Por Marcelo Damiani
El pasado 21 de febrero se cumplieron 20 años del fallecimiento de
Guillermo Cabrera Infante. Fue en Londres, donde estaba exiliado desde 1965, luego de una séptima septicemia. Tuve la suerte de conocerlo a principios de este siglo, disfrutar de su gran (sexto) sentido del humor (erótico), intercambiar opiniones sobre cine y literatura, y con el tiempo, cuando le tocó partir, llegué a entablar una fuerte amistad epistolar con su musa, viuda y albacea, la inigualable Miriam Gómez.
En otros lugares ya he contado mi
fascinación por su primer personaje notable: Caín (pariente potencial del
Tomatis de Saer). También, como muchos, he sido hechizado por sus
grandes libros: Tres tristes tigres (1967), La habana para un infante
difunto (1979) y Holy Smoke (1985). Este último escrito en un inglés
brillante, a la altura del que enarbolaron los otros dos famosos
exiliados lingüísticos: Conrad y Nabokov. Pero estas líneas no son
para elogiar o recordar sus logros, sino para dejar constancia de mi
sorpresa. Nadie, a 20 años de la desaparición de uno de los grandes
escritores del siglo XX, ha escrito nada al respecto. La conclusión
parece evidente: Esta época, sin duda abyecta, no se lo merece.

