lunes, 1 de julio de 2013

Casablanca


Rick: Louis, I think this is the beggining of a beautiful friendship

lunes, 3 de junio de 2013

Salinger se escapa de nuevo

Por Marcelo Damiani

       Con ecos de Mark Twain y Scott Fitzgerald, con cuasi epígonos como Thomas Pynchon y Lorrie Moore, hoy en día son pocos los que no reconocen el valor de Salinger. Ese hombre que trató de exorcizar sus demonios a través de la escritura, y en el camino, literalmente, encantó a varias generaciones de lectores. Su secreto para hacerlo, al que muchos sin dudarlo llamarían genio, tal vez esté en su autenticidad, ya que nunca cedió a las presiones externas, y básicamente hizo lo que le dictaba su sensibilidad y su intuición. Quizá ahí resida el carácter entrañable de sus personajes.
       Incluso en su temprano retiro podría vislumbrarse un atisbo de esos genios a los que tanto le gustó retratar. El mundo, sin duda, es una contingencia molesta para ellos, y tranquilamente pueden vivir sin su estupidez infinita. Un verdadero genio, parece haber gritado en silencio durante sus últimos 50 años, todo lo que necesita es un poco soledad para vivir en paz. Esa misma paz que el autor encontraba, paradójicamente, en escribir para sí mismo y no publicar. Ahí están sus libros para los que aún tenemos ganas de escuchar su voz; una voz que parece la de un amigo de la infancia, un amigo de verdad. Tal vez hacernos escuchar esa voz fue su único propósito, y lo consiguió con creces. Un pequeño milagro por el que todos deberíamos estar agradecidos, ya que el resto, como bien intuía el espíritu afín de Hamlet, es puro silencio.

       La nota completa acá.

sábado, 1 de junio de 2013

viernes, 3 de mayo de 2013

La verdad


       “No estoy necesariamente de acuerdo con todo lo que digo.”


Marshall McLuhan

jueves, 2 de mayo de 2013

Un arte

Por Elizabeth Bishop 

El arte de perder no es difícil de dominar
tantas cosas parecen decididas a extraviarse
que su pérdida no es ningún desastre.

Pierde algo cada día. Acepta la inquietud
de las llaves perdidas, la hora malgastada en vano.
El arte de perder no es difícil de dominar.

Luego entrénate en perder más lejos, perder más rápido:
lugares, y nombres, y donde era que querías viajar.
Nada de eso provocará un desastre.

Perdí el reloj de mi madre. ¡Y mira!, la última o
la penúltima de mis tres casas amadas se fue.
El arte de perder no es difícil de dominar.

Perdí dos ciudades entrañables. Y, aun más,
algunos reinos que tenía, dos ríos, un continente.
Los extraño, pero no fue un desastre.

Incluso perderte (la voz bromista, un gesto
que amo) no habré mentido. Es evidente
el arte de perder no es tan difícil de dominar
aunque pueda parecer (¡escríbelo!) un desastre.

El poema original acá.

miércoles, 1 de mayo de 2013

El gordito (continuación)

       –No te voy a dejar –le dices–, yo no, yo te quiero.
       Puede que parezca que estés algo emocionado, pero no, y aunque lo estés es porque ella sigue llorando, no por el secreto en sí. La experiencia te ha enseñado que esos secretos que repetidamente llevan a las mujeres a hacerse trizas son la mayoría de las veces algo de la importancia de haberse echado un palo con un animal, con un familiar o con alguien que les dio dinero a cambio.
       –Soy una puta –acaban diciendo siempre.
     –No, que no –insistes tú abrazándolas, o–: Shshshsh –si sigue llorando.
      –De verdad que es algo muy gordo –insiste ella, como si hubiera descubierto esa despreocupación tuya que tanto has intentado ocultar.
       –Puede que dentro de ti suene espantoso –le dices–, pero es por la acústica. Ya verás cómo en cuanto lo saques, de repente te parecerá mucho menos grave.
        Ella casi se lo cree y tras dudar un instante dice:
     –¿Si te dijera que por las noches me convierto en un hombre peludo y enano, sin cuello y con un anillo de oro en el meñique, entonces también seguirías queriéndome?
      Y tú le dices que por supuesto, porque qué vas a decirle, ¿Qué no? Lo único que está intentando es ponerte a prueba para ver si la quieres incondicionalmente, y tú siempre has estado soberbio ante cualquier prueba. Además, la verdad es que en cuanto se lo dices ella se derrite y ya están cogiendo, así, en el salón. Después se quedan abrazados y ella llora, porque se siente aliviada, y tú también lloras, sin saber por qué. Pero a diferencia de otras veces ella no se marcha. Se queda a dormir contigo. Y tú te quedas despierto en la cama, mirando su hermoso cuerpo, el sol se está poniendo ahí afuera, la luna, que aparece de repente como de la nada, la luz plateada que le toca el cuerpo acariciándole el vello de la espalda. Y en menos de cinco minutos te encuentras con que a tu lado, en la cama, tienes a un hombre bajito y regordete. El hombre en cuestión se levanta, te sonríe y se viste algo turbado. Sale del dormitorio, y tú tras él, hipnotizado. Ahora ya está en el salón, pulsando con sus rollizos dedos los botones del control de la tele, dispuesto a ver los deportes. Fútbol, un partido de la Liga de Campeones. Cuando fallan el tiro te dice que tiene la garganta seca y el estómago vacío. Que se le antojan unos bocadillos, de ser posible de pollo aunque también podrían ser de res. Así que te subes con él en el coche y lo llevas a un restaurante cercano que conoce. La nueva situación te tiene preocupado, muy preocupado, pero no sabes muy bien qué hacer porque la central neuronal de la decisión está paralizada. La mano cambia las marchas mientras bajas hacia Ayalon, como la de un robot, y él, en el asiento de al lado, tamborilea en el tablero con el anillo de oro que lleva en el meñique; cuando en el semáforo que hay junto al cruce de Beit Dagon baja la ventanilla electrónica, te guiña un ojo y le grita a una soldado que está haciendo autoestop:
       –Flaca, ¿quieres que te subamos atrás como una cabra?
       Después, en Azor, te pones a comer carne con él hasta reventar mientras lo ves disfrutar de cada bocado y reírse como un niño. Y todo el rato te dices a ti mismo que no es más que un sueño, un sueño extraño, es verdad, pero de esos de los que enseguida vas a despertar.
       A la vuelta le preguntas dónde se quiere bajar, pero él se hace el sordo y pone cara de pobrecito. Así que te ves volviendo a tu casa con él. Son casi las tres de la mañana.
     –Me voy a dormir –le comunicas, y él te dice adiós con la mano desde el sillón y sigue con la mirada clavada en el canal de la moda.
     Por la mañana te despiertas cansado, con un poco de dolor de estómago y la encuentras en el salón, todavía dormitando. Pero en cuanto has terminado de bañarte se levanta, te abraza con cierto aire de culpabilidad y tú te sientes demasiado confuso como para decirle nada. El tiempo pasa y siguen juntos. El sexo no hace más que mejorar día con día, ella ya no es tan joven, ni tú tampoco, así que un buen día te encuentras hablando de tener un hijo. Por la noche tu gordito y tú se la pasan en grande cuando salen, como nunca te la habías pasado en la vida. Te lleva a restaurantes y a bares de los que antes no te sonaba ni el nombre, bailan juntos encima de las mesas y rompen platos y más platos como si la mañana no existiera. El gordito es un poco grosero, sobre todo con las mujeres. A veces tú no sabes dónde esconderte por las majaderías que hace. Pero, aparte de eso, la verdad es que está muy bien estar con él. Cuando se conocieron, a ti el fútbol no te interesaba demasiado, mientras que ahora ya conoces a todos los equipos y cada vez que el equipo del que son hinchas gana te sientes como si hubieras pedido un deseo y éste se hubiera cumplido, un sentimiento tan poco frecuente, especialmente en alguien como tú, que normalmente no sabes ni lo que quieres. Y así, todas las noches, te duermes con él cansado viendo los partidos de la liga argentina y por la mañana vuelves a despertarte al lado de una mujer guapa y comprensiva a la que también amas a rabiar.

miércoles, 3 de abril de 2013

Les étoiles selon Rey

Marcelo Damiani 

       Au début, Reynaldo était simplement Rey. Il régnait, souverain et autarcique, sur ses parents, ses tantes et ses oncles, ses grands-parents ainsi que sur les amis de la famille, sans le moindre obstacle ou la plus petite opposition. Il n'avait qu'à émettre un son guttural et las en désignant l'objet de son désir pour que sa volonté soit exaucée sur-le-champ. La vie, à cette époque-là, consistait à individualiser la forme des choses qui pullulaient autour de lui, et ensuite, à se consacrer à la tâche ardue de décider s'il les voulait maintenant ou plus tard. Sans doute était-ce là que résidait la clé permettant de comprendre sa fascination précoce pour le cinéma, même s'il se plaignait souvent d'avoir connu le septième art assez tard. Sa mère l'avait emmené pour la première fois dans une salle de projection peu avant qu'il fête ses quatre mois, à son 111e jour de vie pour être exact, et cela, évidemment, équivalait à une irrémédiable perte de temps.

      Texte intégral ici.

lunes, 1 de abril de 2013

El cine y sus fantasmas

Por Jacques Derrida

La experiencia cinematográfica pertenece de cabo a rabo a la espectralidad, que yo relaciono con todo lo que se puede decir del espectro en psicoanálisis –o con la naturaleza misma de la huella. El espectro, ni vivo ni muerto, está en el centro de algunos de mis escritos, y es ello lo que –para mí– hace quizás posible un pensamiento del cine. Por otra parte, los lazos entre espectralidad y cinematografía son el tema de numerosos escritos hoy en día. El cine puede poner en escena la fantasmalidad, casi frontalmente, por cierto, como una tradición del cine fantástico, las películas de vampiros, o de aparecidos, algunas obras de Hitchcock... Hay que distinguir todo esto de la estructura de cabo a rabo espectral de la imagen cinematográfica. Todo espectador, durante una función, se pone en contacto con un trabajo del inconsciente que, por definición, puede ser asimilado al trabajo de la obsesión [hantise] según Freud. Él llama a esto experiencia de lo que es «extrañamente familiar» [unheimlich]. El psicoanálisis, la lectura psicoanalítica, se encuentra a sus anchas en el cine. En primer lugar, psicoanálisis y cinematografía, son en verdad contemporáneos; numerosos fenómenos ligados con la proyección, con el espectáculo, con la percepción de ese espectáculo, poseen equivalentes psicoanalíticos. Walter Benjamin tomó muy pronto conciencia de esto, y aproximó desde un principio a ambos procesos, el análisis cinematográfico y el psicoanalítico. Incluso la visión y la percepción del detalle en una película están en relación directa con el procedimiento psicoanalítico. La ampliación no sólo agranda, el detalle da acceso a otra escena, una escena heterogénea. La percepción cinematográfica no tiene equivalente, sino que es la única que puede hacer comprender por experiencia lo que es una práctica psicoanalítica: Hipnosis, fascinación, identificación, todos estos términos y procedimientos son comunes al cine y al psicoanálisis, y he ahí el signo de un «pensar en conjunto» que me parece primordial. Por otra parte, una función [séance] de cine es apenas un poco más larga que una sesión [séance] de análisis. Uno va a hacerse analizar al cine, dejando aparecer y hablar a todos sus espectros. Se puede, de manera económica (en relación con una sesión de análisis), dejar volver los espectros en la pantalla.

domingo, 3 de marzo de 2013

Veglia

                                             Giuseppe Ungaretti
Un'intera nottata
buttato vicino
a un compagno
massacrato
con la sua bocca
digrignata
volta al plenilunio
con la congestione
delle sue mani
penetrata
nel mio silenzio
ho scritto
lettere piene d'amore
 
Non sono mai stato
tanto
attaccato alla vita


Una versión en castellano acá.

viernes, 1 de marzo de 2013

Afinidades electivas

Por Marcelo Damiani


Papeles de trabajo (2012) de Juan José Saer recuerda a La preparación de la novela (2005) de Roland Barthes. Curiosamente, o no, ambos autores fueron contemporáneos, y sin conocerse, estaban escribiendo estos (no) libros en la misma época, siendo casi vecinos, en un sentido que excede totalmente lo bio-geográfico.
Quien algún día se tome el trabajo de cotejarlos encontrará muchas afinidades, y nada nos impide imaginar que Saer y Barthes se hayan cruzado más de una vez por las callecitas o los cafés de París, sin verse, cada uno sumido en su mundo, que de alguna forma, ahora, también es el nuestro.

       La nota completa acá.

domingo, 3 de febrero de 2013

"Brazil" de Terry Gilliam

Por Reynaldo Gómez


       La historia de Brazil es bastante simple aunque a primera vista parezca complicada. Sam Lowry, como muchos personajes de Onetti, es una suerte de Hamlet soñador, y como todo soñador, también un solitario; un soñador solitario que vive escindido entre la persecución literal de la mujer de sus sueños, su trabajo burocrático en un organismo gubernamental, las constantes presiones de su madre para que encarrile su vida y el acoso despiadado al que lo somete una realidad que él no quiere ver, pero que tiene la forma de un estado totalitario, y por lo tanto, represor.

       El texto completo acá.

sábado, 2 de febrero de 2013

Los invasores

Los invasores: Seres extraños de un planeta que se extingue. Destino: La tierra. Propósito: Apoderarse de ella. David Vincent los ha visto. Para él, todo empezó una noche en un camino solitario, cuando buscaba un atajo que nunca encontró. Comenzó con un merendero cerrado y abandonado, con un hombre tan fatigado que no podía seguir en viaje. Comenzó con la llegada de una nave de otra galaxia. Ahora, David Vincent sabe que los invasores han llegado, que se han adaptado al aspecto humano. De alguna forma, debe convencer a un mundo incrédulo que la pesadilla ha comenzado.

viernes, 1 de febrero de 2013

Las delicias de la jaula

Por Marcelo Damiani

     Freud afirma: "Nuestros enfermos histéricos padecen de reminis-cencias. Sus síntomas son restos y símbolos mnemónicos de determinadas experiencias (traumáticas)". Y a continuación agrega: "Una comparación con los símbolos conmemorativos que hallamos en otros ámbitos quizá nos conduzca a una comprensión más profunda de esta simbólica. También son símbolos mnemónicos las estelas y monumentos con que adornamos nuestras grandes ciudades". Más tarde, Jacques Lacan dará a esos monumentos un matiz de hermetismo al hablar, en un pasaje célebre de su "Informe sobre Roma", de los "jeroglíficos de la histeria". La literatura de Libertella participa de esos signos histéricos, donde algo íntimo se proyecta, de modo enigmático, en lo monumental y en lo público (es decir, en lo publicado). Una palabra valija inventada por Hélène Cixous dice esto brevemente: L´hystérature.

       El texto completo acá.

jueves, 3 de enero de 2013

Génesis

Por Alan Moon
 
       Había una vez un cavernícola que no podía dormir. Su esposa había probado todas las argucias del inexistente Kamasutra para convocar el sueño. Sus parientes le habían dado todo tipo de yerbas. Sus conocidos lo habían llenado de consejos extravagantes. Pero nada daba resultado. El hombre lo había probado todo. Sus ojos abiertos habían adquirido una redondez sempiterna y ya no daban la sensación de parpadear. Una madrugada, mientras pensaba seriamente en el suicidio, la caverna donde vivía se movió. Una piedra se desprendió del techo y el cavernícola la atrapó con ambas manos casi sin moverse. Al instante siguiente estaba dormido. Desde esa madrugada, cada vez que quería dormirse todo lo que tenía que hacer era tomar la piedra entre sus manos y mirarla fijamente. El sueño venía solo. Con el tiempo el hombre fue evolucionando y necesitó cada vez de más estímulos. Así, la piedra fue tomando una forma rectangular y dócil y sus asperezas empezaron a tener algún sentido.
        Había nacido la literatura.

miércoles, 2 de enero de 2013

Yo soy un hombre sincero

Por José Martí

Todo es hermoso y constante,
Todo es música y razón,
Y todo, como el diamante,
Antes que luz es carbón.


El poema completo acá.

martes, 1 de enero de 2013

Entrevista en La voz del interior

Por Gustavo Pablos

      "Escribir es una lucha contra el mundo, contra sus imposiciones, contra la lengua, contra los personajes, incluso a veces contra la escritura misma. Pero tampoco hay que ver esto como una suerte de apología del artista torturado. Hay un placer en la escritura que yo trato de buscar todo el tiempo."
 
       La entrevista completa acá.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Jueces (continuación)

Desde este privilegiado punto de vista, también, he tenido la oportunidad de reflexionar sobre la profunda decadencia en la que ha caído el mundo a partir de mi partida. Es que como ya sostuvo un gran filósofo, cuyo nombre no mencionaré por puro pudor nominal, el mundo es la esfera del capricho, del azar y del error. Su presente, por lo tanto, no me sorprende.
Todos los que han seguido mi sagaz saga saben que el mundo –por no decir el universo– jamás fue compatible conmigo, ya que no hay nadie menos caprichoso, menos aleatorio y menos erróneo que yo. Sin ningún tipo de hipocresía, de hecho, puedo afirmar que antes pensaba que nunca cometía errores; ahora, en cambio, me he dado cuenta de que siempre tengo razón.
Estos certeros juicios sobre mí mismo, por cierto, creo que me habilitan mejor que a nadie a la hora de evaluar la nueva aventura del Gato. Mi labor jurídica, por otra parte, me pone en la obligación moral de realizar una severa advertencia a ese ser sensible que posa sus ojos amables sobre mi prosa fálica: Usted, amigo lector, está a punto de entrar a un verdadero bestiario, cuyo monstruo de feria no es otro que el ya de por sí lamentable espécimen humano. Considérese notificado.
Tampoco puedo dejar de hacer notar, para seguir con los veredictos, el extraño poder de supervivencia que ha demostrado esta auténtica ficción inútil. No sólo ha resistido ciclones, huracanes, tornados, tifones, tsunamis, monzones, trombas marinas, terremotos y tormentas de todo tipo, sino también mutilaciones éticas, estéticas y cibernéticas; sin olvidar, por supuesto, varios viajes a territorios inexplorados por nuestros sedentarios amanuenses. La distracción, así, no es sólo la distracción de los viajes, sino también los viajes de la distracción.
Coherentemente, estamos frente a un texto en tránsito que disfruta de los desvíos del camino como si se tratara de una película de David Lynch. No es casual que el cineasta sureño fuera uno de los favoritos de ese cubano genial que jugó con las palabras como ninguno y que aquí es homenajeado holográfico por el flemático Gato. Antes, durante la corta amistad que los reunió en Londres, tuvieron la oportunidad de compartir su pasión por las anécdotas, el cine y los seudónimos, entre muchos otros deleites no tan santos.
Ahí, como ya lo había hecho yo mucho antes, ambos comprendieron que todos somos jueces en la película de nuestra vida, y como no queremos perder el juicio, ni sufrir ningún desafuero, más allá de toda duda irrazonable, no podemos dejar de contar historias, ni de contemplarlas, incluso (a veces) haciéndonos pasar por otros, para que las injusticias y los prejuicios ajenos, hasta el hipotético juicio final, algún día, no nos sean tan desfavorables.
Nadie sabe muy bien cómo evaluar lo que le cuentan sus amigos sobre sí mismos, pero tendemos a disfrutar más de lo que nos cuentan sobre los otros, quizá porque todos (tarde o temprano, mucho o poco) siempre queremos ser otros. Salvo yo, claro, que nunca quise ser otro que Caín en “La aventura de la ballena y la mariposa”.

La aventura de la ballena y la mariposa

Cuenta una leyenda de la isla que en La Habana habanera y revolucionaria del verano boreal de 1962, el gran escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, también conocido como Caín, subió una noche al escenario para hablar de cine –su gran pasión–, pero terminó pasmando al público con una afirmación animal:
“¡Orson Welles es una ballena!”.
Después de esa declaración cetácea, casi cetina, Cabrera abandonó tranquilamente el lugar sin decir ni una solitaria palabra más. Infante, fiel a su condición de infante, a la noche siguiente subió al estrado de nuevo, pero ahora en medio de un mutismo absoluto. De pronto, a sus espaldas, a manera de diálogo de película muda, apareció un cartel que decía así:
“¡Orson Welles es una mariposa!”.
                                                                                                  
En el prefacio de Arcadia todas las noches, ese homenaje en forma de libro al arte de la digresión, Cabrera Infante, lejos de responder sobre el carácter lepidóptero o cetáceo de Orson Welles, asegura que si bien él dio esas charlas sobre cine, nunca hubo ni ballenas ni mariposas. Conociéndolo, sin embargo, podemos adivinar lo que quiso decir: “Todo eso ocurrió más o menos así, pero el único culpable fue Caín”.
Caín, por supuesto, no es el famoso personaje bíblico (soterrado alter ego de ese asesino en serie que se atribuye el nombre de Dios), sino un mero crítico de cine cínico, perpetrado por la pluma de Cabrera (y la inocencia de Infante) para beneficiarse con miles de años de publicidad gratuita. Esta mezcla de tahúr, latin lover y enfant terrible va a ser la cara visible de una verdadera estética de la provocación verbal. Por medio de ella, como querían los surrealistas, el autor-actor podrá liberarse de los estribos de la razón y dejar que aparezca el delirio y el vértigo de toda verdadera ficción.
El Gato sin duda extraña a Cabrera, y luego de sus largas charlas londinenses, luego de su breve amistad de retruécanos, cinefilia y sinuosidades femeninas, ha decidido homenajearlo homérico y resucitar a su heterónimo y alter ego. Es justamente por esto, mis taimados lectores, que estoy en condiciones de afirmar, categórico e impío, que Caín (como yo, como pocos) ha regresado reptando de entre los muertos, y está acá para quedarse. Por lo menos hasta que su espíritu distraído nos soporte.
Ahora sí, damas y caballeros, basta de dilaciones, ya es hora de que empiece la función.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Una sonrisa seria

Por Carlos Schilling

       La parodia es una de las formas más elegantes de seguir escribiendo cuando ya no queda absolutamente nada por decir. En ese sentido, toda la literatura de Occidente puede ser considerada una gran parodia de sí misma. Una enorme oración que no quiere llegar a ninguna parte. La suma de sus temas tiende despreocupadamente a cero, y la suma de sus páginas tiende alegremente al infinito. Es ese vacío el que hace posible las historias, en él nacen y en él mueren todos los relatos, porque nada hay que nos sostenga además de las palabras. Pero esta levedad no carece de vértigos, de allí que los buenos textos paródicos provoquen en el lector eso que César Aira llama una sonrisa seria, y de allí que podamos afirmar que Adiós, pequeña pertenece a la clase de libros que uno lee pensando que si no existiera la literatura, en este planeta no existiría realmente nada. 
       Y no se trata tan sólo de un elogio, sino de una manera de señalar que el mundo que se pone en movimiento en la novela de Damiani es un mundo puramente literario, más legible que visible, un escenario donde los personajes y las acciones se proyectan sobre un fondo hecho con otros personajes y otras acciones, y allí adquieren esa consistencia ilusoria que los caracteriza. Sería imposible entender sus gestos, sus diálogos o sus peripecias, si nuestra imaginación no estuviera saturada por esa especie de segunda realidad que las novelas y los films policiales le han impuesto a las grandes ciudades como una atmósfera ficticia. Y es justamente allí donde actúa la parodia de Adiós, pequeña, en esa segunda realidad que vemos disolverse gradualmente a medida que avanza la novela hasta que por fin desaparece en su última página.

      Publicado en La voz del interior (15-02-1996). La foto acá.

sábado, 1 de diciembre de 2012

The Stars according to King


By Marcelo Damiani

       Kingston, to begin with, was simply King. He ruled, sovereign and omnipotent, over his parents, uncles, grandparents and family friends without any kind of obstacle or opposition. A weary gurgle and a gesture towards the object of his desire was all it took for his every whim to be met. Life, at that time, consisted of identifying the shape of things that swarmed around him, then making the difficult decision as to whether he wanted them now or later. Here, surely, lay the key to understanding his early fascination with the cinema, even though he often complained he had discovered the seventh art rather late. His mother had taken him to the cinema for the first time when he was just 4 months old (111 days to be precise) and this, of course, represented irretrievably lost time. 

       The rest of the story here.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Entrevista histérica

Por Julia Milanese 

       -Hablaste de una narrativa histérica que es un virus que se propaga, conforma genealogías literarias y que tiene su germen en Macedonio. ¿Podrías explicarnos un poco más a qué te referís con la histeria? 

       -Es una idea que hace tiempo vengo desarrollando donde la histeria es algo positivo. Históricamente la histeria es una enfermedad femenina. A partir de Freud, y sobre todo de Lacan, aparece una lectura distinta de la histeria. Ahora se la puede ver como una forma de conocimiento. Esto yo lo tomo libremente para la literatura, y la redefino con un doble movimiento. Por una parte, el intento de conquista (del lector, si se quiere, pero también puede ser de un espacio nuevo o ajeno), y por otro lado, cuando ya se ha ganado lo que se buscaba, aparece el rechazo (de eso mismo que se conquistó, sin tomar posesión de ello). En “Tantalia” Macedonio incluso la enuncia como una especie de plan. Tienta y niega. La histeria también tiene algo de lucha contra el poder, pero sin ideología ni fines programáticos; en este sentido, está muy cercana al anarquismo. Todos los prólogos de Museo… serían parte de este juego, sumado al intento de Macedonio de huir de lo establecido, a su resistencia a la escritura, a la publicación, a los finales. Leyéndolo, es evidente que él tenía una gran pasión por comenzar, pero no le pasaba lo mismo con los finales, y ahí también está la histeria. 

       -¿Cómo funcionaría esto en Borges y su seducción constante? 

       -Borges invierte el patrón de su maestro. Macedonio escribe desde el rechazo a la escritura, dejando la seducción en un plano casi extra-literario. Borges trabaja al revés. Pone a la seducción en primer plano, como si todo lo concentrara en ella, y deja el rechazo para la empatía extrema y la novela. En la histeria la seducción es el objetivo principal. El rechazo está fuera de los textos. Entonces el lector puede llegar a no enterarse de este universo casi hostil que rodea las formas breves borgeanas. Por eso acá habría un gesto histérico, casi un micro gesto, sólo detectable por el ojo experto. Es el resabio que queda luego de la gran lección macedoniana. 

       -Hay otro lazo en el que hablás de Lamborghini y Libertella. 

       -Sí, es una línea que tiene que ver con cierta poética de la neovanguardia. Lamborghini juega a construir algo a medio camino entre la histeria y el hermetismo. Pero el que mejor comprende esto es Libertella. Me refiero sobre todo a la relación entre el germen histérico presente en Macedonio y su devenir en gesto histérico en Borges. Libertella va a extremar este recorrido, llevándolo al hermetismo. Y de ahí ya no sé si hay retorno. 

       -Recién decías que Macedonio era incomprensible para el momento, y en otro lugar dijiste que escribía para un lector del porvenir. ¿Sus prólogos irían preparando a un lector que nunca llega? 

       -El prólogo, si vos lo pensás, y esto lo dice Roberto Ferro, promete un presente a futuro. La novela es un presente casi constante, y en ese sentido el prólogo promete ese presente que en realidad se está tramando en el futuro, un futuro que está en otro lugar del texto. Pero también es cierto que en el caso de Macedonio no se podría afirmar que está en otro lugar de su texto, sino que estaría en otro lugar de la literatura. Es casi como si pudiéramos decir que los prólogos de Macedonio prometen o anuncian a Borges. Todo lo que él no puede o no quiere hacer, va a quedar como un legado que Borges de alguna manera retomará. No es casual que escriba tantos prólogos, no es casual que se niegue a escribir una novela...

       -Volviendo a las genealogías de la histeria, ¿quién sería hoy el que seduce y rechaza el “poder”? 

       -Por ahí me equivoco, pero creo que nadie. En realidad hay una especie de mal de época que es la sobre-adaptación. La sobre-adaptación es lo opuesto de la histeria y la resistencia al poder que ella postula. Los sobre-adaptados se mimetizan, se estudian y se copian o se utilizan; a veces, incluso, se comen. Ellos están convencidos que en muchos ámbitos hay que mimetizarse para evitar el rechazo, y tienen un miedo terrible (a veces un verdadero pavor) al rechazo. Esto los obliga a practicar comportamientos miméticos que luego no pueden sacarse de encima. Son como esos actores que terminan haciendo de sí mismos en todas las películas. La gran mayoría, además, son pusilánimes. Así, hoy en día, creo que podemos ver toda una serie de imitadores de Borges, de Cortázar, de Saer, de Aira, de Piglia, de Marcelo Cohen, de Abelardo Castillo o de Andrés Rivera, para sólo nombrarte a algunos de los que tienen más epígonos. 

       -Son como Zelig... 

       -Sí, claro, es el mal del camaleón. Zelig es la película acerca de la sobre-adaptación llevada a un nivel físico. Me parece que eso es lo que está sucediendo un poco en términos generales en el ámbito literario. Es lo opuesto de la histeria. Por eso también es muy difícil encontrar un histérico, porque el histérico, en algún punto, frente a esta situación, tiene que correrse, tiene que desaparecer, y adoptar algo así como una estética del silencio o del pudor, ya que nuestra época también tiene una gran polución sonora y es demasiado exhibicionista. 

       -¿Podrían estar en Internet? 

       -En Internet es más probable. Uno se puede esconder mejor. Hay tantas cosas ahí que los textos funcionan como un árbol (saussuriano, claro) escondido en el Amazonas. El problema ahí es que alguien lo encuentre. Porque hoy en día todo el mundo tiene Internet, Blog, Facebook, Twitter. Tal vez habría que resistirse más o incluso negarse a estar en Internet. 

       -Vos como escritor, ¿sos un histérico o un sobre-adaptado? 

       -No sé, tal vez ninguno de los dos, pero sin duda estoy más cerca de la histeria que de la sobre-adaptación. Porque además me parece que la postura del histérico es más interesante. La postura del sobre-adaptado es mentirosa con uno mismo, uno no está de acuerdo con todo lo que lo rodea. En ese sentido, el histérico tiene una relación más cercana a la autenticidad. El sobre-adaptado está todo el tiempo controlándose, todo el tiempo mintiendo, todo el tiempo tratando de deducir lo que piensa el otro para agradar, conquistar o no ser rechazado. Es una especie de esclavitud del deseo ajeno, porque hace cualquier cosa para lograr lo que desea a través del deseo del otro (siempre y cuando el otro tenga algún tipo de poder, claro); incluso auto-humillarse, por supuesto; en un punto es enfermizo, casi te diría que clínicamente. No soy un sobre-adaptado, por suerte, y sé que si elijo o puedo elegir, siempre prefiero ser un histérico. De todos modos, hay una histeria negativa que es sólo un mecanismo de negociación mercantil (algo que no me interesa); yo me quedo con la otra, con la que busca lo auténticamente literario, aunque el precio que haya que pagar sea un cierto ostracismo social.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Macedonio en Página/12


Por Silvina Friera
       
       “Marcelo Damiani dice que Macedonio “escribía pensando en el porvenir, en un lector futuro, para nada inmediato y a contrapelo de cualquier tipo de imposición social”. “Hoy en día me parece que es al revés: casi todos escriben demasiado preocupados por el presente o el pasado, hecho que explica el éxito de la crónica y la novela histórica. Macedonio, por contraste, pone en evidencia el síntoma o malestar de la época que nos ha tocado vivir: La sobre-adaptación. Es probable que alguien haya logrado romper este ‘miedo al rechazo’, pero como la crítica y el mercado también lo padecen –es decir que se prefiere seguir buscando herederos o avalando fórmulas y tendencias antes que pensar en términos de singularidad–, seguramente el nombre del afortunado permanecerá en secreto por un buen tiempo más.”

        La nota completa acá.

martes, 2 de octubre de 2012

Slika

           Ante Nadomir Tadić Šutra

Slika nije riječ, a govori.
Slika ima dušu čovjeka.
Sika kao rijeka.
i dok šuti, k' o potok žubori.

Slika nije munja, a sijeva.
Slika nije biće, a živi.
Slika nije pjesma, a pjeva
i nikoga ni za što ne krivi.

Slika nije Bog, a prašta.
Slika nije sudac, a sudi.
Slika je i zbilja i mašta,
ona je obris prirode i ljudi.

Slika se uvijek slikom zače.
Slika se približava i gubi.
Slika se smije i plače.
i ona se mršti, i ona ljubi.

El poema en castellano acá.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Les étoiles selon Rey

Marcelo Damiani

Au début, Reynaldo était simplement Rey. Il régnait, souverain et autarcique, sur ses parents, ses tantes et ses oncles, ses grands-parents ainsi que sur les amis de la famille, sans le moindre obstacle ou la plus petite opposition. Il n'avait qu'à émettre un son guttural et las en désignant l'objet de son désir pour que sa volonté soit exaucée sur-le-champ. La vie, à cette époque-là, consistait à individualiser la forme des choses qui pullulaient autour de lui, et ensuite, à se consacrer à la tâche ardue de décider s'il les voulait maintenant ou plus tard. Sans doute était-ce là que résidait la clé permettant de comprendre sa fascination précoce pour le cinéma, même s'il se plaignait souvent d'avoir connu le septième art assez tard. Sa mère l'avait emmené pour la première fois dans une salle de projection peu avant qu'il fête ses quatre mois, à son 111e jour de vie pour être exact, et cela, évidemment, équivalait à une irrémédiable perte de temps. Par ailleurs, à travers le défilé incessant des images à l'écran, le petit Rey avait découvert le phénomène de la déception. Les sons gutturaux, les gestes spasmodiques et jusqu'aux plus épouvantables des crises de larmes semblaient insuffisantes pour endiguer le flot des objets désirés et rapidement perdus à jamais dans cette lucarne de l'infini. C'était comme se trouver au milieu d'un incontrôlable ouragan de stimulations qui le secouait d'un côté et de l'autre sans aucune compassion. Rey ressentait des explosions de plaisir, mais comme si, simultanément, elles étaient submergées dans un turbulent courant de douleur. Cela semblait destiné à venir à bout de sa capacité d'étonnement, ainsi que de son énergie, vu qu'après ses véritables séances de torture, il finissait épuisé. De sorte que chaque sortie au cinéma affaiblissait son pouvoir, et pendant un temps, le transformait en un bébé apathique et méditatif, nourrissant de lourds soupçons sur l'authenticité de son règne. Progressivement, cependant, les choses reprenaient leur cours normal et il recommençait à exercer son pouvoir tyrannique sur les tous êtres qui l'entouraient. Parallèlement, son désir de retourner au cinéma s'aiguisait, pour prouver de nouveau sa force devant ce rival qui le tentait avec des objets qu'ensuite il cachait ou faisait simplement disparaître, sans qu'intervienne une quelconque logique ou notification. En outre, plus il y avait de temps qui s'écoulait entre deux films, plus il était sûr que cette fois, il pourrait contrôler le flux d'images à sa guise. Sauf que quand il revenait dans la salle obscure, les choses continuaient à lui échapper irrémédiablement. Et sa mère, au lieu de lui fournir ce qu'il demandait, comme à n'en pas douter c'était son rôle, l'emmenait loin de là, sous la menace – unique option raisonnable face à ses cris et trépignements puérils ; du moins jusqu'à ce que sa gorge se fatigue de hurler et que tout son corps, vaincu, glisse dans le sommeil. Voilà comment le cinéma devint son pire ennemi.
La naissance de sa sœur, l'apprentissage de l'alphabet et l'apparition de nouveaux et plus grands obstacles l'empêchant de préserver son règne dans le palais familial, lui donnèrent néanmoins l'opportunité d'afficher une certaine indifférence à l'égard de ce monstre qui se montrait toujours si imperturbable vis-à-vis de ses pouvoirs plus que douteux. Ensuite, comme ces ennemis dont les vies finissent par dépendre du combat qu'ils ont entrepris, il se mit à être subjugué par les images. Leur magie le projetait hors du monde. En une misérable tentative pour découvrir leur mécanisme, il avait l'habitude de se repasser mentalement les meilleures parties des films qu'on l'emmenait voir, cherchant à débusquer le truc qui l'avait fait tomber dans leurs filets. De sorte qu'il sombra dans le fétichisme. Par le biais de photos et de figurines, il essayait de s'approprier certains visages ou personnages qui, toutefois, ne cessaient pas de lui démontrer leur caractère revêche et fuyant. Peu importait tout ce qu'il avait déjà, il y avait toujours quelque chose qui échappait à son pouvoir ; il comprit donc que la réalité n'était en rien similaire à ses images. Peut-être est-ce à cause de cela qu'il ne sentit pas que ses pouvoirs étaient en train de vaciller, jusqu'à ce qu'il relie ce qu'il se passait sur l'écran à des paroles précises qu'il apprenait jour après jour, et qui paraissaient, au même titre que les images, destinées à emplir de sens le courant des événements qu'était sa vie. Le point d'inflexion, lorsque les images et les mots se mêlèrent pour toujours, surgit dans un cinéma en plein air, non loin du dernier qu'il restait sur l'île ; là, il découvrit le secret des étoiles.
Sa famille venait d'arriver à Buenos Aires et Rey avait déjà nombre de souvenirs heureux d'autres cinémas en plein air et d'autres nuits d'été passées à contempler des films à l'extérieur. Il va de soi que parfois, le plus intéressant était le spectacle du ciel et des étoiles ; si bien que cela ne le dérangeait pas de changer d'écran et de s'endormir avec l'agréable sensation d'être une partie importante de l'univers. Sa famille, aussi loin que remontait sa mémoire, avait toujours vécu dans une grande maison des environs de Colonia. L'été, quand la chaleur devenait insupportable, ils avaient l'habitude de dormir dans la cour du fond. C'était l'un des rares cas où Rey appréciait énormément tous les préparatifs préalables au grand événement. En général, la soirée commençait par un barbecue préparé par son père, sans dessert et avec le pressentiment de ce qui s'annonçait ; Rey avait remarqué que ses parents utilisaient ces dîners dehors pour scruter le ciel, à la recherche de nuages suspects. Régulièrement, la pluie les avait surpris au beau milieu de la nuit, et, au-delà de la bonne humeur avec laquelle ils faisaient face à l'imprévu, personne n'aimait que son sommeil soit gâché de la sorte. Il leur arrivait même d'avoir recours au flair de leur chienne pour régler la question. C'était une doberman vive qui détestait la pluie et qui, donc, quand elle la sentait venir, cohérente avec elle-même, n'approchait la cour sous aucun prétexte, même s'ils la tentaient avec les morceaux de viande les plus juteux. Rey aimait cette chienne. Elle avait été sa camarade de jeux et d'explorations avant la naissance de sa sœur, et sa mère ne se lassait jamais de lui répéter qu'ils étaient nés le même jour. Mais Rey, lui, ne trouvait pas cette coïncidence aussi frappante que celle de son nom : La Noire était noire. Cela paraissait stupide, mais, pour lui, c'était très sérieux. Il avait demandé plusieurs fois à ses parents, ensemble et séparément, pour confronter leurs versions, qui l'avait baptisée ainsi ; Rey, fidèle à son statut de roi, était un monarque très méfiant. Apparemment, son nom lui avait été donné par un vétérinaire inconnu : Rey aurait aimé lui demander pourquoi il l'avait choisi, vu que tous les dobermans qu'il avait croisés étaient noirs. Est-ce que cela ne prêtait pas à confusions ? Comment savoir précisément laquelle était La Noire ? Était-il possible que personne avant n'ait eu l'idée de donner ce nom-là à une autre doberman ? Ou alors ils s'en fichaient ? Les gens réfléchissaient-ils avant d'agir ? C'était la raison pour laquelle il choisissait toujours sa chienne comme personnage principal chaque fois qu'à l'école, on lui demandait d'écrire une rédaction avec un sujet libre. Mais ses maîtresses ne comprenaient pas non plus l'importance de la question. Rey soupçonnait qu'il y avait beaucoup de choses que les adultes ne comprenaient pas ou ne voulaient pas comprendre, volontairement. Ce qu'en revanche, ils semblaient avoir bien compris, c'était que La Noire ne se trompait jamais quand il s'agissait de prévenir qu'il allait pleuvoir. Du coup, dès lors que ses parents étaient convaincus qu'il n'y aurait pas de pluie la nuit, pendant qu'ils débarrassaient la table, juste avant d'aller regarder la télévision ou directement au lit, la question tant attendue était posée : « Qui veut de dormir dehors ce soir ? » « Moi ! Moi ! » criait sa sœur, et Rey échangeait un regard lourd de sous-entendus avec sa chienne. Alors, ils se précipitaient pour aller chercher les morceaux de tissus qu'avait faits leur mère pour installer sur le gazon. Arrivait ensuite le tour des matelas, tâche exclusive des hommes de la maison ; les femmes, elles, se chargeaient des draps, des courtes pointes et des couvertures, au cas où il ferait trop froid pendant la nuit. Enfin, les tortillons, les bombes et les crèmes pour les protéger des moustiques. Rey était toujours le premier à se coucher, mais le dernier à s'endormir, comme s'il craignait de manquer le spectacle de la nuit étoilée.Quand ses parents se couchaient, Rey demandait à sa mère où étaient La Croix du Sud, Les Trois Maries, Les Pléïades, L'Étoile du Berger, et, évidemment, sa planète préférée : Mercure. Il savait parfaitement où elles se trouvaient, mais il ne lassait jamais de poser la question, comme s'il lui fallait une nouvelle confirmation du savoir qu'il avait acquis après tant de nuits à dormir dehors. Il ne se contentait pas d'identifier les groupes d'étoiles qui lui étaient familières, il cherchait aussi de nouvelles formes dans le ciel. Parfois, il avait l'impression de voir des bateaux, des chevaux, des chiens, des trains et des arbres, voire des dragons qui ressemblaient au grain de beauté qu'il avait sur l'un de ses bras. Il essayait toujours de partager ses trouvailles avec La Noire, unique membre de la famille qu'il pouvait réveiller en pleine nuit sans se faire gronder. La Noire ouvrait un œil stoïque, regardait vers le point que lui désignait son maître, émettait un soupir d'assentiment et se réinstallait à côté de lui pour se rendormir. C'était ça, la vie.
 Ces nuits furent ce qui lui manqua le plus quand ils durent déménager à la capitale. Sa famille vivait maintenant dans un petit appartement sans cour, ils n'avaient pas de voiture et ne pouvaient même pas s'offrir le luxe d'aller au cinéma. Rey ne regrettait pas seulement le fait de pouvoir s'endormir en regardant les étoiles, mais aussi – surtout – d'aller voir des films en plein air. Cela explique qu'il commença à s'éclipser le samedi soir, sous le prétexte d'aller danser, alors qu'en réalité, il se rendait au cinéma en plein air, avec l'espoir de trouver un trou dans le grillage ou d'entrer en cachette en profitant de l'inattention des vigiles. Mais il n'avait jamais de chance. Ainsi, il finit par connaître le moindre recoin de l'endroit et, une nuit, il découvrit un arbre d'où il voyait tout l'écran géant. Certes il n'entendait pas, mais il s'amusait à lire sur les lèvres des acteurs, et par ailleurs, très souvent, les gestes ou les regards en disaient plus que tous les dialogues du monde. L'une des meilleures images dont il se souvenait, celle qui lui permit de découvrir le secret des étoiles, était celle d'une femme à la beauté inoubliable ; il ne sut jamais son nom ou, peut-être, l'oublia-t-il exprès, afin de mieux en garder le souvenir. Elle venait de commettre un acte atroce, vengeur, impardonnable, et néanmoins, on ne pouvait s'empêcher d'admirer ses traits parfaits et sa parfaite chevelure noire. L'image qu'il n'oublierait jamais était celle où elle regardait droit devant elle, son amant, la caméra : Lui ; ses yeux verts étincelaient au cœur de la nuit tandis que le fond obscur de l'écran se fondait dans le ciel étoilé. C'est alors qu'il découvrit le secret ; c'est alors qu'il comprit pourquoi on considérait certaines actrices comme des étoiles.

       Traduction de l'espagnol (Argentine): Marine Amilien / Kimberly Bance / Helena Borrego / Pauline Bouchière / Boudesseul Juliette / Lucie Bréguier / Jordane Coutin / Céleste Dochen / Blanche Doussin / Déborah Drouillard / Julie Dubois / Margot Heudel / Alice Hubourg / Cassandra Lecomte / Nicolas Machado / Hadji Msahazi / Marie Pépin / Maxime Poncet / Éléonore Renaud / Loïck Verron - Université de Poitiers.

      Merci beaucoup à tous. M.D.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Algunas palabras sobre Caracas

       Caracas es una ciudad de motos y de autos. No es muy apta para el caminante con ganas de conocerla a pie ni para el peatón desprevenido. Tampoco parece ser una ciudad de bicicletas, como en la que se está convirtiendo Buenos Aires. Su tránsito es agresivo y dispar. Abundan las camionetas importadas, nuevas, relucientes, con conductores que hacen portación constante de celulares, pero también los coches viejos, grandes, clásicos, imposibles de mantener en otro lugar donde la nafta no sea más barata que el agua. Siempre se escuchan bocinas y sirenas en todas partes.

       La nota completa acá.

viernes, 3 de agosto de 2012

Contratapa

Por Marcelo Damiani 

       Los ocho relatos de este volumen comparten cartel con una estrella terrenal. Se trata, por supuesto, de la ciudad. Verdaderos entes vivos cuyas cartografías, sumado a un aire leve de fábula futurista, alberga a acumuladoras compulsivas, adolescentes etéreas y soñadoras sospechosas, entre otros personajes inclasificables, siempre tratando de sobrevivir en territorios hostiles. Acaso la vida, reflexiona la protagonista del antepenúltimo texto, “es una acumulación y acumulación de capas, como sedimentos, como líneas y fisuras en las calles de una ciudad”. Gisela Heffes es una gran conocedora de las urbes literarias latinoamericanas, y aquí ha logrado glosar la dependencia epidérmica que todos padecemos con estas auténticas madres substitutas, duras, a veces invisibles o imaginarias, que a lo largo de nuestra vida parecen acogernos y expulsarnos con el mismo afecto y también, paradójicamente, con la misma indiferencia, casi como si se tratara de una relación sexual. Tal vez seamos una pareja de la ciudad en que vivimos e hijos de nuestra ciudad natal, aunque a veces ambas coincidan como en el caso de Edipo. Sin complejos, en este sentido, Glossa Urbana es un libro irrepetible y único, suerte de archipiélago de islas en miniatura conectadas por pasadizos subterráneos, a la espera de lectores con un verdadero espíritu de aventura. 
       El resto es pura ficción.

jueves, 2 de agosto de 2012

Espejismos del fantasma

Para Héctor Libertella

       Imagino que Marianne y yo escapamos de la fiesta y subimos a la terraza techada después de la aparición del primer relámpago. Nos paramos en medio del lugar como si la perfecta transparencia de los vidrios del techo acentuara el carácter imponente del cielo estrellado. Abro y cierro los ojos una y otra vez tratando de acostumbrar mi mirada a la nueva atmósfera del lugar. Poco a poco, las formas difusas de Verónica y de David se insinúan insípidas delante de nosotros. Nos acercamos despacio, controlando el movimiento de los vasos vacíos que sostenemos con negligencia para darle algún sentido a la existencia nerviosa de nuestros dedos, manos y brazos.

       El texto completo acá.

miércoles, 1 de agosto de 2012

"Cómo lo hice" para Revista Debate

Por Marcelo Damiani

       La verdad es que no sé bien cómo lo hice. Ciertamente no fue un libro planeado, y tal vez por eso darle forma me llevó alrededor de siete años (aunque por otra parte, ahora que lo pienso, esto es más o menos lo que siempre tardo en escribir un libro). Todo empezó, como sugiere el título, con “algunos apuntes”. En otras ocasiones, con otros libros, en otras circunstancias, se me aparecían ideas, climas, chistes, tramas, argumentos, personajes, atmósferas o incluso melodías, pero esta vez, en cambio, hubo un montón de imágenes, imágenes de infancia que aparecían recurrentemente, y algunas nuevas que se me presentaron por primera vez. Me puse a tomar notas de lo que no quería olvidar, preguntándome si uno, en el fondo, no escribe siempre a partir de imágenes de infancia que considera memorables, o que de pronto salen a la luz sin previo aviso ni justificación. También noté que en este caso estaba escribiendo para recordar, cuando en otras oportunidades la escritura había surgido como una forma de falsear recuerdos o simplemente para olvidar. Con el tiempo me di cuenta de que esas notas apuntaban todas en la misma dirección. Releerlas, en algún momento, fue encontrarles naturalmente un orden, una lógica, una estructura, es decir, un principio, y por supuesto, también, un final; el desarrollo, digamos, siempre se sentía provisorio, quizá porque aún está en constante cambio. También hubo mucha corrección y varias versiones previas (la primera publicada en el diario "La Gaceta" de Tucumán, la segunda en una revista brasileño-paraguaya, la tercera en Venezuela) hasta llegar a esta edición. Pero sé que habrá otras, ya que el texto sigue creciendo, poco a poco, casi a razón de una página por año, como si se tratara de ese hermano gemelo que nunca tuve. Por lo pronto, acá, en mi blog, además de las versiones previas, hay dos miniprefacios meramente virtuales firmados por Alan Moon (con quien hace tiempo venimos discutiendo si él es mi prologuista personal o si yo soy su escritor exclusivo). La semana pasada, por último, al entrar a una librería de Belgrano, me percaté de otra cosa. El libro, parado en un estante, parecía un pequeño portarretrato, como si la mano sabia de quien lo había puesto ahí supiera que escribí Algunos apuntes… contemplando un portarretrato similar. De la misma forma que escribí otras cosas mirando películas, escuchando música o soñando con posible vidas paralelas, puedo confesar sin problemas que esto lo escribí con un portarretrato frente a mí, y ahora, con el libro convertido en una metáfora de su proceso de gestación, el círculo se cerraba milagrosamente. La foto de tapa, por supuesto, acentuaba la evidencia. Yo era (como) el libro, el libro era (como) yo; claro, pero sin mí. El resto es ficción.

Publicado el 21 de julio de 2012 en la revista Debate Nº 488. Pág. 81.

martes, 3 de julio de 2012

La interposición (continuación)


Por favor les pido que sostengan el hilo de oro del pensamiento de Mallarmé y retengan el concepto de interposición que él utiliza. Entonces, de un lado tenemos el mar, que es una totalidad (pueden pensar por ejemplo en el mar que rodea la isla donde transcurren las historias de Marcelo Damiani), y del otro lado, nuestra mirada; en medio está el libro. Es decir que el libro parece tener esta función de interceptar la totalidad, aludiendo sin embargo constantemente a ella. O sea que el libro intercepta la totalidad pero a la vez nos comunica con ella. Esto es algo fundamental, creo, y distintos escritores lo usan de distintas formas, y algunos (más ingenuos o más astutos, depende de cómo se lo mire, en literatura nunca se sabe) ignoran este carácter de interposición de la totalidad. Marcelo Damiani creo que usa constantemente esta idea y lo hace de un modo muy astuto y productivo. ¿Cómo lo hace? Veamos.
Creo que no es casual que su primer libro, Adiós, Pequeña, sea una novela policial, porque el policial es justamente esta forma moderna de la interposición. Para concebir una novela policial como totalidad, es decir, como el enigma revelado, y para poder atar todos los cabos sueltos de la historia tenemos que llegar al final. De modo que el libro es esa interposición entre nosotros y la totalidad. Creo que Marcelo, a quien a partir de ahora comenzaré a llamar por su nombre de pila por razones que se verán más adelante, hace muy bien esto en su primer libro, que es el que más propiamente podemos llamar policial, y lo hace muy bien porque entiende esa totalidad como una unidad, y la unidad llega al final. Es la unidad trinitaria, es la unidad de la santísima trinidad. El gran problema teológico de la trinidad es reescrito en clave policíaca por Marcelo. El enigma trinitario: ¿Cómo es posible que uno sean tres? El problema de la consubstancialidad del padre, del hijo y de esa figura fantasmal del espíritu santo. Uno puede más o menos visualizar al padre y al hijo, pero no al espíritu santo. ¿Qué es el espíritu santo? ¿Es un pájaro? ¿Es un avión? ¿Son las lenguas de fuego que descienden sobre los apóstoles y les permiten hablar en diferentes lenguas? No lo sabemos, ciertamente, no lo sabemos. El espíritu santo es un misterio. ¿Y qué pasa entonces? Marcelo toma ese carácter enigmático del espíritu santo y lo inviste de una especie de halo policíaco, el espíritu santo es como si fuera un detective. Entonces la respuesta de Marcelo sobre quién es el espíritu santo sería que es el detective que Dios padre contrata para sacar a Cristo del turbio, turbio embrollo en que se ha metido con los romanos. Esta es mi lectura de su primera novela. En realidad no quisiera yo revelar los fundamentos de esta interpretación, no porque no los tenga, naturalmente los tengo y son muy consistentes, sino porque se trata de una novela policial, y estoy seguro de que algunos de los aquí presentes aún no han leído este libro, de modo que no voy a revelar completamente las articulaciones mayores de mi idea. Pero sí creo que en estos argumentos teológicos-policíacos hay una influencia remota del más ilustre antepasado de Marcelo, el teólogo italiano Pier Damiani, o Pier di Damiano o Pietro Damiani, ya que la onomástica es fluctuante en la Edad Media. Como ustedes saben Pier Damiani fue uno de los escritores más prolíficos de su época, y uno de los intelectuales más refinados del Siglo XI. Damiani fue ubicado por Dante, por ejemplo, en el paraíso, y, como los lectores argentinos sabemos, es el inspirador de un célebre cuento de Borges: “La otra muerte”. Pier Damiani escribió unos libros bastante raros. Hay uno en el que sostiene que la omnipotencia de Dios es tal que le es posible (esto lo dice Damiani, no yo, es decir, Pier o Pietro) devolverle, a una mujer que la ha perdido, su virginidad. Y creo que aquí hay una idea de himen, que es muy importante y que quisiera vincular al concepto inicial de interposición. Es decir, el himen es aquello que se interpone. Y me parece que una himenología (término que tomo de Derrida, no lo inventé yo ni Damiani), una lógica de la interposición, es sumamente importante en las novelas de Marcelo. El problema de la himenología, de la interposición, del umbral, y de aquello que divide o separa es central en su segunda novela: El sentido de la vida. Allí él continúa robándole argumentos a su lejano pariente, pues como ustedes seguramente recuerdan, uno de los capítulos es un partido de golf entre Moisés, Cristo y Dios Padre. No tenemos al espíritu santo aquí, cumplió su trabajo en el libro anterior y lo licenciamos. Naturalmente el partido lo gana Dios Padre, quien por supuesto no juega a los dados, lo cual sería muy timbero; juega al golf. Acá, por otra parte, parece haber una respuesta a todos aquellos que alguna vez se han preguntado qué hace y cómo es Dios. Ahora sabemos que Dios Padre hace deportes y es moderno. Dios Padre es canchero; Dios Padre es cool.
Pero lo fundamental en cuanto al problema de la interposición o de la himenología es que este libro está lleno de puertas, ventanas, ventanillas, marcos y paredes que yo creo que configuran esta idea de lo interpuesto. Los personajes están en habitaciones aparentemente separadas que en realidad no sólo no están separadas sino que están unidas, el punto de vista del narrador por momentos unifica lo separado y esta himenología o transposición de un lugar a otro es constante: Paredes, puertas, ventanas, ventanillas de autos, las diferentes irrealidades que se separan a partir de los espejos, hay irrealidad uno, irrealidad dos, etcétera, están vinculadas también con esta himenologìa. Entonces tenemos esta lógica de lo que se interpone constantemente. Me parece que este problema del umbral, que a mí me gustaría seguir llamando himen, aparece refigurado de una manera muy teatral en su novela El oficio de sobrevivir. Allí, ustedes recordarán esa escena en la cual el escritor (quien ha olvidado si escribió o no otra novela) se dispone a tener una distracción amorosa con una señorita. Pero ella le exige algo. Le exige interponer entre los dos una sábana, con un orificio debidamente colocado en medio, para por lo menos permitir que el acto se lleve a cabo y que este nuevo himen no lo prohíba todo. Entonces el novelista accede a dicha petición, y ahí se produce una escena muy cómica, de la cual voy a leer un fragmento, porque el novelista cree que se va a poder deshacer de esta suerte de sábana que en realidad es una tela, un velo. El narrador cree que la va a poder sacar, en el fragor de la batalla sexual (para llamarla de algún modo) pero en realidad no puede y ahí dice:

“Ella tenía una habilidad sorprendente (ya me imaginaba conseguida dónde) para mantener la sábana entre nosotros, como si se tratara una barrera imposible de franquear. Mi vago recuerdo de esa primera vez es que apenas le pude tocar un hombro; la segunda creo que alcancé a acariciarle un tobillo; la tercera, la parte delantera del cuello. Sin embargo, al poco tiempo aprendí a moverme con la habilidad necesaria para que la sábana no la envolviera por completo, y poder así tocarle los pechos y las piernas”.

Entonces como ven aquí el himen ha excedido su competencia natural, normal, y se ha extendido por todo el cuerpo, es una especie de hiperhimen el que inserta Marcelo en su novela. Cuando yo leí este fragmento enseguida surgió en mi mente un fragmento de Lacan. Aprovecho que estamos en esta capilla sagrada del sindicato psicoanalítico argentino para citar a uno de sus sacerdotes más encumbrados. Retengan esta escena de la novela de Marcelo con ese hiperhimen ahí dando vueltas. Y pasemos al fragmento de Lacan, tan lindo la verdad, del Seminario 20, seguramente muchos psicólogos acá lo van a reconocer en seguida, por favor no me corrijan si incurro en algún paralogismo o extrapolación, ya que todo el mundo lo hace cuando habla de Lacan. “Como lo subraya admirablemente esa suerte de kantiano que es Sade, sostiene Lacan: No se puede gozar más que de una parte del cuerpo del otro, por la sencilla razón de que nunca se ha visto que un cuerpo se enrolle completamente hasta incluirlo y fagocitarlo, en torno al cuerpo del otro. Por eso nos vemos reducidos a un pequeño abrazo, así a tomar un antebrazo o cualquier otra cosa”. Creo que hay una gran afinidad con esa escena, en realidad es bien profunda, porque lo que tenemos aquí es esa sábana, esa figura bien interesante, y que para mí está emparentada y es cómplice de las ventanas, los umbrales, las ventanillas de El sentido de la vida, y creo que expresan una forma erótica de pensar la novela. Lacan decía justamente que los seres humanos, por ser seres sexuados, al acceder a la sexualidad lo hacen de modo parcial. Es decir, las pulsiones son siempre pulsiones parciales, no habría una pulsión total. Ahora, al acceder a nuestro cuerpo sexuado, un cuerpo parcelado de modo significante, en las zonas erógenas, perdemos algo que es del orden de la totalidad. Así, algo perdemos, algo se desprende, algo se nos va. Eso que se nos va es muy importante para Lacan, y es como cuando nace el niño que algo también se desprende, la placenta. El ser sexuado, al nacer al parcelamiento significante del cuerpo, pierde algo, y eso es lo que representa “el objeto a”. En nuestra novela es efectivamente la sábana. Fíjense qué interesante, porque en la novela se lleva a cabo lo imposible, la relación sexual, lo cual la convierte en una novela fantástica, ¿no? Pero bueno, esto que sabemos que es imposible, en la novela es posible. Se lleva a cabo la relación sexual, y entonces el novelista, ya satisfecho, acaso con poco, agarra esa cosa, ese velo, ese hiperhimen, y lo tira, lo esconde, porque el crítico uruguayo Reynaldo Gómez, uno de los personajes más interesantes de la novela, viene a entrevistarlo, y él tiene que esconder esa sábana. ¿Dónde la pone? Entre los libros. Acá creo que es claro cómo se está mostrando la idea de que el resto siempre es literatura. Es decir, aquello que se interpone va entre los libros como si fuera su lugar más natural, su lugar más propio. Esto es lo que yo llamo la himenología de las novelas de Marcelo Damiani. Esto también supondría que habría algo asexuado en la novela, que es lo previo al acceso al parcelamiento significante del cuerpo, a las zonas erógenas, que en una novela son los capítulos, los episodios, las descripciones parciales, las escenas, y esto es como la totalidad intocada de la fábula, que es la totalidad con la que nos pone en contacto siempre una obra literaria, y particularmente las de Marcelo, ya que constantemente están pensando sobre esto, todo el tiempo están volviendo sobre la relación entre la literatura y la totalidad, esa totalidad asexuada, esa formación asexuada que en palabras de Libertella es el Mono Rhesus. Aparentemente, es  descubrimiento de un norteamericano, es un primate asexuado que no tiene ninguna clase de inclinación sexual y que por cierto muere muy joven. Esto es muy ilustrativo. Eso sería la fábula, pero el cuerpo sexuado siempre es una interposición, y siempre vuelve sobre esto Marcelo. Lacan relaciona también este punto, lo pueden ver en el seminario 11, Los cuatros conceptos fundamentales del psicoanálisis, con la muerte, que es algo sobre lo que también vuelven todos los libros de Marcelo, incluso su libro de poemas Pasajeros. Lacan vincula todo lo que decía antes sobre la totalidad y el parcelamiento significante del cuerpo con la muerte y dice: "Así explico la afinidad esencial de toda pulsión con la zona de la muerte y concilio las dos caras de la pulsión, la pulsión que a un tiempo presentifica la sexualidad en el inconsciente y representa en su esencia a la muerte". He comenzado con una definición mallarmeneana del libro que es en realidad una construcción frankensteiniana que me tomé el atrevimiento de traer a la vida, pero esta definición que voy a dar ahora es textual. Mallarmé llama al libro "minúscula tumba del alma", porque es como si fuera un pequeño féretro, y los libros de Marcelo vuelven sobre el problema de la muerte, como decía hace un rato. Entonces quisiera terminar esta re-presentación con un poema que se llama, precisamente, "Vida", y que está en su libro Pasajeros. El poema dice así:

Un balazo en medio de la frente
sentir la bala penetrando en mi cabeza
la piel metiéndose hacia adentro
la sangre manando caliente
sentir el vértigo invadiendo mi cabeza
un balazo en medio de la frente

Eso es vida.

Esto es todo lo que tenía para decirles. Muchas gracias.


       Conferencia pronunciada por el Dr. Victor Stein en la Fundación A.E.P.A. el sábado 11 de noviembre de 2006 en horas de la tarde.

lunes, 2 de julio de 2012

Poem

                     By Donald Justice

This poem is not addressed to you.
You may come into it briefly,
But no one will find you here, no one.
You will have changed before the poem will.

Even while you sit there, unmovable,
You have begun to vanish. And it does not matter.
The poem will go on without you.
It has the spurious glamor of certain voids.

It is not sad, really, only empty.
Once perhaps it was sad, no one knows why.
It prefers to remember nothing.
Nostalgias were peeled from it long ago.

Your type of beauty has no place here.
Night is the sky over this poem.
It is too black for stars.
And do not look for any illumination.

You neither can nor should understand what it means.
Listen, it comes with out guitar,
Neither in rags nor any purple fashion.
And there is nothing in it to comfort you.

Close your eyes, yawn. It will be over soon.
You will forge the poem, but not before
It has forgotten you. And it does not matter.
It has been most beautiful in its erasures.

O bleached mirrors! Oceans of the drowned!
Nor is one silence equal to another.
And it does not matter what you think.
This poem is not addressed to you.

La traducción acá.