cantan,
y a nadie por nada acusan.

Las fotos no son Dios, pero perdonan.
Las fotos no son jueces, pero juzgan.
Las fotos son realidad e imaginación,
son un esquema de naturaleza y gente.

Las fotos siempre fueron fotos.
Las fotos se acercan y se pierden.
Las fotos sonríen y lloran,
fruncen el ceño, y te besan.

El poema original acá.

Traducción: Myrna Katherine Darda.

lunes, 3 de febrero de 2014

La distracción en La voz del interior de Córdoba


       Para leer la entrevista en el sitio de La voz del interior acá.

       Para leer la bibliográfica de Carlos Schillling acá.

viernes, 3 de enero de 2014

La Victoria de Rey

Por Marcelo Damiani 

       Rey, onettiano empedernido, vive su sueño breve mientras cuida a Nicolás, su amigo en coma, acostado en una cama libre de la habitación de hospital, mirando con desdén las figuras veraniegas del techo, cuyas formas y sombras se proyectan caprichosamente por el movimiento de las celosías que cubren las ventanas acariciadas por el viento; Rey acaba de ver la última película de Keira Knigthley, su nueva actriz favorita, pero a diferencia de sus colegas críticos, él aún no ha escrito una sola línea sobre ella, ejercicio de pudor que también tiene algo de certeza, la sospecha de que sus palabras jamás podrían ni siquiera rozar lo que ella hace en la pantalla (o tal vez lo que la cámara hace con ella), esa forma que se escapa, esa cualidad escurridiza, siempre en fuga, insubstancial y etérea que hace que Keira sea Keira, y que para Rey, en su ensueño de hospital derruido, se ha convertido en Victoria, nombre falso de su enamoramiento platónico, convertida ahora en el personaje principal del esbozo de guión que escribe mentalmente para contárselo a Nicolás cuando despierte del coma; y Keira, ya convertida en Victoria, es la protagonista de una película impasible de ciencia ficción (aunque también podría ser vista como un ensayo posible de la conciencia de la ficción), ya que el futuro que postula no es muy distinto del presente suspendido en el que transcurren sus noches y sus días (la misma situación pasiva de su amigo), una película imposible que debería ser filmada por un cineasta no menos imposible, mezcla de Terry Gilliam y Wong Kar Wai, experto en el uso de la cámara lenta y la musicalización recursiva, preferentemente orquestada por Ennio Morricone, y sin duda con fotografía de Sven Nykvist, para mostrar en blanco y negro y a veces en sepia a una Keira fundida con su entorno expresionista, una suerte de museo de arte moderno situado en el castillo donde vive sola, encerrada, como si se tratara de una torre de marfil flotante, evanescente, al borde de la melancolía arquitectónica, un castillo que también es su cárcel, su cárcel de cristal; poco a poco, sin embargo, por medio de flashbacks e inserts, nos vamos dando cuenta de que afuera no hay nadie con vida, como si un virus letal hubiera aniquilado a la humanidad entera, y esta situación tiene que ver con Keira, ya que de una u otra manera todas las muertes se relacionan con ella; Keira lo sabe y sospecha que su misión es mantenerse a salvo, incontaminada, incólume, intuyendo que algo tiene que ver con eso su estado de ánimo o su deseo (es decir, su pelo), ya que las últimas muertes han sucedido cuando ella de alguna oscura forma (no) las deseaba; entonces comprende que su tarea es encontrar la cura de esa misteriosa caída en desgracia de todos los que entran en contacto con ella, como si se tratara de una nueva Eurídice con la maldición de Medusa; así, su sonrisa irresistible, saludo de bienvenida para el Rey que se atreva a entrar en su castillo, y, literalmente, no caiga muerto a sus pies al verla, es lo que ensaya todo el tiempo frente al espejo, cual Leonardo y Mona Lisa fundidos en un gesto, aún a sabiendas de que sólo si logra desterrar sus malos pensamientos, sólo si logra vencer la acidia fatal que la embarga, sólo así podrá allanar el camino para ser liberada de su encierro, y por fin, convertirse en una verdadera Victoria; la única Victoria posible; la Victoria definitiva: La Victoria de Rey.

jueves, 2 de enero de 2014

Entrevista excéntrica


Por Julia Milanese

    -¿Por qué decidiste hacer la presentación de tu nuevo libro en el bar Varela/Varelita?
    -El Varela, cuando estaba escribiendo La distracción, era un bar que yo frecuentaba mucho, a veces acompañado por Héctor Libertella, ya que era su oficina. Quizá por eso una de las escenas de la novela transcurre ahí, en la que además aparece como en un cameo el mozo Javier, verdadera alma mater del lugar. Pero la razón más importante es que yo quería que quien viniera al evento se llevara una buena impresión de lo que es el libro. Pretendía, no sé si se consiguió, una especie de ambientación tonal, distintiva, como para que después de leer La distracción la gente pudiera decir: “Sí; la novela es como la presentación”.
    -¿Podrías decirnos algunas palabras sobre los dos presentadores, Sergio Serebrinsky y Walter Romero, y el por qué de tu elección?
     -Yo quería salir un poco de la dinámica usual de las presentaciones de libros, y por eso le pedí a Sergio Serebrinsky (líder de la banda under “Aguante Baretta”) que hiciera una suerte de stand up seudo literario, disfrazado de falso maestro de ceremonias. A Walter Romero no hacía falta que le pidiera nada, yo ya contaba con su inteligencia lectora y su gran manejo escénico (que le viene de ser cantante de tangos). Además, me gustaba la idea de que La distracción fuera presentada por gente del ámbito literario-musical (con la que suelo llevarme muy bien), porque tengo una relación epidérmicamente secreta (o secretamente epidérmica) con la música (por eso el nombre de uno de los personajes de la novela homenajea a ese gran artista brasileño que es Hemeto Pascoal).
     -¿Por qué considerás a El sentido de la vida, El oficio de sobrevivir y La Distracción como una trilogía “involuntaria”?
     -Por las múltiples conexiones que hay entre las tres novelas (los prólogos de Alan Moon, los personajes que se repiten, las situaciones narradas más de una vez desde puntos de vista distintos, cierto trasfondo musical, etc.), conexiones que no fueron pensadas de antemano, sino que surgieron naturalmente, de forma paulatina, sorpresiva y (casi) intuitiva.
      -Por momentos pareciera que para entender tus libros hace falta algo equivalente a las 10 pistas para comprender Mulholland Drive de David Lynch (que él dio y en ese mismo tono, claro) ¿Por qué pasa eso?
      -La verdad es que no lo sé. Tal vez tenga que ver con algo que acertadamente puntualizó Walter Romero en la presentación, y es que yo trabajo bastante (quizá también de forma involuntaria) con el comienzo “in media res”, y esto siempre supone un riesgo (y puede ser que a la mayoría de los lectores les guste jugar sobre seguro). O tal vez tenga que ver con que me aburren los libros (y los comienzos) demasiado simples (o pusilánimes); me parece que con ellos se subestima la inteligencia del lector, y a mí me gusta escribir novelas (arriesgadas) que yo mismo leería, es decir, sin auto-subestimarme, obviamente. Aunque ahora que lo pienso (más allá de que agradezco la comparación con Lynch) noto que la pregunta tiene un supuesto que no comparto, porque creo que lo que escribo es muy fácil de entender. El sentido de la vida, por ejemplo, está escenificado sobre varias situaciones que buscan dilucidar el sentido de la vida. El oficio de sobrevivir está narrado por una serie de personajes que tratan de aprender el oficio de sobrevivir. La distracción, por último, está protagonizada por un personaje que cree que el sentido de la vida y el oficio de sobrevivir son, precisamente, la distracción. Más fácil, la verdad, me parece imposible.
     -¿Existe algo así como una clave para ingresar a –y entender– la literatura?
      -Sí, claro, por supuesto que hay una clave (o varias), pero es un secreto, y los grandes se lo llevan a la tumba, por eso son grandes, y por eso los seguimos leyendo.

miércoles, 1 de enero de 2014

Granada literaria II

       Así que cuando uno llega a esta exquisita ciudad lo primero que tiene que hacer es dar gracias por el sentido de la vista (no de la vida). Asumir, ante todo, que uno es afortunado. No importa si cae una leve llovizna o si pesa el equipaje. No importa si están arreglando la calle o el empedrado se empeña en detener nuestro avance. No importa, sobre todo, si uno está tentado de parafrasear al gran Constantinos Kavafis: “Cuando emprendas tu viaje a la Alhambra / pide que el camino sea largo”.
       Sin duda, el lugar ideal para alojarse es la residencia “Carmen de la Victoria”, en la cuesta del Chapiz, en cuyo living aún está el piano con el que García Lorca solía deleitar a los pasajeros en tránsito. Pero uno no se puede engolosinar demasiado, ya que aún hay que cumplir con obligaciones académicas (una clase inaugural, género indómito por excelencia) y para ello recorrer las calles curvas, empinadas, angostas, en busca de la facultad de Filosofía y Letras, situada en un edificio cuyo brutalismo hi-tech es una muestra de la convivencia armónica de lo arcaico con lo novedoso (una constante en toda Granada), y que recuerda un poco a la Universidad Central de Caracas (patrimonio de la humanidad).
       Allí, en el Campus Cartuja (no de Parma), uno puede encontrar a su Hada Madrina (¿será una Sílfide o una Nereida?), y entonces, como si durante la caminata nos hubiéramos deslizado imperceptiblemente en otra dimensión, de pronto uno siente que está dentro de un relato fantástico, en el que nada es imposible y todo puede pasar.
       “Pide que el camino sea largo”, continúa Constantinos, “que muchas sean las mañanas de verano”, en que bajes la cuesta con calma, guiado por tu Ana Madrina (definitivamente una Nereida, de Marbella), en dirección al mejor restaurante (secreto) de la ciudad. Ella, con su simpatía y magia andaluza, te mostrará las pequeñas tiendas fenicias y egipcias, donde luego te harás de hermosas mercancías, practicando el viejo arte del regateo. Así, mientras respiras el aire mediterráneo, te asaltará el recuerdo de la bella ciudad inglesa de Bath (deberías agradecer también que has tenido la suerte de vivir allí), acaso por el común antepasado romano que, a más de 15 siglos de distancia, aún se percibe en la arquitectura urbana.
       Después darán una vuelta por la plaza de la trinidad, y ahí dejarás que el violinista local reconozca tu acento argentino, para que se luzca con un tango que, por supuesto, no puede ser otro que “Volver”. Ahí deberán improvisar unos pasos como si realmente supieran bailar. Sentirás que es un soplo la vida, que veinte años no es nada, que febril la mirada, y que no es una dádiva sin gracia. Tal vez, porque “el viajero que huye, tarde o temprano detiene su andar”, de pronto, tu Hada Madrina (¿será Halia o será Galatea?) se despedirá, no sin antes sentarte frente a unas cañas con los nuevos amigos: Munir, Gonzalo, Tiffany, José Gabriel y Antonio Ginés, docentes, editores, escritores y filólogos del futuro.
       Así, disfrutarás de sus historias nórdicas y marroquíes, y te dejarás conducir por pubs y bares de tapas hasta llegar a La Tertulia, el refugio literario de la ciudad, regenteado por un cordobés argentino (la aclaración, acá, es pertinente) que tiene el honor de haber recibido la visita de Borges y Di Benedetto, nada menos. Es cuando alguien propone ir a la Alhambra en ese mismo momento, en plena noche, para colarse por un lugar secreto que sólo conocen los jóvenes, donde dormita un guardia gordo y en muy mal estado atlético: “Nunca nos alcanzaría si nos quiere correr”, acotan todos. Hay que reír con ganas de la ocurrencia, agradecer la invitación y, por supuesto, declinar la oferta. No sea cosa que en vez del guardia aparezca el famoso jinete sin cabeza de Washington Irving.
       Ahora ya falta poco, porque has dejado lo mejor para el último día: La Alhambra. Levantarse temprano, desayunar bien y emprender el camino ascendente del cerro de Medina es la tarea mañanera. Allá arriba, cerca de la entrada, estarán esperándote los versos de García Lorca: “Quiero bajar al pozo / quiero subir los muros de Granada / para mirar el corazón pasado / por el punzón oscuro de las aguas”. En la calle Real (nombre borgeano-saereano si los hay) te aguarda el recuerdo de Manuel de Falla (que vivió allí entre 1920 y 1922), esta vez homenajeado en las sabias palabras de Juan Ramón Jiménez: “Se fue a Granada por silencio y tiempo, y Granada le sobredió armonía y eternidad”.
       Entonces sí, luego de resistir la fuerte tentación de mudarte a Granada para siempre, ya sólo queda entrar a esa fortaleza roja y recorrerla de punta a punta: El Palacio de Carlos V, la plaza de los aljibes, la alcazaba, el mexuar, el patio de los arrayanes, la puerta de la justicia, el Generalife, y el partal. Por fin, si es posible, hay que detenerse exhausto en el célebre patio de los leones, donde ya no es decoroso pensar, ni hablar, ni escuchar, ante tanta belleza, y sólo se puede optar por el silencio, porque es allí, precisamente allí, donde mueren las palabras.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Jueces

Por Alan Moon

He comprendido muchas cosas a partir de mi muerte. La más importante, sin duda, es que la labor de firmar prólogos visionarios, como simulo hacerlo por amistad de vez en cuando, no es un oficio para cualquiera, y mucho menos para pusilánimes como mis contemporáneos. Se trata de una profesión peligrosa, destinada a los pocos que ignoramos el sabor del miedo y podemos jactarnos de ser el mejor impostor. Es decir: Yo. Solo "Yo".

El resto del prólogo acá.

martes, 3 de septiembre de 2013

Marcelo Damiani y el oficio de escribir

Por Marcella Solinas 

       Cuenta la leyenda que Witold Gombrowicz, residente desde hacía mucho tiempo en Argentina, y desde el barco que lo llevaría de vuelta a Europa, le gritó a sus amigos: “¡Maten a Borges!”. ¿Por qué? Por un lado, porque el maestro argentino sentía hacia el polaco cierta aversión y había puesto su veto a la financiación de la traducción al español de Ferdydurke. Por el otro, por una cuestión de orden intelectual. El excéntrico Gombrowicz, como todos los excéntricos, estaba convencido de que el camino artístico y vital de un escritor debe pasar –paradójicamente– por lo que años después Harold Bloom definió como la separación del efebo del poeta padre. Pero si para el crítico estadounidense se trata de un proceso natural e indoloro, para otros la independencia puede tener un precio muy alto. Para citar sólo un ejemplo, pensemos en El juguete rabioso (1926) de Roberto Arlt, donde el universo literario se concreta a través de un auténtico saqueo (acto criminal y, por lo tanto, supuestamente peligros, y bien lo sabe el joven protagonista de novela) de los padres: El robo en la biblioteca. La relación con los precursores es siempre compleja. Sin embargo, hay algunos episodios dichosos en la historia de la cultura en los que nuestros predecesores parecen ofrecernos no tanto una plantilla de estilo sino un método. Piglia, en un programa-conferencia de la televisión pública argentina, la literatura rioplatense le debe a Borges la invención de una literatura “fantástica” y, sobre todo, el desarrollo de un método que cualquiera puede seguir. Piglia compara al autor de El Aleph con el inventor del soneto, que no nos ha dejado sólo los poemas, sino una forma poética para jugar. Si se miran las cosas desde este punto de vista, parece difícil poder matar a Borges, o evadir su presencia en la literatura argentina. Tal vez el tiempo lo haga, como lo ha hecho con su esencia mortal: Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro» (1) establece el argentino en el famoso poema en prosa "Borges y yo, pero ese momento aún no ha llegado.
       Borges y Macedonio Fernández (siguiendo con Piglia) escribieron “ficciones conceptuales”. Pero su objetivo, tal vez sin proponérselo, era permitir que otros pudieran realizar la voluminosa novela a la que tan a menudo aluden. Concepto y realización, así, se encuentran en El oficio de sobrevivir de Marcelo Damiani.
       Nacido en Córdoba en 1969, graduado con honores de la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, Marcelo Damiani es considerado por muchos intelectuales rioplatenses como una de las voces más originales de la escena argentina de los últimos veinte años. En su primera novela, Adiós Pequeña (1995), revisita el género policial de forma amena, paródica, guiñando un ojo tanto a la tradición literaria argentina como al mundo del cine, y de inmediato poniendo de relieve dos de las principales características de su obra: La intertextualidad y la ironía.
       Su segundo libro, El sentido de la vida (2001) puede ser considerado el primer capítulo de una trilogía involuntaria que, junto con El oficio de sobrevivir (2005) y La distracción (2013), explora las dificultades de estar en el mundo, sin abandonar ese aire humorístico que siempre caracteriza su escritura. Damiani le hace guiños desde el título a la obra de Cesare Pavese. Del autor de Il mestiere di vivere, retoma el tono de “diario”, y especialmente el angustioso análisis que Pavese hace de sí mismo y de sus relaciones con los demás, en el difícil esfuerzo de “construirse” día tras día, como hombre y como escritor: Una lucha sin cuartel en la que el protagonista, en la medida en que adquiere conciencia de sí mismo, advierte cada vez más la apremiante sensación de estar en otra parte, y de no coincidir con los demás. Damiani, aunque en tono de broma, abre un intersticio en el montaliano “mal de vivir” que azota a todos sus personajes, unidos por “el inconveniente de haber nacido”. Habla de la sensibilidad oculta tras las apariencias superficiales y oportunistas, trata con versatilidad problemas de implicaciones filosóficas como la muerte, la felicidad, el suicidio, la depresión, la verdad y la falsedad, pinta un cuadro alegremente nihilista de la existencia contemporánea y del problema de la auto-construcción. Por supuesto, esta cuestión –tanto en Damiani como en Pavese– es también la base de la relación entre el escritor y la literatura: La obsesiva búsqueda de un “estilo” (basada en una profunda conciencia de sí) que contiene inevitablemente el peligro de artificio. La mirada del otro puede convertir el estilo en una “máscara”; y luego se hace difícil distinguir la auto-construcción de la fuga de uno mismo, de la tendencia a ocultarse a los demás y ser de manera auténtica. La elección –no al azar– del verbo “sobrevivir” se refiere, además de a Pavese, también a algunas reflexiones de Derrida. El filósofo francés, en sus estudios sobre Blanchot (2), desarrolla el concepto de supervivencia entendida como una experiencia y un deseo fundamental que va más allá de la vida y la muerte. Es una reflexión sobre la interconexión –y no sobre la oposición– entre la vida y la muerte, y la supervivencia puede, de alguna manera, coincidir con la escritura que es capaz de producir una huella al mismo tiempo definitiva y sujeta a variaciones infinitas. La escritura como sopra-vivenza, según observa Garritano, toma por lo tanto «la forma de un juego en el que el evento en su singularidad se refiere a la nueva presentación, por lo que se abre el escenario de la repetición, del eterno diferir, de una llegada incesante».
       Precisamente la forma del juego es otra piedra angular de la obra del argentino. El oficio de sobrevivir, de hecho, puede ser leído como un divertimento lingüístico e intelectual. El mismo Damiani, en una entrevista con título emblemático, “Escribir es una lucha contra el mundo (4), afirma que considera la literatura un ejercicio lúdico. Lector sagaz y atento del cubano Guillermo Cabrera Infante y de su compatriota Héctor Libertella, Damiani es un equilibrista de la lengua, y la preocupación por la forma se traduce en sus obras en una constante investigación sobre el género y los procesos creativos.
       Para volver al efecto de la provocación de Gombrowicz, básicamente nos enfrentamos con el problema de la tradición: Damiani lector de Borges, o incluso de Eduardo Holmberg y Onetti. Pero no es tan importante tener la certeza de la fuente filológica, sino saber que la obra del autor de El oficio de sobrevivir se mide incansablemente con el canon literario. El bastión que representa es, para los que no lo establecen ni tienen el control hegemónico, a la vez carga pesada y herramienta analítica. Como carga es una presencia constante en la reflexión y la práctica literaria; como herramienta de análisis, se convierte en el lugar en el que operar excepciones a la regla, producir discrepancias y elaborar parodias. Nos damos cuenta entonces de que hay una visión Argentina (y podríamos ampliar esta tendencia a toda Latinoamérica) de la literatura. El género policial, el fantástico, la ciencia ficción son los procedimientos en los que, al igual que en las oposiciones fonológicas de Trubetskoy (otro guiño a Ricardo Piglia de “La loca y el relato del crimen” (5)), los elementos comunes son mayores que las diferencias. Uno de estos elementos es precisamente la falsificación de la realidad mediante la creación de una ficción. Y es emblemático que esta distorsión de la percepción correcta del mundo implique también el autor de la novela. ¿Quién escribió qué? El gran metafísico Pierre Menard, el policial del robo de identidad, y la ficción de la manipulación de la memoria se mezclan en una sola ráfaga de carácter realista, que es la visión de la vida como una conspiración: «Como es conocido, fue Karl Popper quien señaló el problema con su habitual claridad: Esta teoría “es similar a la detectada en Homero. Éste concebía el poder de los dioses para que todo lo que pasara en la llanura ante Troya fuera sólo un reflejo de las múltiples conspiraciones urdidas en el Olimpo. La teoría social de la conspiración es en realidad una versión de este teísmo, es decir, de la creencia en la divinidad cuyos caprichos o deseos gobiernan todas las cosas”.
       En El oficio de sobrevivir es posible encontrar diferentes tipos de texto y referencias a varios géneros literarios. Los hechos narrados en los seis capítulos del libro (a los que hay que añadir el prólogo) se desarrollan en una “isla” imaginaria, un espacio legendario y claustrofóbico, espejo de la realidad contemporánea y, al mismo tiempo, metáfora de la obra literaria. A primera vista, los capítulos parecen independientes entre sí, tanto es así que uno se pregunta si el libro no debe ser entendido como una colección de cuentos en lugar de una novela. Sin embargo, a medida que se avanza en la lectura, las diferentes historias comienzan a entrelazarse, como los rumores de un coro en el que nadie escucha al otro, y nos damos cuenta de que ningún capítulo puede considerarse concluido y autosuficiente. Es el sello estilístico de Damiani, cuyos libros se refieren siempre a los textos anteriores o anuncian obras posteriores: Pensar, por ejemplo, en los prólogos del escritor ficticio Alan Moon, o en los personajes que viajan de una novela a otra (como Tolver y su vuelta a la vida en La distracción).
       Damiani conoce el complejo funcionamiento de los laberintos narratológicos, e inserta en la trama innumerables bifurcaciones, sin perder el control del universo que él creó. Apuntala la narración con enigmas e impulsos típicos del género policial para luego converger en una suerte de centro, donde las ramificaciones de la historia terminan cruzándose con gran naturalidad. Este centro, en El oficio de sobrevivir, está representado por la agobiante historia de un escritor que, víctima de una amnesia misteriosa, no recuerda que él escribió la novela que su editor le atribuye y quiere publicar a toda costa. Podríamos concluir que la intratextualidad es intertextualidad e hipérbole. No sólo se citan otros universos literarios, precursores o no, sino también el del mismo autor, y todo se convierte en un mapa de referencias que se cruzan, se separan y vuelven a conectarse. Entonces el lector participa con el autor en un debate sobre los problemas de la escritura, en la que el mundo de las grandes editoriales, los funcionarios culturales y los premios literarios son vistos bajo una luz al mismo tiempo sórdida y humorística. Los personajes, un jugador de ajedrez, un escritor bloqueado, un editor fraudulento, una joven hermosa y deprimida, un periodista frustrado y una esposa insatisfecha, como piezas en un tablero de ajedrez, toman poco a poco conciencia de su situación y tratan de rebelarse contra su destino, pero están a merced de la “lotería” que los domina y limita su elección.
       Dentro de este marco, Damiani expone sus pasiones de siempre: El cine, la literatura, el ajedrez. Las influencias cinematográficas del autor asoman un poco en todas partes. Damiani no es uno de esos escritores –tan de moda hoy en día– que puede presumir de una “prosa cinematográfica”; en sus libros el séptimo arte es más bien como un modelo y un intertexto. En la novela, algunos episodios se pueden leer desde diferentes puntos de vista, la misma situación es contada desde ángulos diversos: No hay sólo una clave, y mucho menos una sola verdad. Imposible no pensar en un clásico como “Rashomon” de Kurosawa, pero igualmente obvio es el enlace con los hermanos Coen, en especial con Barton Fink, o con el cine de David Lynch (referencias que sugieren una fuerte tendencia a la mistificación y a la auto-representación). La película, sin embargo, se rompe en la narración de una manera directa en las páginas dedicadas a Brasil de Terry Gilliam, el film en el que, al igual que en la novela, los límites entre el plano de la realidad y el de la ficción son más bien débiles. La narración acompaña esta reflexión sobre la propia narrativa; la literatura habla de sí misma tomando las técnicas de la tradición postmoderna o al menos de esa tendencia irresistible que en Occidente estamos acostumbrados a llamar así. Pero la idea de incluir en el texto la reseña de una película también se ubica en la estela de una tradición iniciada por Macedonio Fernández y Borges. Más que un “post” mundo este sería, pues, un “ex” mundo. Ex-centrum, excéntrico. La obra literaria es un centro de gravedad hacia el cual converge el conocimiento del escritor. Brasil deja de ser en sí mismo para convertirse en la alteridad. Es decir, deja de ser una obra terminada, para regenerarse en otra obra. Es una forma de egocentrismo pero que implica una responsabilidad: Poner todas las piezas en su lugar.
       Y esto nos lleva al ajedrez.
       Todos sabemos cómo funciona el juego. Un número finito de reglas puede comprender un número infinito de combinaciones que producen resultados imponderables en el intento de llegar a la perfección dinámica de las formas, y, por lo tanto, a la derrota del oponente. La realidad combinatoria de un jugador prevalece sobre el otro y lo aniquila. La literatura tiene, en parte, esta tarea. Enfrentarse a los “hechos”, encubrirlos, redefinir su tiranía brutal.
       Como escribía Octavio Paz: «La relación entre sociedad y literatura no es la de causa y efecto. El vínculo entre una y otra es, a un tiempo, necesario, contradictorio e imprevisible. La literatura expresa a la sociedad; al expresarla, la cambia, la contradice o la niega. Al retratarla, la inventa; al inventarla, la revela» (7).
       Es por esta razón que el total artificio de Marcelo Damiani tiene una exigencia de solidez. Como en el tablero se aplican reglas peculiares de reproducción de la experiencia, de la misma forma, en la isla literaria de Damiani (y en aquellas de sus precursores, la de La invención de Morel, por ejemplo, donde la realidad se reproduce por una máquina) las reglas de la realidad son dictadas por las posibilidades combinatorias de la literatura. Si esto puede determinar la percepción del mundo, conduce inevitablemente a la construcción de su fenomenología. El ser como voluntad y representación, por lo tanto, es un laberinto adicional de cuentos y narraciones. Ya lo dijo Roquentin en La náusea: "Para que el suceso más trivial se convierta en aventura, es necesario y suficiente contarlo. Esto es lo que engaña a la gente; el hombre es siempre un narrador de historias; vive rodeado de sus historias y de las ajenas, ve a través de ellas todo lo que le sucede; y trata de vivir su vida como si la contara" (8).
       El oficio de sobrevivir se infiltra de esta manera en las intersecciones de los géneros literarios, en la intertextualidad exacerbada; en la realidad como constructo ficticio; en el laberinto. Geometrías y variaciones sobre el tema de la apropiación literaria son el sello distintivo de la novela de Damiani, y, al mismo tiempo, la forma en que aparece en la tradición literaria rioplatense. 

1. Jorge Luis Borges, “Borges y yo”, El hacedor, Alianza, 1996, Madrid, p. 70. 
2. Cfr. Jacques Derrida, Parages, Galilée, París,1986.
3. Francesco Garritano, Sul bordo della legge, en Jacques Derrida, Paraggi. Studi su Maurice Blanchot, Jaca Book, Milán, 2000, pp. 17-18, (Traducción mía).
4. Gustavo Pablos, “Escribir es una lucha contra el mundo, en La voz del interior, Córdoba, 16 septiembre 2006, p. 8.
5. Cfr. Antonella de Laurentiis y Loris Tassi (eds), Inchiostro sangue, antologia di racconti e saggi sul Río de la Plata, Edizioni Arcoiris, Salerno, 2009, pp. 33-41.
6. Giulio Giorello, "Verità manifeste e verità segrete", en Ranieri Polese (editores), Il complotto. Teoria, pratica, invenzione, Guanda, Parma 2007, p. 23. (Traducción mía).
7. Octavio Paz, Tiempo nublado, Barcelona, Seix Barral, 1987, p. 162. 
8. Jean Paul Sarte, La náusea, Madrid, Alianza, 2011, p. 66.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Las estrellas según Rey



Por Marcelo Damiani

       Reynaldo, al principio, era simplemente Rey. Reinaba, soberano y autárquico, sobre sus padres, tíos, abuelos y amigos de la familia sin ningún tipo de obstáculos u oposición. Sólo tenía que emitir un sonido gutural y cansino y señalar el objeto de su deseo para que su voluntad fuera cumplida inmediatamente. La vida, en esa época, consistía en individualizar la forma de las cosas que pululaban a su alrededor y luego tomarse el arduo trabajo de decidir si las quería ahora o después. Seguramente ahí estaba la clave para comprender su temprana fascinación por el cine, aunque él solía quejarse de que había llegado al séptimo arte bastante tarde. Su madre recién lo había llevado por primera vez a una sala poco tiempo antes de cumplir los 4 meses, a los 111 días de vida, para ser exactos, y esto, por supuesto, hablaba de un irrecuperable tiempo perdido. 

       El texto completo acá.

       La versión en inglés acá.

       La versión en francés acá.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Hermeto

Por Marcelo Damiani

       Hermeto tenía una relación demasiado carnal con su propio nombre. Nada en él era claro. Ni bajo ni alto, ni lindo ni feo, ni gordo ni flaco, ni bueno ni malo; su verdadero ser parecía estar mucho más allá de este tipo de distinciones binarias. Era, eso sí, muy callado. La gente, por lo general, no notaba su presencia, y si lo hacían, rápidamente se olvidaban de él, como si fuera un fantasma inofensivo con licencia para aparecer en público. Incluso cuando emitía alguno de sus oscuros juicios categóricos –bastante a menudo, por cierto– los únicos que parecían escucharlo eran sus amigos. Tal vez por eso había llegado a sospechar que siempre, para ser oídos, era absolutamente necesario poseer el requisito previo de la amistad, como parecía confirmarlo el hecho de que nadie escuchaba mejor nuestros silencios que un amigo de verdad.
       A diferencia de muchos escritores, Hermeto encontraba muy estimulante la página en blanco, quizá porque la veía como una suerte de metáfora tangible del silencio. Pero también el color blanco (su favorito) y el silencio eran los progenitores del pensamiento; y Hermeto, como todo pensador puro, siempre estaba a la caza del pensamiento. Con el tiempo, sin embargo, se había dado cuenta de que el pensamiento era una especie de red –hermética, por supuesto– cuya única verdad parecía estar en los agujeros. Coherentemente, uno no podía cazar con esta red, sino que la red terminaba cazándolo a uno. Así, cuando era atrapado por su telaraña, era como si el cuerpo y el mundo desaparecieran juntos por arte de magia. El espíritu era transportado a otra dimensión, una zona o esfera donde no regían las leyes del universo, y cuya carta de residencia era tan inasible y efímera que casi no valía la pena tratar de conseguirla.
       La condición de permanencia en esa otra dimensión era una suerte de ley de encadenamiento o conexión involuntaria regida por la falta. Era como estar armando un rompecabezas una y otra y otra vez, aun a sabiendas de que cada vez que lo armáramos siempre iban a faltar varias piezas distintas, como si se turnaran para aparecer y desaparecer aleatoriamente. La apertura a este verdadero campo de juego parecía ser una cuestión de azar. Uno estaba ocupado en cualquier otra cosa –no importaba cuál– cuando de pronto nuestra mente era abducida, y al instante siguiente ya estábamos ahí. No obstante, convengamos que para muchos la forma ideal de convocar esta abducción era caminar, y Hermeto no era la excepción. En especial si tomamos en cuenta sus largas caminatas a toda hora sin que nunca importara el clima o el lugar en el que se encontraba. Caminar se constituía así en una suerte de procedimiento que generaba una idea o una imagen –para él no había diferencias– que a su vez originaba un efecto de distracción. La idea o imagen (la imagen-idea) se conectaba con otra, y luego con otra, y con otra, y de repente uno ya estaba atrapado por el pensamiento; y nunca se sabía cuándo nos iba a liberar. Hermeto, además, no creía que uno podía huir de ahí. La red era tan poderosa que una vez atrapados nuestra voluntad desaparecía. Caminar y estar atrapados por el pensamiento estaban tan unidos que cuando el hechizo se rompía uno podía terminar en cualquier parte. Al otro lado del mundo incluso, como le había pasado una vez a su maestro: León Tolver. Aparentemente, recién llegado de su famosa estadía en Inglaterra, sin saber muy bien cómo, de pronto había sido atrapado por una imagen ideal del devenir, una suerte de magma en movimiento, una sensación de fluidez etérea que lo elevó a dimensiones místicas, y lo siguiente que supo de sí mismo es que despertó un día después, en medio de una fiesta medieval en Nueva Zelanda. Tolver, ya acostumbrado a este tipo de acontecimientos, lo había tomado con la mayor naturalidad, y había aprovechado el viaje para visitar a una gran amiga que vivía en Auckland, y de paso se demoró unas semanas recorriendo la ciudad. Aunque nunca pudo recordar qué había pasado en esas 24 horas en las que había sido atrapado por la red hermética. Es cierto que tuvo algunos indicios de su derrotero, como los tickets y pasajes que encontró en sus bolsillos, así pudo deducir que su sistema motriz, por suerte, había seguido funcionando a la perfección. Los efectos de su viaje, previsiblemente, no se habían detenido ahí. Al poco tiempo de volver a la isla, por ejemplo, se dio cuenta que su inesperada ausencia había ocasionado que la gente pensara que estaba muerto; hasta le habían organizado un bello funeral que al parecer había sido muy concurrido.
       Todo esto se lo había contado el mismo Tolver, después de un encuentro casual en su bar favorito, antes de confirmarle sus propios descubrimientos con respecto al devenir del pensamiento. Su maestro, evidentemente, ya se había dado cuenta de que él también era capaz de acceder a esa dimensión. Muy pocos podían, por cierto, y a veces el intento por atrapar una mente no apta podía ocasionar graves problemas físicos. La prolongada duración del coma en el que había caído Nicolás era el mejor ejemplo de esto. Para Hermeto, su amigo no estaba predispuesto genéticamente para entrar a esa zona. Nicolás tenía muchos otros atributos, por supuesto, pero sin duda pensar no era uno de ellos; tal vez por eso se dedicaba a las mujeres. No era casual que terminara atrapado por Javiera, una oscura manifestación insensible de la idea, fiel representante del vampirismo pasivo y peligroso que sólo era capaz de acontecer al dejarnos caer atraídos por el abismo. Nadia, como a Hermeto le gustaba llamarla, acaso por su cercanía con nadie y con nada, era la confirmación de que nuestro amigo estaba siendo succionado por las fuerzas maléficas de ese agujero negro que es el vacío absoluto.
       Claro que Hermeto tampoco era alguien ajeno al encanto femenino. Pero sus gustos eran tan crípticos (y sus “amigas” tan escasas) que fácilmente podía pasar por un ermitaño o un misógino. Su última conquista, si es que podía llamársela así, había sido una bella mulata caribeña con un fuerte aire intelectual; durante una larga tarde y una corta noche, según versiones poco claras, tuvo una relación tan exclusiva con ella que Reyni llegó a sostener capciosamente que nuestro amigo se había enamorado por primera vez y para siempre. Quizá no esté de más aclarar que Hermeto era un fiel creyente del epítome epicúreo que sostenía que el sabio jamás deberá enamorarse. Por otra parte, según su particular concepción del mundo, el amor era una ideología tramposa, suerte de argucia de la razón vital basada en un intento de dar lo que no se tiene a quien no lo quiere. “¿Y el sexo?”, terciaba Nicolás. “No hay relación sexual”, citaba Hermeto. “¿Y la masturbación?”, provocaba Reyni. “El Goce es imposible”, volvía a citar Hermeto. “¡Basta de Lacan!”, se quejaba Rey.
       El nombre de la mulata, por supuesto, era Clara. “Claro”, bromeaba Reyni, “no podía ser de otra forma: ¿Cómo se iban a entender si no fuera así?” Justamente el entendimiento (o mejor dicho, su ausencia) no pareció ser un problema entre ellos; por lo menos hasta que apareció. Clara era una chica literal: No soportaba nada que no fuera claro y siempre usaba ropa clara. Había cursado y abandonado varias carreras universitarias en busca de su objeto de estudio. “De su macho”, acotaba Reyni. Pero la Academia (así, con mayúscula) la había decepcionado. “Junto con sus proto-hombres”, volvía a acotar Reyni. Entonces había recurrido a esa suerte de cátedra paralela en la que se habían constituido los bares de la ciudad. Allí se encontró con Hermeto. Concretamente en la Caverna/Cavernita, según la particular nomenclatura reyniana.
Parece que Clara, una lluviosa tarde de abril, quedó sorprendida por la gran capacidad de concentración de Hermeto. Nunca había visto a nadie que se pasara varias horas sin moverse, mirando por la ventana sin que nada pudiera distraerlo, ni siquiera su salvaje belleza tropical. Una rápida averiguación con el mozo le confirmó lo que ya sospechaba: Hermeto era Hermeto. Es que su fama lo precedía. Muchos ya lo conocían como el famoso discípulo de Tolver, no porque en realidad fuera su discípulo, claro, sino más bien porque parecía el único que podía seguirle la corriente: A veces. De hecho, era el único que literalmente lo seguía cuando se levantaba en medio de sus clases, se ponía a caminar de un lado a otro, y sin que mediara ningún tipo de anuncio, partía con rumbo desconocido, dejando a sus pocos alumnos en un estado de estupefacción difícil de resolver. ¿Debían ponerse de pie y seguirlo adonde fuera o era una prueba que debían superar quedándose callados hasta que él regresara? ¿Sería un gesto estudiado para hacerles sentir en carne propia el famoso axioma existencialista sobre la obligación de elegir en todo momento o sería su forma de decir que la clase había terminado? La mayoría se decidía por esta última opción rápidamente. Agarraban sus cosas y se iban a tomar sol o al bar de la facultad. Algunos incluso se cruzaban por los pasillos con Tolver hablando solo, y siempre cerca, siguiéndolo a unos pocos pasos de distancia, Hermeto. Este peripatetismo no podía más que generar el mito del maestro y el discípulo, aunque nunca se supiera muy bien cuál era cuál.
        Un par de horas después, luego de ir a su casa para bañarse, cambiar su atuendo y su peinado, mientras la tarde lluviosa se convertía lentamente en una noche estrellada, Clara volvió a aparecer por el bar y se sentó frente a Hermeto. No parecía haber otra forma para que él se fijara en ella. Con naturalidad, luego de presentarse, los dos se pusieron a charlar como si fueran viejos amigos. Pero al rato se acabaron las trivialidades de costumbre, justo cuando la concurrencia del lugar había disminuido considerablemente, y se hizo presente el primer silencio incómodo. En ese momento llegó la nueva cerveza negra que habían pedido al unísono, y ambos se dedicaron a contemplar la ya famosa habilidad del mozo del bar: Humberto. Eco de su fama, varias veces había sido galardonado con el premio Anfitrión (reservado para el mejor mozo de la isla) por su talento al arrojar vasos, monedas y platos sobre la mesa, con un gesto entre diestro y displicente de su mano derecha, haciendo que giraran en círculos como trompos durante varios segundos. Los giros, poco a poco, se convertían en un tambaleo sumiso, cansino, antes de detenerse al lado del brazo del cliente regular. Esta práctica también funcionaba como un detector de forasteros y advenedizos, ya que los mismos solían mirar inquietos esos objetos giratorios y peligrosos, y por lo general terminaban estirando los brazos y las manos para detener el perturbador movimiento que parecía preanunciar caídas, derrames y vidrios rotos por doquier.
       El largo silencio ya estaba por agotar su capacidad de asombro cuando Clara le confesó a Hermeto que estaba muy interesada en su teoría de la distracción. “Tal vez porque yo misma soy un poco distraída”, susurró suavemente, acomodándose el pelo enrulado, mientras esbozaba una sonrisa encantadora y tímida.
Hermeto, sin percatarse de las claras intenciones de Clara, le dijo que para él la cuestión era muy simple, a pesar de que le había costado más de 20 años deducirla. Tal vez en esta sencillez, paradójicamente, se hallaba su gran dificultad. Pero ahora, una vez contemplada en detalle, era de una evidencia apabullante, casi estúpida. A veces incluso se sentía un verdadero idiota por no haberla deducido antes. Aunque también tenía su lado negativo, musitó, ya que sus efectos se diseminaban sin interrupción, y su horizonte se acercaba asintóticamente al infinito.
        Clara, distraída, no dejaba de mirarlo a los ojos.
       Él, aclaró, Hermeto, cuando era adolescente, como cualquier mortal, no había parado de hacerse las mismas preguntas que han acosado a la humanidad desde el origen de los tiempos: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Adónde voy? ¿Por qué estoy aquí? Tal vez por eso había estudiado filosofía. Su decepción, sin embargo, fue bastante grande cuando se dio cuenta de que sus profesores no estaban interesados en los verdaderos problemas de la vida, mientras sus compañeros rápidamente fueron convencidos de que ellos tampoco lo estaban. Había una uniformidad universal del pensamiento demasiado molesta. El único que parecía discutir todo lo establecido, no sólo con sus ideas sino también con su actitud, era un profesor que no parecía enseñar nada. 
       Tolver era un excéntrico, un extravagante que nunca llegaba al aula a la hora señalada, si es que llegaba, y que jamás parecía haber preparado una clase. Pero por otra parte era como si todo el tiempo estuviera pensando. Tal vez por eso su mera presencia imponía un respeto absoluto. Su discurso, como su cuerpo, siempre parecía venir de otra parte. Y si bien uno a veces podía deducir la procedencia de su cuerpo (ropa de invierno en pleno verano o botas para escalar cuando no había montañas en miles de kilómetros a la redonda), el origen de su discurso era inhallable.
       Clara ahora estaba atrapada por el relato.
        Sin embargo, continuó, este discurso que la mayoría calificaba como delirante o desequilibrado, para él estaba repleto de resonancias, sugerencias, alusiones; epifanías. La filosofía de Tolver parecía estar basada en la creencia del poder absoluto de la nada. Tal vez por eso no era casual que repitiera todo el tiempo la famosa pregunta de Leibniz: “¿Por qué hay algo y no más bien nada?”.
        Los largos silencios ocasionados por esta interpelación violenta eran los momentos más áridos de las clases de Tolver. Hermeto se había dado cuenta de que si pudiera responder esa pregunta resolvería todos los problemas que aquejaban al discurso de su maestro. Aunque a veces también pensaba que la pregunta fundamental era otra: ¿Por qué todo no ha desaparecido aún?
       Clara hizo un gesto con la mano para pedir la cuenta.
       Una noche, luego de entrar a clase con los pelos parados y un impermeable anacrónico (hacía meses que no llovía en la isla), Tolver anotó su pregunta favorita en el pizarrón y se sentó a contemplar la nada. Tres largas horas de silencio fueron acabando con la paciencia de todo el alumnado. Cuando el único que quedaba en el aula era Hermeto, ambos cruzaron una mirada rápida, y Tolver leyó la pregunta en voz alta: “Warum ist überhaupt Seiendes und nicht vielmehr Nichts?”
        La mente de Hermeto había estado trabajando sin descanso. Poco a poco había ido entendiendo, poco a poco había ido comprendiendo que todo, por lo menos desde el Big Bang, pasando por el ser y la nada, el azar y la vida, el espacio y el tiempo; pero también el agua, la tierra, el fuego y el aire; sin olvidar el lenguaje, el cine, la literatura, la filosofía, el arte; ni el yo, las ideas, el síntoma, la partición del átomo, la teoría de las cuerdas o la desgarradura existencial, entre infinitas cosas más, hasta llegar al eventual Big Crunch, es decir todo, absolutamente todo era explicable como un efecto, pero también como un defecto de la distracción. Toda distracción es en realidad una separación, un desvío, un despliegue incontenible de las fuerzas centrífugas de la dispersión original. Todos vivimos separándonos de nosotros mismos y desplegando nuestras potencialidades en los mundos posibles que construimos con las decisiones que tomamos, e incluso con las que no podemos tomar; desde la división celular hasta el corte definitivo del fluir de nuestra sangre. La distracción también es el recorte constante que estamos obligados a hacer de la realidad, suerte de cuadratura del círculo que delimita nuestra existencia, ese pequeño desprendimiento de la nada de la que provenimos, y a la que inexorablemente también nos dirigimos como meta final. La vida, en este sentido, es una pura y absoluta distracción.
       Clara se sintió tocada por las palabras de Hermeto.
       Así, él mismo no podía evitar escindirse y confundir los actuales pasos del mozo con los distantes del guardia de seguridad, cuando venía a echarlos del aula ese ya lejano viernes a la noche después de hora. En aquel momento, varios años atrás, había sentido la presencia de una luz inquietante que avanzaba a gran velocidad, como viniendo de las profundidades de un túnel oscuro y turbulento, ahora atemperada por la sensualidad con la que Clara lo agarraba de la mano; volvía a experimentar la fuerza, el impulso de su destello de lucidez, mezclado con la magnífica visión de la espalda llena de lunares de su compañera, y cual artero Arquímedes golpeado por la manzana de Newton a punto de gritar Eureka, no podía evitar la naturalidad con la que daba el salto hacia adelante, el salto cualitativo, apenas empañado por la sospecha turbadora de que tal vez nunca más volvería a ver a Clara después de esta noche, en la que su eventual unión sería también el principio de su definitiva separación; y por último, no podía evitar que su cuerpo fantasmal se levantara al unísono de la silla del aula y del bar platónico, saliera a la noche de invierno y de verano, nublada y húmeda y llena de estrellas y clara, y murmurara para sí la tan ansiada respuesta a la pregunta de Leibniz, de Schelling, de Heidegger, mientras Tolver y Clara lo arrastraban fuera de su ámbito, de su mundo, sin escucharlo, sin oír la única, la verdadera razón de que siempre, pero siempre, haya algo, y no, claro, más bien nada, sin percibir la doble revelación que él acababa de experimentar, la epifanía del poder absoluto y la secreta belleza de la distracción.