sábado, 1 de junio de 2019
viernes, 3 de mayo de 2019
miércoles, 1 de mayo de 2019
miércoles, 3 de abril de 2019
lunes, 1 de abril de 2019
viernes, 1 de marzo de 2019
Canción cubana
Por Guillermo Cabrera Infante
¡Ay, José, así no se puede!
¡Ay, José, así no sé!
¡Ay, José, así no!
¡Ay, José, así!
¡Ay, José!
¡Ay!
domingo, 3 de febrero de 2019
Leyendo a S. Freud
Por Cristina Peri Rossi
Leo, en un viejo ensayo de Freud:
"La vida siempre provoca malestar".
¿De modo que esta desazón
estas ganas de huir a ningún lado
este aburrimiento de la gente
y aun de las cosas amadas
este malhumor matinal
eran, al fin de cuentas, la vida?
viernes, 1 de febrero de 2019
jueves, 3 de enero de 2019
Máquina Woody
"El suplicio es siempre no poder desprenderse de uno mismo."
Sören Kierkegaard
Alguna vez afirmó que lo único que lamentaba era no ser otra persona, tal vez sin darse cuenta que ahí no sólo condensaba su filosofía de vida, sino que también proporcionaba una de las claves quizá más importantes para contemplar su obra. Allan Stuart Konigsberg siempre quiso ser otro. Por eso rápidamente se apodó Woody, a mitad de camino entre el chiste fácil (woody en slang es la famosa stýsi griega), la caricatura (Woody Woodpecker es El Pájaro Loco) y el ideal masculino inalcanzable: Bogey (apodo de Humphrey Bogart). No es casual que uno de sus primeros grandes éxitos sea la obra de teatro Play it again, Sam (1969) donde utiliza la figura de su ídolo y el final de la ya por entonces mítica Casablanca (1942) para construir por contraste su propio personaje. Así, en Sueños de un seductor (1972) de Herbert Ross, basada en su propia obra, Woody encarna a Allan Felix, tímido y torpe como él solo puede serlo, especialmente cuando hay una mujer cerca, a excepción de la esposa de su mejor amigo: Linda (Keaton). Los grandes momentos del film suceden cuando la inseguridad de Allan proyecta la figura de Bogart.
Siempre seguro de sí mismo, con el infaltable impermeable gris, Bogey encarna a una suerte de mentor fantasmal que le imparte a su pobre pupilo duros consejos sobre cómo tratar a las mujeres. Así, Woody se postula como una parodia de Bogey, aunque es el imaginario de Woody el que proyecta a Bogey. El procedimiento funciona así: Cuando la incertidumbre paraliza a Woody, llevándolo al monólogo o al soliloquio, allí aparece Bogey (para impulsarlo a actuar); y cuando Woody actúa, desaparece Bogey. Y también Allan y Allen. Porque lo que queda al descubierto es el mecanismo de funcionamiento de esa máquina llamada Woody. El verdadero motor inmóvil de toda su estética es ese deseo de devenir otro, como lo demuestra la interminable sucesión de nombres, películas, libros, historias y anécdotas que su genio no puede parar de perpetrar, motivado por su ya famoso inconformismo universal.
Siempre seguro de sí mismo, con el infaltable impermeable gris, Bogey encarna a una suerte de mentor fantasmal que le imparte a su pobre pupilo duros consejos sobre cómo tratar a las mujeres. Así, Woody se postula como una parodia de Bogey, aunque es el imaginario de Woody el que proyecta a Bogey. El procedimiento funciona así: Cuando la incertidumbre paraliza a Woody, llevándolo al monólogo o al soliloquio, allí aparece Bogey (para impulsarlo a actuar); y cuando Woody actúa, desaparece Bogey. Y también Allan y Allen. Porque lo que queda al descubierto es el mecanismo de funcionamiento de esa máquina llamada Woody. El verdadero motor inmóvil de toda su estética es ese deseo de devenir otro, como lo demuestra la interminable sucesión de nombres, películas, libros, historias y anécdotas que su genio no puede parar de perpetrar, motivado por su ya famoso inconformismo universal.El texto completo acá.
lunes, 3 de diciembre de 2018
La espontaneidad y el cálculo
Las historias de Marcelo Damiani en El sentido de la vida demuestran que no hay nada menos espontáneo, que no hay nada más calculado, que ponerse a contar historias.
Martín Kohan
“Mapa tentativo de una contemporaneidad” en Una literatura en aflicción de Jorge
Monteleone. Tomo X de Historia de la literatura argentina dirigida por Noé Jitrik. Emecé, 2018.
sábado, 3 de noviembre de 2018
Désir
Par Marcelo Damiani
Chacun devrait pouvoir mourir de temps en temps
comme ça
sans remords
La mort devrait être un état d'âme
partagé
par le corps
On a tous voulu mourir un jour
et il serait bon de pouvoir dire
simplement
Aujourd'hui je suis mort.
Traduit de l`espagnol par Vincent Raynaud.
miércoles, 3 de octubre de 2018
Le pamphlet hermétique
Par Marcelo Damiani
Je suis en train d`écrire l'histoire de ce radeau (que son capitaine persiste à appeler bateau) et de son éternel tropisme vers tribord. (Notre direction manifestement incohérente m`empêche d`aller droit au but). Je suis un membre insignifiant de l'équipage: Je ne fais rien, je ne me montre pas, je ne parle pas. Je fais tout pour me distinguer du capitaine: C`est mon ennemi. Faux, volubile, médiocre, le capitaine ne soupçonne pas mon existence (blottie dans le multitude informe du radeau), sans doute pris par de nombreux problèmes (qui ne sont pour lui que des passe-temps): Celui qu´il préfère, c`est sans nul doute de nourrir les requins: Sa méthode (cautionnée par l'indifférence et la cécité générales) consist à pousser du pied les indésirables qui survivent en bordure de la embarcation pour en faire l`offrande à Neptune. C`est, pretend-il, un sacrifice nécessaire. C`est, je prétends moi, un assassinat. (En outre, il aime aussi tuer les idées des autres et, quand cela ne fonctionne pas, tuer parmi les autres ceux qui ont des idées : Il n`est guère évident de montrer qu`il célèbre des criminels.) Voler un arc et quelques flèches, m`exercer un certain temps, devenir un expert et attendre l`ocassion de lui coller quelque chose de consistant dans la bouche, telles sont quelques-unes de mes idées récurrentes. Mais je n`arrive jamais à me décider, et ce n`est pas parce que j`ai peur, non, en aucune cas, mais parce qu'il y a un vrai risque que les ignorants finissent malgré out par voir en lui un martyr. Et donc, en lieu et place, je suis sûr que cela lui vaudra une haine éternelle, mémorable, qu`il aura bien méritée. Moi, pendant ce temps, je peut continuer à écrire et à l'insulter, à imaginer en vain sa mort, tandis que nous naviguons en cercle, en plein mer, sans aucune intention de gaigner la terre ferme.
Traduit de
l`espagnol par Vincent Raynaud.
lunes, 3 de septiembre de 2018
The Meaning of Life
By Marcelo Damiani
Marianne and I walk into the café the very moment the lights are turned off and Gabriel starts to play my favourite theme: Velocity. We stand at the entrance as if the dense atmosphere of the place was too strong, and a small contamination of our bodies was required in order to go forward. I open and close my eyes again and again trying to get my vision to adapt to the new lighting of the place. Slowly, Gabriel’s diffused shapes make advances, intact, there on the stage. His naked body plays at fleeing from the shadows, as usual, while he flirts with the hesitant light. His movement, transformed into a disdainful game now, begins to radiate an illusion of contagious cadence.
And then I am under the false impression of being in Gabriel’s place, moving and singing for a cold-hearted public. I can feel the various, indifferent gazes covering the surface of my skin and I do not know if the non-meaning of my words and the meaning of my music reach them.
Interrupting me, Marianne, whose persistent perfume never ceases to excite me, corners me against the door and kisses me on the lips while her hands disappear between my shirt and jacket. Now, when I close my eyes, I see the scene that I cannot get out of my mind: The coloured pebbles falling into the void at the right side of the screen, forming a blind and perfect mountain: The symbol of a geometric clock: Time. Until they all fall at once or there is no more space and the mountain is destroyed with an explosion. The monitor’s screen simulates a black, infinite void: Signalling that the game has come to an end.
Last week (I have always known Sundays are special days and that certain things can only take place on Sundays) the game surfaced mysteriously on my step-father’s computer: Máximo. Not only did it bear the same title as my future text, but it also had no origin. Despite the poor quality of its presentation graphics, and the music, that had no classical influences, I filled in the initial questionnaires to see what it was all about. They then assign me a gender, tastes, physical build, knowledge, skills, defects, and some experience or other, and place me in a situation where I have to find work: Some type of manager interviews me, and promises me an outstanding salary if we have sex immediately (I am a twenty-something year old blonde with a perfect body and a rather low IQ), I give him a flat no for an answer (I am obviously doing the right thing), and he kicks me out of the place. My Self-Esteem drops dramatically (I do not understood how the game works, obviously) and, while distracted for less than a second, I am run over by a car. A final inscription advises me to take more life lessons if I seriously want to play the game.
Meanwhile, in Velocity, the chords of the guitar succeed each other at an ever faster pace, predicting the final frenzy that everyone is waiting for now. When my irritated eyes get used to the murky light, I can nearly make out the gestures and the laughter of Alan and Martin: They look like two swollen clowns who have just seen a harmless ghost, and, to prove to the world how brave they are, call out to him. I take Marianne’s hand and guide her through smoke and noise. Now, as we avoid bumping into the tables and bodies that hinder our progress, I have the feeling that I am in the middle of a play that has me at its heart, surrounded by a ruthless audience that judges every one of my movements as if it were the analysis of a theatrical representation. I feel as if I had loaned my identity for a thing so intangible I cannot even begin to define it. I feel - I think - as defenceless as Gabriel must feel on the scene despite the lowered lights and the experience with which he moves his perfect body sensually. Now, as we reach the table, they all stand up to greet us with kisses and hugs and not too many words. I see Alan has brought his latest girl and Gabriel and Martin their usual ladies. “Hey, Pappy!”, Alan shouts into my ear as we sit down uncomfortably. “How’s the life of meaning going?” And they all laugh out-loud while Alan adds a redundant and effective smile to the question that accentuates his undisputed ambiguity.
I can obviously make no reply, surrounded as we are by this dimly-lit atmosphere, full of smoke and smiles and soft music. However, I am not sure I understand the general laughter, even though I believe the question refers to the text I promised to write some time ago, and not to the game that kept me trapped in the house till yesterday morning.
Now, after having gone through all the tiring questionnaires once more, I have to find a job working for a newspaper if I want to avoid starving to death. I manage to secure a frenzied interview with the editorial bosses’ secretary: A fat old lady who must weight at least a few tons. I think the fat woman will want sex, and I do not know what to do. (Now I am a frigid amoral philosopher who cannot abide romantic postulates.) But she wants to know who the most romantic and the best lover of all contemporary philosophers is. Inflamed, I reply that her question not only lacks epistemological rigour, but sense, and I shout that for these reasons it is totally and absolutely impossible to reply. This time, after starving to death, the final inscription is rather laconic: Too much feeling for philosophy.
Now, in the previous questionnaires, perhaps the most decisive part of the game, I try to change my luck by invoking chance: I reply as absurdly as possible. Before I even finish I see my destiny was obvious: The mental hospital. The place, I have to admit, was truly dispiriting, and as if this was not enough my Self-Esteem and Energy are at an all time low. Then a doctor turns up, and asks me how I feel. The answer cannot be all that difficult. Surely, I think, for all I am a hunchbacked, cross-eyed, hard of hearing dwarf, I have to say I feel fine. But it takes me so long to reply that the doctor suggests I rest for another nine months until our next interview. That same night, my depression leads me to suicide. The final inscription, this time, can only be defined as classical and cruel: The world is a better place without people like you.
Suddenly, Martin asks Marianne why she has come here alone, thus beginning one of our favourite jokes. Marianne, suspecting nothing, answers that she came with me. Which is the same as coming alone, Alan adds. And now we all laugh – except Marianne, who looks at us one by one regretting the fact she does not understand the idiom of the island. With speed, while the final frenzy of the fighting guitars is deliberately reflected by Gabriel’s delighted expression, the bouncers come up to a table nearby and throw out two reporters who had intended to take an illegal photo. The velocity of Velocity, meanwhile, has grown slowly, unbearably, to the point that two of the strings of Gabriel’s guitar break, but he carries on as if nothing had happened, and plays the final frenzy all over again, as well as he can. Alan and Martin call out, insane: They jump onto the table and start dancing a wretched mixture of tango and waltz. Marianne looks at me with a European expression and I gesticulate in a specific way that she takes to mean this happens almost always and this madness is not contagious to anyone who does not live on the island. Gabriel expands Velocity’s final frenzy to a point he had never done before, and before taking the drumsticks he looks towards our table as if coordinating the final ending. Alan and Martin, understanding the look, take impulse and jump in synchrony: They spring, turn in the air, stay suspended for a fraction of a second and start to fall as Gabriel lifts his arms slightly and makes the drumsticks spin between his fingers. Before anything happens, I know the two pairs of feet will hit the table at precisely the same instant the double dry blow of Gabriel’s drumsticks hit the drums. And I also know that before the song becomes an echo and the pieces of broken glass fly off in all directions, the table will shatter into pieces and Alan and Martin will end up on the floor, dying of laughter.
The next day I discover two very important things: Firstly: One has to pay attention to all the variables on the screen, especially Energy and above all Self-Esteem. When they are below twenty, death looms. It takes me many hours of practice to keep my Energy above forty. And Self-Esteem is so volatile I can never keep it above thirty. Afterwards I realise that in the initial questionnaires it is necessary to show arrogance no matter what. Doing so, I manage to have a couple of interesting adventures, a furtive affair or two, a wife, a job, and other such things. But I never get any older than thirty. After this age, it becomes incredibly hard to avoid dying. For instance, the last time I played I am a mediocre lawyer (like all lawyers) with few skills and many defects. I am married to an ugly, feminist psychologist (sort of normal) that shows no signs of madness (which is rather strange). She is in her eighth month of pregnancy and everything is going rather well. I start to believe I will win this time, and so reach the level of Self-Esteem and Energy known as Happiness on the game. But while at the tribunal I receive a long distance call: My parents have been involved in a terrible car crash and they are now in intensive care. My Self-Esteem drops violently, almost too much, but thanks to external stimulants like drugs I save myself from relapsing. When my mood is stabilised, I phone, first, my sister and then, my wife. I cannot get in touch with either. I order my secretary to reserve a plane ticket to leave the island as soon as possible. And I decide to stop at the house before leaving for the airport. My sister’s car is parked at the door. Of course, I think, she must have heard news of the accident before I did. I go in, and look in the living room and the kitchen to no result. I climb the stairs, thoughtfully. I am about to open the bedroom door when I hear some strange noises. Noises that could either be complaints or groans. I open the door slowly, not able to believe what I am witnessing: My sister and wife. Naked. In bed. With a giant black man between them. Playing like adolescents, enjoying the new accessory of the eight month pregnancy. I realise someone is ringing the doorbell insistently. I run out of the room and down the stairs. I open the main door and Marianne is there, wearing her best smile. I look at her, incredulous and smiling, and she leaves out the usual courtesies and hugs me and kisses me as if she were, in fact, my sister.
Now, while Gabriel’s shapes and music make harmless advances; while I breathe in Marianne’s strong perfume that enfolds me like the fumes and humus of this place; while I am aware of Martin’s rhythmic movements and laughter as he crashes into the ground; while the memory of all the people I once was superimposes the images of my friends and makes me doubtful of everything we call reality, I realise, resigned, idiotic, that Alan was right, inexplicably perhaps. The meaning of life is no more than the life of meaning. A significant symptom of the ugly sum of questions without answers whose result is the world: Desire and deception. The multiple madness of permissive personalities, unstable and ambivalent beliefs and failed attempts at oblivion. A film that begins with a terrible script, an incompetent director and a load of mediocre actors who believe they are geniuses.
Yes, I think to myself, the meaning of life.
Such an awful title for a story.
Translated from the Spanish by Laura Pros Carey.
sábado, 1 de septiembre de 2018
El oficio de escribir
Por Marcella Solinas
Derrida, en sus estudios sobre Blanchot, desarrolla el concepto de
supervivencia entendida como una experiencia y un deseo fundamental que va más
allá de la vida y la muerte. Es una reflexión sobre la interconexión –y no
sobre la oposición– entre la vida y la muerte, y la supervivencia puede, de
alguna manera, coincidir con la escritura que es capaz de producir una huella
al mismo tiempo definitiva y sujeta a variaciones infinitas. La escritura como sopra-vivenza, según observa Francesco Garritano,
toma por lo tanto «la forma de un juego en el que el evento en su singularidad
se refiere a la nueva presentación, por lo que se abre el escenario de la
repetición, del eterno diferir, de una llegada incesante».
El texto completo acá.
viernes, 3 de agosto de 2018
La pasión argentina por los prólogos
Por Marcelo Damiani
Pero tal vez más importante, y menos señalado, es el hecho de que con su
Historia universal de la infamia Borges ya estaba en plena etapa de construcción de la larga
serie de certeros prólogos (e inscripciones y epílogos) a sus propios
libros que lo ocuparía hasta el final. Sin olvidar, claro, los prólogos que armaría de todas las
obras ajenas que amó, con lo cual terminaría escribiendo más de 100 prólogos a lo largo de su vida...
Por último, no estaría de más marcar que esta fuerte pulsión borgeana por los prólogos (acaso fundadora de una nueva pasión argentina) no sólo le viene de su afán reflexivo y su amor por las formas breves, sino también de un anhelo secreto. Su maestro, Macedonio Fernández, había escrito la experimental Museo de la Novela de la Eterna, cuya primera parte consta de nada menos que 57 prólogos. Quizá Borges, de alguna manera, siempre se sintió obligado a tratar de superar a su maestro, incluso hasta en la pequeña batalla numérica de los prólogos.
Por último, no estaría de más marcar que esta fuerte pulsión borgeana por los prólogos (acaso fundadora de una nueva pasión argentina) no sólo le viene de su afán reflexivo y su amor por las formas breves, sino también de un anhelo secreto. Su maestro, Macedonio Fernández, había escrito la experimental Museo de la Novela de la Eterna, cuya primera parte consta de nada menos que 57 prólogos. Quizá Borges, de alguna manera, siempre se sintió obligado a tratar de superar a su maestro, incluso hasta en la pequeña batalla numérica de los prólogos.
La nota completa acá.
martes, 3 de julio de 2018
domingo, 1 de julio de 2018
Vigilia
Por Giuseppe Ungaretti
La versión original en italiano acá.
Una entera velada
tendido al costado
de un compañero
masacrado
con su boca
desencajada
vuelta al plenilunio
con la congestión
de sus manos
penetrada
en mi silencio
he escrito
cartas llenas de amor.
No me he sentido nunca
tan
aferrado a la vida.
La versión original en italiano acá.
domingo, 3 de junio de 2018
La vida
Por Hipócrates
La vida es breve, el arte es largo, la ocasión es
fugaz, la experiencia es engañosa, el juicio es difícil.
viernes, 1 de junio de 2018
Precocidad
Por Marcelo Damiani
Me encontraba en uno de esos antros donde los padres nunca deberían llevar a sus hijos. Pero supongo que cuando uno tiene cierta edad puede prescindir de los consejos parentales y ejercer el derecho a conocer los placeres de la vida; aunque yo, ciertamente, aún no me había topado con ningún placer en esta selva carcelaria. El lugar estaba lleno de celdas y animales exóticos, y no podíamos ir a ninguna parte sin la custodia de las enormes amazonas.
Ese día yo me había hecho amigo de un oso bastante grande que me servía de guardaespaldas, y estaba a punto de dormirme una siesta en mi nuevo refugio cuando unos gritos interrumpieron mi plan de descanso. Salí de la cueva gateando, bastante molesto, por cierto, y alcancé a ver a dos pelados fornidos que se habían trenzado en una pelea en la que no faltaban los gritos y las mordidas. Rápidamente apareció una amazona y los separó; agarró a uno con cada mano por la parte de atrás de los cinturones y los hizo volar por los aires. Después los tiró en jaulas separadas. Fue entonces cuando la vi.
Ella era una preciosidad y estaba asustada; aproveché la situación para acercarme y transmitirle tranquilidad; después de todo, yo era uno de los machos más temidos del lugar. Al principio, como era de esperarse, no entendió mis intenciones, pues ambos teníamos prohibido el uso de la palabra. Pero luego comprendió que yo era el mejor. Es que siempre fui un tigre cuando se trata de mujeres. Incluso sentí el impulso de hacerle las eternas promesas que segura-mente ella se merecía, pero que yo no hubiera podido cumplir, ya que nadie sabía lo que nos deparaba el futuro. Yo aún no era tan hombre como para enfrentar a las amazonas.
Los parroquianos desaparecían poco a poco, acarreados por las guardianas hasta los límites de la prisión. Aproveché el revuelo general para agarrar a mi nueva amiga de la mano y llevarla hasta mi guarida; ahí podríamos ocultarnos un tiempo, y con un poco de suerte, quizá, hasta escapar juntos. Nunca se sabe. Pero entonces escuché la inconfundible frenada de un auto. Intenté apurarme sin éxito. En ese momento sentí que unas manos enormes me agarraban de mis axilas y me levantaban por los aires; supe que todo había terminado. Creo que mi compañera también lo supo, porque sus ojos me despidieron en silencio, desde adentro de la cueva. Por lo menos ella estaba a salvo.
Los parroquianos desaparecían poco a poco, acarreados por las guardianas hasta los límites de la prisión. Aproveché el revuelo general para agarrar a mi nueva amiga de la mano y llevarla hasta mi guarida; ahí podríamos ocultarnos un tiempo, y con un poco de suerte, quizá, hasta escapar juntos. Nunca se sabe. Pero entonces escuché la inconfundible frenada de un auto. Intenté apurarme sin éxito. En ese momento sentí que unas manos enormes me agarraban de mis axilas y me levantaban por los aires; supe que todo había terminado. Creo que mi compañera también lo supo, porque sus ojos me despidieron en silencio, desde adentro de la cueva. Por lo menos ella estaba a salvo.
Pasé de las manos de la amazona a los brazos de mi madre. Era increíble, pero ella no podía entender que yo crecía rápidamente; ya me faltaba poco para cumplir dos años y todavía me ponía el chupete en la boca cuando intentaba recordárselo.
La traducción al croata acá.
jueves, 3 de mayo de 2018
El oficio de sobrevivir
Por Cesare Pavese
¿Por qué el escritor no debe vivir
de su trabajo de escritor? Porque entonces debería ofrecer la mercadería pedida
por el mercado. No es ya libre frente a sí mismo. En cualquier momento el
escritor debe poder decir: No, esto no lo escribo. Es decir, debe tener otro
oficio.
martes, 1 de mayo de 2018
La scacchiera di Marcelo Damiani
Primo De Vecchis
In un’isola dell’America Latina,
per certi versi simile all’Argentina dei nostri tempi, sorge una particolare
università chiamata Centro Accademico SCAcchistico Transnazionale Avanzato (C.A.SCA.TA), che prevede una innovativa Laurea
in Scacchi, dove si insegnano materie tecniche (“Aperture”, “Finali”) e altre
più teoriche (“Estetica”, “Filosofia della scacchiera”). Non si tratta
dell’inizio di un racconto di David Foster Wallace, ma del primo capitolo di un
romanzo postmoderno (ma per nulla “superficiale”) dell’argentino Marcelo
Damiani, classe 1969, che prende il titolo de Il mestiere di sopravvivere.
Scovando e leggendo questo e altri
autori della letteratura latinoamericana contemporanea si fanno molte scoperte
interessanti, che meritano di essere divulgate o almeno tradotte, come ha fatto
Marcella Solinas con Damiani, autore (fittizio) tra l’altro della “variante
Damiani” nel gioco degli scacchi, il che lo imparenterebbe per un attimo al formidabile
Nabokov, entomologo, scrittore, ma anche noto scacchista (come Kubrick). In fin
dei conti certi romanzi sono come una partita a scacchi e i movimenti
prestabiliti delle diverse pedine possono aprire inattesi squarci di ars
combinatoria. Una pedina fondamentale della scacchiera letteraria di
Damiani è León Tolver, un professore di filosofia nella suddetta università,
che compie anche misteriosi viaggi e missioni in Nuova Zelanda per conto della
sorella, la quale a questo punto potrebbe essere «una spia straniera o una
delinquente internazionale» (p. 39). La pedina León sposa la bella Claudia, una
studentessa del suo corso, e nel frattempo cerca di portare avanti il suo
progetto di scrittura: un saggio che si occupi della relazione tra la felicità
e la morte. L’unica felicità possibile, alla luce dell’inevitabile presenza
della morte, sembra essere il recupero della eudaimonia greca, l’arte
di essere felici degli antichi, che vivevano in armonia con gli Dei e quindi
con il cosmo ovvero la natura. Un pensiero che il riflessivo León sembra
condividere con il nostro Leopardi, grande filologo classico e quindi pensatore
asistematico. Infatti una presenza costante in queste pagine risulta essere
quella del filologo Nietzsche, che si occupò proprio di questi temi portandoli
alle estreme conseguenze: si tratta però di un Nietzsche a tratti depotenziato,
in parte postmoderno, e quindi filtrato dalle lezioni di Derrida: alcuni
capitoli prendono il titolo di Al di là del bene e del male ed Eterno
ritorno. Non mancano le allusioni ad un altro grande pensatore
(pessimista) aforistico dei nostri tempi, Emil Cioran: L’inconveniente di
essere nato. Invece il capitolo Vivere è un plagio, uno dei
migliori a nostro avviso, sembra essere il cuore ineffabile di questo romanzo.
Qui lo scrittore di successo David Morey, altra pedina rilevante, narra la sua
paradossale vicenda. Tre settimane prima della festa indetta in suo onore per
la presentazione del suo ultimo romanzo si trovava ancora ricoverato in una
clinica per alcolisti, poiché era stato trovato nudo e ubriaco in un bosco
dell’isola. In clinica David riceve la visita di Claudia, sua amante, poi del
suo editore cinico e baro Oscar Washington e della moglie Veronica, che a
quanto pare porta avanti una relazione extraconiugale con l’editore. La moglie
e Oscar, come il gatto e la volpe, invitano David a firmare il contratto del
suo ultimo romanzo, Vivere è un plagio, che però lui non ricorda
affatto di aver scritto. È vero che soffre di forti amnesie a causa del suo
alcolismo, ma il dubbio che si tratti di un piano per gabbarlo, per usare il
suo nome come autore fittizio del romanzo di un ghostwriter, comincia
ad assillarlo come un tarlo. Il romanzo infatti è sospetto, una sorta di
bestseller di stagione costruito a tavolino, che lui non avrebbe mai potuto
scrivere. L’aspetto forse più interessante è che c’è un recensore
cinematografico, Reynaldo Gómez, che mostra di avere una cognizione del romanzo
maggiore di quella dell’autore. È da notare che anche il recensore, assieme a
Veronica, Claudia, Oscar e altri personaggi aveva già partecipato alla festa
alla quale accennammo. Ciò non è così irrilevante da far notare qui poiché il
libro-scacchiera di Damiani, seguendo un procedimento tecnico tipicamente
cinematografico, ma che ha ascendenze letterarie (si pensi al magnifico
racconto In un boschetto dello scrittore giapponese Ryunosuke
Akutagawa, morto suicida nel 1927, e antologizzato dalla coppia Borges-Casares
nel volume Los mejores cuentos policiales. Primera serie del 1943), adopera
alcune scene chiave come perno centrale attorno al quale far muovere i
personaggi, ma anche i loro diversi piani temporali e le loro “versioni”
dell’evento comune. Anche i singoli capitoli incarnano spesso le versioni dei
singoli personaggi, narrate in prima o terza persona. Un’altra pedina brillante
del gioco di Damiani è proprio il recensore Reynaldo Gómez: Critico perché
sono un critico.
Gómez è il classico personaggio di derivazione kafkiana (ma
anche gogoliana e quindi onettiana) che ritroviamo spesso in molta letteratura
argentina, è l’impiegato, non privo di talento, che però subisce spesso le
angherie del suo datore di lavoro, talora iniquo e ignorante. In tal caso il
sadico fustigatore è un nano ciccione chiamato lo Scaricatore, che infatti a un
certo punto esclama: «perché così ti posso calpestare come un insetto tutte le
volte che voglio» (p. 113). Che Reynaldo sia un animo affine a quello di Kafka
è confermato dal fatto che uno dei suoi film preferiti è Brazil di Terry
Gilliam, che oltre a essere tratto da 1984 di Orwell deve moltissimo a
quell’incubo cristallino che prende il nome de Il processo (ben
rappresentato sullo schermo da Orson Welles). Vale la pena di citare il passo
narrato in prima persona da Reynaldo (che forse condivide in parte
le istanze dell’autore): «sono arrivato alla conclusione che i meriti del film
derivassero almeno in parte dal contributo di Tom Stoppard alla sceneggiatura.
Il drammaturgo inglese (nonché regista di uno dei migliori adattamenti visti in
vita mia, Rosencrantz e Guildenstern sono morti, basato su una sua opera
teatrale) è uno specialista nel reinterpretare l’universo shakespeariano in
chiave postmoderna» (p. 121). Il riferimento va all’Amleto. L’Argentina stessa
ha assunto nell’arco di alcuni anni «le fattezze di uno stato totalitario e,
pertanto, repressore» (p. 121). Ma una frase altamente significativa ci pare la
seguente: «Il tema del film allora non è più il tentativo di realizzare i
sogni, ma la costruzione claustrofobica di un mondo immaginario per sfuggire al
tormento del mondo reale» (p. 122). Ecco, se vogliamo parlare di
“postmodernismo” nel caso di Damiani (come per molti altri autori del Cono Sur)
dobbiamo epurare il concetto (tra l’altro molto malleabile e contraddittorio)
da sfumature come “leggerezza”, “assenza di peso”, “citazionismo superficiale”
e via dicendo.
Forse il vero postmodernismo
(termine quanto mai abusato) consiste in questo: moltiplicare i punti di vista
e i piani di realtà in modo quantistico per (di)mostrare l’illusorietà dell’ingenuo
realismo letterario di ascendenza positivista (ancora in auge). Ma tale
artificio intende alludere anche all’illusorietà della nostra vita tangibile,
del tempo rovinoso che ci intrappola nella sua rete, delle nostre convinzioni
ideologiche, che spesso sono la sterile ripetizione di qualche luogo comune.
martes, 3 de abril de 2018
domingo, 1 de abril de 2018
sábado, 3 de marzo de 2018
Máquina Woody (continuación)
En este sentido, quizá su película más emblemática sea Annie Hall
(1977). Allí, desde el mismo comienzo, lo que aparece con más fuerza
(oculto bajo un manto interminable de chistes agridulces) es su
imposibilidad de conformarse, aunque disfrazado de desencanto vital.
“Nunca aceptaría pertenecer a un club que me aceptara como socio”, le
hace repetir a su alter ego Alvy Singer, suerte de voz cantante de su
personaje ideal (Allan + Woody = Alvy). Todo el film gira en torno al
descentramiento o la escisión provocada en Alvy por su separación de
Annie. La historia y el montaje, por lo tanto, están estructurados sobre
una base lingüístico-temporal cuasi caótica ya sugerida en el mismo
título: Annie Hall era el nombre real de la abuela de Dianne Keaton,
verdadera musa del Woody modelo 77. Es así que la trama está configurada
a partir de conceptos-bisagra tales como ´profesión´, ´desconfianza´,
´matrimonio´ y ´muerte´, entre otros. Por medio de estas palabras claves
la instancia narrativa va a articular su devenir en un juego de flujos y
reflujos temporales, acercando sus idas y vueltas al vaivén de los
sentimientos y al ritmo aleatorio de la memoria. El tema de la película,
entonces, no parecería ser el amor, sino cómo procesamos esta emoción
tan violenta que puede hacernos creer en la posibilidad de desprendernos
de nosotros mismos. Es aquí donde la necesidad de conformarse, en el
sentido de darle forma a lo que nos pasa, se vuelve de una vital
importancia. Tal vez por esto Woody piensa que a la situación
movilizante por excelencia que es el hecho de enamorarse tiene que
corresponderle una acción sensorio motriz similar, y la encuentra en el
simple acto de correr. Alvy y Annie se conocen jugando al tenis (para no
hablar de la forma que ella tiene de manejar), Isaac corre en busca de
Tracey al final de Manhattan (1979) y Danny hace lo propio en Broadway Danny Rose (1984), sin mencionar la gran cantidad de corridas que esto ha generado en películas allenianas como When Harry met Sally... (1989) de Rob Reiner o Defending your life (1991) de Albert Brooks, entre muchas otras, y cuya versión paródica quizá pueda encontrarse en Forrest Gump
(1994) de Robert Zemeckis. Annie y Alvy, por último, tratan todo el
tiempo de conformarse como pareja buscando un equilibrio (siempre
inestable) entre el intento de disfrutar el momento (cuya violenta
fugacidad parece agredirnos) y el deseo de encontrar una explicación
racional a lo que por definición no parece poder tenerla.
La misma idea, llevada a un espectro mucho más amplio de personajes y relaciones, es la que estructura Crimes and Misdeameanors (1989). Esta gran película, como Match Point (2006), remite desde el título a la célebre novela de Dostoievsky: Crimen y castigo
(1866). Pero ahora los crímenes se han multiplicado y los castigos han
sido reemplazados por pequeños delitos o faltas. El costado fuertemente
existencialista del film está subrayado por la presencia del profesor
Levy, seguramente inspirado en Primo Levi, cuyas palabras finales constituyen quizá uno de los más sabios y tristes
textos que nos ha regalado el cine.
En un universo en el
que la presencia de Dios es por lo menos sospechosa, cínicamente, todo
parece estar permitido. La mayoría de los personajes de la película
sufren ese vacío existencial que los ha arrojado a un mundo cuyas
instrucciones de uso nunca han sido establecidas. La angustia o la
desesperación que sienten proviene de saber que las decisiones que toman
los hacen demasiado responsables de sus actos, mucho más de lo que
ellos quisieran ser. Cada decisión que toman los lanza a una realidad
que al actualizarse, literalmente, asesina las posibilidades
irrealizadas. Todos se han dado cita en un futuro en el que ciertamente
no saben si quieren encontrarse. La única garantía para no tener que
conformarse a la fuerza con lo que han llegado a ser parecería descansar
en la capacidad de no mentirse a sí mismos. Pero actuar o no de mala fe
no es garantía de nada. Judah y Cliff son los mejores ejemplos de ello.
¿Qué hacer entonces? Frente a esta gran pregunta filosófica, Woody
parece responder que sólo hay que concentrarse en las pequeñas cosas, y,
si se puede, tener fe. La fe, entendida como esa confianza ciega en lo
que no podemos ver, es metaforizada por Ben, el rabino que está
perdiendo la vista. De esta forma toda la película está atravesada
subrepticiamente por el tema de la visión: Judah no puede olvidar que su
padre le ha dicho que nada escapa a los ojos de Dios y bromea que quizá
por eso se hizo oftalmólogo; Cliff es documentalista y los escasos
momentos felices que vive tienen que ver con proyecciones fílmicas, ya
sea acompañado por Halley-Farrow o por su sobrina Jennifer, a quien le
da lecciones de vida utilizando el soporte de la imagen. Su deseo de
instruirla así y la excelente relación que establece con ella parecen ser
el más sano intento de incorporar la mirada de ese (otro) niño que
todos llevamos dentro, como una suerte de ser que aún no ha sido contaminado por las inautenticidades del mundo que nos rodea. Pero estos
destellos de felicidad no obnubilan la claridad mental de Woody. Es así
que al final, luego de haber experimentado la imposibilidad de
desprenderse de sí mismo, luego
de los crímenes y pecados sin castigo, luego del fracaso como única
ideología digna, sólo queda la posibilidad de una consolación
filosófica: “A lo largo de nuestras vidas", dirá el profesor Levy, mientras suena la exquisita
´I´ll be seeing you´ de Sammy Fain, interpretada por Liberace, "todos
nos enfrentamos a decisiones angustiantes y elecciones morales. Algunas
son de gran importancia. La mayoría de estas elecciones son sobre
cuestiones menores. Pero nos definimos a nosotros mismos por las
elecciones que hemos realizado. Somos, de hecho, la suma total de todas
nuestras elecciones. Los acontecimientos se desarrollan de una forma tan
imprevisible, tan injusta. La felicidad humana no parece haber sido
incluida en los designios de la creación. Sólo nosotros, con nuestra
capacidad de amar, le damos sentido al universo indiferente. Aún así, la
mayoría de los seres humanos parecen tener la habilidad de seguir
esforzándose, e incluso encontrar alegría en cosas simples como la
familia, el trabajo y en la esperanza de que las futuras generaciones
puedan entenderlo todo mejor.”
Marcelo Damiani
jueves, 1 de marzo de 2018
Los seis minutos más bellos de la historia del cine
Por Giorgio Agamben
Sancho Panza entra en un cine de una ciudad de provincia.
Está buscando a Don Quijote y
lo encuentra: Sentado aparte y mirando fijamente la pantalla. La sala está casi llena, y
su galería superior –una especie de gallinero– se encuentra completamente ocupada por
niños ruidosos. Después de algunos intentos inútiles por reunirse con Don
Quijote, Sancho se sienta de mala gana en la platea, junto a una niña
(¿Dulcinea?) que le ofrece un chupetín. La proyección ha comenzado, es una
película histórica, y sobre la pantalla corren caballeros armados; de pronto aparece una mujer en peligro. Inmediatamentee Don Quijote se pone
de pie, desenvaina su espada, se precipita sobre la pantalla y sus sablazos
empiezan a destruir la tela. En la pantalla todavía aparecen la mujer y los
caballeros, pero el agujero negro abierto por la espada de Don Quijote crece cada vez
más y devora implacablemente las imágenes. Al final casi no queda nada de la
pantalla, solamente se ve el bastidor de madera que la sostenía. El público, indignado,
abandona la sala; pero en el gallinero los niños no paran de animar
frenéticamente a Don Quijote. Sólo la niña de la platea lo mira con desaprobación.¿Qué debemos hacer con nuestras imaginaciones? Amarlas, creerlas a tal punto de tener que destruir, falsificar (éste es, quizá, el sentido del cine de Orson Welles). Pero cuando, al final, ellas se revelan vacías, insatisfechas; cuando muestran la nada de la que están hechas, sólo entonces hay que pagar el precio de su verdad, comprender que Dulcinea –a la que hemos salvado– no puede amarnos.
sábado, 3 de febrero de 2018
El silencio
Por Felisberto Hernández
El teatro donde yo daba los conciertos también tenía poca gente y yo había invadido el
silencio: lo veía agrandarse en la gran tapa negra del piano. Al silencio le
gustaba escuchar música; oía hasta la última resonancia y después se quedaba
pensando en lo que había escuchado. Sus opiniones tardaban. Pero cuando el
silencio ya era de confianza, intervenía en la música; pasaba entre los sonidos
como un gato con su gran cola negra y los dejaba llenos de intenciones.
jueves, 1 de febrero de 2018
miércoles, 3 de enero de 2018
lunes, 1 de enero de 2018
domingo, 3 de diciembre de 2017
Bigger than Life
Bazin: El cine es el único arte donde se ve al Hombre Invisible fumar.
The Invisible Man (1933) de James Whale.
viernes, 1 de diciembre de 2017
Soledad
Por Joseph Heller
Mi problema con la soledad es que la compañía de otros nunca ha sido una cura para ella.
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