viernes, 3 de agosto de 2007

"Puro Márketing" por Jimena Néspolo

       La revista colombiana “Pie de Página” ha pedido algunas opiniones sobre la elección de "39 narradores (latinoamericanos) menores de 39", llevada a cabo por un jurado exclusivamente colombiano integrado por Héctor Abad Faciolince, Piedad Bonnett y Óscar Collazos. Esta es la respuesta de Jimena Néspolo a dicho pedido:

       “Observada con distancia, buena fe y muchas peores intenciones la selección de 39 autores propuesta, más que grandes obras o hiperbólicas apuestas, lo que se hace evidente hasta para el más benévolo de los lectores es la presencia de grandes sellos editoriales imponiendo el levante.
       Si en los sesenta había editores de la talla de Paco Porrúa (Sudamericana) –que supo oler la grandeza de un Gabo en las diez primeras páginas de Cien años de soledad, sospechar la gran renovación del artefacto novela que traería aparejada la publicación de Rayuela de Julio Cortázar o entrever la suma y refrescante irreverencia de un Manuel Puig– hoy ­todos sabemos que los cafiyos del marketing que regentean los grandes sellos editoriales entienden tanto de literatura como mi tía Pocha –quien murió de una intoxicación severa por consumir de manera sostenida y flagrante las novelas de Paulo Coelho, Ángeles Mastreta e Isabel Allende.
       Pero volviendo a los 39 y a su arbitrariedad numérica, si de importantes obras –y no figurines y/o sellos– habláramos, con apenas quince o –digo más– diez autores podría trazarse el promisorio futuro de las letras latinoamericanas. Pero la cantidad hace al bulto y como todos sabemos que el futuro es nuestro pero no encontramos –hoy por hoy– grandes obras, más nos vale ser generosos no sea que nos quedemos cortos y alguno de estos chiquilines pinte mañana con una novela –una “gran novela”– que tenía escondida.
       Pero yo les anuncio –queridos y expectantes amigos– que de muy pocos, quizá de ninguno de los 39, pueden esperar –con chance de tener éxito– la novela, “la” literatura que deseamos... Esa que entendemos como el mayor acto de emancipación, en y a partir del lenguaje, al que puede aspirar el hombre; esa aventura conmovedora y riesgosa que modifica, en su época, las coordenadas de lo sensible. Una literatura así soñada no será nunca la patria de los escritores débiles, pusilánimes, hedonistas y holgazanes, conformistas o delicuescentes, incapaces por cobardía o negligencia…
       Lo más interesante de la literatura latinoamericana sucede, mayormente, hace casi dos décadas, en los pequeños sellos editoriales –¿hace falta aún decirlo?– y tiene los mismos brillos fatuos que el adusto crepitar de un leño en la lejana hoguera."

jueves, 2 de agosto de 2007

Cuento por encargo


Por Marcelo Damiani 

      El barco pirata estacionó frente a mi casa. Los marineros engancharon el ancla en el árbol del vecino y se apostaron a lo largo de la calle mirando hacia adelante con cara de desalmados. Al rato bajó el capitán y golpeó a mi puerta; le abrí, él entró sin ningún tipo de preámbulos y se acomodó en el bar destrozado que me quedó de un fallido cuento de vaqueros. "Usted es escritor, ¿no?", me interpeló en un idioma desconocido; por suerte los dos manejábamos el mismo código literario. "No; soy guionista", respondí. "Es lo mismo", dijo, "necesitamos alguien con mucha imaginación". "Los críticos dicen que yo no tengo ni una pizca", señalé. "Bien", murmuró pensativo, "ése es un buen signo". Hizo una pausa; tomó un vaso de whisky que había por ahí, y me miró. "Mi tripulación y yo tenemos un problema. No encontramos una buena aventura desde hace años. Nadie nos quiere dar lugar en sus historias; dicen que ya no servimos para nada porque estamos pasados de moda... Así que decidimos tener nuestro propio escritor". Lo único que faltaba, pensé: Piratas con problemas existenciales. "Mire", le dije, "los relatos de aventura no son mi especialidad." "Eso no nos importa", masculló, "pónganos en el género que quiera." Se puso de pie bruscamente, se dirigió a la puerta y agregó: "Le damos una semana. Y no intente traicionarnos. Los dos escritores que lo intentaron ya no pueden escribir más". Y se fue.
       Entonces, por las dudas, empecé a escribir este cuento.

       La versión en francés acá.

       La versión en italiano acá.

       La versión en croata acá.

miércoles, 1 de agosto de 2007

Con criaturas ásperas y crueles...

Por Walter Vargas

       A simple vista, El oficio de sobrevivir parece una novela de sesgo bizarro, más no bizarro entendido en sus acepciones originarias, las que homologa el diccionario de la Real Academia Española (valiente, generoso, lúcido, espléndido...) sino más bien en la vertiente noventista, que vincula lo bizarro con lo exótico, con lo disparatado, con lo inclasificable, en fin, con todo aquello susceptible de plasmarse por las afueras de este o aquel canon. Qué decir del tramo inicial, el de "Paraíso perdido", y esa curiosa competencia de probables genios ajedrecísticos que hacen del juego de los trebejos la medida de todas las cosas o, en todo caso, la medida de analogías variopintas, con la filosofía, con la literatura, con la estética, con la erótica (“el ajedrez es un juego erótico. Todo consiste en poner horizontal a la reina”). Pero no, incluso despojada de su sentido eventualmente peyorativo, la palabra “bizarro” no se corresponde con un texto, como el de Marcelo Damiani (Córdoba, 1969), cuyos crescendos ponen cada cosa en su lugar y a cada lector en una gozosa sintonía. Conforme avanza el relato, se vuelven nítidos y expansivos un grupo de personajes que buscan su cauce o, mejor, sus pequeñas o grandes parcelas de realización, cual si fueran máquinas adiestradas sólo para padecer y hacer padecer. Ásperas, crueles, y como todo cruel, necesariamente débiles, las criaturas de El oficio de sobrevivir perseveran en un límite ético, moral, existencial, que redunda en un desenlace sin resquicio para moralejas capaces de gestar una segunda oportunidad, sin caminos por desandar, sin bálsamos. Damiani, pues, nos ofrece una estupenda novela policial, o tal vez “casi policial”, desde el momento en que la localización del género representa un dato meramente formal comparada con la riqueza de esos seres fatalmente humanos, demasiado humanos.