miércoles, 3 de agosto de 2011

Fragmento de "Estas nuestras madres"

Por Nicole Brossard

       Domingo: En los brazos de mi madre, estoy en los brazos de una mujer y mirando a mi padre. Él nos mira. Tiernamente. Es su día. Mi madre me mira. Yo estoy tocando a mi madre. Su cuerpo es obvio, la conozco como a una sensación. Pero para conocerlo a él, necesito mis ojos, tengo que hablarle. Él no se dejará tocar. Esperará hasta que pueda hablar antes de mostrar interés en mí. Perro bígamo.

        Ellos son diferentes
: Ella y yo nos tocamos la una a la otra. Él me habla. Yo no entiendo muy bien. Tengo que concentrarme. No puedo mantener el contacto físico con mi madre y escucharlo a él al mismo tiempo. Trato de entenderlo. De asirlo. Él es mi padre después de todo. Él está viviendo. Tengo que aprender a hablar. Palabra por palabra, como él. Para reflexionar. Si él pretende entenderme porque me ama, su pequeña nena, su pequeña alegría, habré ganado. Habremos hablado una vez en la vida: Eso será suficiente para mí. Si él no asiente, esperaré toda mi vida por esa palabra suya. Él hablará en mi nombre. Toda la vida. No habrá posibilidad de que mi madre venga a tocarme cuando él está ahí.

       La hija ha visto el sexo del padre como en un sueño. Ficción: La realidad emerge desde sus ojos.
                                                                     
Traducción: Marcelo Damiani

lunes, 1 de agosto de 2011

Se dice de mí...


Misterios no resueltos de esta obra

Por Marcos Rosenzvaig

       La historia comenzó con un llamado telefónico a las tres de la mañana. Manoteé el teléfono en la oscuridad y, de paso, me cargué un vaso con agua que se estrelló contra el piso, el reloj despertador cayó y las dos pilas volaron tan lejos que me la pasé buscándolas el resto de la noche. De todas maneras respondí el llamado. Marcelo ni se inmutó, me habló como si fuesen las cinco de la tarde. “Es urgente, tengo que verte”. Me dio las señas del bar, la hora y ni siquiera preguntó por mi disponibilidad. La cita sería por la tarde.
       Llegué no sin ciertas dudas. El sol casi lo velaba: me costó divisarlo en la mesa del bar. Me miró a través de sus lentes negros, movió la cabeza y me senté. Yo saqué un cigarrillo del saco. Se tomó su tiempo para hablar, pero antes de hacerlo ejerció su disciplina en cuanto a los recaudos, aunque el espionaje intelectual estaba de vacaciones, en la playa. Llamó al mozo y encargó un agua mineral natural con bajo contenido de sodio y sin gas. A su lado, un monje Tibetano podía pasar por vicioso.
       –Yo invito –dijo y despidió terminante al mozo sin encargar nada para mí.
       Me contó su idea con palabras sueltas. Yo esforzaba mi imaginación para hilarlas mientras el cigarrillo se resbalaba entre los dedos como un mago con una moneda. Jamás compré un encendedor. Tenerlo era un reconocimiento del mal.

       El resto del prólogo acá.