Por Roberto Elvira Mathez
Un crítico de cine cubano sometido a extraños experimentos estéticos; dos de sus discípulos
viajan a la costa Oeste de Canadá a un retiro de artistas e intelectuales; Al
Rayn, un bandido en los márgenes de Laos, cae al vacío tras la búsqueda del
Dragón que asesinó a su padre; reseñas de Citizen Kane, Vertigo y Barton Fink;
el prólogo de un supuesto muerto vivo. Todos estos elementos circulan en la
novela La Distracción de Marcelo Damiani, a merced del lector
para ponerle orden. Un orden que, como dice Foucault, citando “El idioma
analítico de John Wilkins” de Borges, nunca es dado y siempre es una
construcción, construcción que nosotros buscaremos desarrollar distrayéndonos,
como corresponde según la novela, en la génesis literaria de Damiani.
Algunos
se atreven, a pesar de la polifonía de la literatura argentina, a
encontrar, desde mediados de siglo pos-boom, dos corrientes marcadas
que divergen por la predominancia de una u otra rama de Saussure: la
forma o el contenido. La primera imponiéndose con Saer,
perpetuándose con Libertella, y la otra remontándose desde Walsh
hasta Piglia. En la continuación de ambos, podemos señalar al más
próximo heredero de la primera corriente: Marcelo Damiani. Así,
pareciera no ser solamente anecdótico que cuando se conjuró el
concurso de novela de Clarín en 1998, la atención se concentrara en
el segundo premio: Damiani y su segundo libro:
El sentido de la vida.
Ninguna
novela, como el Ulysses
de
Joyce, probablemente tenga una trama tan fácil de describir (24
horas en la vida de Bloom y Dedalus en Dublín), y al mismo tiempo
sea una de las más difíciles de leer. Algo parecido podría decirse
de El
limonero real o
Nadie
nada nunca de
Saer, a quien Damiani llegó a entrevistar en París, donde terminó
por residir el autor santafesino luego de que se mudara allí en el
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Distracción le
sigue los pasos. En pocas palabras, la obra gira en torno a dos
críticos de cine uruguayos, Reynaldo Gómez (personaje clave en su
novela anterior: El
oficio de sobrevivir)
y Nicolás Campriglia –quienes conforman el seudónimo Reyni, para
elaborar y firmar sus escritos– que van becados a The Banff Centre
for The Arts. Algunos, equivocadamente, por la presencia de lo
académico, han pretendido situar la novela en el género campus, con
referencia a la figura universitaria de alguno de estos de personajes
de La
Distracción.
Sin embargo, la definición limita el alcance de la obra, a la cual
inscribimos dentro de que podríamos llamar Bourdiano (o a
lo Bourdieu),
donde se ponen en relación las maneras de producción de capital
cultural (reseñas fílmicas) con los espacios de recepción (ámbitos
escolares) y confirmación (BANFF), pero en cuya crítica no
encontramos la mera delación de la disparidad económica (que está),
ni un cinismo insoluble que cae en la descripción. Es aquí donde la
filosofía toma su lugar.
Esta
tangente hermenéutica, la de la filosofía, no solamente se expone
claramente en esta novela, sino que corresponde a la obra previa del
autor, que, a la manera de hilo de Ariadna, deja señales para
guiarnos. Así, Hermeto, de quien hablaremos a continuación, es el
alumno de Tolver, profesor de filosofía que protagoniza un capítulo
de El
oficio de sobrevivir,
donde Nietzsche y su eterno retorno estructuran la narración. El
contraste con La
Distracción,
cuya estructura se basa en la elusión, nos hace concentrarnos en
este capítulo, “Hermeto”, para buscar una clave de lectura.
Podemos
arriesgarnos a decir que bajo la premisa de la distracción de
Derrida, a la cual hace referencia el título y luego es hecha eco a
través del personaje de Hermeto, nos encontramos frente a la
construcción narrativa de una comunidad intelectual latinoamericana
que no se maneja a través de una lógica de capital determinista o
una ideología política, sino que revela el poder de lo que en Le
parjure, peut-être “brusques sautes de syntaxe” del
filósofo francés
consiste
en el otro lado y el mismo de la moneda, a lo Zahir, del pensar, o
mejor dicho, del no-pensar, que componen una(s) unidad(es)
indisoluble(s). Así, retomado la novela, la distracción, como
categoría, se vuelve el motor de los personajes:
“…volvía
a experimentar la fuerza, el despliegue de su destello de lucidez,
mezclado con la visión de la magnífica espalda llena de lunares de
su compañera, y cual artero Arquímedes golpeado por la manzana de
Newton, a punto de gritar Eureka, no podía evitar la naturalidad con
la que daba el salto hacia adelante, el salto cualitativo, apenas
empañado por la sospecha perturbadora de que tal vez nunca más
volvería a ver a Clara después de esa noche, en la que su eventual
unión sería también el principio de su definitiva separación; no
podía evitar que su cuerpo fantasmal se levantara al unísono de la
silla del aula y del bar platónico, saliera a la noche de invierno y
de verano, nublada y húmeda y llena de estrellas y clara, y
murmurara para sí la tan ansiada respuesta a la pregunta de Leibniz,
de Schelling, de Heidegger, mientras Tolver y Clara lo arrastraban
fuera de su ámbito, de su mundo, sin escucharlo, sin oír la única,
la verdadera razón de que siempre, pero siempre, haya algo, y no,
claro, más bien nada, sin percibir la doble revelación que él
acababa de experimentar, la epifanía del poder absoluto y la secreta
belleza de la distracción” (La
Distracción, Damiani:
pp. 110).
Y
es aquí donde encuentro lo revolucionario de la novela, en la
posibilidad de escaparse a las categorías que han inundado la
literatura argentina y latinoamericana, superando los conceptos
deterministas y binómicos de estructura y superestructura, hegemonía
y contra-hegemonía, para introducir finalmente en nuestro
vocabulario coloquial, al lado de las letras de tango y los cuentos
de Cortázar, palabras como différance,
dýnamis,
distracción.
Publicado en LL Journal, CUNY, Vol. 12, N°1, CUNY, NY, Mayo 2017.

