lunes, 3 de noviembre de 2025

Barton Fink nunca estuvo allí


Por Marcelo Damiani

Barton Fink (1991) es la única película que los hermanos Coen bautizaron con el nombre completo de su personaje principal. De esta forma, irónicamente, no sólo convirtieron al fallido guionista en una suerte de cifra crítica del artista comprometido, sino que también se atrevieron a verbalizar sus vericuetos mentales, al final de cuyo recorrido, según él mismo confiesa, espera encontrar una abstracción metafísica: “El Hombre Común”. Por lo visto, Barton no sabe (o no recuerda) que el sueño de la razón (como su hermanita menor, la imaginación) engendra monstruos (como su vecino, el asesino), y que por lo tanto la vigilia puede ser una verdadera pesadilla. Tal vez todo lo que necesitaba para resolver sus problemas existenciales era un buen corte de pelo –porque el pelo es el deseo, ¿no? Una lástima, ya que justo por ahí cerca andaba Ed Crane, el peluquero protagonista de El hombre que nunca estuvo (2001). La distancia entre una y otra película es la misma que va de la víctima al victimario, de la opacidad del absurdo a la melancolía de la tragedia; de la excelencia de la imagen a la música de la perfección. Las sonatas de Beethoven, así, son el acompañamiento ideal para la trama de este barbero que quería ser lavandero, pero que rápidamente se convierte en asesino casual, y luego, del mismo modo que Barton, en fantasma social. Ambos personajes, ambas películas, ambos creadores, parecen perseguir una imagen acústica de lo indecible, a veces similar a la belleza hechicera de ciertas formas femeninas, siempre inalcanzables, a pesar de que estén ahí adelante, en la pantalla, de espaldas a nosotros, haciendo como que tocan el piano o contemplando el mar al mediodía, mientras las olas rompen contra la
playa y una gaviota se burla, cínicamente, de nuestra profunda perplejidad existencial.

viernes, 3 de octubre de 2025

Tres tristes tigres

       "El número tres, el adjetivo triste y el nombre común tigre se reunen nada más que en función de dificultar la pronunciación...

Me gustaba, además, la justicia sin duda poética del didactismo un día metódico del trabalenguas, que terminó en puro juego sin sentido, y por otra parte, la inevitable connotación metafísica entre esa fiera entre todas las fieras, ese animal que es, como la liana, epítome de lo salvaje y de lo exótico, habitantes de otros trópicos, y el sentimiento de malestar difuso que se llama tristeza, el más 'literario' de los males metafísicos y el más 'humano' de los estados de ánimo animales, expresado con una palabra típicamente latina. Además de que toda mi vida me ha perturbado la temible asimetría del tres que brilla oscuramente en el bosque de la mente."

Guillermo Cabrera Infante

domingo, 3 de agosto de 2025

¡Feliz cumpleaños!

“Veinte años no es nada”, dice el famoso tango “Volver”. Se equivoca, claro, y también tiene razón. Es mucho tiempo, por un lado, pero por otro, una vez pasado, poco queda, y tiende a nada. Tal vez por eso dudé en hacer este posteo recordatorio, de cuando fue publicado el libro que dio origen a este blog. Eran otros tiempos, por supuesto, y nada hacía prever este futuro anterior que nos tocaría vivir. No obstante, no estaría bien negar algunos de sus pequeños logros: Valorado por gente que valoro, reseñado en diversos medios nacionales y foráneos, traducido total o parcialmente a varias lenguas, presentado en ciudades del país y del extranjero, publicado en Francia e Italia, poseedor de una curiosa versión teatral, El oficio de sobrevivir me ha permitido llegar a lugares y personas que difícilmente hubiera podido conocer de otra manera. Y seguramente aún tiene mucho más para dar de sí. Por todo ello: Feliz cumpleaños, querido veinteañero. ¡Y salud!

jueves, 3 de abril de 2025

Guillermo Cabrera Infante

Por Marcelo Damiani

   El pasado 21 de febrero se cumplieron 20 años del fallecimiento de Guillermo Cabrera Infante. Fue en Londres, donde estaba exiliado desde 1965, luego de una séptima septicemia. Tuve la suerte de conocerlo a principios de este siglo, disfrutar de su gran (sexto) sentido del humor (erótico), intercambiar opiniones sobre cine y literatura, y con el tiempo, cuando le tocó partir, llegué a entablar una fuerte amistad epistolar con su musa, viuda y albacea, la inigualable Miriam Gómez. 

   En otros lugares ya he contado mi fascinación por su primer personaje notable: Caín (pariente potencial del Tomatis de Saer). También, como muchos, he sido hechizado por sus grandes libros: Tres tristes tigres (1967), La habana para un infante difunto (1979) y Holy Smoke (1985). Este último escrito en un inglés brillante, a la altura del que enarbolaron los otros dos famosos exiliados lingüísticos: Conrad y Nabokov. Pero estas líneas no son para elogiar o recordar sus logros, sino para dejar constancia de mi sorpresa. Nadie, a 20 años de la desaparición de uno de los grandes escritores del siglo XX, ha escrito nada al respecto. La conclusión parece evidente: Esta época, sin duda abyecta, no se lo merece.

lunes, 3 de febrero de 2025

Un día con Bolaño II

Por Marcelo Damiani

       Releo lo antedicho y me doy cuenta que es como dice Tiago (el aventurero lector que me conminó a escribir esto): Parece el principio de una clase. Tal vez no esté mal. O tal vez he dado demasiadas clases de Bolaño (más de 30, ahora que lo pienso). Pero lo cierto es que en esa época seguramente no hubiera podido. Así que podría recordar que en aquel momento estaba fascinado por el aire marino, el azul brillante del mediterráneo y el bamboleo de los trenes que me llevaron a Barcelona primero y a Blanes después. La combinación de paisaje en tránsito con buenas lecturas fue coronada por las acogedoras callecitas del pueblo costero que atestigua una foto que aún conservo. 

       Me han dicho que tan sólo unos años más tarde esa misma zona habría de convertirse en lugar de peregrinaje de jóvenes de pelo largo con aspiraciones literarias. El poder del mito.

       Así, de pronto, ya estaba frente a la puerta señalada. Toqué el timbre esperando que me abriera cualquier persona menos Bolaño. Pero fue él quien lo hizo, con su pelo alborotado, los lentes medio caídos y una sonrisa entrañable. Era como si desde el primer momento quisiera hacerme sentir en casa, a pesar de la distancia que nos separaba de nuestros respectivos países de origen. Tuve la rara sensación de que era como volver a estar con un amigo a quien nunca había conocido antes en persona. Una familiaridad que sólo aparecía ante ciertos autores que uno admiraba y que ellos agradecían en silencio con su amabilidad.

       Nos sentamos en un amplio living. Su mujer nos sirvió unos cafés con algo para picar mientras hablábamos. Pero esta charla previa no era parte del reportaje. Es más, parecía como si él me estuviera entrevistando a mí en vez de yo a él. No recuerdo casi nada de lo que se dijo en ese momento porque eran trivialidades sobre los viajes, personas que ambos conocíamos, algo de política y el tema del momento, la llegada del nuevo milenio. Incluso me acuerdo que estuvimos un rato hablando de cine y tampoco lo consideré muy importante. Hoy en día aún a veces me reprocho no haber encendido el grabador para que todo eso quedara documentado y eventualmente luego decidir si valía o no la pena transcribirlo y usarlo para la nota que iba a publicar. 

       Pero cuando saqué finalmente el grabador y me dispuse a comenzar formalmente el reportaje Bolaño se puso de pie diciendo que tenía hambre. El viaje desde Alemania le había abierto el apetito. Me preguntó si me gustaba la comida china, mi favorita en esa época, y ante mi respuesta positiva anunció que iríamos a almorzar a su restaurante favorito, muy cerca, sobre la playa, casi a la vuelta de la esquina. Así que llamó a su mujer, a su hijo Lautaro, y yo me sumé al clan como un nuevo miembro más. Era casi como un domingo en familia.

viernes, 3 de enero de 2025

David Lodge dejó el campus

Por Marcelo Damiani

       Mi amigo Alan Moon fue el primero que me habló de David Lodge. Un profesor universitario que dejó la vida académica para escribir ficciones sobre ella, adentrándose en ese subgénero que acá casi no existe: La novela de campus.

       Lodge fue uno de los grandes autores humorísticos ingleses del siglo XX. Su trilogía "Campus" no es sólo divertida, sino que también muestra el estado al que ha llegado la vida académica del primer mundo de manera brillante.


       Tuve la suerte de conocerlo, charlar con él en más de una ocasión, y también que me concediera una entrevista. En Inglaterra, tampoco dejé de notar que había cierto desdén hacia su obra, en el mismo ámbito que retrató mejor que nadie.

        En la entrevista que me concedió, allá lejos y hace tiempo, confesaba que "Small World" era la novela que más le gustaba de las que había escrito, y que cuando la hojeaba aún le hacía sonreír. No creo que muchos autores "serios" puedan decir lo mismo sobre algunos de sus libros.

       La entrevista completa acá.