miércoles, 1 de enero de 2014

Granada literaria

       Así que cuando uno llega a esta exquisita ciudad lo primero que tiene que hacer es dar gracias por el sentido de la vista (no de la vida). Asumir, ante todo, que uno es afortunado. No importa si cae una leve llovizna o si pesa el equipaje. No importa si están arreglando la calle o el empedrado se empeña en detener nuestro avance. No importa, sobre todo, si uno está tentado de parafrasear al gran Kavafis: “Cuando emprendas tu viaje a la Alhambra / pide que el camino sea largo”.
       Sin duda, el lugar ideal para alojarse es la residencia “Carmen de la Victoria”, en la cuesta del Chapiz, en cuyo living aún está el piano con el que García Lorca solía deleitar a los pasajeros en tránsito. Pero uno no se puede engolosinar demasiado, ya que aún hay que cumplir con obligaciones académicas (una clase inaugural, género indómito por excelencia) y para ello recorrer las calles curvas, empinadas, angostas, en busca de la facultad de Filosofía y Letras, situada en un edificio cuyo brutalismo hi-tech es una muestra de la convivencia armónica de lo arcaico con lo novedoso (una constante en toda Granada), y que recuerda un poco a la Universidad Central de Caracas (patrimonio de la humanidad).
       Allí, en el Campus Cartuja (no de Parma), uno puede encontrar a su Hada Madrina (¿será una Nereida?), y entonces, como si durante la caminata nos hubiéramos deslizado imperceptiblemente en otra dimensión, de pronto uno siente que está dentro de un relato fantástico, en el que nada es imposible.
       “Pide que el camino sea largo”, continúa Constantinos, “que muchas sean las mañanas de verano”, en que bajes la cuesta con calma, guiado por tu Ana Madrina (definitivamente una Nereida, de Marbella), en dirección al mejor restaurante (secreto) de la ciudad. Ella, con su simpatía y magia andaluza, te mostrará las pequeñas tiendas fenicias y egipcias, donde luego te harás de hermosas mercancías, practicando el viejo arte del regateo. Así, mientras respiras el aire mediterráneo, te asaltará el recuerdo de la bella ciudad inglesa de Bath (deberías agradecer también que has tenido la suerte de vivir allí), acaso por el común antepasado romano que, a más de 15 siglos de distancia, aún se percibe en la arquitectura urbana.
       Después darán una vuelta por la plaza de la trinidad, y ahí dejarás que el violinista local reconozca tu acento argentino, para que se luzca con un tango que, por supuesto, no puede ser otro que “Volver”. Ahí deberán improvisar unos pasos como si realmente supieran bailar. Sentirás que es un soplo la vida, que veinte años no es nada, que febril la mirada, y que eso es una dádiva. Tal vez, porque “el viajero que huye, tarde o temprano detiene su andar”, de pronto, tu Hada Madrina (¿será Halia o será Galatea?) se despedirá, no sin antes sentarte frente a unas cañas con los nuevos amigos: Munir, Gonzalo, Tiffany, José Gabriel y Antonio Ginés, docentes, editores, escritores y filólogos del futuro.
       Así, disfrutarás de sus historias nórdicas y marroquíes, y te dejarás conducir por pubs y bares de tapas hasta llegar a La Tertulia, el refugio literario de la ciudad, regenteado por un cordobés argentino (la aclaración, acá, es pertinente) que tiene el honor de haber recibido la visita de Borges y Di Benedetto, nada menos. Es cuando alguien propone ir a la Alhambra en ese mismo momento, en plena noche, para colarse por un lugar secreto que sólo conocen los jóvenes, donde dormita un guardia gordo y en muy mal estado atlético: “Nunca nos alcanzaría si nos quiere correr”, acotan todos. Hay que reír con ganas de la ocurrencia, agradecer la invitación y, por supuesto, declinar la oferta. No sea cosa que en vez del guardia aparezca el jinete sin cabeza de Washington Irving.
       Ahora ya falta poco, porque has dejado lo mejor para el último día: La Alhambra. Levantarse temprano, desayunar bien y emprender el camino ascendente del cerro de Medina es la tarea mañanera. Allá arriba, cerca de la entrada, estarán esperándote los versos de García Lorca: “Quiero bajar al pozo / quiero subir los muros de Granada / para mirar el corazón pasado / por el punzón oscuro de las aguas”. En la calle Real (nombre borgeano-saereano si los hay) te aguarda el recuerdo de Manuel de Falla (que vivió allí entre 1920 y 1922), esta vez homenajeado en las sabias palabras de Juan Ramón Jiménez: “Se fue a Granada por silencio y tiempo, y Granada le sobredió armonía y eternidad”.
       Entonces sí, luego de resistir la fuerte tentación de mudarte a Granada para siempre, ya sólo queda entrar a esa fortaleza roja y recorrerla de punta a punta: El Palacio de Carlos V, la plaza de los aljibes, la alcazaba, el mexuar, el patio de los arrayanes, la puerta de la justicia, el Generalife, y el partal. Por fin, si es posible, hay que detenerse exhausto en el célebre patio de los leones, donde ya no es decoroso pensar, ni hablar, ni escuchar, ante tanta belleza, y sólo se puede optar por el silencio, porque es allí, precisamente allí, donde mueren las palabras.