viernes, 3 de diciembre de 2010

Presentación de El efecto Libertella

Por Ezequiel Alemián

       En un bar lleno de amigos, lectores devotos y curiosos que pasaban por ahí, se presentó la semana pasada un libro sobre Héctor Libertella, quien murió hace 4 años. El bar era el Varela Varelita, en Scalabrini Ortiz y Paraguay, donde una foto recuerda el lugar que el escritor ocupaba ahí casi a diario. El libro, El efecto Libertella, es una recopilación que hizo Marcelo Damiani de artículos sobre el autor de La arquitectura del fantasma, entre otros libros fundamentales de la literatura argentina de los últimos 40 años.
       El escritor y ensayista Rafael Cipollini, después de recordar que a Libertella le gustaba considerarse un tarahumara –“alguien que está fuera del templo”, dijo– señaló cinco tópicos de su aventura literaria que han ido sedimentando en las nuevas formas de pensar la escritura. “Porque todos estamos yendo hacia Libertella”, dijo Cipollini.
       Entre los tópicos del “círculo libertelliano”, que emergen en los distintos artículos del libro figuran, según Cipollini, la reescritura constante de los propios textos, (“como una suerte de remix de sí mismo”); la idea que tenía Libertella de que lo que escribía era parte de una obra completa, casi como si pensara su obra después de muerto; el “hacer ficción con la teoría y teoría con la ficción” y la situación bifronte de una literatura tironeada por las exigencias del mercado y por el espíritu de gueto.
       El efecto Libertella (Beatriz Viterbo) incluye testimonios de la amistad con el escritor, como en los textos de César Aira y Ricardo Strafacce, y otros que reflexionan sobre su obra, como los de Martín Kohan, Alan Pauls, Laura Estrin o Damián Tabarovsky. El texto de cierre, de Ariel Idez, es una crónica de la última entrevista que dio...

       La nota completa acá.

jueves, 2 de diciembre de 2010

¡Vivan los celulares! ¡Viva el Congo!

Por Laura Siri

       Según un informe de la Organización de las Naciones Unidas, publicado en febrero de 2008, los teléfonos celulares están ayudando a disminuir la brecha digital. Dicho estudio también resalta que los subscriptores a telefonía celular casi se han triplicado en los países en vías de desarrollo en los últimos cinco años, y ahora representan cerca del 58 por ciento de los usuarios en todo el mundo. Se estima que ya hay unas 3000 millones de personas con celular. Particularmente, "en África, donde el incremento en términos de número de subscriptores de teléfonos celulares y el ingreso al mercado ha sido el mayor, esta tecnología puede mejorar la calidad de vida de la población en general", asegura el informe. El problema es que, justamente en África, más concretamente en el Congo, la explotación de un material necesario para la fabricación de celulares está impulsando conflictos bélicos terribles. Se trata del coltan, denominación usual de la aleación de dos minerales: Columbita (col) + Tantalita (tan). Este material es vital para fabricar aparatos electrónicos, centrales atómicas y espaciales, misiles balísticos, videojuegos, equipos de diagnóstico médico, trenes magnéticos y fibra óptica. Pero el 60 por ciento de su extracción y comercialización se destina a fabricar condensadores para teléfonos móviles y, al parecer, no se puede reemplazar por otra cosa. El 80 por ciento de la producción mundial de coltan viene del Congo. Y las disputas por el control de su producción están generando cruentas catástrofes humanitarias desde hace más de una década. Se estima que sólo en la región operan 23 grupos armados y todos van detrás de lo mismo: la riqueza mineral. Además, según un informe del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas difundido en el 2001, algunas trasnacionales de celulares financian a través de intermediarios clandestinos a los bandos en pugna. Entonces, a pesar de su contribución para que el resto del mundo pueda tener celulares a granel, la República Democrática del Congo es uno de los países más pobres del globo, donde miles de desplazados deambulan en medio de todo tipo de peligros y sin los servicios humanitarios más elementales... Parece que para que en muchos lugares del mundo se disfrute de ciertos adelantos técnicos, el precio pueden ser condiciones infrahumanas de vida en algunas regiones olvidadas.

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miércoles, 1 de diciembre de 2010

El espíritu enfermo

Tragedias familiares de Marcos Rosenzvaig reúnes tres inmersiones del autor en el universo del teatro clásico... “Un motivo transversal a las tres piezas,” como muy bien anota María Gabriela Rebok en el prólogo, “es el imperio violento de la enfermedad.” El sustento teórico de este hilo conductor se encuentra en el penúltimo libro publicado por Rosenzvaig: El teatro de la enfermedad (2009). Allí hay un recorrido notable, desde la antigüedad hasta nuestros días, guiado un poco por el fantasma de Susan Sontag, por las metáforas y las significaciones de la enfermedad en los grandes momentos del teatro. Así, acá, la mayoría de los personajes están enfermos, enfermos por el destino (o la existencia), por la pasión (el amor enfermo, acaso la nueva versión del amor loco) o por la fe (la religión como enfermedad). Rosenzvaig parece haber captado el núcleo excesivo, adiposo, de toda enfermedad, y con este duro diagnóstico vital, se convierte en una suerte de doctor especial que, en términos de Deleuze, es un título reservado para los pocos autores que logran captar el espíritu de su época, ese paciente rebelde que nunca hace caso y que prefiere morir a curarse. El doctor Rosenzvaig, quizá, también está consciente de esto.

La nota completa acá.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

El Efecto Libertella en el Varela Varelita

       Beatriz Viterbo editora invita a la presentación de El Efecto Libertella. La cita es el sábado 27 de noviembre a las 19:00 horas en el Varela Varelita, Paraguay y Scalabrini Ortiz. Hablará sobre el libro Rafael Cippolini. ¡Los esperamos!

martes, 2 de noviembre de 2010

Patografía, vanguardia, posmodernidad


Por Héctor Libertella

       Si hubiera turnos en la historia, y si ahora le correspondiera el turno a la estética de la nueva derecha, entonces yo cedería lugar a un epígrafe de Louis Pauwels. Con la siguiente aclaración: como esta es una intervención oral, el epígrafe no estará encima del texto escrito sino que estará aquí arriba, en medio de la sala, flotando como un satélite artificial, una pequeña cápsula espacial o, no sé: algo que quede suspendido sobre nuestras cabezas echándonos sus rayos, como un modelo o una amenaza. No tengo otra imagen más violenta y práctica para definir lo que es la imagen posmoderna.

       La cita de Louis Pauwels dice:

A partir de ahora, el mundo deberá ser pensado antes de 1789 y después de 2010.

       Es decir, entiendo: Antes de la Revolución Francesa, y después de cierta Máquina del Futuro. Nicolás Casullo lee y relee el terror de esa cita, la requeterrolea y concluye lo siguiente:

       ¿Antes de 1789 y después de 2010? ¡Ajá! Eso parece Latinoamérica: "Una sociedad de siervos que está mirando por T.V. la guerra de las galaxias".

       Para cualquier humanista dueño de la Historia (digo de la historia de pasos sucesivos) este alto contraste puede producir un shock eléctrico o un efecto de escalofrío: algo muy antiguo y algo muy futuro. Algo anterior a él y algo que lo sobrepasa. Como un salto al vacío ideológico. Pienso, de pronto, en el cine: esos perros del desierto que son los personajes de la película Mad Max: hombres que habitan en basurales pero que manejan aparatos de extrema complejidad; que comen comida de perros pero en latas industriales. Pienso en las películas de Andrzej Zulawsky: Posesión, La tercera parte de la noche, Una mujer pública. Y también en Hitler: un sueño alemán, esa imaginería de muñecos sofisticados que por todas partes cacarean un terror antiguo y anterior a toda idea de sociedad. Pienso también en algo muy antiguo (cuatro orangutanes de frente estrecha y nuca aplanada) y algo muy del futuro (esos cuatro orangutanes manejando un coche Ford Falcon lleno de botoneras y computadoras hiper). Pienso, por último, en la figura que puede englobar a todos ellos: la de un cavernícola que está atrapando a su presa, pero ahora con un "raye" personal que se hace un lazo que se hace un finísimo rayo láser en la mano (así está atrapando a su presa).
       ¿Será éste un imaginario de época?
       Ahora bien, entre el 1789 y el 2010 hay un hueco de dos siglos. Por ese hueco se precipitan —ya podemos adivinarlo— no solamente las ideas de desarrollo y de evolución que muchos venían trabajando. También se va por allí todo un conjunto ya armado de creencias, lo que llamaríamos "nuestro saber narrativo": el Relato que nos hicimos de nosotros mismos y de nuestro mundo. Y, por ese hueco, me veo arrastrado a decir que también se van Freud, Marx, Levi-Strauss, las socialdemocracias y toda una historia de la interpretación que habíamos hecho nuestra.
       Aquella idea de Pauwels, ya lo sabemos, es la idea del neoconservadurismo: la violenta estética de la nueva derecha. Pero admitamos, por un rato, que también la nueva derecha esté escribiendo sus párrafos en nuestro Relato de Época.
       El problema entonces sería el siguiente: ¿qué hacemos como escritores, si ya se instaló entre nosotros la presunción o la amenaza de ese abismo de dos siglos? ¿Retiramos todos los tinglados ideológicos y todas nuestras artesanías, y nos vamos a otra parte? ¿Cómo podríamos seguir, por ejemplo, en el noble empleo de reescribir nuestra tradición? ¿Sentamos a José Arcadio Buendía o a José Cerní en una poderosa motocicleta, y les colocamos en la cabeza un casco ultrasónico? ¿Es tan fácil que nosotros, escritores de América latina, le alquilemos a la cultura postindustrial sus imágenes de identificación? ¿Nosotros, justamente, que como modelo de sociedad estamos sin embargo retrogradando y yéndonos aceleradamente al fondo de la caverna, a ese último resto perfecto de vida civilizada?
       Para hablar de Literatura y Sociedad, ¿desde qué lugar, y como qué, dejaremos marcas en nuestra sociedad? ¿Como el Escritor artesano que sigue proponiendo construcciones imaginarias de tipo simbólico? ¿Como el Literato moderno que reescribe y enriquece el cuerpo histórico de la literatura? ¿O, ya en pleno pozo posmoderno, como el Patógrafo que se asume deslizándose por esa pendiente etimológica que va del pathos (es decir, del carácter) a la pasión (es decir, el amor inmoderado) y después al padecimiento y por último a la patología y a la enfermedad o morbo de la letra? (A esta altura deberíamos decir: de la letra-Heroína).
       El problema no es tan mecánico como lo propone cierta crítica: a sociedad industrial cultura moderna; a sociedad post-industrial cultura posmoderna. No se trata de apropiarse o no, de traducir o no imágenes post-industriales Es un problema de función y un problema lingüístico, y se manifiesta por todas partes. No sé qué hay detrás de ese arcaísmo exasperado en los versos del peruano Carlos Germán Belli; no sé por qué hay tanto pastiche de la crónica indiana en Abrapalabra, del venezolano Luis Britto García, o en otras veinte novelas de los últimos años; por qué Roa Bastos incrusta en Yo, el Supremo un hipergongorismo de esta especie: "Clavada la Revolución en mi cabeza la pica guíñame su ojo cómplice desde la Plaza". Perdido en esta sintaxis, ya no llego por ningún lado al dictador latinoamericano que tantos estudiaron. Tampoco sé por qué muchos de nosotros hemos recorrido por un rato la retórica del Siglo de Oro, y hemos paseado por esos "descrifraderos" de la literatura. O qué nos dice el hispanismo a ultranza de Macedonio Fernández; o todo ese otro Góngora al cuadrado que llegó a algunos poetas jóvenes después de caminar por el puente Lezama Lima. (¿Recuerdan ustedes? "Un puente, un gran puente que no se le ve / pero que anda sobre su propia obra manuscrita.") Seguramente la obra manuscrita del propio Lezama.
       En fin, en todo esto hay un efecto de vuelta al pasado que podría explicarse superficialmente, desde cualquier paradigma teórico: desde la sociología (como si el arcaísmo fuera un modo clasista de protegerse); desde el psicoanálisis (como si fuera el eco o el retorno de una letra reprimida) o bien desde la semiótica. Pero aquella cita de Pauwels deja todas estas interpretaciones peligrosamente entre paréntesis, entre el largo paréntesis de dos siglos: escondidas en un violento repliegue de la historia, como aplastadas por un bandoneón que se cierra. Creo que esta regresión marca un primer contacto con la estética posmoderna.
       A continuación, me parece que el patógrafo latinoamericano no piensa. Parece querer decirnos: "No nos confundamos. La escritura no es un pensamiento". El simplemente corre y se desliza por la banda negra de su sueño, que es como correr perseguido por una metralla de balas significantes: como un condenado a muerte.
       Así habla, por ejemplo, Emeterio Cerro:

                   Forquearíamos si / que hartamasín / ría /
                   pañoleante / el fea naba que cerenil (...)
                  Bubónas ...eran varias escotadas del fondo
                  del erizo lascivo ...nunca el espino su cruz
                  le lleve seque del reniego renace un loro en
                  capullo.

       ¿Qué es esto? Si —como nos han inculcado desde hace treinta años— el texto es un cuerpo, éste parece el cuerpo-texto de un Ello. Al menos nos evoca lo que puede pasarle a alguien atravesado por toda clase de mensajes y palabras sueltas que quieren comunicarse en él: hacer contacto en él. No es, evidentemente, "histérico", porque la patología del histérico significa la dramatización, la conversión teatral del cuerpo (el neobarroco se parece más a esto). Tampoco es "paranoico", porque la paranoia supone la estructuración de un mundo rígido, organizado y celoso (el nouveau-roman se parece a esto). Es, tal vez, "esquizofrénico", en el sentido de todas las palabras que lo tocan y lo desarman: está abierto a todas ellas, y a ninguna le presenta resistencia. A todas las mira con sus ojos bobos y dilatados, con su mirada neurológica. Es decir que no tiene protección privada ni defensas sobre sí mismo, y aquí veo otro contacto con la estética posmoderna. Una especie de SIDA literario.
       Pero ahí están el nictógrafo o "caja de hacer textos" y los mapas astrales de los primeros libros de Arturo Carrera, allá por 1970. Nuestra crisis argentina empezó siendo eso, también: una Constelación de palabras en el cielo estrellado y manso de la pampa: nadie adivinaba que se venían unos nubarrocos bien cargados. Y está esa otra constelación erudita que es toda la obra de Haroldo de Campos. Y ese aire de familia en varias lenguas, en una diáspora desde Nueva York a Madrid, París o las Islas Canarias, desde Octavio Armand a Andrés Sánchez Robayna y a Emilio Sánchez-Ortiz o a los mexicanos Alfonso D'aquino y Adolfo Castañón; desde el francés Gérard de Cortanze al uruguayo Eduardo Milán, a Néstor Perlongher y al español Julián Ríos. Obras para que el lector labre en su propio laberinto de Creta, con mucho esfuerzo de vientre, como dice Julián Ríos: "decodefecando laberintos de ex-creta".
       A continuación, me pregunto: ¿por qué lugar de Lezama Lima habrá pasado Sarduy para que muchas otras escrituras terminen en el camino del Big Bang, en lo que queda flotando de nuestra lengua después del Gran Estallido? ¿Por qué lugar de Góngora pasó Sor Juana, para que Octavio Paz y Lezama Lima le hayan mostrado a las vanguardias el lado claro y el lado oscuro de una misma tradición hermética? Ni modernos ni posmodernos, ellos nos dirían: Nosotros seguimos siendo —desde hace siglos de siglos— la "oposición ilustrada". Al fin y al cabo, si pensamos en la estética que vendrá como un terror o una amenaza, "el hermetismo —nos dice Moreno-Durán— constituye la mejor salvaguardia de las esencias con que es posible soportar el futuro". Y aquí veo una enorme diferencia con la cultura posmoderna.
Esa tradición, como si fuera El Árbol, me parece que hace eco en formas que vienen de distintos troncos: el concretismo; la hermesis verbal (algo que me imagino como hablar con la mandíbula endurecida); la afasia (no el acceso a la interpretación que sugiere Jakobson, sino el arte de dejarse distribuir en los silencios de la frase: una de las muchas formas de la Dispositio); el grotesco; el neo-neobarroco; la perversión textual que no reconoce ningún referente y ningún fin; el arcaísmo (del que ya hablamos). Y también, por qué no, esa práctica infantil que nos constituye, tan poco estudiada por la lingüística: el idiolecto. Es decir, el vagido de aquel bebé que fuimos, y que todavía sigue escribiendo en nosotros.
       Y está, por último, el grafismo. Pienso ahora en la escritura show-low, la de los "chou-lous" (como pronuncian los sureños de Estados Unidos): la del "lento actuar" del drogado. Esos grafitti de pura violencia bilingüe que han dejado los cholos de México en las paredes de Culiacán, Estado de Sinaloa. Unos caracteres latinos ultradeformados que no podríamos entender si no tomamos antes unos pasos de distancia y entrecerramos un poco los ojos: como si para leer en su rabia lo que dicen esos paredones debiéramos tener toda una guía de lectura, y una clave secreta de posición, distancia y mirada: para protegernos de la polución industrial de esa escritura; de su aerosol posmodemo. Lo que visto de cerca es, entonces, puro garabato, de lejos se nos hace un claro mensaje castellano. Pero para llegar a eso hay que dar 15 pasos atrás, dos a la izquierda, y hacer una reflexión de rodilla: como piratas que sobre mapa calculado buscan el botín de la lectura. Por ejemplo, lo que de cerca se lee A Col. Maz. 13 ramo R 5000, de lejos es: Apúrense, en la Colonia Mazatlán la "morra" (ramo, un argot al revés: "la amiguita") tiene cemento fresco para inhalar. Y otra vez me asalta algo muy antiguo y muy del futuro: como la imagen de un cholo drogado, un drogadicto, un troglodita agachado en su cueva y respirando ansiosamente en un balde de pegamento industrial. Digamos: de Resistol 5000 —R5000—.
       Para terminar, sólo quise asociar algunos de todos los cruces y diferencias entre las formas de la patografía, la vanguardia y la posmodernidad. Por ahora basta decir que Vanguardia siempre ha sido, justamente, eso: una red de contactos y diferencias con la cultura de su momento. Y que —aunque la palabra vanguardia sea y sea siempre objeto de un miedo disfrazado de desdén— sin embargo hoy esa red de la vanguardia nos sigue protegiendo por debajo, para no caer en ese profundo pozo de dos siglos que nos anunciaba Pauwels.


       Fuente: AA.VV. (1987): Literatura y crítica: Primer encuentro, UNL, 1986, Santa Fe, Universidad Nacional del Litoral, pp. 99-104.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Entrevista a Nicole Brossard

Nicole Brossard es una de las más reconocidas poetas canadienses de habla francesa en la actualidad. Nacida en 1943 en Montreal, donde aún reside, Brossard inició su carrera en 1965 con Aube à la saison. Hoy en día su obra consta de una treintena de títulos repartidos entre la poesía, el ensayo y la novela, muchos de ellos traducidos a los principales idiomas de Occidente. Brossard también es una suerte de paradigma canadiense de la causa de la mujer y la defensa de los derechos humanos y pertenece a la Academia de Letras de Quebec. Además, como si todo esto fuera poco, en 2003 fue nominada para uno de los premios más importantes de Canadá, el Governor General´s Award. En castellano se puede encontrar su excelente novela Barroco al alba (1995) editada por Seix Barral, una de cuyas partes transcurre en Buenos Aires, ciudad que Brossard ha visitado varias veces. En nuestro país, por otra parte, Botella al Mar publicó En el presente de la pulsación (2000), con versiones de Sara Cohen y Alicia Genovese, y La Luna Nueva su Diario íntimo (2003), traducido por Raquel Heffe.

       La entrevista completa acá.

domingo, 3 de octubre de 2010

Invitación para Literaturas limítrofes

UN DIÁLOGO LITERARIO ENTRE PAÍSES VECINOS

En Argentina es común hablar de los "países limítrofes", sobre todo en alusión a cuestiones migratorias y sociales. No es tan común hablar del diálogo (o su ausencia) literario entre Argentina y Uruguay, Paraguay, Bolivia y Chile, sus vecinos geográficos. Abordar ese diálogo (o su ausencia) significa pensar, una vez más, las relaciones de centro y periferia, en nuestro mundo policéntrico y multiférico, cuando ya ha acabado lo que ha dado en llamarse el proceso de "latinoamericanización" de Argentina, en un momento en que la hibridación de aspectos tradicionales de la cultura local con elementos propios de las culturas vecinas es más intenso e interesante que nunca.

Mesa: ¿Borges contra Neruda? O qué hacemos con la herencia de Mario Levrero y Roberto Bolaño.

Los cánones movedizos del Cono Sur. Fricciones entre poesía, prosa y teatro. Préstamos entre tradiciones colindantes. El problema del canon masculino.

Conversación entre Marcelo Damiani (Argentina), Ana Harcha (Chile) y Fernanda Trías (Uruguay).

El miercoles 6 de octubre a las 19:00 hs. en el CCEBA: Paraná 1159.

Por si te interesa (y te lo perdiste) lo podés ver completo acá.

sábado, 2 de octubre de 2010

Un gran poema de Carlos Schilling


Si cada noche vuelven las estrellas
y vuelve el viento y vuelven a fundirse
los amantes y el mar en mi memoria,
si hay más vasos, más sed y más botellas
y brindar equivale a despedirse,
¿es el fin el principio de otra historia?,
¿es la respuesta siempre otra pregunta?
Miren ahora donde el dedo apunta,
¿qué ven?, ¿fantasmas, hombres o mujeres?
Tal vez existen demasiados seres
en cada ser y demasiados mundos
en cada mundo y nunca se terminan,
no, pasan pero nunca se terminan
las horas y minutos y segundos
que faltan para ver el fin de todo
y su principio y cuál sería el modo
de conocer que en la A ya está la Z
y que las sobras son la obra completa,
cuál, cuál sería el modo de volver
a romper este vaso en otra vida
y contar cada vidrio y suponer
que la suma es la forma y la medida
de un acto para siempre reversible.
Tiene que ser, sí, debe ser posible;
más que posible, justo; más que justo
necesario, sentir el mismo gusto
de este vino en las bocas no besadas
todavía, en las lenguas descarnadas
de quienes nunca fueron mis amantes
y abrazarme a sus cuerpos palpitantes
para que mi memoria sea el mar
mismo y el viento y vuelvan a brillar
otra vez, cada noche, las estrellas...

De Confesiones impersonales, Alción, 2010.

viernes, 1 de octubre de 2010

Monde Drone

Par Marcelo Damiani

« Les envahisseurs : ces êtres étranges venus d'une autre planète. Leur destination : la Terre. Leur but : en faire leur univers. David Vincent les a vus. Pour lui, tout a commencé par une nuit sombre, le long d'une route solitaire de campagne, alors qu'il cherchait un raccourci que jamais il ne trouva. Cela a commencé par une auberge abandonnée et par un homme devenu trop las pour continuer sa route. Cela a commencé par l'atterrissage d'un vaisseau venu d'une autre galaxie. Maintenant, David Vincent sait que les envahisseurs sont là, qu'ils ont pris forme humaine et qu'il lui faut convaincre un monde incrédule que le cauchemar a déjà commencé... ».
Ainsi commençait une des meilleures séries américaines des années 60. Bien sûr, elle était secrètement faite pour endoctriner les téléspectateurs. Son message pourrait se résumer ainsi le mal vient d'ailleurs, enveloppé dans une coquille qui semble humaine et qui, à sa mort, est consumée par des flammes rouges. Impossible d'être plus doctrinaire. Mais je pense que personne n'a encore remarqué le côté actuel de cette série qui d'ici peu fêtera son demi-siècle. Je ne veux bien sûr pas parler de son sens littéral mais métaphorique. Il semble que d'ici quelques années, ou peut-être moins, notre monde sera envahi par des co-quilles volantes qui semblent construites par des extra-terrestres.
Je veux parler évidemment des drones, ces véhicules aériens non habités (par des êtres humains, cela s'entend) C'est comme si quelqu'un s'était occupé d'inverser le sens de la série. À présent le danger vient de l'intérieur, et moins de ce qui semble humain que de ce qu'il y a d'inhumain dans l'humain.
Les drones (mot qui littéralement veut dire bourdon) ont envahi notre monde. Je parie qu'il y en a un qui est en train de survoler ma maison pendant que, distrait, j'écris cela, et peut-être y en a-t-il un au-dessus de la vôtre pendant que vous le lisez, étant donné que personne ne sait depuis quand les gouvernements font des essais là-dessus. Il ne serait pas étonnant que toutes ces soucoupes volantes dont les fans de science fiction parlent tant ne soient que des drones qui circulent dans le ciel, apportant et emmenant des choses dont nous ne voulons peut-être rien savoir.
Si les drones sont maintenant publics, c'est sûrement pour les rendre naturels, pour que nous nous habituions à leur présence, qu'ils soient le nouveau mécanisme d'ouverture ou une fausse transparence des systèmes de contrôle mondial pour mieux nous domestiquer. Ils veulent nous convaincre, et peu sont ceux qui doutent, que tôt ou tard ils le feront, qu'il est bien qu'un drone nous apporte notre delivery de nourriture chinoise ou de pizza, au lieu d'un pauvre jeune homme qui aide sa famille ou se paie ses études grâce à ce salaire. Ainsi, en plus, nous pourrons économiser beaucoup d'argent.
Par chance, je ne voyage pas la nuit sur des chemins solitaires. Par chance, je ne suis pas l'architecte David Vincent. Je ne me propose donc pas de vous convaincre que le cauchemar des drones a déjà commencé. Je me demande seulement, entre beaucoup d'autres choses, pourquoi ces objets volants en métal ont la permission de livrer de la nourriture et pas des livres. Serait-ce parce que c'est plus rentable ? Serait-ce pouf enfin pallier la faim de la planète ? Ou serait-ce parce que les livres on toujours été beaucoup, beaucoup plus dangereux qu'une bonne assiette de soupe chaude ?

 Traduit par Christian Roinat. Espaces Latinos. Automne — 2014

viernes, 3 de septiembre de 2010

La noche del perro (continuación)

Quisiera al menos hablarle, consolarle, pues sé que aunque es muy desgraciado, ama la vida, las cosas bellas y claras, el agua, los árboles...
       Está tísico y morirá irremediablemente. Yo también lo estoy, pero ello importa poco. Él es un poeta, y yo un perro de la calle. Un perro —como hay tantos— a quien el poeta mantiene y cuida a costa de tremendos sacrificios; un perro que, una cruda noche de invierno, lo asaltó a la puerta de un tugurio, medio muerto de hambre y de fiebre. Me tomó entonces consigo, me condujo a su casa, encendió la estufa y se asomó a mis ojos intranquilamente. Adiviné al punto sus propósitos. Me dijo:
       —¿Quieres ser mi amigo?
       Aquella noche —y otras muchas— me cedió su leche, su pan duro, sus mantas viejas. Sin embargo, no logré conciliar el sueño, agobiado por la melancolía más terrible.
       “¿Qué podría yo hacer para ayudar a este hombre?” —me preguntaba continuamente.
       Y esta alma buena que llevamos todos los perros dentro me aconsejó al instante:
       “Seguirlo siempre a donde vaya.”
      Así lo he hecho. No me he apartado de él un segundo. Conozco, pues, todas sus penurias, sus íntimas alegrías, sus versos; conozco su enfermedad, sus pensamientos, sus dudas y todas sus zozobras. Mientras escribe, me acurruco entre sus pies y no oso respirar; mientras duerme, yo duermo; cuando no come, no como yo tampoco; cuando sale a pasear, lo acompaño siempre; vamos muy juntos —él delante, yo detrás— a la orilla del río solitario, durante los atardeceres del estío. Cuando entra a alguna taberna lo aguardo en la puerta y, si sale borracho, lo guío, lo guío a través de los callejones obscuros, tortuosos.
       Desdichadamente, el alcohol produce en su organismo desastrosos efectos. En vez de tumbarse a dormir, según acostumbran a hacer otros hombres que conozco, se exaspera, se enfurece. Escribe y rasga luego los papeles; golpea los muebles con sus puños; se asoma a la ventana y gime; desgarra las sábanas y lo destroza todo. Yo escapo hacia cualquier refugio, pero él me busca y, al encontrarme, se quita el cinto, lo sacude en el aire y, con las fuerzas de que es capaz, comienza a golpearme bárbaramente, despiadadamente, hasta hacerme sangrar por la boca.
       —¡Bestia! ¡Bestia! —me grita.
       Y yo callo sin moverme, soportando los golpes. Veo chorrear mi sangre y me bebo las lágrimas. No protesto. Ni un gruñido impertinente, ni una sola actitud de rebeldía. Pienso en su rostro tan pálido, en sus pulmones enfermos, en su mirada tan honda, y me digo:
       “Ámalo, ámalo aunque te duelan los golpes.”
       Y lo amo. ¡Cómo no he de amarlo! Lo amo como a mi propia vida.
       Más tarde, sofocado, febril, castañeteando los dientes, se deja caer sobre el catre. Yo salto a su lado y, él, acogiéndome entre sus brazos frágiles, rompe a llorar desesperadamente. —Mi Teddy, mi pobre Teddy... —me dice. Entonces moja en agua su pañuelo sucio y me va limpiando, una a una, las heridas. A continuación, quita las mantas del lecho, cubriéndome con ellas.
       —¡Duerme! —prorrumpe sollozando—. No soy sino un malvado borracho. ¿Me perdonas?
       Por complacerlo únicamente finjo dormir; pero escucho, escucho los poemas que él me ha escrito y que repite a gritos por la buhardilla, secándose las lágrimas con la manga.
       Mi amo se está muriendo, y, como soy un perro, no acierto a impedirlo. No puedo secar el sudor de su frente; no puedo espantar la fiebre que lo consume; no puedo aliviar su respiración ahogada; no puedo ofrecerle ni un vaso de agua. ¡Qué silencio más horrendo el de esta noche de diciembre! ¡Qué quietud y qué nieve más espantosas! ¡Qué infamia la vida! Y yo, un perro, un triste ser inútil, incapaz de algo importante.
       Si supiera hablar, le diría:
       “Perdóname por haber nacido perro. Perdóname por no poder hacer otra cosa que verte morir. Perdóname. Pero te amo, te amo con un amor como no hay otro sobre la Tierra; como es incapaz de comprender el hombre... el hombre, salvo tú, mi amo. ¡Si supieras las lágrimas que he derramado, viendo el pan duro y la leche agria que almuerzas! ¡Si supieras qué noches de insomnio he pasado bajo tu catre oyéndote toser, toser implacablemente, con esa tos seca y breve que me duele más que todos los golpes sufridos! ¡Si supieras —cuando escapaba de tu lado— cuántas calles he recorrido en busca de un mendrugo, con la esperanza de no quitarte a ti una sola migaja de tu alimento! ¡Si supieras qué enfermo me siento y qué triste! Yo también estoy tísico. Yo también moriré pronto; y si tú mueres, me alegro de hacerlo juntos... ¡Ay! Si tuvieras hijos, mi amo, ellos serían jóvenes y tendrían, a pesar de tu muerte, regocijos mayores que su pesadumbre. Si tuvieras mujer, te olvidaría pronto por otro hombre. Si tuvieras padres, pensarían en sus otros hijos. Si tuvieras amigos, tendrían ellos otros amigos... Tu perro, en cambio, no tiene a nadie sino a ti. Ningunos ojos lo miran, que los tuyos; nadie le sonríe, sino tú; sólo tu calor le alivia; a nadie sigue, sino a ti. Morirás, y él no comerá más, no dormirá más; se entregará a su dolor. ¡Si supieras cómo te amo, te amo!”
       Pero no sé hablar. Sólo sé menear la cola y llorar con mis lágrimas estériles. ¿Me permites acariciarte?
      Como de costumbre, mi dueño me comprende. Y con esa sensibilidad prodigiosa de poeta y tísico, penetra hasta mis más tenues reflexiones. Me pide ahora, con una voz que escasamente distingo:
       —Súbete, Teddy.
       Salto y me enrosco junto a él, a sabiendas de que no le inspiro ningún asco. Me espantan, en cambio, sus ojos.
       “Es la muerte” —adivino.
       Y lo es.
       ¡Los perros nunca erramos a este respecto! Nuestra mirada ahonda más allá que la de los hombres. Nuestro olfato es más sutil. Tenemos, por otra parte, un don espléndido: la adivinación. Y así es que descubrimos a la muerte, por mucho que ella se esconda: la presentimos en las tinieblas, encaramada sobre las cercas, bajo los puentes, durante las ferias, en la niebla...
       Él me dice:
       —Tengo frío, Teddy.
       Me contraigo aún más y, disimuladamente, esforzándome por no preocuparlo demasiado, le suministro calor con mi aliento. Noto sus manos heladas, flácidas, inmóviles, y evoco esos jardines tan risueños que existen al pie de los palacios y en cuyos macizos crecen altos y frescos los lirios. ¡Pobres manos de poeta! ¡Pobres flores! Pronto, pronto, se cerrarán para siempre.
       —Me estoy muriendo —gimes
       Respira, con el rostro en alto, y agrega:
       —Te quedarás, pues, tan sólito...
       Señala con gran trabajo la ventana negra. Me oprime el lomo.
       —¿Nos volveremos a ver en algún sitio?
       Callamos. Cae sobre el tejado la nieve, silba el viento doloridamente, y yo pienso con angustia en todos los perros del universo: en mis camaradas buenos, la mayoría tan melancólicos, abrumados por esta alma nuestra que nos han dado, demasiado grande por cierto para unos miserables seres que no hablan ni escriben.
       —Tengo frío —repite el amo—. Es un frío terrible, créeme.
      Y luego:
      —Cuenta, mi pobre amigo, qué vas a hacer cuando yo esté en el pozo. Dime con quién te irás, en quién piensas ir dejando esa bondad admirable que no te cabe dentro del pecho... Dime a quién vas a mirar con tus ojos verdes, vivos. Dime quién va a ser tu compañero entonces...
       Yo lloro, sin reprimirme.
       —¿Te irás, quizá, con algún borracho de esos que maltratan a los animales?
       —Callo.
       —¿Te irás, di, y me olvidarás? ¿Te olvidarás de este pobre poeta muerto?
       Se endereza y vuelve a caer. Tose, tose y solloza, con sus negros ojos extáticos, perdidos en la última noche. Me aprisiona contra él. Hunde sus uñas en mí. Me hiere. Ya no sabe acariciarme. Ya no comprende el placer, la ternura, el dolor. No comprende nada de lo que comprendía tan bien antes. Va olvidándolo todo, trastornándolo todo, todo menos mi nombre.
       —Teddy... Teddy... Teddy...
       Y se muere.
      Nadie podrá creerme, pero es tan inmensa mi soledad y mi horror en estos momentos ¡que para qué mentir ya!
        Yo le cerré los ojos cuidadosamente, sin arañarlo, como si tocara una hostia. Yo le cerré la boca y lo cubrí todo entero con las sábanas. Después, tomando entre mis dientes un haz de flores secas y de versos, se los regué encima así, esparcidos por el catre, igual que una bendita nevada. Hecho esto, huí hacia el rincón más cercano —donde duermo a veces— y rompí a aullar, a aullar con el cuello tieso y el alma hecha pedazos, consumiendo las últimas fuerzas de que dispongo.
       Cuando los perros aúllan, sé que los hombres se asustan: no, no hay nada qué temer. Los perros aullamos del mismo modo que los hombres lloran y hacen otras cosas. Es un hecho sin importancia, enteramente natural, y que a nadie atañe, sino a nosotros mismos. Por ejemplo, yo aúllo ahora porque me encuentro solo, porque siento frío aquí dentro y porque me voy a morir muy pronto. En cuanto lleve a mi amo al camposanto.
       Nadie, sino yo, asistió al entierro. Nadie, sino yo, lo vio bajar al pozo, desaparecer bajo la tierra suelta...Y lo he dejado allí, metido en un cajón negro, solo, sin una luz ni una manta. Solo, como no debiera dejarse ni a un perro.
       “¡Qué ignominia es la vida! —pienso mientras camino. Y el cementerio queda atrás, coronado por la niebla—. ¡Qué cosa más frágil y cruel! ¡Qué soledad tan pavorosa la de los que se mueren! ¡Qué soledad y negrura las de mi amo! ¡Y cómo amaba la luz, el río, las hojas verdes y luminosas! ¡Cómo temía a la muerte!”
       Cierta vez me dijo:
       —Quisiera morir en mitad del mar, ahogado de luz y agua.
       Como estaba tísico, le horrorizaba esa cosa apretada y dura que es la fosa.
       —¿Quién podrá respirar allí, mi buen Teddy?
       Pues allí está. Allí, donde lo han echado ahora. Donde la humedad penetra y el sol no. Y sus blancas manos de poeta —sus manos llenas de lágrimas y versos— pronto serán unas impuras raíces, retorcidas como dos culebras. Igual, igual que si jamás hubieran vivido. ¡Qué abandono el mío también! ¡Qué oprobio!
       Súbitamente, cuando más abstraído caminaba bajo las hojas que caían, pierdo la noción de las cosas y ruedo largo trecho sobre las piedras. No acierto a descifrar nada, ni escucho otra cosa que el batir anhelante de mi corazón contra el pecho: es sólo por esto último que comprendo que no he muerto. Pero, ¿y esa gente? ¿Y esta lluvia que me duele tanto?
        Voy abriendo poco a poco los ojos, notando que sólo uno de ellos me sirve; con el otro distingo apenas un manchón rojo y difuso que palpita o gira, formando círculos luminosos... Siento el vientre como una inmensa boca abierta. Veo pies de hombres, de mujeres, de niños descalzos. Una chimenea alta y negra que humea sobre el cielo gris de la tarde. Un carruaje... otro...
       Percibo, demasiado remoto:
       —Iba por ahí y lo mató aquel carro.
       Descubro al asesino, saltando sobre los charcos. Oigo claxons, claxons, claxons. Y, de pronto, un policía que llega, bestial como un gigante, aparta al grupo de curiosos.
       —¿Qué ocurre? —indaga muy fríamente.
       —Un perro —contesta alguien.
       Y el policía, con su bota de tachuelas, me arroja de tres puntapiés a la cuneta.
       Como estoy tísico, muero de frío al amanecer.

jueves, 2 de septiembre de 2010

El periodismo cultural

Por Iván Thays

       Las tonterías que dije fueron, principalmente, que el periodismo cultural en América Latina era mediocre, que la Feria del Libro de Bogotá estaba llena de gente (faltando un día para el cierre) pero todos paseaban, nadie compraba libros (salvo Sudokus rebajados en Panamericana), y que la última novela de García Márquez era malísima.
       Que yo sepa, mis compañeros de mesa (Nicolás Morales y Carolina Sanin) estuvieron de acuerdo conmigo en todo lo que dije, pero como eran colombianos se les permitía la crítica. De un peruano invitado y engreído por la Feria, obviamente, se esperaba que sea políticamente correcto.
       Ser políticamente correcto es, justo, el gran problema del periodismo cultural de América Latina. Uno debe ser políticamente correcto con las grandes editoriales, con los grandes autores de esas editoriales, con el público lector que no suele ser académico, e incluso con el libro mismo como objeto, tratándolo con reverencia, como si fuera sagrado y no un objeto de consumo más (una persona entre el público, por ejemplo, dijo que la misión de los reseñistas en los diarios debería ser “presentar” el libro y no criticarlo porque eso es muy ¨subjetivo”).
       Sin embargo, reconozco que sí fui políticamente correcto y no dije lo que, me parece, que sucede en Colombia y es que ha habido un impresionante descenso en la calidad de sus editoriales. Alguna vez, Colombia traducía autores imprescindibles del siglo XX a través de Oveja Negra. Alguna vez Colombia tradujo libros difíciles de vender, aunque extraordinarios, como los de Gesualdo Bufalino (incluyendo los aforismos El Malpensante), Marca de agua de Joseph Brodsky o La Punta de Charles D’Ambrosio. Pero la realidad es que cada vez sus editores y sus autores, a manera de pacto, se han vuelto más conservadores. No son libros mal escritos, incluso algunos son buenísimos como Tomás González (por no mencionar a algunos que considero amigos míos y convertir este post en un cherry), pero tampoco son autores que se atrevan a salirse del marco propuesto por las editoriales: secuestros, narcotráfrico, sicarios, minimalismo, realismo rabioso.
       No es de extrañar pues que, como se quejaba Nicolás Morales, los diarios le den tanta cobertura a un autor como Jorge Franco (quien acababa de presentar Santa Suerte en Planeta), y no sólo cobertura literaria sino incluso que apareciera preparando un ajiaco en una revista de Sábado (no sé si eso ocurrió o no, pero fue un ejemplo muy mencionado). Estuve de acuerdo con Nicolás que esa exposición es un síntoma de lo conservadora que se ha vuelto la prensa cultural en cualquier parte del mundo, que prefieren darle página completa al autor que es la apuesta de una editorial antes que a sus propias apuestas...
       Lo que realmente me llamó la atención de la mesa redonda fue una idea que Carolina Sanín (tímida en esta mesa, me dicen que suele ser más combativa) dejó flotando en el aire y es que la crítica literaria no solo debería decir si es bueno o no un libro, sino ser una reflexión sobre el ejercicio literario. Me pareció una frase brillante y que de algún modo subraya en lo que, durante toda la noche, quise decir y es que si el periodista cultural o reseñista expone con claridad los argumentos con los que juzga las obras, más allá de la valoración posterior, el lector tendrá herramientas para calificar lo acertado o no de ese juicio, aceptarlo o no, cuestionarlo o no. Y es que el ejercicio del periodismo cultural no sólo debe ser un monólogo dictado por un árbitro del buen gusto, sino antes que nada un diálogo entre un libro (o una lectura, más bien) y su lector...

miércoles, 1 de septiembre de 2010

La vía

Por Marcelo Damiani
Todo empezó en la vía
el escarceo
                              la lluvia
                                         los silencios

el sol golpeando con violencia los rieles del día
y el tren en busca de un andén abandonado
aullando como un animal malherido.

Sí.

Todo empezó en la vía
                           nadie puede negarlo
pero lamentablemente terminó en el tren.

Presentación de "La leyenda..." de Libertella

Alción Editora tiene el agrado de invitarlos a la presentación de

La leyenda de Jorge Bonino de Héctor Libertella

Participan: Mariana Robles y Mauro Cesari.

La cita es el viernes 3 de setiembre a las 19 hs. en Belgrano y Fructuoso Rivera, Córdoba (Capital). ¡Los esperamos a todos!

martes, 3 de agosto de 2010

La destrucción

Por Charles Baudelaire
 
Incesante a mi lado se agita el Demonio;
Flota a mi alrededor cual aire impalpable;
Respiro y siento que quema mis pulmones
Y los llena de un deseo eterno y culpable.

A veces toma, conocedor de mi gran amor al Arte,
La forma de las más seductoras mujeres,
Y bajo especiosos pretextos de tedio,
Acostumbra mis labios a infames placeres.

Así me conduce, lejos de la mirada de Dios,
Jadeante y destruido por la fatiga, al medio
De las llanuras del Hastío, profundas y desiertas,

Y lanza a mis ojos llenos de confusión
Ropa sucia, heridas abiertas,
¡Y la maquinaria sangrienta de la Destrucción!

Traducción: Marcelo Damiani

lunes, 2 de agosto de 2010

Proverbio árabe

       Es bueno saber la verdad y pregonarla, pero es preferible saberla y hablar de las palmeras.

sábado, 3 de julio de 2010

Así lo habría escrito él (continuación)

      Con la multitud de luces rojas y blancas bailando, con el espacio recorrido desfigurándose, el espejo exterior suele ser la Irrealidad Dos. Y oscilando en sus dos -múltiples- posiciones, dirigiendo la mirada al conductor del auto de atrás, cuidando del lugar que virtualmente ocupará el pasajero, el espejo interior siempre tiende a ser la Irrealidad Tres. Y así hasta el infinito...
       Después, cuando ya no puedo disfrutar del humo que exhalan las calles, cuando soy obligado a dejar de lado mi fantasía vertical, como si hubiera una suerte de límite a partir del cual ya no sé si miento que sueño o si sueño que miento, entonces, recién entonces puedo pensar en David (mi parte concreta, y-real): Mi pasatiempo. Siempre lo veo manejando su auto nuevo, joven, tal vez un tanto insomne o aburrido como yo, seguramente preocupado por la pequeña empresa que acaba de emprender junto a su padrastro: Máximo: Hombre autoritario y estúpido que siempre está intentando aprovecharse de él, relegándolo a un segundo plano, y que ahora está cada vez más viejo y errático y por lo tanto también mucho más vulnerable. La certeza -jamás el recuerdo- de los errores que su padrastro está cometiendo ahora en el manejo de la empresa le ha hecho tomar la decisión de obligarlo a dejar todo en sus manos. A la fuerza, si es necesario. (David, cuyo nombre podría ser otro, no sabe que toda esta animosidad contra su padrastro proviene de la sospecha -nunca confirmada- que ese hombre autoritario y necio había tenido algo que ver con la misteriosa muerte de su madre que llevó a la quiebra a toda la familia.) Mientras tanto, piensa que no podrá recurrir a su madrastra, utilizándola sin que se dé cuenta, porque ella le ha dicho hace poco que la empresa, para su marido, era lo más importante que había en el mundo, y que obligarlo a dejarla sería como si lo mataran. David suelta el acelerador y toca el freno ante el semáforo en rojo. Pero al instante siguiente cambia de opinión y vuelve a apretar el pedal con fuerza para subir la cuesta que tiene adelante (no recuerda que cuando era chico su padre lo hacía para divertirlo): Y piensa que si logra una buena velocidad al llegar a la cima el auto volará durante un instante obligándole a despegar el cuerpo del asiento y vaciándole el estómago antes de aterrizar en el piso.
       Recuerdo ver el amarillo del semáforo y aprieto el embrague y el freno para que el auto se detenga despacio. Me saco los lentes de aumento, los limpio lentamente y me los vuelvo a poner. Ahora el amarillo del semáforo es un recuerdo rojo y cuadriculado que se desdibuja ante la fijación de mi mirada. Parpadeo moviendo un poco la cabeza, tratando que mis ojos se acostumbren de nuevo al aumento de los lentes, y finalmente focalizo el extremo derecho de la Irrealidad Uno: La salida de un callejón. Recuerdo que recuerdo que mi mirada es atraída por un paso suave: Seco. Un farol, escondido detrás de un árbol, lanza un haz de luz ineficaz sobre el callejón abrupto. El ruido de los pasos se agiganta con una lentitud fría, impávida. Pienso que escuchar el repiqueteo de un par de tacos altos en medio del silencio de la noche es una experiencia inadjetivable. Creo recordar otro momento similar donde yo aceleraba el auto un tanto indolente o desconfiado: Pero el recuerdo desaparece sin dejar ningún rastro. Y me quedo. Como si supiera por una especie de recuerdo invertido que me voy a encontrar con alguien que conozco.
    Sus empeines semierguidos, sugerentes, se adelantan a la aparición de su cuerpo. Un largo tapado oscuro sólo deja ver el comienzo de sus largas piernas, y más arriba, sus manos pálidas (con dedos finos; tal vez frágiles; largos), como pintadas al óleo sobre la perfección gélida del color negro.
       Con desdén (recuerdo) ella abre la puerta y se mete en el auto con ese múltiple movimiento inverosímil que consiste en perfilar el cuerpo, inclinarlo como si estuviera acariciándose y tomar asiento al girar (felina) para acomodar las piernas. Recuerdo haber focalizado la (nueva) Irrealidad Uno en su mano izquierda (cuyos dedos dibujaban figuras crípticas en el aire al acomodarse la ropa tersa); en el pañuelo blanco que le cubría el cuello y parte del mentón obscenamente; en sus labios y pelo rojo.

       Y en sus ojos.

       Su mirada esquiva y el rojo y negro que emana de todo su cuerpo me hacen pensar o recordar que ya nos hemos visto antes, o que nos vamos a ver después, en una situación igualmente común y a la vez también falsa. Sueño, por ejemplo, con encontrarla mañana a la mañana, después de una noche que seguramente sería el preludio de otro reencuentro misterioso, mientras lee el diario y desayuna algo, semidesnuda, con sus largas piernas cruzadas, pasándose una mano por el pelo rojo, despeinándoselo. Sueño con verla levantarse junto a su mirada, como pensativa, como con escalas, pausada, haciendo que sus ojos redondeen un saludo inasible al mostrarme su sonrisa; la veo colgarse de mi cuello y besarme descaradamente, invadiendo mi boca con su lengua, sometiéndola. La simpleza de mi sueño, por contraste, me hace sentir como si ahora en el taxi los dos estuviéramos demasiado disfrazados, interpretando papeles que no sólo no nos corresponden sino que tampoco nos agradan. Por un momento, tengo la ambigua sensación de que ella es tan ficticia como mi pasatiempo: Pura imagen en movimiento construida para quienes no pueden acceder a la mediocridad de lo real. Pero el hechizo tiene la duración de un recuerdo. "¿Qué pasa?" Dice ella de pronto, sólida, como si tuviera dos voces en vez de una. Entonces (angustiado ante la evidencia de que sus palabras son una especie de espejo de mis fallas) recuerdo que ya la he saludado, amable, sonriente, y que ella me acaba de decir que siga derecho por esta avenida lo más rápido posible. Pongo el auto en marcha y miro a la izquierda a través de la ventanilla, antes de contestarle de la única manera convincente: "Nada": Repito que no pasa nada y aprieto el acelerador mirando las gotas de lluvia que descansan sobre el parabrisas empañado.
      Recuerdo: Su auto muerde el asfalto y sale despedido con violencia. A su lado, semiacurrucada o acostada en el asiento, tal vez enojada, con esa mueca de contrariedad que usan las mujeres para llamar la atención, está su novia: Mujer mediocre y a veces despampanante que trata de cazarlo desde hace más de tres años, mientras le soporta todo tipo de infidelidades y amantes. Ahora, antes que el auto violara una luz roja para subir la cuesta a toda velocidad, ella le acaba de exigir una decisión con respecto a su matrimonio siempre postergado, amenazándolo, esgrimiendo sus conocimientos de la historia oculta de esa pequeña empresa familiar que ya está dando tantos problemas, pidiendo un protagonismo mayor. Mientras tanto, David piensa en la forma de deshacerse de su padrastro, sin escuchar a la mujer, aburrido, porque de algún modo el principio de su discurso ya había anunciado todo lo que iba a decir después. Ahora, mientras el auto cruza la esquina y recorre la primer cuadra cuesta arriba, con arrogancia, con desprecio, casi con desdén, David mira a su derecha, al lugar donde está la mujer y no a ella, como para darle a entender que sus amenazas ya habían sido previstas y refutadas con mucha antelación. Y aprieta el acelerador a fondo haciendo que el auto respingue violentamente. Un instante antes que las ruedas se despeguen del piso, iluminado, David ya sabe lo que va a hacer para solucionar todos sus problemas a la vez. Va a hablar, categórico, en dirección al lugar donde está la mujer y no a ella, sin mirarla, para hacerla dudar de toda su actitud, provocándola con el protagonismo que ella misma le acaba de exigir. Y después, en medio del éxtasis posterior a su falso triunfo, le va a arrojar la pregunta decisiva: "¿Qué estás dispuesta a hacer por lo que querés?" Ella, como el auto lanzado frenéticamente en busca de la cima, ya no podrá volverse atrás, y lo único por hacer entonces será seguir adelante: "Porque hay que matar a alguien". Y a pesar de su mirada perpleja (belleza acentuada por la impotencia de la palabra) David sabe que tarde o temprano ella va a aceptar matar a su padrastro.
       Recuerdo buscar los ojos de la pelirroja: Estamos cerca de los límites de la ciudad y no creo que ella quiera entrar a los suburbios. Le hago una pregunta amable sobre si vamos mucho más lejos y ella me clava los ojos - como una puñalada. Me siento sacudido al ver que el pañuelo del cuello ahora le cubre la nariz y la boca, acentuando el aire de disfraz disimulado que tiene toda su vestimenta. Y tal vez por eso no me sorprende ver la pistola. Su brillo nacarado acompaña la voz de la mujer cuando me ordena que pare. Aprieto el embrague y el freno y el auto se detiene: Dócil. La mujer baja sin el encanto del movimiento inverso. Abre la puerta del acompañante y vuelve a entrar ya sin cadencias. Ahora, mucho más segura, apoyando el brazo izquierdo en el respaldo de su asiento, ubicada como de costado con sus piernas semidesnudas apuntándome al estómago, me ordena negligentemente que siga adelante. Mi mano se acerca a la palanca de cambios y en el camino se encuentra con su rodilla fría. La rozo levemente y ella se mueve hacia atrás como si hubiera recibido una pequeña descarga eléctrica. Por la abertura del tapado, recuerdo, se asoma la resplandescencia indefinible de un objeto a contrapelo. Así, como las luces que bombardean fugazmente el parabrisas, como los reflejos variables de la Irrealidad de los espejos (así de inasible - así de fugaz), creo ver el momento en que alguien conocido nos ha presentado o nos va a presentar, cuando ella era otra persona con otro pelo y otra voz. Pero todo se disuelve como visto a través de una puerta movediza. Pienso que si esto fuera una película comercial, mala, ahora sería el momento de cortar y poner a mi doble para que él resuelva la situación como yo no puedo: Actuando, mintiendo, seduciendo a la pelirroja sin asco: Matando su actitud inequívoca.
       "Yo le dije a David que me ibas a reconocer..."
    Recuerdo una sensación caliente expandiéndose por todo mi cuerpo: La Realidad explotando o haciendo explotar el caos que me rodea: El auto lanzado hacia el vacío, flotando: Y ella, acá, sometiéndome contra el asiento, besándome en la boca con vehemencia y murmurando perdón al apretar el gatillo.
       Eso es lo que recuerdo.

Marcelo Damiani

viernes, 2 de julio de 2010

La seducción de la brevedad

Por Marcelo Damiani

       El encuentro tiene lugar en la mítica confitería London, donde Cortázar situaría el principio de su novela Los premios. Acaba de terminar la hora de almuerzo de los oficinistas de la city porteña y el lugar empieza a adquirir cierta calma. Carlos Dámaso Martínez llega puntual, mira a uno y otro lado, y pide un cortado. "Durante la guerra de Malvinas —comenta— los dueños castellanizaron el nombre y le pusieron Londres, pero peor es el caso del bar Británico: Lo redujeron a Tánico, aunque a todos el espíritu nacionalista les duró poco".

       La entrevista completa acá.

jueves, 1 de julio de 2010

"Hoy sólo los artistas siguen siendo peligrosos"

Por Marcelo Damiani

       El siglo XXI acaba de aparecer en el horizonte y yo he cruzado el Canal de la Mancha por el famoso túnel, un poco preocupado por ese paseo por las entrañas de la Tierra. Pero vale la pena. Al otro lado me espera la ciudad luz, la torre Eiffel, el arco del triunfo, les Champs Elisées. También, imprevistamente, me encuentro con una retrospectiva del cine clásico de Hollywood de los años ´40. No puedo resistir la tentación de ir a ver de nuevo (aunque de alguna forma, como siempre, por primera vez) Casablanca, y disfrutar mucho más de la escena de Humphrey Bogart e Ingrid Bergman paseando, precisamente, por París.



       El café "Le select" queda en uno de los lugares más interesantes de la ciudad: El Boulevard Montparnasse, muy cerca de la estación Vaivin. Afuera, después de la nieve nocturna, cuyos rastros todavía perduran en la vereda y los techos de los autos, el frío es impiadoso. Adentro, en cambio, el fuerte olor al café y la luz de esta radiante mañana de domingo, parecen invitar al visitante a probar los deliciosos croissants recién horneados.
       "La historia," leo en mi ejemplar de Lugar, "aunque a decir verdad los hechos escasos y simples que la constituyen, desde el punto de vista de las leyes del melodrama que imperan hoy en día en lo que podríamos llamar el mercado persa del relato, no alcanzarían a formar una historia, es más o menos la siguiente."
       Juan José Saer, como es su costumbre, llega a la cita con puntualidad y sonrisa envidiables. Saluda al mozo con la mano antes de sentarse y rápidamente se indigna al leer el título de una nota periodística que proclama el triunfo del cine de autor. "Esto es increíble," comenta, exagerando su asombro. "En los '60 teníamos tres consignas: La revolución sexual, la revolución social y el cine de autor. Estas tres cosas hoy han desaparecido. El otro día estaba leyendo una revista con el programa de la televisión para ver si había algo interesante y le ponían la máxima calificación a Desayuno en Tiffany´s y la peor a Inquietud de Manoel de Oliveira. Y ahora me hablan de cine de autor".

       La entrevista completa acá.

jueves, 3 de junio de 2010

Cioranada

       Referirse sin cesar a un mundo donde todavía nada se humillaba al surgimiento, donde se presentía la conciencia sin desearla, donde, encenegado en lo virtual, se gozaba de la plenitud nula de un yo anterior al yo...
       No haber nacido, de sólo pensarlo, ¡qué felicidad, qué libertad, qué espacio!
E. M. Cioran

miércoles, 2 de junio de 2010

Espejismos del fantasma (continuación)

       Ahora, cuando nos encontramos los cuatro al lado del balcón, de acuerdo a esa ley de parejas jamás reglamentada, instantáneamente Marianne se pone a charlar con David y Verónica conmigo.
       Marianne y David se entienden desde el primer momento en que se vieron (cuando yo los presenté) por una suerte de comprensión metafísica que parece estar mucho más allá de su mutuo interés por la transmigración de las almas y la migración de los cuerpos. Verónica y yo, en cambio, siempre tuvimos esa típica relación ambigua que tienen todos los que han sido y siguen siendo alumna y profesor. Algo que se refleja tanto en este instante como en cualquier otro: Verónica hablándome tensa y desde abajo, como si estuviera rindiendo examen y el sentido de su vida se resumiera en recibir mi total y completa aprobación; y yo, mirándola desde arriba, simulando que la escucho atentamente, pensando que prefiero perderme en la profundidad de sus ojos verdes con tal de no seguir sintiendo la inútil cercanía de nuestros cuerpos.
       Entonces, casi sin querer, me doy cuenta que por alguna razón que está más allá de toda lógica, ahora, estoy tratando de escuchar la conversación que mantienen Marianne y David. No comprendo mi repentino interés por ellos cuando en realidad la que siempre me ha interesado es Verónica. Sin embargo, pienso, esto es muy coherente con mi tendencia a prestarle demasiada atención a lo que no me interesa en lo más mínimo, para eludir el compromiso y el riesgo de lo que deseo en realidad. Una especie de versión perversa del masoquismo.
       Así, ahora, abruptamente, mientras miro la mirada verde de los ojos de Verónica, veo que a pesar de estar hablando conmigo, a pesar de que no para de hablarme como si estuviera dando lección, sus ojos no dejan de reflejar el cuerpo de David, como si su imagen se impusiera más allá de toda contingencia. Sé que no tendría que importarme. Debería correrme unos cuantos centímetros a mi izquierda y cortar la relación que hay entre sus ojos y el cuerpo de David. Pero en vez de hacerlo, sigo contemplando con tanta intensidad su imagen imaginaria que por un momento creo que mi deseo de estar en el lugar de David es el único origen posible de tantos relámpagos y tantos truenos.
       Imagino que la tormenta está en su apogeo.
       El último relámpago viene acompañado de una luz tan intensa que me obliga a cerrar los ojos. Por mi mente cruza la imagen fugaz de nosotros cuatro vistos desde arriba, como si estuviéramos fuera de lugar, en otro tiempo o en otra parte, ya que David y Verónica están acostados o tirados en el piso y yo estoy a punto de matar a Marianne. La imagen, a pesar de su nitidez, no ha durado más de un segundo; o quizá menos. Su encantamiento, sin embargo, me impide percibir en seguida que alguien me agarra del brazo con fuerza. Instintivamente pienso en Verónica. Aprovecho la ocasión para apoyar mis manos en sus hombros y atraerla protector junto a mí. Pero cuando abro los ojos veo que no es Verónica sino Marianne la que se agarra con fuerza de mi brazo. Su perfume persistente, demasiado distinto al de Verónica, me confirma su identidad irrefutablemente. Así, ahora, miro los ojos azules de Marianne como si ella y yo fuéramos otros y nos estuviéramos viendo por primera vez. Tengo que admitir que me gusta mucho más de lo que me gusta admitir, y me pregunto qué estoy haciendo ahora con Marianne en mis brazos, cuando un instante antes del último relámpago estaba parado enfrente de Verónica.
       Imagino que suelto a Marianne solícitamente y miro a mi derecha y me veo a mí mismo mirando a Verónica directo a los ojos. Parpadeo con insistencia para refutar la realidad que me quieren vender mis ojos. Por más que me vea a mí mismo a la derecha, enfrente de Verónica, yo sé que soy yo el que ahora está acá, enfrente de Marianne. Ningún espejo puede hacer esto.
       -¿Qué pasa? -pregunta Verónica.
       Mi cuerpo, el fantasma parado frente a ella, la mira sorprendido, perplejo, y muy lentamente, casi casi de manera imperceptible, haciendo una metáfora materialista de la lentitud exasperante de mis propios razonamientos, empieza a contemplarme como si contemplara un espejismo.
       Yo sé que soy yo y que estoy acá, con Marianne y su perfume persistente, y sin embargo no puedo dejar de mirar mi cuerpo que está ahí, enfrente, al lado de Verónica, contemplándome como si yo no fuera yo, sino él. No sé cómo pero yo no estoy donde está mi cuerpo.
       Mientras tanto, las chicas se miran y nos miran sonrientes, esperando algún tipo de explicación por nuestro raro comportamiento. Pero como ninguno de los dos devuelve ninguna sonrisa ni amaga explicar nada la siguiente mirada que cruzan entre ellas es fugaz, cómplice, sospechando que David y yo hemos empezado uno de nuestros clásicos jueguitos del pasado, cuya intención era dejar en ridículo a cualquiera, en cualquier momento y en cualquier lugar. Ellas no saben que hace ya algún tiempo que no hacemos este tipo de juegos juntos.
       -¿Qué pasa, David? -preguntan ahora Marianne y Verónica, y me miran.
       Yo me río sin razón y mi cuerpo me mira confundido.
       -¡Yo soy David! -dice mi voz, es decir la voz de mi cuerpo, pero no yo, mientras mis ojos, los que veo y no por los que veo, miran alternativamente a Verónica y a mí.
       Las chicas sueltan una carcajada irrefutable, perfecta; y yo, tal vez por reflejo, tal vez por inercia, tal vez por simples nervios, también me río con ellas.
       -¡¡Yo soy David!! -grita la voz del fantasma parado junto a mí.
       Marianne y Verónica vuelven a reír sin ganas y yo ahora sonrío pensativo, empezando a sospechar lo que está pasando. Mi sueño hecho realidad: Tener el cuerpo de David sin dejar de ser yo mismo. Decido decir unas cuantas palabras para confirmar mi sospecha:
       -Sí, sí; y obviamente yo soy vos.
       La voz de David ha salido con tanta naturalidad de mi nueva boca que Verónica no puede parar de reír mientras mi cuerpo me mira como si apenas pudiera contener las ganas de matarme.
       Yo, en cambio, casi no puedo resistir la tentación de decirle que tendría que ver el lado positivo del asunto. Ahora, por ejemplo, va a poder deshacerse de Verónica sin problemas, y al mismo tiempo tener a Marianne sin que me importe demasiado. Reconozco que salí ganando con el intercambio de cuerpos, pero por otra parte también hay que reconocer que nada es gratis en este mundo.
       Imagino que mi viejo cuerpo, como si me hubiera leído el pensamiento, me hace a un lado de un empujón y se abalanza sobre Verónica, agarrándola de los hombros.
       -¡Vero! ¿¡Soy Yo!? David.
       El ruido de un nuevo trueno acompañado por dos relámpagos subraya patéticamente lo que acaba de decir mi vieja voz. Verónica se desembaraza de mi cuerpo y se acerca a mí en busca de protección. Instintivamente la abrigo contra mi nuevo pecho pasándole el brazo por la espalda. Mientras mi cuerpo me mira furioso e impotente, siento una especie de lástima por mí mismo, ya que de alguna manera, David acaba de desacreditarme ante a los ojos de Verónica.
       Alejándose de mí, ahora, Marianne se acerca a mi viejo cuerpo y lo agarra del brazo con dulzura. Mi cuerpo se desprende violentamente del abrazo de Marianne y se me acerca agresivo. Adivino lo que va a hacer como si lo estuviera pensando yo mismo. Así le doy tiempo para tirarme el golpe, lo esquivo, y se lo devuelvo eligiendo su punto más débil: La mandíbula. Mi viejo cuerpo cae pesadamente, perdiendo el conocimiento. Marianne se le acerca gritando mi nombre.
       Entonces imagino que Verónica acomoda su cabeza en mi pecho, y mi nueva mano, la mano de David, se pierde pensativa entre los rulos de su pelo rojo. Enseguida, un instante antes que dos telones con forma de párpados caigan sobre sus ojos, pienso que ella va a levantar la cabeza para besarme, adolescente, sintiendo de algún modo que yo no soy yo, sino el otro. Y yo, para nada paradójicamente, sospecho que no voy a tener ningún problema para reconocerme, cuando vea mi nuevo reflejo en sus viejos ojos verdes.

M.D.

martes, 1 de junio de 2010

H: El efecto Libertella (continuación del prólogo)

       Luego vinieron otros premios y otros libros, viajes y reconocimientos varios, una verdadera existencia bohemia que, desde la forma o la mirada, y sobre todo desde la actitud, conservó hasta el final. Durante los últimos años de su vida, por ejemplo, se lo podía encontrar a las horas más inverosímiles en su bar de cabecera, el Varela Varelita, en la esquina de Paraguay y Scalabrini Ortiz, charlando socráticamente con algún parroquiano o barruntando alguna “cosita”, como le gustaba repetir modesto. Ahí escribió gran parte de esa obra maestra de la ficción teórica que es El árbol de Saussure (2000).
       Tampoco era inusual verlo caminando por Palermo rumbo al correo, siempre con algún manuscrito bajo el brazo; manuscrito que por cierto él mismo se había encargado de encuadernar artesanalmente. Sus amigos recibíamos estas verdaderas obras de arte en nuestra propia casa, y después de leerlas con avidez lo llamábamos por teléfono, entusiasmados, para comentarle nuestra lectura lo más rápido posible, aún a sabiendas de que probablemente sería demasiado tarde. El manuscrito que nos había mandado, en los pocos días transcurridos, había sufrido una transformación casi absoluta, nos confirmaba Héctor entre risas, e incluso el nuevo texto ya había sido enviado de nuevo a nuestra casa para ver qué opinábamos de los cambios, y así el juego se repetía una y otra vez, como una nueva versión de la clásica carrera de Aquiles contra la tortuga. Este juego, cabe aclarar, era un efecto de la fe que Libertella tenía en el poder de la corrección. Era capaz de corregir todos sus libros hasta el paroxismo, como de hecho lo hizo, y aún así bromear con que a sus obras completas aún les faltaba un poco de todo.
       No hay que dejar de señalar que Libertella, por otra parte, más allá de su currículum impresionante y su proverbial modestia cuasi inverosímil, era una persona entrañable. Su conversación, indefectiblemente brillante, siempre nos hacía sentir que era él y no uno quien estaba aprendiendo algo de la charla, como la de Macedonio según Borges. Jamás había tocado una computadora, y todos sus originales estaban redactados con su vieja máquina de escribir portátil, adquirida en una tienda de segunda mano en Manhattan, cuando él daba clases en la universidad de Nueva York. Ahí había desplegado, como en sus tareas de editor y a lo largo de toda su obra, una mirada muy personal y fina sobre la literatura latinoamericana, convirtiéndose en una especie de testigo secular de los rituales y las performances artísticas ajenas, experiencias que eligió documentar cuando percibía que el trabajo realizado con la propia lengua hacía que pareciera una lengua extranjera, es decir, otra lengua. Así, coherentemente, podemos leer en el fragmento 34 de Zettel (2009): «Góngora en traducción. “Demás que honra me ha causado hacerme oscuro: Hablar de manera que a los ignorantes les parezca griego”». La apuesta libertelliana, de este modo, podría ser vista como una arriesgada apertura a la potencial clausura del lenguaje, suerte de versión conceptual del célebre relato de Kafka: “Ante la ley”. Es decir, mostrar el resplandor de los confines del sentido, de sus límites, de esa línea del horizonte, siempre inalcanzable, paradójica y curiosamente oscura que lo configura, y que de alguna forma también estructura y potencia nuestro deseo y le da forma a nuestra vida. Paralelamente, por otro lado, su escritura con el tiempo se fue haciendo cada vez más y más diáfana, y al final, como muy bien señaló Ricardo Strafacce, se aproximó asintóticamente al silencio, a esa página en blanco definitiva, arcaica y perfecta, a la que quizá también aludía Kasimir Malevich con su ya clásico “Cuadrado blanco sobre fondo blanco” (1918). Es que Libertella, suerte de teórico de la recepción literaria, estaba mucho más interesado en el carácter concreto del individuo lector que en la vacua abstracción de las etiquetas mercantiles y críticas (siempre demasiado dependientes de las modas intelectuales generadas por las agendas académicas y mediáticas).
       En gran parte gracias a lo antedicho, durante bastante tiempo (alrededor de 20 o 30 años), Libertella fue una suerte de código o clave secreta del sentido y del afán literario argentino. No obstante, como suele pasar en estos casos, muy pocos sabían realmente cuáles eran los algoritmos de ese código misterioso, y menos aún los que podían explicarlos, aunque muchos insinuaran conocerlos. Este libro es un intento de reunir a algunos de ellos en torno a ese fantasma literario. No ignoramos, por supuesto, el carácter necesariamente inacabado de nuestra empresa. Tal vez por eso, a diferencia de los compendios exclusivamente académicos, acá también hemos decidido incluir algunos textos que están más cerca de la crónica y del comentario. Con este gesto, además de cuestionar la ya anacrónica muerte del autor, creemos que se puede leer alguna marca del singular estilo libertelliano, cuasi inclasificable, y diversos afectos y efectos de su escritura en ciertos rasgos de su oralidad y su imaginario discursivo y micro-social. Sobre este vector, con muchos matices y diferencias, tratando de leer la literatura y la vida como una sola variable indivisible, trabajan los textos de Ariel Idez y Ricardo Strafacce, por un lado, y los de Laura Estrin y Damián Tabarovsky por el otro.
       Ariel Idez, al final, y Ricardo Strafacce, al principio, nos acercan a la figura de ese hombre que reía y nunca se quejaba, y nos regalan algunos atisbos de su peculiar personalidad; seguramente muchos, sobre todo los no creyentes en los santos sacramentos autorales de la teoría literaria, como ya hemos dicho, podrán encontrar ahí más de una interesante relación con los rasgos lúdicos de sus textos. Laura Estrin y Damián Tabarovsky, por su parte, despliegan lecturas que parecen complementar soterradamente las crónicas mencionadas más arriba, a partir de categorías como lo múltiple-literario y el doble vínculo.
       Un párrafo aparte se merece el texto de César Aira. Fiel a su estilo, escapando a las clasificaciones, Aira rescata en Libertella la figura del amigo ideal, una figura que parece traer aparejada, necesariamente, la práctica de una vida bohemia. Alguien cuya mera existencia es una suerte de freno a la violenta aceleración transformadora del mundo que nos rodea, y en este corrimiento continuo, crítico, la única constante es una poética de la amistad, siempre en busca del instante perfecto, crucial.
       En la contratapa del Diario de la rabia se cuenta la curiosa historia de ese libro, descendiente directo de “Nínive” y de una supuesta locura de los traductores a la hora de trasladarlo a la lengua de Shakespeare. Libertella, sorprendido por la noticia, decide producir una versión fácil, mientras piensa asombrado: “¿Así que siempre escribí para no ser traducido? ¿Qué clase de patología será ésta?”. Poco tiempo después llega a sus manos la traducción aparentemente imposible, llevada a buen puerto por la maestría de Jeremy Munday. Pero el envío no viene solo, sino que lo acompaña un ensayo del traductor que detalla los malabarismos verbales que realizó para tratar de trasladar los que Héctor había hecho en su lengua madre. Reproducimos ese ensayo en versión de Adriana Astutti.
       En una veta mucho más teórica (y a veces filosófica) se encuentran los textos de Raúl Antelo, Martín Arias, Ariadna Castellarnau, Maximiliano Crespi y Martín Kohan. Castellarnau, por ejemplo, se adentra en la fuerte relación que muchos presuponen pero pocos profundizan entre el universo libertelliano y el de Macedonio Fernández. Allí descubre conexiones fundamentales que van de los espacios cerrados a la firma y el nombre del autor, pasando por las preocupaciones en torno al lector y al mercado en ambos autores.
       Martín Kohan, por su lado, desarrolla la idea de que en la base de la poética libertelliana hay una apuesta por la asincronía (para habitar el presente con una ilusión de contemporaneidad total), por el énfasis en el trazo material (físico) de la escritura, y por la búsqueda, en el cruce de teoría y ficción, de una forma de coherencia, entre la que se destaca, sin duda, la fuerte creencia (nunca negociable) en la opacidad irreductible del lenguaje (contra la “histeria de la trasparencia”). Esto abre camino a la preocupación espacial de Libertella, en la que “concibe la geografía argentina como una isla lejana”, y siempre encuentra interioridades desde donde oponer resistencia en esa lucha constante de tácticas, poses y posiciones que para él es la literatura.
       Maximiliano Crespi, partiendo del aprendizaje de la inquietud antes que de la pasión literaria, encuentra en el clásico concepto aristotélico de potencia y en el de efecto parcial (postulando el placer frente al goce, el texto frente a la obra), dos claves de lectura posible para la poética libertelliana. Así, pensar la literatura como resto, como sobreviviente, incluso como síntoma, es tomar conciencia que ella hace posible los lenguajes por venir. La apuesta es fuerte: Concebir la obra como un don, “en cierto sentido implacable e infinita”, una suerte de promesa impensable o directamente imposible. Una obra de riesgo que se constituye en esa amalgama o fusión vital que acontece entre el experimento y el ensayo, entre pensar y escribir, entre ficción y reflexión.
       Martín Arias, en “Mantua – São Paulo – Bahía Blanca (Libertella sin Baedeker)”, da cuenta de un sistema hermético transhistórico que trata de pensar la ilegibilidad como una especie de arjé, originaria y fundamental, causal y soberana, antigua y actual a la vez; una postura o apuesta cuyo principal efecto de (no) lectura es el movimiento del gesto, siempre invocando el fantasma de lo no dicho. Toda la obra de Libertella podría ser vista así como una mónada o pliegue en los intersticios (casi) invisibles del mercado literario, pero también como el primer diagnóstico de esa rara enfermedad o peste llamada ´patografía´, cuya única cura conocida parece estar relacionada con la ya famosa prescripción lacaniana: ¡Goza tu síntoma!
       Antelo, en “Teoría de la caverna...”, luego de refutar el sintomático ataque que recibiera en su momento Nueva escritura en Latinoamérica (1977) por parte de Emir Rodríguez Monegal, se aboca al problema de la forma y lo informe, como un “desplazamiento en las relaciones tradicionales entre los valores y la vida”, rastreando su genealogía desde Nietzsche y Mallarmé, pasando por Heidegger y Artaud, Spinoza y Bataille, y terminando con Agamben y Deleuze; tal vez no esté de más recordar que el título del primer libro de Libertella, El camino de los hiperbóreos (1968), proviene de una paráfrasis de un fragmento nietzscheano. Coherentemente, Antelo sostiene que lo real de la literatura sería una especie de mapa o cartografía, a partir de la cual se podría hablar de una emergencia de la ficción teórica (quizá incluso filosófica), como la ensayada por los cavernícolas en “Literal”, para desmontar y denunciar el gobierno de la palabra vacía, y mostrar una línea de resistencia posible frente a los duros tiempos que corren.
       Alan Pauls, por su parte, analiza La arquitectura del fantasma a la luz de sus procedimientos vanguardistas, proyectando retrospectivamente una estela heurística sobre todos los otros libros de Libertella. En especial al detenerse en la figura del artista precoz, “mezcla insoportable de distraído y traidor” (de la vida), alguien que diseña su poética de ausencia (o de fuga) a partir de una suerte de relación histérica con el presente, cuyos efectos más sobresalientes son el absurdo y el humor.
       Por último, el nombre propio y la firma, esa marca-promesa que nos ha dejado el autor en la lengua, son la preocupación central del texto de Tamara Kamenszain, cuyos efectos de sentido van del trazo (extra) elaborado por Stupía (un pedido expreso de Libertella) a los designios insondables de las miradas por venir; el texto patentiza ese recorrido en el que la promesa del nombre, como el horizonte de expectativas, deviene efecto de lectura a partir de un fuerte núcleo de lectores y lecturas fervorosas que han construido el mito del escritor de culto. Frente al empobrecimiento de la producción literaria, como sostiene Julio Premat, y a la transformación del libro y la figura misma del escritor en mera mercancía, es quizá el escritor de culto uno de los pocos que aún hoy mantiene viva la esperanza de que sea dicha esa palabra sagrada que le atribuiría algún sentido al mundo, y renovado valor a nuestro empobrecido lenguaje.
       Tal vez por eso, ya lo hemos sugerido, Libertella escribe en castellano no sólo como si fuera una lengua extranjera, sino como asentando que toda lengua es en principio extraña, exótica, casi extraterrestre; su estilo anfibio, impredecible, se despliega en la (propia) lengua (ajena) interpelando las certezas semánticas del lector (para que llegue a sentir que lo que lee parece griego; o mejor: Bárbaro); siempre en busca de la frase que lo condense todo, pero no como en “El Aleph” de Borges, sino más bien como en una impensable carambola o calembour sin fin; una búsqueda que no reniega del azar y que no parece tener precursores, salvo quizá el mismo Macedonio (otro griego en potencia), y que por supuesto tampoco, hasta ahora, tiene descendientes (quizás porque todos lo somos un poco).
       El fantasma, la biografía del nonato, el lugar que no está ahí, el eco de ese sonido que aún no se produjo, la hache muda que inicia el trazo de su nombre rubricado por otro, son todas huellas y figuras perplejas que aluden a lo que nos hemos atrevido en llamar (como a este libro que las disemina sin fin) “El efecto Libertella”. No sería descabellado pensar, como ya hemos sostenido alguna vez por interpósita persona, que llegará el día en que, para nuestra sorpresa y nuestro asombro, una mera H solitaria o acompañada, ladina y feliz, nos señale el espectro libertelliano en los resquicios más recónditos de la lengua. Ese día, paradójicamente, Libertella se habrá liber(t)ado; habrá alcanzado su páthos, su éthos, su hýbris, su télos, su meta, su blanco, su fin. ¿Cómo evitaremos pensar, en ese futuro inexorable, que la H muda de nuestro maestro del oficio mudo es el sonido ausente de una literatura que jamás necesitó ser percibida para existir? ¿Cómo podremos negar la estrecha relación entre su ausencia presente y la presencia ausente de la H al pie de su foto sobre la mesa presidencial del Varela Varelita? ¿Cómo haremos para no ver su fantasma todo el tiempo y en todas partes, sonriente y distraído? Seguramente será imposible, y ahí, él, entonces, cumpliendo con su deseo de frenarse frente a la meta, por fin, habrá logrado ese corte, esa pausa, ese estado de gracia, ese cambio de ritmo esencial que estuvo persiguiendo durante toda su vida.
       Pero si el futuro ya fue, según proclamaban sus textos, esto quizá esté sucediendo ahora mismo, acá mismo, en este preciso momento, como si se tratara del último presente que Héctor nos legó antes de partir, para que también nosotros pudiéramos apreciar, agradecidos e incrédulos, los aplausos mudos que le tenían reservados en su morada final.

       No encuentro forma de terminar estas líneas, quizá porque el vacío que dejó tras su partida es imposible de llenar.

Marcelo Damiani